Tiberíades tiene la satisfacción de publicar una selección de 10 poemas del libro «Silencio» (Poesía 1994-2021), obra reunida del poeta José Antonio Santano, con Estudio preliminar de Alfonso Berlanga Reyes y publicado bajo el sello de la editorial de Alhulia, Granada. Alberga 15 libros, excluido «Alta luciérnaga», editado por la Diputación de Salamanca, presentado durante el XXIV Encuentro de Poetas Iberoamericanos, celebrado el pasado mes de octubre en Salamanca.
V
Tardes de otoño cobrizo. La almazara
muele el negro fruto. Aromas
de alpechín. Columnatas de capachos. El reloj
de la pared marca las cinco. La radio
anuncia la novela. El comedor
rebosa de silencios.
Al calor del brasero de picón,
pan y aceite de merienda. La abuela
duerme. Grises campos de algodón el cielo.
La tarde va cayendo, como la lluvia
sobre las piedras, los tejados. Vierte
el canalón las aguas.
Mi aceitunera vuelve con la mirada
cansada,
al hombro la capacha. Busca
por la casa la sonrisa, y de sus manos
quemadas en las mías recibo,
obsequio de la diosa,
deliciosos caramelos de menta. La noche
en el regazo duerme con su arrullo.
¡Tardes de aceituna y menta,
quién me las devolviera!
(Del libro “Profecía de otoño”. Barro,1994)
… Y OMEGA
Hay noches que estoy
como perdido, ausente, y perezco
en las crispadas
aguas de un tiempo gris y decrépito.
Hay noches tristes
que me arrancan la voz y la vida;
atormentados
sueños que me calcinan las sienes
y hacen sentirme
inútil y viejo, desmembrado,
un vencido más, un cadáver más
como alimento
del insalvable y voraz destino.
Noches que espero
volver a verte por las callejas
de siempre, a la luz
del iris de tus niños de siempre,
estremecido
por sus dulces sonrisas, sus gritos
de cal y viento
aleteando en aulas y patios.
Noches que siento
que tus certeras manos me alcanzan
y en ellas vivo
ajeno a las miserias humanas.
Hay noches, tantas
noches de atormentada agonía
que, sólo vivo
si tú en mí germinas y resides,
si de tus labios
escucho benévolos preludios
de fuego y sangre.
Hay noches, tantas
noches de silencioso martirio…
(Del libro “La piedra escrita”. Alhulia, 2000)

17
Quisiera despertar sobre tu dermis
y enloquecer al tiempo del ocaso.
A tu lengua enredarme tal serpiente,
retorcerme en tu abdomen y en tu busto
el tiempo que esta singladura viva
en las salvajes olas de tu cuerpo.
Traspasar la frontera de tu sangre
que fluye como lava en mi costado
poseyéndome única entre los chopos,
precipitando el sino entre las uñas
con implacable y pulcra exactitud.
Desearía libar de tus pezones
dorados por el sol del mediodía,
la lluvia mágica de los inviernos;
acariciar tu cintura de ninfa,
sumergirme en ella hasta fallecer.
Porque mientras languidezca la tarde
en tus pupilas de torre o gacela,
yo exhalaré desesperado el único
perfume que me alimenta y seduce
al tiempo que la noche se derrama
por el tórax de tus arcaicos muros.
Día tras día, un ángel de cristal
me arrancará la paz de mi retiro
y mis manos sentiré fulminadas
por el rayo voraz de tu hermosura.
Y es que toda tú me guías paciente
por el desfiladero de las nubes;
me abrasas calladamente en tu lecho
y a tus azules dominios me arrastras.
(Del libro “Suerte de alquimia”. Alhulia, 2003)
ASOMADO AL INVIERNO
«O todos o ninguno. O todo o nada.
Uno sólo no puede salvarse.
O los fusiles o las cadenas.
O todos o ninguno. O todo o nada.»
