El sol de los ciegos, título elegido por Alfredo Pérez Alencart para su último poemario, contiene un significado paradójico asociado a las dimensiones antitéticas de la luz y la oscuridad. A la sombra de este título, el poeta recoge cien poemas de medida contenida, muchas veces lapidarios, en los que la voz enunciativa cultiva un discurso de intersubjetividad que no es ajeno a un “yo” y un “tú” que se complementan en una asunción de la poesía como conocimiento del mundo y de sí mismo, tanto del sujeto que escribe como del lector que lee, porque la palabra poética se genera en la cognoscencia de esta dualidad y se transmite como liturgia: Con el vino / me hablo de tú, sílaba / a sílaba, / en confianza, / / en fogosa soberanía / de los no volátiles / recuerdos. (pág.23).
Así, recorremos con el poeta una itinerancia que nos invita a adentrarnos en la profundidad de las perplejidades compartidas: ahora en una espiritualidad assumida, que trasciende su dimensión corpórea y terrena (Daño menor es perder / el cuerpo. Mi espíritu tiene, / tendrá, su particular / vivencia. – p. 21); ahora en íntima solidaridad con los demás, sean hombres comunes, refugiados, niños sin infancia, jóvenes revolucionarios, exiliados a la deriva; ahora en una declaración explícita del amor por la Esposa mía, amada / compañera, (p. 67), la princesa que inspira este hermoso poema de Año Nuevo (p. 14), la perla custodiada por él, como un ángel de la guarda (Perla, p. 77), la “mujer incansable” reverenciada en el poema Amada (p.51) como alguien que suaviza con ternura las inesperadas dificultades de su ya largo peregrinaje en la tierra; a veces en sensatos consejos y lúcida denuncia, ante los constantes peligros y tentaciones a las que fácilmente sucumben sus contemporáneos (en este sentido, son significativos los poemas Consejo para envidiosos (p. 25), Invocación (p. 20), Todo esto pasará (p. 92), Holocausto (p. 26), Sed (p. 33) o Las monedas (p. 29).
La profunda noche metafísica, que no es otra cosa que “el silencio de la luz” como se refiere Dante, es la condición necesaria y el clima espiritual para generar la palabra. En Fuego salvífico (p.57), el vate proclama en su vocación demiúrgica: Fuego salvífico seré, / llama que no quema, / Palabra encendida / tras neolíticos inviernos.// Por este fuego tendrán/ claridades inauditas/ en la más densa oscuridad. Pero la inspiración no es suficiente para un poeta. Es necesario que à la obra de arte, creada con talento, respondan no solo la buena voluntad, la perseverancia y el don interior, sino también las fuerzas naturales excepcionales, manejadas y controladas por una inteligencia a la vez osada, prudente, intuitiva, humilde, y por una experiencia consumada. Es entonces, a mi modo de ver, que la poesía puede ser considerada “el sol de los ciegos”, metáfora que sugiere lucidez, clarividencia, la inteligencia sutil de quien se adentra en la realidad profunda, oculta, y comparte este descubrimiento con el lector.

Lo que me parece explícito, en este poemario que ahora publica Vaso Roto, es más el criterio de recopilación de los poemas que la organización o estructuración de un libro de poesía. Cien es, según Alencart, un número conciso para imprimir estos poemas, que podrían sumarse a otros aún en gestación, o gestión, o taller. El poema inaugural Taller (p. 11) nos revela, en una dimensión metapoética, esta intención de pulir la palabra que quedará como arte. De hecho, una de las vertientes que podemos encontrar en estos poemas es el culto a la palabra en sentido bíblico: Digamos / que en el principio era la Poesía / y que esta nos nutre / y nos alcanza, / / así pasen dos lustros / o dos Milenios (p. 12). En Poema encarnado (p. 53), dirigiéndose a Dios como cómplice creador de la palabra poética, el poeta acerca el objeto de la poesía a ese universo de las cosas invisibles, que sólo se desvelan al sumergirse en la profundidad de lo definido para encontrar lo inagotable: (Pusiste cuerpo / al Verbo / y así comenzó / a brillarnos la sangre / junto a Ti // (…) Así vemos nacer esa Luz / que alumbra / cuando nos acorralan / las devastaciones. // Eres poema encarnado).
