En 2021 se conmemoró a nivel mundial el séptimo centenario del fallecimiento en 1321 de Dante Alighieri. Pues bien, a la rusa Helena Ramos ––una políglota y nicaragüense consorte–– y yo ––dariano integral, o sea, dariísta–– nos invitaron, en calidad de directores honorarios de la Biblioteca Nacional Rubén Darío, para impartir sendas conferencias sobre tan significativa efeméride. El escenario fue un acto en la Sala Dariana de la Biblioteca, organizado por el director del Instituto Nicaragüense de Cultura (INC), arquitecto Luis Morales Alonso, y la Embajada de Italia en Nicaragua, el sábado 4 de septiembre de 2021.
Si Helena privilegió las traducciones de La Divina Comedia en el idioma ruso, yo las existentes en nuestra lengua realizadas hasta finales del siglo XIX, en concreto hasta la parcial (limitada al Inferno) del estadista e intelectual argentino Bartolomé Mitre (1821-1906). En su erudito ensayo, o reseña crítica de esa obra, “Una nueva traducción del Dante” (La Nación, Buenos Aires, 28 de agosto, 1894), consignaba durante su cardinal periodo argentino (1893-98) el capitán transatlántico del modernismo: “Él y Longfellow son los únicos que han conducido al Dante al Nuevo Mundo […] Quien ha llevado a término la gran tarea es el ilustre general, cuya traducción motiva estos apuntamientos”.
Ahora bien, el 16 de mayo de 1897 ––en el mismo diario bonaerense–– Darío dedicó a Mitre el poema “Visión”. Titulado originalmente “Dante”, lo reprodujo diez años después en la revista madrileña Renacimiento y lo incluiría su autor en El canto errante. Se trata de una inspiración que resume e imita, recreándola diría yo, una obra clásica: La Divina Comedia. De ahí que “Visión” se haya escrito con la estructura métrica de la Comedia, constando de 26 tercetos (o sea 78 versos), encadenados con rima consonante aba, bcb. Comienza, pues, con estos dos tercetos:
Tras de la misteriosa selva extraña
vi que se levantaba al firmamento
horadada y labrada una montaña
que tenía en la sombra su cimiento
y en aquella montaña estaba el nido
del trueno, del relámpago y del viento […]
––¿En qué lugares / vaga hoy el alma mía ––se pregunta el poeta y responde: De improviso / surgió ante mí, ceñida de azahares / y de rosas blanquísimas, Estela, / la que suele surgir en mis cantares. Es decir, Rafaelita Contreras, su primera esposa, fallecida a los 23 años y hermana de las liliales vírgenes, como la había identificado Rubén en su poema “El poeta pregunta por Stella” en Prosas profanas (1896). Y continúa:
Y díjome con voz de Filomela:
––No temas: es el reino de la lira
de Dante; y la paloma que revuela
en la luz es Beatrice. Aquí conspira
todo el supremo amor y alto deseo.
Aquí llega el que adora y el que admira––.
––¿Y aquel trono ––le dije–– que allá veo?––
––Ese es el trono en que su gloria asienta
ceñido el lauro, el gibelino Orfeo […]
––¡Oh bendito el Señor ––clamé––, bendito
que permitió el arcángel de Florencia
dejar tal mundo de misterio escrito.
Con lengua humana y sobrehumana ciencia,
y crear este extraño imperio eterno,
y este trono radiante en su eminencia,
ante el cual abismado me prosterno.
¡Y feliz quien al Cielo se levanta
por las gradas de hierro en su Infierno!
Y ella: ––Que este prodigio diga y cante
tu voz––. Y yo: ––Por el amor humano
ha llegado al divino. ¡Gloria al Dante! […]
He aquí “Visión”: una evidente resonancia de La Divina Comedia y tributo a su genial autor. Un poema que Darío incluyó en el segundo volumen, Muy antiguo y muy moderno (1915) de su antología personal. Asimismo, figura en el tercer volumen póstumo, Y una sed de ilusiones infinita (1916), de la citada antología.