Bertolt Brecht
a Antonio Muñoz Zamora, In Memoriam
Me acerqué aquella noche hasta su casa
como un sonámbulo, muy lentamente,
al tiempo que las calles, frías y húmedas,
vertían mosaicos de espejos, luces
de infinitas soledades, de inviernos
obscuros y dolientes en mi rostro.
Una alfombra de hojas amarillas,
de silencios anónimos se ocultaban
tras la densa niebla del olvido, gris
como la edad fundida a mis cartílagos,
la misma que asola campos y sueños.
Hoy camino por vastas geografías
y lluvias monocordes, por océanos
de sangre y fuego, por sórdidas cárceles
y cuerpos desnutridos y hacinados;
hoy, después de oír sus voces mustias,
me persiguen las sombras del pasado,
la triste melodía de otras edades,
los días con sus crespones de luto,
el ácido silencio de la historia
que arremete contra todos y todo.
Hoy te he visto, apoyado en los silencios,
cruzar la calle muy despacio, trémulo,
apurando los rumores del día
y he sentido el vuelo de los ángeles
como un aguijón de muerte en los párpados
de la noche y los altos cipreses.
Hoy, te he visto, y en ti, los negros peldaños
del desvalimiento —cáustica agonía—,
y uno a uno he contado con los dedos
manchados por la sangre y el tormento
cada cuerpo caído en la espesura
selvática del odio y la barbarie.
Entonces recordé que tus orígenes
de sal y espuma avivaban el vuelo
de los pájaros, los sonidos del aire
en las mañanas de la calle Estrella,
allá en la Almedina laberinto,
nido y haz de sueños y quimeras,
en cálido abrazo con los licores
y el vino oferente de Casa Teba,
o las fragancias de la oscura tinta
impresa en áureos pliegos de papel.
Recuerdo que tu nívea presencia
viaja conmigo a Orihuela, Albacete
y al frente del Jarama entre aullidos
monocordes de balas homicidas;
que en Brunete la sangre es un hervor
en tu antebrazo; que te espera el agua
del Ebro y la orilla de Gandesa,
la voz de un silencio tras otro, la luz
del ocaso en las pupilas y el alma.
Recuerdo tu soledad en Argelès,
la humillación en tu lecho de arena,
las noches de duermevela y congoja
sesgándote la piel y las ideas,
arañando la juventud del sueño.
Y allí en la playa, en la dura almohada
del desamparo, insomne, descubrías
la doliente mirada de otros seres,
de otras vidas sin vida en las pupilas,
sin sueños ya, sin patria ni memoria.
Luego, tu carne apresada a otra carne
en un abominable vagón de tren,
inmóvil, asfixiado en el hedor
de otros cuerpos vencidos, moribundos;
sólo carne, espuria piltrafa humana
camino al matadero de Dachau.
Y vendría el infierno de Mauthausen:
ciento ochenta y seis peldaños de espanto
y muerte, el horror de noches y días
sintiendo el gas asesino en el aire.
Con el paso del tiempo, otros infiernos
en tu Francia adoptiva y en tu natal
Almería, otros silencios, otra paz
más dolorosa, un pacto de esperanza
para seguir viviendo como humano
lo que otros mancharan con sangre y fuego.
Volverías, con el paso del tiempo,
a la razón del ser, eternamente.
(Del libro “Razón de ser”. Univ. La Laguna, 2008)

V
En qué estás pensando, me preguntas
y el crujido del viento se clava en las paredes
de la casa, justo allí donde el reloj
pronuncia su última arenga de silencios
y la alacena esconde los secretos de la infancia
o el hule de la mesa muestra sus colores
de siempre, y sus arrugas de cráter;
cuando crece la tarde entre las manos
de una niña pecosa y pelirroja,
princesa de otro tiempo que se aleja
mientras la lluvia humedece los geranios
con un hilo de agua cristalina. Pero ahora
la vista alcanza en lontananza
un mar de plástico y de espejos
sobre esta tierra de poniente
donde viven y resisten, heroicos,
los apátridas del mundo y sus confines
a la espera de un verbo o una sílaba
que los haga más hombres y más libres.