Otra dimensión de la poética de Alencart, también presente en este libro, es la fe generada en la revelación cristiana, que confiere un valor prodigioso a la acción y al destino del hombre. Al hacer el bien o cometer las mayores atrocidades, al tener que abrirse camino entre amigos y enemigos invisibles, entre imprevistos e imponderables avatares de la pasión, el hombre camina hacia las alturas de la luz o hacia el abismo de la miseria. En el poema Mirada que ruega (p. 52), el poeta analiza el dilema en el que se vive: Un ojo despierto / y el otro quiere dormir, / magnetizados / por las mortales peripécias / que tan pronto pudren la vida. La humildad y fraternidad que presiden el universo de Alencart no pueden concebir un Dios (realizado en la dimensión terrena del Amado galileo) que no fuera la encarnación misma de la perplejidad humana. La relación con lo que, en su poesía, aparece como el mensaje cristiano evangélico es la piedra de toque fundamental de su visión del mundo. Con palabras de transparente sencillez, evoca en el poema Enviado (p. 99) la misión mesiánica de un ser inspirado: Lo llamaban Hijo / o Hermano. Ya no está, / pero su nobilíssimo / ejemplo / irrumpe a diario, / porque hace / falta. El poeta habla íntimamente y en nombre personal, con afecto y sinceridad, cultivando una poesía que, no dando certezas fáciles, se concretiza en la autenticidad de una voz situada en un silencio ascético, en que la conciencia se habla a sí misma y hunde al lector en lo más profundo de su ser. De esta forma, establece una relación entre nuestro corazón y Dios, una interacción entre lo intuido y lo invisible. Se trata de saber hablar con palabras cotidianas sobre lo trascendente, hacerlo concreto y cercano, y hacernos penetrar en la vida universal.
Al fusionar los temas dominantes Dios, la paz, la justicia social, encontramos la unidad fundamental de la visión poética de Alencart, que es el Amor. Ver los poemas: Único Jardín en la p. 78 (Apasionado, preparas el jardín / para que brote la flor / del asombro .// (…) Entonces el capullo revienta, / qual enigma o milagro, / (…) Por su senda / podrás llegar a un nuevo / Paraíso // Degustalo / apasionadamente …) en que la creación artística se opera y se sugiere en metáforas relacionadas con la vivencia amorosa; Eunice, cien veces cien, p.81-89 – secuencia de seis poemas que convocan a Eunice Odio, en tono místico y erótico; Un abrazo que toca el corazón para siempre, en la pág. 49, desahogo del sufrimiento causado por la calamidad, que solo puede ser consolado con amor solidario; o incluso, en un éxtasis de plenitud, leer el poema Pedigüeño, p-67, en el que se alaba el amor conyugal con ecos del Cantar de los Cantares.
Mucho más hay que decir de este magnífico poemario, en el que el número cien no fue elegido por casualidad: para las ciencias simbólicas, e incluso en la tradición inca, el cien representa una parte que forma un todo dentro del todo, un microcosmos dentro de un macrocosmos. Estableciendo la analogía, este conjunto de poemas, dentro de la trayectoria poética de Alfredo Pérez Alencart, tiene un simbolismo particular, en la medida en que, como dice el poeta, en la Inscripción (p. 7), Tal vez el Amor independice al hombre de arreos truculentos, nutriéndolo con otra ley fundamental que lo torna depositario del diario milagro de existir. De hecho, el poeta aspira, en este hermoso libro, a una etapa de vivencias cercana a la “aurea mediocritas”, que lo persiguió a lo largo de su creación poética y que ahora se plasma en la forma lapidaria de esta oda que transcribo.
Sosiego
Recuéstate
sobre un campo de trigo
enverdecido
y celebra
bajo tus párpados
que no pugnas
por lujos o prebendas;
celebra que tu sudor
no es destilación
de angustias.
Recuéstate
canturreando melodías
que sosiegan
como los arrullos
del agua.
Con esta invitación, sepamos saborear el magnífico néctar de sus versos, porque Alfredo Pérez Alencart es un poeta eminentemente sensible a todos los signos con los que el universo responde a las inquietudes del hombre.

Leocádia Regalo (S. Jorge – Açores, Portugal, 1950). Licenciada en Filología Románica por la Facultad de Letras de la Universidad de Coimbra, ejerció funciones docentes y de formación de profesores en la enseñanza en la enseñanza secundaria y superior, estando ya jubilada. Escritora, ensayista y traductora, publicó obras de carácter científico y pedagógico, teniendo colaboraciones dispersas, especialmente crítica literaria, en revistas, periódicos y blogs. Como poeta, publicó su primer libro, Pela Voz de Calipso, en 1998, seguido de Sob a Égide da Lua (Palimage Editores, 1999). Passados os Rigores da Invernia aparece en 2003, en la Editorial Caminho. Años más tarde da a imprenta Tons do Sul, en 2011 y, en 2018, ¿A duas vozes/ A dos voces (con Álvarto Alves de Faria, editado en Salamanca por Trilce). En el ámbito de la literatura infanto-juvenil, publicó Lia no país da poesia (2014), integrado en el Plan Nacional de Lectura, ambos con edición de Terra Ocre / Palimage. Está representada en varias antologías. Ha participado en tres ediciones de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos de Salamanca.
