EL DOLOR DE LA BELLEZA
Un solo grano de arena basta
para herir las valvas de la ostra.
Accidente que activa su mecanismo de defensa.
Capas y capas de nácar segrega el molusco,
recubren al invasor en una majestuosa perla.
Una ostra sin perla jamás ha sufrido.
Muerte e incertidumbre,
enfermedad y tristeza
son los granos de arena en el alma del poeta.
Las palabras son el nácar que repelen su dolor.
Sus poemas, las perlas que enquistan esas heridas.
Ningún ser sin sufrimiento
jamás será capaz de articular un verso.
El poeta es un molusco en proceso de sanación.
ALBATROS
Soy hijo del agua y de la Tierra,
pero mi sepultura está en el Viento.
LEÓN FELIPE
Sospecho que porto el alma de un albatros
e intuyo la tormenta al mínimo escalofrío.
Los muertos del mar alguna vez me hablaron,
cargué sobre mi cuello sus voces legendarias;
sospecho que si sueño con oleajes y hondonadas
es que volé dormido a reposar sobre el océano.
Detuve mi plumaje en la nave de un recuerdo
y vi la juventud que regresaba
con mástiles inclinados y proa sumergida
a besar las arrugas que me esculpió la carne
cuando después de tanto baile,
tanto ritual de iniciación y gregarismo
por instinto reduje mi círculo de amigos
y con cierto dolor profesional
me resigné a la monogamia,
fijé la mirada en sentido de los alisios
desde el islote en que anidé
junto a mi elegida.
Sospecho que porto el alma de un albatros,
vuelo y aterrizaje aprendí de mis ancestros.
Planeo sobre una ráfaga de utopía
y si la noche lo amerita,
me desvelo a señalar las direcciones
de la muerte,
consciente de que un día
el viento vendrá por mí
para elevarme;
no habrá ya tiempo de transcribir
el canto que se bate de mi pico aletargado
y en la infinitud de su soplido espectral
replegaré mis alas.

LA ENREDADERA
La casa yace, yace sin remedio,
fantasma de sí misma, yace, yace,
BRAULIO ARENAS
A mis abuelos maternos,
Dora y Bienvenido. In Memoriam
Hace años nadie alquila
aquella última casa que habitaron los abuelos.
Primero ella salió con la cadera en astillas,
luego él con su corazón descompasado,
y ya ninguno regresó a convalecer tras sus paredes.
Yace bajo la asfixia de una enredadera,
cancerbera que oxida los llavines
y sus hojas fantasmagóricas
espantan inquilinos.
Deben tener algo de antropófagas
esas casas que nadie elige
para sudar lunas conyugales
y sólo hacinan las ánimas de tantos abuelos.
Viviendas con bruma en las ventanas
como los ojos de Dora;
gemidos de puertas que evocan
las oraciones de Bienvenido.
Moradas que hieden a mortaja
cuando la niebla enmohece
las noches de ancianidad
donde nos descubrimos cansados,
y sólo queda rogar que nos abrace la muerte,
como esa enredadera asfixia
aquella casa que nadie más rentará
porque la savia de sus lianas
corroe cada aposento con rumores de sepulcro;
y el rictus de la soledad asusta a quien pregunte
si la herrumbre de esa llave traspasará su anatomía
cuando los picaportes de la juventud
le sean trancados
definitivamente.
SENSIBILIDAD ARBÓREA
En esta morada se respira bien
porque aún conserva conciencia de árbol.
No es más que un tronco rectangular,
una entidad que se resiste al desarraigo.
Por la noche, oímos crujir su maderamen.
En la infancia nos asustábamos,
tan traumados por los cuentos de fantasmas.
Pero los años nos enseñaron
a comprender su regocijo:
la sensualidad de su corteza
coqueteándole a las sombras,
a pesar del dentellear
de las termitas y los lustros.
Somos la consecuencia de su sensibilidad arbórea;
quien roza nuestra piel queda
con dedos pegajosos
pues nuestras glándulas, ante el calor,
en vez de sudor destilan savia.
De vez en cuando alguna tabla
cede al escarnio de la polilla,
un tránsito necesario en el hallazgo de su origen:
Un día esta morada se llenará de musgo;
lentamente su ramaje quebrará los ventanales,
le nacerá un laberinto de follaje y oropéndolas,
y recluidos en la silvestre terquedad de sus entrañas
seremos faunos que se amotinan
dentro de un bosque de cuatro paredes.