Y para qué quieres que te diga
en lo que pienso, si vuelas por las nubes
buscando otros mundos, otro cielo distinto
de áureos y magnánimos destellos
donde no quepa el aire de los besos
ni la voz afable de los ríos y las acequias
o el tacto ardiente de la llama en el pecho;
quizá la luz de los ojos y la luna
en los altares de la noche y los desiertos
que el tiempo quiso para consigo
después de haber peregrinado
hasta la cúspide infinita del silencio.
Para qué me preguntas qué pienso
como si no fuese contigo esta historia
que ocultas y niegas cada día
ante los cientos y miles de vencidos
que obedecen las órdenes precisas
de los amos del mundo en esta hora;
pienso —digo— en la fuerza del aire,
en su semilla que crece lentamente
bajo el blanco de los plásticos
que dibujan sobre el valle otro mar
de intensa mudez y de azabaches.
Pienso en la abrupta soledad
que los conmina a ser nada
en la inmensa geografía del plástico,
en los colores de la tarde
sobre viejas bicicletas, en las casas
que lucen cicatrices de espanto en sus fachadas,
en los caminos abiertos por la herida
xenófoba, por la vil calumnia que cercena
los sueños y la vida.
En qué piensas, me pregunta
facebook, y yo, sin más, contesto
reafirmándome en lo dicho, en la tristeza
de ver en la mirada el desencanto
de estos seres que callados sobreviven
en la frontera del miedo, al límite
siempre del abismo y la derrota.
Y yo, aferrándome a los colores del día
proclamo en sus colores la vida,
y oigo los rumores del beso en la brisa
que se clava hasta sus huesos,
pues ya solo me importan sus pesares
y en ellos reconozco la dignidad
de ser hombres cabales aun siendo
la piel de mil colores o el habla
tan compleja y tan distinta,
que a su lado la huella de la vida
se asemeja a una luz intensa y única
que alumbra los caminos de poniente
entre mares de plástico y de soledades.
(Del libro “Tiempo gris de cosmos”. Nazarí, 2014)

7
Cada amanecer era diferente
una nube en el cielo descuidada,
una línea de fuego en lontananza
el embrujado baile de las olas
la desnudez ciclópea de los montes
los gráciles destellos de los faros
el canto monocorde de las aves
un desierto de olvidos y de arena
la voz inmaculada de los años
cuando crece el otoño en las pupilas
o el deseo se escapa de las manos.
Cada amanecer hoy, también es otro
que clava sus agujas en el tiempo
que avanza torpemente entre las dunas
que habitan el papel, su helada carne.
Cada amanecer era diferente:
la fiebre de los labios y la sangre
tejiendo soledades y tristezas;
el latido insondable de la fiebre
surgiendo de la nada o el abismo;
la intangible memoria de los sueños
espesando en las lunas de los mares.
Y al final del trayecto, la ciudad
de nuevo, la agonía en los semáforos
asaltando los rostros, la rutina,
el espacio nimbado del papel
en la tinta vertida o en las mesas,
sobre el silencio muerto de los días.
Al final, como siempre, la oficina.
(Del libro “Memorial de silencios. Ed. En huida, 2014)
III
Recuerdo que al principio te veía
con asombro de niño en los espejos
del agua de los ríos y la luz
vertical de frondosas alamedas,
juguete entre mis manos diminutas,
llamarada de soles en estambres
de cobre y de arcoíris prolongados;
era inagotable, siempre atento
al brillo de mis ojos esperaba
que el tiempo detuviese su aventura
en aquel blanco vértice de ensueño
que la vida trazaba sobre el aire
y los tejados grises de las casas.
Recuerdo, muy al principio, que tus dedos
se enredaban alegres al espacio
azul de las sonrisas y eras todo
tú, mariposa en vuelo hacia los mares,
deslumbrante luciérnaga, fanal
del tiempo, voz de ecos repetidos.
