Delfina Acosta

Delfina Acosta, ‘Aquí donde canto’ y otros poemas

Tiberíades agradece a la poeta, narradora y periodista paraguaya Delfina Acosta por permitirnos difundir algunos poemas de su más reciente libro, ‘El Jardín Azul’, Editorial La Mancha, Paraguay, 2021)

AQUÍ DONDE CANTO

Es este mi sitio.
Aquí converso con los ángeles,
si bien nuestros cielos son distintos.
Mi cielo es doloroso todavía;
no me acostumbro
a sus barrosas esquinas
ni a sus inquilinos tan pecadores como yo.
¿Alguien me escucha?
Necesito compañía de gente
que tenga hambre de ascensión,
que desee subir los peldaños
de la escalera de la vida
sin mayor equipaje que la dicha.
¿Llegar a dónde?
Pues al supremo sitio donde los colores de la mañana
y de los ríos se unen como marido y mujer.
¿Escuchas, extranjero?
¿Oyes los pasos firmes de mi poesía?
¿Oyes los jadeos de los que optan por rendirse?
¿Ves las huellas de mis versos?
Son pequeñas como risas de niñas,
y grandes como las carcajadas de los cóndores.
Alguien dirá: “Jamás oí las carcajadas de un cóndor”.
Pero yo digo que no hay canto más asombroso
que la risotada de aquel conquistador
de los vientos y las montañas.
Este es mi lugar; aquí me siento a contemplar la vida.
No hay nada más bello
que la salida del sol, pues yo salgo con él.
Me vuelvo luz y me ilumino el propio rostro.
Nada me ensombrece.
Pongo los pies, con firmeza y gracia, sobre la tierra.
Soy el baile y también la bailarina.
Me expongo al riesgo de marearme,
cuando doy trescientos sesenta y cinco vueltas
sobre las baldosas de la tierra,
pero las doy con precisión, garbo y donaire,
mientras los espectadores me aplauden
con gritos de júbilo.

Foto de José Amador Martín

REBELIÓN

Pedí a mi poesía que besara las lenguas de las rosas.
Le confesé que la primavera sostenía
las propias ramas de mis palabras,
y que las rosas y mis versos
tenían la misma esencia.
Se rio de mí.
“¿De qué flores me hablas, tonta?;
mi sitio no está en tu jardín
ni en sus rocíos
ni en los piñones de tus pinos”, me gritó.
Y se fue desnuda a las calles.
Y vio los ojos del hambre en las madres
que exprimían su última leche para sus hijos.
Y vio pureza en la mugre de los miserables
que deambulaban por las oscuras calles.
Y los abrazó. Alzó una copa de vino y brindó
por aquellos honorables caballeros que perdieron
sus empleos y sus hijos, pero no la dignidad.
Y vio mugre en los rostros de los hombres y mujeres
que venden nuestra Patria.
Y les arrojó salivazos en los ojos.
Resuelta, mi poesía se fue caminando
por las calles infinitas.
La multitud empezó a seguirla.
Yo, su madre, también marché detrás de ella.

 

Foto de José Amador Martín

 

ESPEJO

Me miro ante el espejo.
La habitación huele a jazmines recién arrancados.
No soy yo esa imagen rota.
No soy yo esa mujer cuyos ojos
me miran fijamente a través de las lágrimas.
Yo río, mi risa es un escándalo
que suena como un golpe de ola.
Yo soy, también, esas mujeres que están
cerca o lejos de mí: las anónimas.
Buscan mi abrazo, las rechazo con delicadeza.
Me maquillan: un color rojo en mis labios,
un tono oscuro en mis párpados,
polvo en mis mejillas.
Estoy hecha a imagen y semejanza
de la reina que acaba de mirarse en el espejo
y camina por los largos corredores de su palacio.
El rey está por venir.
Cuando llegue acariciará mi cabellera,
besará mi nombre con su nombre
y ordenará que se coloquen gardenias
en las barandillas de los balcones.
Despedirá al inoportuno bufón
que girará, sobre sus talones,
y se irá en dirección a la puerta de salida.
El mismo espejo donde nos miraremos
y donde juraré por Dios,
multiplicará mis besos traicioneros.

Foto de José Amador Martín

ARAÑA

No sabes que te observo trabajar
sigilosa y diligente.
Vas haciendo con tu seda un hilado
que retiene las gotas de la lluvia
y captura a tus víctimas preferidas.
Oh, maligna, construyes un hilado
donde podrían enredarse
mis propios pensamientos
y caer en tu trampa.
Oh, bella, eres callada y discreta
como aquella mujer de ojos claros
que teje, teje junto a la ventana.
No eres inferior
a ninguna criatura del universo.
Ni mayor.
Pero a ti te prefiero,
a ti te escojo,
ante ti me inclino
pues tu hilado es tan magnífico
como cualquier galaxia del cielo.
Trato de hilar en este poema
tu perfección,
tejedora de pesadillas y sueños.

Foto de José Amador Martín

NO MUERO

Atravesada por el hilo oscuro de la muerte,
tumbada sobre el lecho,
bastará que llegue hasta mi alcoba
el aroma femenino y masculino de la rosa
para que vuelvan a mí los vigores perdidos,
eche al piso las sábanas empapadas con sudor,
y me levante de la cama con la agilidad de una gata.
Cambiaré mis gemidos
por gritos y órdenes: “quiero el mantel de lino
sobre la mesa y las doce copas de bacará
junto a la champañera”.
Mis plegarias se volverán carcajadas.
Con una larga sonrisa preguntaré:
“¿quién está triste en esta casa?”,
“¿para qué han bajado las cortinas?”,
“¿por qué hay tanto silencio?”.
Sana y libre de temores
beberé champán hasta embriagarme.
Daré, antes de ir al encuentro
de la milagrosa rosa, la última orden:
“¡en esta casa nadie muere!”.