EX-SOMBRA
El poeta no tiene biografía.
NICHITA STÂNESCU
Recuerdo bien que fui una sombra
y anduve por años a ras de un cuerpo,
una masa concreta, pero sin forma espiritual
que me arrastraba por pedregales y pozos,
me hacía cosquillas por los matorrales
y me raspaba en el pavimento.
Hasta que un día salimos, y el sol tempranero
tironeaba por la espalda la camisa de mi dueño,
eran tan sofocantes sus brazos de fuego
que la masa humana se demoraba
y yo, delante de él, me iba estirando,
triplicaba su tamaño,
cuadruplicaba su insignificancia
de huesos y grasas
y poco a poco el asfalto fue testigo del desarraigo:
Las puntas de sus pies se distanciaban de las mías;
milimétricamente se despegaban
mis pies de sombra
y fui libre de andar en mi propio sentido.
Centímetros eran ya
la distancia hacia aquel cuerpo,
pero la costumbre de atarme a él
me hizo trastabillar;
rodé por los descampados sin detenerme,
arrastré piedrecillas y hojarascas,
tierra y agua se mezclaron
en plena avalancha de sombra.
Fue un largo resbalar pendiente abajo.
Todo descalabro es pasajero;
y hubo un momento en que la planicie
acuñó mi estrépito
que ya no era sombra;
sino un amasijo mineral con vida y conciencia.
Y pude levantarme y palpar mis nuevas manos,
hice muchas piruetas y estrené mis nuevas piernas,
pude sacudir con gozo mi nueva cabeza
y todo lo que busqué fue una ramita entre la hierba
para trazar en códices mi historia
sobre las rocas de las praderas.
Continué escribiendo a través de las costas,
por valles, ciudades y cordilleras,
es tanto lo escrito que la gente se extraña,
se ríen, hacen mofa y me llaman poeta.
Y supe de oídas que aquel cuerpo que me tuvo
se desmoronó esperando el regreso
hasta volverse un puñado de inercia.
Pero no quiero olvidar que una vez fui sombra;
que no tengo biografía
y hoy soy mi propia anécdota.

William Velásquez Vásquez, nació en Turrialba, Costa Rica en 1977. Estudió Diseño Publicitario en la Universidad Autónoma de Centroamérica (UACA). Ha escrito artículos de opinión, reseñas, poemas y narraciones en las Revistas Lectores, Turrialba Desarrollo y Cartago Mío. Fue miembro del Taller de Poesía Nuevo Paradigma. Forma parte del equipo de gestión cultural de Turrialba Literaria. Cuentos y poemas de su autoría aparecen en las antologías Crónicas de lo oculto (Editorial Club de Libros, Costa Rica, 2016), Voces del café (Nueva York Poetry Press, 2018), Entra-Mar II (Sakura Ediciones, Colombia, 2018) y Le Parole Grondanti – Antologia della Nuova Poesia Centroamericana – Vol.II (Fermenti Editrice, Italia, 2021), así como en las páginas literarias Norte/Sur y Ablucionistas (México), Buenos Aires Poetry (Argentina), Literariedad (Colombia), Casa Bukowski y Altazor (Chile), Nueva York Poetry Review (EE.UU). Colaboró como redactor en la Revista Digital Glass Onion (Argentina). Ha publicado los poemarios Los dictados del mar (2018), Tocadiscos (2020) y Un animal, el viento (2022) bajo el sello editorial Nueva York Poetry Press.
Foto de cabecera: William Velásquez Vásquez (foto Luis Rodríguez)