Recuerdo, muy al principio, te recuerdo…
La tarde iba cayendo en las cortinas
de blanco encaje —lúcidas formas
tras la pared de alcobas y desvanes—,
de huellas y aromática alhucema
en los atardeceres del invierno,
también de sus silencios estridentes
sobre la piel enferma del abismo
cada vez que tus manos me apresaban
a la luz de la luna y en tus sueños
existía gozoso en las estrellas,
libre en mi fugaz vuelo hacia los astros.
Recuerdo, muy al principio, te recuerdo…
En el blanco silencio de la casa,
cuando nada era todo, vida toda,
luz primigenia, solo luz del alba
que derrama sus ojos sobre el patio
colmado de crecidas aspidistras
y aromas de jazmín y madreselvas.
Recuerdo el pavoneo de tu cuerpo
vestido de domingo entre las nubes,
el tañer de campanas misteriosas
que hablaban de mareas y glaciares,
las ollas de agua hirviendo y el vapor
que aniebla las paredes del aseo
teñido de pobreza y soledades.
Recuerdo, te recuerdo en la distancia,
abriéndote caminos de cristal
y de cuchillos, ebrio de placeres
en la encendida noche del solsticio
del invierno, ya cumplida la condena
que te apresó al abismo del vacío.
Pasado el tiempo vino la luz calma
del silencio, los sones de la lluvia
y todo fue latido y pulso ciego
en las blancas mañanas de domingo.
(Del libro “La voz ausente”. Alhulia, 2017)

SE VENDE
reza el cartel de la casa
ajena ya
a la humana presencia de Vicente.
La casa en su tristeza va muriendo cada día
el óxido que muerde la enrejada puerta
las plantas que la adornaban se han secado
solo el cedro resiste impertérrito
el paso del tiempo y el olvido.
No se escucha el verso encendido
en sus salones
ni se citan en ella los poetas
que antes visitaban a diario.
La casa Velintonia está vacía
la escalera no existe
una sombra el balcón sobre la entrada
la alcoba se crece en la ruina
el tejado del tiempo ya maleza
y un cuchillo las ventanas.
Nada es lo que fue esta casa santuario
este solar que envejece en soledad
y rumia en la losa ajedrezada su pasado.
Ahora Velintonia que nadie te visita
que los pájaros no anidan tu costado
yo te invoco
te nombro en el distante sur
que la nostalgia aviva
y redescubre en tu mirada
la luz del perdido paraíso
y en ella sus magnánimos silencios
uncidos al aire de la aurora
que sus sagrados labios besa.
(Del libro “Marparaíso”. Casa de Galicia/Córdoba, 2019)
GINÉS MIRA EL CIELO
A Ginés Liébana, pintor
¿Adónde miras desde el abismo de los ojos,
cuando declina la tarde en las estrechas calles
y espejea la lluvia en la piel de la Albolafia,
en el verde filo de la memoria,
en las sombras que dibujan las candelas,
la vida en trinos de otoño
en la aviejada arboleda,
en las vidrieras sagradas del crepúsculo,
en el silencio que azulea la siesta,
en las murallas olvido del Alcázar,
en los ojos del puente sobre el Guadalquivir,
a dónde miras, dime?
¿Adónde miras, desde qué cielo oteas
aquella luz primera, aquella luz del alma,
aquella luz de pájaro y diamante, dime,
en qué casa habitas en esta hora vana,
dónde el blanco lienzo, los dorados ángeles
de Córdoba, dónde el misterio y la leyenda,
la sinagoga y la iglesia, la gran mezquita,
la fuente y el olivo, dónde la oración,
dónde las palabras, el verso sierpe,
la noche y su liturgia de luna,
dónde, dime?
¿A dónde miras, Ginés,
por qué las manos son ojos inmensos,
tierra abarcadora,
policromía de labios y crepúsculos,
espeso invierno,
regreso al vacío, la nada
niebla rosa de arcángeles
plata en los altares de la tarde,
lóbrego fugaz silencio
sepulto en campo abierto?
