Jeannette L. Clariond

Mesón Juan De Yepes y otros poemas de la mexicana Jeannette L. Clariond

Para Tiberíades es un privilegio publicar esta muestra poética de Jeannette L. Clariond (Chihuahua, México, 1949). Poeta, traductora y editora. Es licenciada en Filosofía, Maestra en Metodología de la Ciencia y Maestra en Letras Españolas. Su obra poética está contenida en las siguientes publicaciones: Mujer dando la espalda (1992); Desierta memoria (1996); Newaráriame (1997); Todo antes de la noche (2003); Amonites (2003); Siete visiones (2004, con Gonzalo Rojas); Nombrar en vano (2004); Los momentos del agua (2006); Leve Sangre (2007), Los primeros once (2009), Cuaderno de Chihuahua (2013), Marzo 10, N.Y. (2015), Tonalpohualli (2017) y Ante un cuerpo desnudo (2019).

 Entre los premios obtenidos sobresalen el Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde (1992), el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta (1996), el Premio Gonzalo Rojas (2001), el Premio Juan de Mairena por la Universidad de Guadalajara (2014), el Premio Internacional San Juan de la Cruz de la Academia de Juglares de Fontiveros (2018) o el Premio a las Artes Literarias (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2021), entre otros.

https://www.milenio.com/cultura/laberinto/jeannette-l-clariond-nada-humano-le-puede-ser-ajeno-a-la-poesia

Es antóloga y traductora de Anne Carson, Elizabeth Bishop, Roberto Carini, Alda Merini, W. S. Merwin, Primo Levi, William Wadsworth, Carson McCullers y Charles Wright, entre otros. En 2011 publicó una antología traducida de poetas norteamericanos, en colaboración con Harold Bloom.  Por su labor traductora ha obtenido el Premio a la Mejor Traducción en el marco de la New York Book Fair, por La Escuela de Wallace Stevens. Un perfil de la poesía estadounidense contemporánea (2013), o el Premio a la Mejor Traducción de No Ficción en los Latino Book Awards por Decreación de Anne Carson (2015), entre otros.

La selección ha sido hecha por Alfredo Pérez Alencart, poeta, profesor de la Universidad de Salamanca y director de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos de Salamanca.

MESÓN JUAN DE YEPES

                                                                                                          Para Antonio Colinas

Al espejo celeste —pan del firmamento— regresan
las cigüeñas casi humanas en su vuelo, legiones de arcángeles
desandando las estrellas como una exhalación en el sueño de un dios.
En su alzarse enlazan mundos, soledades que son instantes,
nieblas
del cauce
hacia el origen.
Ese día de San Juan te vi tan puro, tan ortiga y silvestre, rebosado
en bordes ondulantes el blanco viento de tu cabellera
que inclinaba hacia tu pecho
la mirada, aljamiado fulgor en el mío diamantarte más oscuro.
Río, mar de jade tus ojos tras los cristales,
húmeda
letanía ante la procesión
en la que todos habíamos caído, hondamente
caído
aquella tarde de escarcha en los tejados.
Aún te veo arrodillado en tu centro, arrobado, mas nunca derribado,
colina arriba el peregrinaje de tu voz, pinar solitario del invierno.
No ceso de sentir, aunque duermas en lo más alto de lo azul
—entre torretas, agujas, minaretes—, el anchuroso caudal de tu dolor.
Nadie podrá borrar la dorada almendra de tu vuelo
que anida entre hojas y ramas rotas
bajo el campanil de la Catedral.
Te abandonas al sobresalto del celaje, sacrificas el orden del amor
y sangre siembras por calles nebulosas
que espumoso coral le dan al Tormes.
Cáliz que se abre hacia la luz, cantos de sílaba perfecta
incrustan su oro en las riberas, labios
de paciente arder labrando con denso fuego el eslabón:
amor venza a la muerte en ese beso.
De mi entraña a tu alba
el sueño rumoroso
de los álamos
abre
el espacio hacia donde vas, Antonio, resguardado
por la tinta de tu boca que en paz respira
sin despertar la lenta llama.

            Martes 31 de agosto de 2021
Monterrey, México
           (Inédito)

Los poetas Derek Walcott, Charles Simic y Jeannette L. Clariond

ASTILLADA CLARIDAD

Una tierra devota, madre,
un vientre para la miel de lo perdido,
tierra de todos
en el insbrik, cobre esbelto donde la espuma
multiplicaba tu rostro.
Busco la duración y no aparece.
Veo desplegarse la oscuridad
labrada
desde un brillo solitario.