EL SOL DE LOS CIEGOS
Cem poemas para ler devagar
El sol de los ciegos, título escolhido por Alfredo Pérez Alencart para o seu mais recente poemário, contém em si uma significação paradoxal a que estão associadas as dimensões antitéticas da luz e da escuridão. É à sombra deste título que o poeta reúne cem poemas de medida contida, muitas vezes lapidar, em que a voz enunciadora cultiva um discurso de intersubjectividade a que não são alheios um eu e um tu que se complementam numa assunção da poesia como conhecimento do mundo e de si próprio, tanto do sujeito que escreve como do leitor que lê, porque a palavra poética é gerada na cognoscência desta dualidade: Con el vino /me hablo de tú, sílaba/a sílaba,/en confianza,// en fogosa soberanía/ de los no volátiles/ recuerdos. (p. 23).
Assim, percorremos com o poeta uma itinerância que nos convida a entrar no âmago das perplexidades partilhadas: ora em assumida espiritualidade que transcende a sua dimensão corpórea e terrena ( Daño menor es perder/ el cuerpo. Mi espíritu tiene,/ tendrá, su particular/ vivencia. – p. 21); ora em íntima solidariedade com os outros, sejam eles homens comuns, refugiados, crianças sem infância, jovens revolucionários, exilados à deriva; ora em declaração explícita do amor que lhe suscita a Esposa mia, amada/ compañera,(p. 67), a princesa que lhe inspira esse belo poema de Ano Novo (p. 14), a pérola guardada por ele, feito anjo custódio (Perla, p.77), a “mulher incansável” que é reverenciada no poema Amada (p.51) como alguém que suaviza com ternura as inesperadas dificuldades da sua já longa peregrinação na terra; ora em sensato aconselhamento e lúcida denúncia, face aos constantes perigos e tentações a que os seus contemporâneos facilmente sucumbem (neste sentido, são significativos os poemas Consejo para envidiosos (p. 25), Invocación (p. 20), Todo esto passará (p. 92), Holocausto (p. 26), Sed (p. 33) ou Las monedas (p. 29).
A profunda noite metafísica, que não é o nada, mas sim “o silêncio da luz” como refere Dante, é a condição necessária e a atmosfera espiritual para gerar a palavra. Em Fuego salvífico (p.57), o vate proclama na sua vocação demiúrgica: Fuego salvífico seré,/ llama que no quema,/ Palabra encendida/ tras neolíticos inviernos.// Por este fuego tendrán/claridades inauditas/ en la más densa oscuridad. Mas a um poeta não basta a inspiração. É preciso que à obra criada com talento respondam não só a boa vontade, a persistência e a dádiva interior, mas também as forças naturais de excepção, geridas e controladas por uma inteligência simultaneamente ousada, prudente, intuitiva, humilde, e por uma experiência consumada. É então, a meu ver, que se pode considerar a poesia “o sol dos cegos”, metáfora que sugere a lucidez, a clarividência, a inteligência subtil de quem penetra na realidade profunda, recôndita, e partilha com o leitor essa descoberta.

O que me parece explícito, nesta colectânea agora publicada pela editora Vaso Roto, é mais o critério de reunião dos poemas a que o autor se prendeu do que uma organização ou estruturação de um livro de poesia. Uma centena é, segundo Alencart, número conciso para dar à estampa este poemário, que poderá ser acrescido com outros poemas ainda em gestação, ou gestão, ou oficina. O poema inaugural, Taller, (p.11) revela-nos, numa dimensão metapoética, essa intenção de deixar lapidada a palavra que vai permanecer como arte. Aliás, uma das vertentes que podemos encontrar nestes poemas é o culto da palavra no sentido genesíaco: Digamos/ que en el principio era la Poesía/ y que esta nos nutre/ y nos alcanza,// así pasen dos lustros/ o dos Milenios.(p. 12). Em Poema encarnado (p. 53), dirigindo-se a Deus como cúmplice criador da palavra poética, o poeta aproxima o objecto da poesia a esse universo das coisas invisíveis, que só se desvenda ao mergulhar no fundo do definido para aí encontrar o inesgotável (Pusiste cuerpo/ al Verbo/ y así comenzó/ a brillarnos la sangre/ junto a Ti// (…) Así vemos nacer esa Luz/ que alumbra/ cuando nos acorralan/ las devastaciones.// Eres poema encarnado.