¿A dónde miras, Ginés,
que tus ojos son cirios de abril
ardientes teas
lienzos
en templos olvidados,
allá a lo lejos, en la infinitud
del día y su arcoíris,
desnudando la tarde sus dorados
haces, la llama en brasas
de tu amor oculto, en tus manos
de risa y amapola?
¿A dónde miras, Ginés,
que tus ojos son agua abrasadora
y plata de luna en los olivos, alminar
y campanario,
silencioso canto en los cipreses
de aquel antiguo cementerio,
sonora luz de óleo en las acacias?
¿Dime, Ginés,
a dónde miras que a la oscuridad enciendes?
(Del libro “Tierra madre”. Alhulia, 2019)

CIELO Y CHANCA
¡Hijos de la mar, feroces minotauros
dispuso el viento en esta tierra
para nunca jamás volver a los orígenes
de la oscuridad que habita la cresta de las olas!
¿Qué voz anuncia la infinita desnudez del paraíso,
la orilla azul del tiempo?
¿Qué ave rapaz en su vuelo sagrado
dibuja este horizonte inmenso de cenizas?
Decidme:
¿Qué dioses habitan el umbral de la noche,
la roja tierra de los sauces, el monte que dormita
en esta hora turbia de los sueños?
Decidme:
¿Qué luz fenecerá tras ser cristal y espejo,
la nada que todo ya lo envuelve, enorme monumento
en los ojos del agua y sus dominios?
¿Acaso viviremos navegantes y eternos
en la blanca voz del aire
alumbrando de sangre la memoria?
¡Hijos de la mar!
¿Regresaréis un día a vuestra patria
al jardín de los cantiles y la rosa
a la clara esencia de la lluvia
que prende en los caminos
y es agua y beso
mediterránea luz?
¡Hijos de la mar!
Decidme:
¿Acaso ya no importan las palabras
el sonido del aire en los collados
los ojos encendidos de los ríos
la voz marina del silencio?
¿Quién os salvará de las cenizas
del lodazal que cubre vuestros huesos
babel y apocalipsis de este siglo?
¿Olvidaréis el ser de vuestro natural linaje
cuando sintáis la sangre en las pupilas
huyendo entre el silencio de la luna?
No más humillación
no más verdugos ni castigos
no más oscuridad
no más cuchillos en la noche
ni más tristezas.
¡Hijos de la mar!
Aquí y ahora
en los zaguanes del alba
la seda que cubre ya las nubes
y la fe que proclaman los imanes
tras la sombra del gran astro
en el muro norte del osario.
Ángeles de luz oblicua
y compasiva lluvia…
en la carne de un tiempo
siempre blanco y roto
densa luz
que vuelve así a La Chanca.
(Del libro “Cielo y Chanca”. Alhulia, 2019)

MADRE LLUVIA TU NOMBRE
entre gotas de lluvia
golpeando ventanas
corazones ausentes
cuando mudos los ojos
acarician las nubes
que la tarde dibuja
en el ángulo oscuro
de una sala silencio
y un sillón de orejeras
los cabellos nevados
la sonrisa en el aire
de los dedos la artrosis
una herida profunda
en la rosa marchita
los recuerdos que sangran
y en la hora más negra
los cuchillos se clavan
como música antigua
y la casa es infierno
en la ausencia y la carne
de ese vuelo infinito
al abismo nutriente
de la muerte y la nada
que al abrigo del tiempo
a la tierra enardece
en la impía frontera
de un eterno sollozo
que al sueño despierta.
