Enrique Cabero

En homenaje perpetuo a Jacqueline Alencar Polanco

Tiberíades tiene el privilegio de publicar esta semblanza personal escrita por Enrique Cabero Morán, profesor titular de la Universidad de Salamanca y actual presidente del Consejo Económico y Social de Castilla y León, amigo de Jacqueline Alencar desde que ella llegara a Salamanca, hace 35 años. Este texto saldrá publicado en el libro “Ella es un ángel. Versos y prosas para Jacqueline Alencar”, que desde Luxemburgo viene coordinando el poeta chileno Marcelo Gatica.

En homenaje perpetuo a Jacqueline Alencar Polanco

Quiso el Bautista, precursor por antonomasia, gran hacedor del camino, acompañar a Jacqueline Alencar Polanco en el misterioso trance, para consolar a Alfredo y José Alfredo, para garantizar la mejor intermediación en el anhelado ahora y siempre. No fue casual su decisión, porque la luz cálida y acogedora, sin distinciones ni exigencias, que caracterizó a Jacqueline, balizó el tránsito y la tristeza, macerada por las lágrimas, se tornó cariño infinito y esperanza.

La voz de Miguel Elías, quebrada por los sollozos, sobrecogió aquel amanecer, que perdió, entre interpelaciones ante la palmaria injusticia, la normalidad que habían aparentado hasta entonces los tímidos rayos del sol renaciente. La incredulidad, atada al dolor, vapuleó nuestras almas desconcertadas. ¿Qué ha sucedido? ¿Cuándo? ¿Cómo se encuentra Alfredo? ¿Y José Alfredo?

Treinta y cinco años de recuerdos se agolparon. Los muy jóvenes Jacqueline y Alfredo, conversando con mis padres, entre risas y viandas, en nuestro piso familiar de la avenida de los Comuneros, emergieron bien iluminados y sin percatarse de mis ojos nublados. Seguían como antes, sin presagios ni temores, escanciando amistad y vida compartida. Ahora la nostalgia, anegada en llanto, se sentía aplomada. Mi padre había partido unos meses antes.

José Alfredo, Jacqueline y Alfredo Pérez Alencart

Cobija, en Bolivia, situada junto a la linde con Brasil y muy cercana al Perú, vio nacer a Jacqueline. El nombre de la ciudad natal anunció su vocación de guarecer a todas las personas demandantes de ayuda solidaria. La ubicación favoreció, asimismo, el dominio de las lenguas española y portuguesa, en preciosa armonía. La bruma amazónica propició, además, que navegase al encuentro de Alfredo Pérez Alencart. Susurraron Cervantes y Camoens a la maravillosa pareja que el mítico río Tormes formaba parte del mismo valle. Se ofrecieron, por ello, como remeros arcadios y arribaron a la Universidad de Salamanca. Aquellos universitarios americanos, licenciada en Económicas y licenciado en Derecho, becados en Economía de la Empresa y Derecho del Trabajo, a causa de sus esforzados méritos, por la Diputación Provincial de Salamanca, unieron así sus vidas a la más longeva de las universidades españolas e iberoamericanas y, con ello, a la más dorada de las ciudades. El extraordinario valor del sello indeleble que simboliza este vínculo se corporeizó en José Alfredo Pérez Alencar.

Viajaron con Jacqueline y Alfredo en su travesía transoceánica, a modo de equipaje, la acendrada amistad y la poesía sin fronteras. Su casa se convirtió en embajada salmantina del monte Parnaso, en faro y fonda de literatos. La amabilidad de Jacqueline y su innata sensibilidad supusieron el impulso necesario para que las obras saltaran de las musas al teatro. Se sucedieron, por obra de la insólita, y no menos valiosa, compenetración de los dos protagonistas enamorados, numerosas series de publicaciones, encuentros y jornadas, acercando hasta la caricia las dos orillas del Atlántico, borrando las líneas artificiales que malogran los mapas. Nada se resistía a la emocionante eficacia de Jacqueline, ni las traducciones más difíciles, ni la útil ampliación del ámbito de la creación y el intercambio hacia las artes plásticas o las redes telemáticas.

Jacqueline Alencar interesándose por un niño trabajador de la calle (Huaraz, Perú)

La filantropía y la fe evangélica completaron su vida de amor, amistad y servicio a los demás. El tiempo se multiplicaba ante tanto tesón. Su comprensión irradiaba en cualquier circunstancia bienestar y mejora de las actitudes de quienes se aproximaban. Compartió de corazón, predicó con el ejemplo, falleció consolando y no ha dejado de acompañarnos con la más dulce de las sonrisas, con el más suave de los acentos. Y es que, al final, la compañía que nos presta, en presente, alivia nuestra carga. No en vano el origen de tal vocablo reside en la compartición del pan, com-panis, y en la concordia para conllevar las duras pruebas vitales, mediante el respaldo recíproco y fraterno frente a los desafíos indeseados de la existencia.

Sirvan estas humildes líneas de homenaje perpetuo a Jacqueline Alencar Polanco. Su generosidad ilimitada y su bondad proverbial continúan fortaleciendo nuestras almas. Muchas gracias por todo, querida Jacqueline. Te añoramos vestidos de la esperanza que alimentaste cotidianamente.

Salamanca, a 15 de noviembre de 2021

Enrique Cabero Morán

Enrique Cabero Morán, A. P. Alencart y Carlos Palomeque, en Sequeros, años atrás (foto de Jacqueline Alencar)

Foto de cabecera: Jacqueline Alencar en la Facultad de Economía de la Universidad de Salamanca




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