Surgen en mi incertidumbre,
muertas, un puñado de hojas grises.

Las formas ceden a lo inmóvil:
humo obstinado en engarzar
las perlas.

Sangra en el vidrio, astillada,
la claridad.

FRÍA LLAMA

Como si palpitara un silencio
el oro de las luciérnagas
entre abetos llameaba.

Su luz caía sobre el agua y tú
desaparecías
como quien sale de una escena
sin su cuerpo.

Lumbre en el centro del agua,
trazabas una estela sin saber
que el sol te miraba

por vez primera.

HE DE LLORAR

He de llorar
a mitad del río,
a mitad del puente
el fuego del amor.
Es la pregunta de la carne,
alas y caricias
de lumbre hasta los huesos, he
de llorar.

GÉNESIS

Como un espejo que sangra,
como una herida que escurre,
resbalo.
Desfallezco y resbalo por la boca del volcán,
resbalo entre tus piernas,
tiemblo ante la vacilación.
Tiemblo,
procuro sostenerme.

¡CALMA EL AVE EN SU ELEVACIÓN!

¿Qué nombramos? ¿Qué imagen
de nuestro yo rescata el piélago?
Las nubes avanzan y el cielo persiste, inmóvil.
Mañana la luz arreciará invencible,
el tigre y su garra inmortal.
Y Dios hallará refugio en mi plegaria.

Traducciones de Anne Carson realizadas por Jeannette L. Clariond

EL PAN DE CADA SOMBRA

Esta costumbre,
esta grave costumbre de perderse
al momento en que hilos,
hojas lanceoladas,
tenues luces
de rostros
se deslíen
y cuerpos se borran
como en una vieja fotografía.

Hacienda, pan,
todo guarda su nombre bajo la sombra.

Siete vados antes de entrar a la ciudad
aún esparcen su mancha neblinosa.

LA TARDE

Si es cierto que al crepúsculo todo tiene su hora, entonces vi
un ánsar borrarse en la niebla, cegar las crestas el brillo, el águila
perderse en su silencio, infinita.

El mar, el mar, don de nuestra falta. Y en el pretil, el jaspeado
verdor del grillo. Oh Dios, abraza este cuerpo, es mi lengua, es
el fluir de mi sangre entre olivos.

(Sus ojos miraron el principio, amaron la duración de la flor,
pero el dolor cubrió el oro silencio de Sainápuchi.)

Arde en su soledad la piedra.

La poeta Jeannette L. Clariond leyendo en el Teatro Liceo de Salamanca (foto de Jacqueline Alencar)

IN REQUIEM

Estoy cansada de amar, y de vivir,
y de morir.
Estoy cansada de pensar que amo, y que vivo,
y que muero.

Quiero salir del mundo
y entrar en mi casa.

Estoy cansada de vivir la orilla del amor.

Busco la cercanía del pez,
sus grandes ojos subterráneos.
Mis manos recorrerán su cuerpo,
hablaremos en burbujas,
óvalos serán nuestros besos.

Comeremos, dormiremos, nos abrazaremos al fondo
de las rocas.

Pero no basta ser pez.
Oro en el ojo.
Es origen dar pasos en la niebla,
caminar la tempestad,
ser silencio.

Jeannette L. Clariond, por Miguel Elías

NO PREGUNTES

La sombra del río
que el árbol trazó.
¿Me entiendes?

No preguntes si la mujer,
si el abismo,
si el miedo a suceder.

Imaginar el agua es azul transparencia.

No la vivacidad del alce.
No los oscuros setos.
No la embriaguez de la flor.

Quizá el aleteo del colibrí,
la mirada en la blanca ceguera,
la luz que en el árbol se quiebra,
el hueco en un muro profundo.

Son momentos del agua en el cáliz del amado,
árbol que nace de un río abismado de cielo.

TRANSCURRIR

Déjame sentir, ancha hora,
la extendida lentitud de sus brazos,
descubrir en la flama de sus ojos
jardines de turgentes anturios:
pistilos que recorran mi piel
y abran paso hacia vías encendidas
donde jóvenes amantes ríen
y sus vasos llenan.
Quiero cantar entre tus hojas
que de elevadas ramas descienden,
llorar entre tus flores,
en tu seno de tierra
–néctar, ojos, selva–
cuando el dolor de tu partida
mi juventud alimenta.




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