Madre lluvia tu nombre
cada día como el pan
alimento de lluvia
de un otoño infecundo
cuando solas las aguas
en la mar son herida
que los años invocan
pero ya no hay salida
que nos lleve al edén
de las risas primeras
cuando todo era luz
en los campos de olivos
y en los ojos el agua
avivando la tarde
repicar de campanas
y en la sala el vacío
invisible a la lluvia
a su tacto de diosa
a su muerte imposible
por la puerta cerrada
de su nombre la espera
el perfume de rosas
que la tierra sea leve
un enorme silencio
una lágrima inmensa
en los labios del aire
que me trae sus aromas
de mujer madre lluvia
y el sillón de orejeras
que en la sala no existe,
la cabeza caída
sobre el filo del sueño
una siesta profunda
en las venas ya mustias
por venir el desierto
de los pasos a golpes
en negror del asfalto
de las horas urgentes
en la voz del silencio
atrapado a los muros
de una casa encalada
en la esquina del tiempo
cuando fueron las lluvias
en la calle humedal
de una senda secreta
conjurada en su nombre.
Sin embargo es ahora
cuando todo es neblina
y los versos guadaña
que vacía la sala
y el retrato una sombra
muy adentro en la sangre
y su voz todavía
una luz infinita
que se agolpa en las sienes
y me nombra los nombres
de otro tiempo aviejado
en las gotas de lluvia
que incesantes destilan
soledad en el rostro,
la cabeza caída
moribunda la tarde
en otoño de lágrimas
poco a poco cayendo
sobre las blancas manos
de la tierra al abrigo
en un día cualquiera.
Para siempre el silencio
la invisible mirada
esa música sorda
de las gotas de lluvia
que monótonas caen
en los ojos cansados
y en la luz de los labios
madre lluvia la vida.
(Del libro “Madre lluvia”. Olifante, 2021)

José Antonio Santano (Baena, Córdoba, 1957), quien cultiva la poesía, narrativa, ensayo y crítica literaria. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Almería, y autor de más de 20 libros, contenidos en “Silencio (Poesía 1994-2021). entre los que destacan: Profecía de Otoño, Premio Internacional de Poesía “Barro”, (Sevilla, 1994); Exilio en Caridemo, Premio Ciudad de El Ejido de Poesía 1995 (1998); Íntima heredad, Accésit Premio Internacional de Poesía “Rosalía de Castro”(1998); La piedra escrita, finalista Premio Nacional de la Crítica 2000 (2000); Suerte de alquimia, finalista del Premio Andalucía de la Crítica 2003 (2003); Trasmar, de narrativa, Premio Andalucía de la Crítica “Ópera Prima” (2005); Las edades de arcilla (2005); Razón de ser, X Premio Internacional de Poesía “Luis Feria” (2008); Caleidoscopio (2010); Estación Sur (2012); Tiempo gris de cosmos, Premio Gremio de Libreros de Almería al mejor libro de poesía 2014 (2014); Memorial de silencios (2014); Los silencios de La Cava (2015); La voz ausente (2017); Lunas de oriente (2018); Cielo y Chanca (2019); Tierra madre, Premio Nacional de Poesía José Antonio Ochaíta 2017-Diputación de Guadalajara (2019), Marparaíso, Premio Internacional de Poesía “Rosalía de Castro 2019” (2019) y Madre lluvia (2021). Como antólogo ha publicado Árbol de bendición (Antología literaria al olivo), El oro líquido (El aceite de oliva en la cultura). Antología literaria, y junto al poeta Alfonso Berlanga, publicó “Antología de Poesía Iberoamericana Actual” (2018). Textos suyos han sido traducidos al catalán, euskera, gallego, inglés, francés, italiano, búlgaro, rumano, ruso, alemán, portugués, griego, árabe y chino. Actualmente es miembro de la Asociación Española de Críticos Literarios, de la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios y de la Junta Directiva de ACE-A (Asociación Colegial de Escritores de España, Sección Autónoma de Andalucía. El Excmo. Ayuntamiento de Baena creó en 2021 el Premio Internacional de Poesía Joven “José Antonio Santano”, cuya segunda edición se ha convocado. Ha participado en varias ocasiones en los Encuentros de Poetas Iberoamericanos, que se celebran anualmente en la ciudad de Salamanca.



Imagen de cabecera: El poeta José Antonio Santano en la Plaza Mayor de Salamanca (2021)
