Tiberíades se complace en publicar la semblanza que sobre el notable poeta costarricense Alfonso Chase, ha escrito Carlos Francisco Echeverría, quien fue ministro de Cultura, Juventud y Deportes de Costa Rica de 1986 a 1990, durante la primera administración de Oscar Arias. Ha publicado los siguientes libros: “Una mirada risueña a lo terrible”, Universidad Veritas, 2010; “Fabio Herrera”, Museo de Arte Costarricense, 2010; “La planificación del turismo sostenible”, Uruk Editores, 2010; “Historia crítica del arte costarricense”, Euned, Costa Rica, 1987; “José Sancho”, Editorial Costa Rica, 1984; “Zúñiga”, Editorial Misrachi, México, 1980; “Ocho artistas costarricenses y una tradición”, Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, Costa Rica, 1977.
Este texto fue leído durante la presentación del libro Fábula de Fábulas, de Alfonso Chase, recientemente publicado por Editorial Costa Rica.
ALFONSO CHASE, UNA SEMBLANZA
Hay dos posibles biografías de Alfonso Chase. Una es la oficial, la otra es la personal. La biografía oficial se puede consultar en Internet, y se resume en una gran cantidad de libros publicados (Treinta a la fecha: tres novelas, seis libros de cuento y once de poesía, además de diez antologías de las obras de otros autores), y prácticamente todos los premios literarios que otorga el país: el Aquileo Echeverría en poesía, cuento y novela, el Carmen Lyra de literatura infantil y juvenil, y por supuesto el Premio Magón, además de varios premios regionales otorgados en Guatemala y Cuba.
Además de las publicaciones y los cuentos, la biografía oficial de Chase incluye cargos públicos como el de director general de Cultura, y una amplia carrera en docencia e investigación en la Universidad Nacional, de la cual llegó a ser catedrático, su único título universitario.
Menos conocida es su participación en organizaciones de activismo político como el Comité Costarricense de la Juventud, entre 1968 y 1970, o su representación del país en congresos internacionales de cultura en Venecia, La Habana y Varsovia.
La otra biografía, la personal, no está en la Internet. Está en la memoria y en el corazón de muchas personas cuyas vidas no serían lo que son si Alfonso Chase no hubiera pasado por ellas. Yo soy una de esas personas. Porque si algo ha caracterizado a Alfonso ha sido su enorme generosidad para compartir los hallazgos de una curiosidad intelectual y literaria sin límites.

Conocí a Alfonso a raíz de un concurso de ensayo en el que participé en mi último año del colegio. Yo tenía 17 años, Alfonso si acaso 25, pero ya había ganado el Premio Nacional de Poesía con Los reinos de mi mundo, y creo que también el de novela con Los juegos furtivos. Esa precoz celebridad literaria formaba parte del jurado del concurso.
Creo que Alfonso se engañó, en ese momento, creyendo que yo tenía algún talento para la literatura, y por eso empezó a compartir conmigo libros y conocimientos. Pronto me di cuenta de que yo no era el único cliente de su biblioteca y su palabra, sino que ya a esas alturas éramos varios los que lo escuchábamos como a un oráculo y leíamos con avidez cuanto papel nos ponía por delante.
Y no solo eso, sino que desfilábamos en las manifestaciones en que él desfilaba, y si había que tirar piedras tirábamos piedras, como lo hicimos contra el contrato con ALCOA en 1970.
A pesar de todo eso, el “establishment” cultural no podía prescindir de aquel enfant terrible tan talentoso, y le encargaban cosas. Sergio Ramírez era entonces secretario general del CSUCA, y se le ocurrió organizar una Bienal Centroamericana de Pintura, que por cierto tuvo un gran impacto en el medio nacional en aquel momento. La gran exposición era en el nuevo edificio de la Biblioteca Nacional. La tarde de la inauguración todo estaba muy bien dispuesto, con las obras colgadas, los artistas peinados y trajeados, y grandes mesas con canapés. Alfonso, que era uno de los organizadores, decidió que aquellos manjares no debían ser solo para la élite cultural y política, sino también para la gente que paseaba aquel día en gran número por el Parque Nacional. Entonces abrió de par en par las puertas de la Biblioteca e invitó a todo mundo a pasar. Cuando el presidente Figueres Ferrer llegó a inaugurar la muestra, la muchedumbre había acabado hasta con el último canapé, pero nunca se había visto una exposición de arte tan concurrida, para disgusto de algunas de las altas autoridades.

Alfonso tenía un pequeño apartamento detrás del Museo Nacional, donde hoy está la Plaza de la Democracia. Era una especie de sótano con puertas de vidrio esmerilado, en una de las cuales había un pequeño rótulo que decía CASTALIA, en evocación, por supuesto, de la mítica fuente de Castalia de la antigua Grecia.
Esa era una fuente situada en el Monte Parnaso, de la cual se dice que producía los vapores que inspiraban el oráculo de Apolo, pero también que en torno a ella se reunían las musas del canto y la poesía, para escuchar a Apolo cantar. Varias generaciones de escritores e intelectuales costarricenses bebieron en las aguas de esa fuente Castalia de San José, cuyos manantiales no eran de agua, sino de libros y de conocimientos.
Allí muchos supimos que había una poeta argentina llamada Alejandra Pizarnik, y otra rusa llamada Ana Akhmatova; allí hubo un ejemplar de El Bosque de la Noche, de Djuna Barnes, que pasó por manos y ojos dilatados de asombro. Allí también estaban – no solo en libros, sino en retratos en las paredes – José Martí y José Carlos Mariátegui, junto con Rilke y Lezama Lima. Allí se nos abrieron a muchos los ojos del corazón y de la mente a esferas de la voluntad y del espíritu que de otra forma nos hubieran resultado inaccesibles.
Hablo por la experiencia de mi generación y de otras a las que vi de cerca. Imagino que esa misma experiencia se multiplicó exponencialmente cuando el padre Benjamín Núñez se llevó a Alfonso Chase a trabajar a la Universidad Nacional, pasando por encima de la absurda barrera de que no fuera un licenciado en filología o algo similar. Estoy seguro de que hoy se lo agradecen miles de personas que, sin necesariamente haberse convertido en literatos, descubrieron a través de Alfonso los mundos, los universos a los que nos lleva la literatura.
El país le debe mucho a Alfonso Chase, no solo por su propia obra, sino además por el rescate de figuras señeras de la literatura y el pensamiento nacional, como Max Jiménez, Lisímaco Chavarría, Carmen Lyra, Yolanda Oreamuno, Billo Zeledón y Vicente Sáenz. Esos son aportes visibles y reconocidos. Pero no es menos importante el impacto directo y transformador que Alfonso ha tenido en varias generaciones de costarricenses que, como quien les habla, aprendieron más en la universidad de Castalia que en cualquier otra universidad.
Por eso me parece que a estas alturas tiene bien ganado el título más alto que se le puede reconocer a una persona: el de maestro.

Imagen de cabecera: Alfonso Chase, en la presentación del libro