 

Foto de José Amador Martín

 

VILLETA

Era un pueblo donde el polvo
soñaba con ser lluvia.
La lluvia caía sobre los tejados
con el primer parpadeo del sueño,
luego se quedaba colgada
de las ramas de los eucaliptos.
Era un pueblo donde las casas
soñaban con ser blancas;
entonces ellas tomaban el color
de los jazmineros que caían
como cabellera sobre sus murallas.
Era un río que soñaba con ser mar.
Llegaba con cada golpe de ola al mar,
y allí se volvía marinero,
capitán, buque, viento, adiós y llovizna.
Era un tallo minúsculo de hierba
que soñaba con más verde,
más aroma,
más hondura,
más altitud.
Y se volvió un bosque
con su lobo, su propio
cuento y final feliz.

Foto de José Amador Martín


OVEJA

Veo extenderse los hilos invisibles de las telarañas,
la luz golpeando como pequeños soplos
los pétalos de las azucenas,
la noche hacerse rocío.
Veo la grandeza del universo,
los relámpagos ebrios cruzando
en tropel el cielo.
Miro la ternura en los ojos de una madre
que acerca sus tibios pezones a su enfermizo niño.
Observo el vicio y la lujuria bailando
sobre las lujosas baldosas.
Salgo de los salones sin poder contener las arcadas
que me producen los banquetes
de los señores poderosos,
los ladrones del erario.
Ellos alzan sus copas de cristal
y acercan sus labios a las lenguas del champán.
Créanme que el ruido de esos brindis me recuerda
al sonido del hachazo
con que se hace rodar la cabeza de la oveja.
“¿Quién es la oveja, señora?”, me pregunta
en la calle una mujer de mirada sombría.
“La oveja es usted, soy yo, somos los miserables
empobrecidos por la cáfila de ladrones”, pienso.
Pero no le respondo.
Ella es solo una oveja más.

Delfina Acosta nació en Asunción, Paraguay, 1956). Es escritora, ensayista literaria, periodista y poeta. Socia del PEN Paraguay, de la Sociedad de Escritores del Paraguay y de Escritoras Paraguayas Asociadas. Su primer poemario Todas las voces, mujer… ganó el primer premio Amigos del Arte en 1986. Su poemario Pilares de Asunción conquistó el galardón Mburucuyá de Plata, en ocasión de los juegos florales celebrados para conmemorar el 450 aniversario de la fundación de la ciudad de Asunción. Reunió sus cuentos que obtuvieron premios literarios y menciones honoríficas en el libro El viaje (1990). En 1992 publicó su poemario La cruz del colibrí, con prólogo de la poeta Gladys Carmagnola. Su obra Romancero de mi pueblo logró el segundo premio Federico García Lorca en 1998. Romancero de mi pueblo está escrito con romances ambientados en Villeta. Lleva el prólogo del crítico literario y poeta Hugo Rodríguez Alcalá, quien escribió: “Este Romancero de mi pueblo podría titularse con exactitud Romancero de Villeta porque Delfina Acosta, oriunda de Villeta es profundamente villetana y se contenta con aludir a Villeta, no al país ni a otras realidades connotadas por la palabra pueblo”. Su poemario Versos esenciales publicado en 2001 honra la memoria del gran poeta chileno Pablo Neruda. El PEN Club de Paraguay otorgó a la obra el primer premio destacando su elevado vuelo lírico y su lenguaje universal en 2002. Su libro Querido mío: fue galardonado con el premio Roque Gaona en 2004. Guía del cementerio reúne relatos, apareció en 2009. El club de los melancólicos, que recoge trece cuentos, fue publicado en 2010.  En 2011 aparece su obra en la Antología Panamericana, editada por la editorial Récord. El antólogo Stéfhane Chao cuenta que el libro reúne los materiales literarios de los mejores autores contemporáneos de América en lengua española, francesa, holandesa y portuguesa. El ayer que vuelve ha sido publicado en 2012, contiene relatos que reviven vivencias villetanas. Versos para este planeta vio la publicación en 2012 Su poemario Versos de amor y de locura fue distinguido por el PEN Club de los Estados Unidos con el prestigioso premio Edward y Lily Tucker, para la literatura paraguaya, en 2012. La luciérnaga alegre obtuvo Mención Honorífica Premio Municipal de Literatura 2016. Muchos de los relatos de este texto rememoran a personajes villetanos. Publicó en 2018 Cuentos rojos y negros, que recoge siete cuentos. Carlitos y el hada Mente Sana, libro de literatura infantil, apareció en 2018. En 2020 dio a conocer su poemario Poemas desnudos, presentado en el IV Encuentro de la Literatura Hispanoamericana en el Instituto Cervantes de París. Fue creadora y coordinadora del Taller de Poesía en la Manzana de la Rivera. Creó y dirigió el Taller de Poesía auspiciado por la Universidad Iberoamericana en 2005 y 2006. Sus poemas y cuentos figuran en numerosas antologías nacionales y extranjeras. Fue columnista y redactora de crítica literaria del Suplemento Cultural del diario ABC Color. Los escritores y críticos literarios como Hugo Rodríguez Alcalá, Roque Vallejos, Josefina Plá, Osvaldo González Real, Alfredo Pérez Alencart, Salvador Moreno Valencia y Maribel Barreto, se refirieron a sus libros, en revistas y periódicos, con elogiosos conceptos.



 




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