Uma outra dimensão da poética de Alencart, também presente neste livro, é a fé gerada na revelação cristã, que investe a acção e o destino do homem de um valor prodigioso. Ao praticar o bem ou cometendo as maiores atrocidades, tendo de encontrar o seu rumo entre amigos e inimigos invisíveis, entre vicissitudes imprevistas e imponderáveis da paixão, o homem caminha em direcção às alturas da luz ou para o abismo da miséria. No poema Mirada que ruega (p.52), o poeta analisa o dilema em que se vive: Un ojo despierta/ y el otro quiere dormir,/ magnetizados/ por las mortales peripécias/ que tan pronto pudren la vida. A humildade e a fraternidade que presidem ao universo de Alencart não poderiam conceber um Deus (concretizado na dimensão terrena desse Amado galileo) que não fosse a própria encarnação da perplexidade humana. A relação com o que, na sua poesia, surge como a mensagem evangélica cristã é a pedra de toque fundamental da sua visão do mundo. Com palavras de transparente simplicidade, evoca no poema Enviado (p. 99) a missão messiânica de um ser inspirado: Lo llamaban Hijo/ o Hermano. Ya no está,/ pero su nobilíssimo/ exemplo/ irrumpe a diario,/ porque hace/ falta. O poeta fala intimamente e em nome pessoal, afectivamente e com sinceridade, cultivando uma poesia que, não dando certezas fáceis, se instaura na autenticidade de uma voz situada no silêncio ascético, em que a consciência fala a si própria e leva o leitor a descer ao fundo de si mesmo. Estabelece, deste modo, uma relação do nosso âmago com Deus, uma interacção do intuído com o invisível. Trata-se de saber falar com as palavras do quotidiano sobre o transcendente, tornando-o concreto e próximo, e fazer-nos penetrar na vida universal.
Pela fusão das dominantes Deus, paz, justiça social, encontramos a unidade fundamental da visão poética de Alencart, que é o Amor. Vejam-se os poemas: Único jardín na p. 78 (Apasionado, preparas el jardín/ para que brote la flor/ del asombro.// (…) Entonces el capullo revienta,/ qual enigma o milagro,/ (…) Por su senda/ podrás legar a un nuevo/ Paraíso// Degustalo/ apasionadamente…) em que a criação artística é operada e sugerida em metáforas relacionadas com o envolvimento amoroso; Eunice, cien veces cien, p.81-89 – uma sequência de seis poemas convocando Eunice Odío, numa tonalidade mística e erótica; Un abraso que toca el corazón para siempre, na p. 49, desabafo sobre o sofrimento causado pela calamidade, que só pode ser consolado com o amor solidário; ou ainda, num êxtase de plenitude, leia-se o poema Pedigueño, na p- 67, em que o amor conjugal é louvado com ressonâncias do Cântico dos Cânticos.
Muito mais haveria a dizer sobre esta magnífica recolha de poemas, em que o número cem não foi escolhido por acaso: para as ciências simbólicas, e mesmo na tradição inca, cem representa uma parte que forma um todo dentro do todo, um microcosmo dentro de um macrocosmo. Estabelecendo a analogia, este conjunto de poemas, dentro da trajectória poética de Alfredo Pérez Alencart, possui um simbolismo particular, na medida em que, como diz o poeta na Inscripción (p.7), Tal vez el Amor independice al hombre de arreos truculentos, nutriéndolo con otra ley fundamental que lo torna depositario del diario milagro de existir. Efectivamente o poeta reclama e aspira, neste belíssimo livro, a um estádio de vivências próximas da “aurea mediocritas”, que o foi perseguindo no decurso da sua criação poética e que agora se plasma na forma lapidar desta ode que não posso deixar de transcrever e traduzir.
Sossego
Recosta-te
numa seara
verdejante
e regozija-te
a teus olhos
porque não pugnas
por luxo ou prebendas;
regozija-te porque o teu suor
não destila
angústias.
Recosta-te
cantarolando melodias
que fazem sossegar
como os arrulhos
da água.
Com este convite, saibamos saborear o magnífico néctar dos seus versos, porque Alfredo Pérez Alencart é um poeta eminentemente sensível a todos os sinais com que o universo responde à inquietação do homem.

[Foto de cabecera de José Amador martín]