Otro poema dariano de inspiración dantesca es “Charitas” (1905). Perteneciente a Cantos de vida y esperanza (1905), consiste en una sublimación de la caridad personificada en San Vicente Paul (1581-1660), cuya alma ––guiada por Cristo–– recorre el Paraíso. La resonancia del Poema Sacro de Dante en esta composición de lugar también resulta evidente. El elegido pasa por entre Ángeles, asciende a los Arcángeles y sube hasta los Príncipes; lo reciben las divinas potestades, alcanza las místicas virtudes, / las huellas de los mártires / y las intactas manos de las vírgenes; el coro prestigioso / de las Dominaciones que dirigen nuestras almas al bien, y el coro excelso / de los tronos insignes […], hasta alcanzar:
Por fin, la gloria
de teológico fuego en que erigen
las llamas vivas de inmortal esencia.
Cristo al Santo bendice
y así penetra el Serafín de Francia
al coro de los ígneos Serafines.
Finalmente, no existe en el área centroamericana un estudio sobre la relación Dante-Darío, excepto el discurso de ingreso en 2007, como miembro correspondiente, a la Academia Nicaragüense de la Lengua de mi amiga la panameña Gloria Guardia de Alfaro (1940-2019): “La mirada de Orfeo en Dante y Darío”. Yo, como director entonces de la Academia, tuve el privilegio de darle la bienvenida y de valorar su discurso.
Partiendo de Orfeo, el divino poeta y músico de la mitología griega que con su canto educaba a los humanos y pacificaba a los animales, Gloria realiza un análisis de literatura comparada detectando las huellas del Dante en nuestro Rubén Darío, quien ––en su afán de apropiación global de la cultura de su tiempo y de todas las épocas–– asimiló las figuras mitológicas y el sincretismo religioso, desarrollado milenariamente en todo el Viejo Mundo, concretadas en sus manifestaciones herméticas, enigmáticas, misteriosas. Basta citar su “Coloquio de los centauros”, de Prosas profanas, en el cual recupera el arsenal mítico griego de los centauros: hombres-bestias, a quienes idealiza y configura “como sabios que hablan sobre lo Óntico, la Vida y la Muerte, el Amor, la Belleza y la Naturaleza, comprendidos en el Todo”. Por eso uno de ellos, Quirón, proclama:
Las cosas tienen un ser vital, las cosas
tienen raros aspectos, miradas misteriosas,
toda forma es un gesto, una cifra, un enigma,
en cada átomo existe un incógnito estigma,
cada hoja de cada árbol tiene su propio cantar
y hay un alma en cada una de las gotas del mar.
Gloria Guardia de Alfaro opta por analizar textos comunes de ambos clásicos que son “fiel reflejo de sus creencias y conocimientos esotéricos”. En esa línea, ausculta el sistema de correspondencia del universo, regido por la numerología y el ritmo, que intuyó y expresó magistralmente nuestro Rubén. Al mismo tiempo, señala que solo el mito órfico es capaz de revelarnos el secreto de la comprensión del prodigio poético de Darío. Su mirada es la fuente, es el camino para saltar por encima de las trabas conceptuales, de las divisiones hermenéuticas, axiológicas o filosóficas”. Sin Orfeo, podría simplificarse, no se explica Darío; pero Gloria apunta más: “Darío ha realizado sus anhelos, convirtiéndose en el homólogo y contemporáneo de Alighieri”.

Jorge Eduardo Arellano Sandino (Granada, 1946). Ha sido director de la Academia Nicaragüense de la Lengua y Secretario de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua. Arellano tiene una amplia trayectoria como investigador, escritor, poeta, historiador, cronista, bibliógrafo y editor. Doctor en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, se especializo en Lexicografía Hispanoamericana en la Universidad de Augsburgo, Alemania. Fue embajador de Nicaragua en Chile (marzo, 1997 – febrero, 1999). Dirige la revista Lengua y el Boletín Nicaragüense de Bibliografía y Documentación (Biblioteca, Banco Central de Nicaragua). Ha obtenido diez premios, entre ellos el “Nacional Rubén Darío” (1976 y 1996), el de la mejor tesis para graduados hispanoamericanos en España (1986) y el convocado por la Organización de Estados Americanos (OEA, 1988), con motivo del centenario de “AZUL” de Rubén Darío. Su poemario ‘La camisa férrea de mil puntas cruentas’ mereció en 2003 el Premio Nacional Rubén Darío.
Imagen de cabecera: Dante, pintura de Miguel Elías
