Puedes irte…eres libre…el mar ha venido y se ha tragado todo.
Es como si el mar te hubiese estado observando y vino a salvarte.
Akira Kurosawa
En el vado de las horas yerro.
Tropiezo con la redonda quietud de las piedras.
me retiene un murmurar rosado,
el canto de los gorriones
y un ruido sostenido en sí mismo.
Puedo enfrentar tu ausencia a mi ausencia,
hacer más azules tus cielos,
en la serenidad de tus ojos encontrar mis ojos,
en tus caricias mi rostro,
escuchar cerca de la mía otras respiraciones
y sostener en la memoria el sentir cómo algo se quiebra.
***
Oscurezco al borde de un agua dormida.
A los peces los despierta el relámpago,
como antes a mí
el aletear frágil de una mariposa.
Tengo sed de mar,
del pasado que no cesa de volver, de un recuerdo de lluvia.
Cierro los ojos a contraluz
e imagino a las nubes cruzar el cielo
desde aquí hasta el porvenir.
Siento la humedad salada como otra piel,
la quietud tersa
y el olor a barro llenándome por dentro.
Escucho la música agitada que navega con rumbo al otoño.
Abro los labios para ensayar el grito
y beber el vino que fecunda mi alma.
Entre los muros arruinados por el inquebrantable empeño de la hierba,
desabrigado desciendo un ajedrez terrestre
con pasos indecisos y los brazos abiertos.
Para no perderme
paso los dedos por las orillas del aire.
Quiero llevar tu rostro
y salir a las calles por habitar
trazadas sólo para mí,
y me llames con tu nombre porque el mío permanece escrito en el agua.

para Manuel Sentíes
Siento nostalgia de cerrar los ojos
y andar despacio el patio oloroso a sol.
Cuando todo lo demás se ha ido
espero que peces, luciérnagas y un animal de lluvia
invadan mis versos sin despertar al aire.
Yo sé que todavía es tarde,
yo sé que aún es julio en algún lugar de mi voz,
yo sé lo que no debería saber.
No es tiempo de afirmar nada,
de gastar palabras como cuerdas de violín.
He nacido para el sueño
y al borde del instante no sé de quién hablo
en una quietud inmensa
toco los objetos cercanos,
mi mano sujeta un ramo de tulipanes
y el recuerdo de quienes he amado.
La calma quema y las pérdidas se exceden,
nada hay por sentir ni saber o mirar,
ningún pensamiento queda para refugiarme en mi más profunda piel
del suave derrumbe de los días;
para ocultarme en el canto de los gorriones y el aroma de los tamarindos,
hundir las manos en la ternura y la ira
y acariciarlas como al agua.
***
Escribe para contarme, a modo de esperanza, qué es de nuestra vida
en esta sequedad sin versos,
en esta tarde que sigue atesorando la parte rota de las horas.
Ansío recordar cuándo nos dejaron de alimentar los besos,
quiero saber cuál es el paradero del tiempo,
de la luz menguante,
del norte, el sur y el verano que recorres a ciegas,
saber acerca del tejido ligero de las aguas
y del viento que se astilla, gime y sangra.
Dime, qué te ilumina cuando pienso en ti
y extiendo la mano hacia el vacío fiero en busca de tu desnudez,
de tu gesto ausente
o intento tomar esa llama remota
y sólo toco una evocación fingida.
En el instante que no tiene salida
un recuerdo impreciso, reconocible apenas,
se arraiga donde yerbas y hojas se cruzan
con frágiles costumbres y mudo asombro
sin metáforas, sin nudos ni signos
que me hacen sentir vulnerable y perdido,
hasta el mar ha dejado de ser la voz de mi deseo.
Siento un aroma a incendio,
dibujo sombras, un enigma oculto
y la total exactitud de las horas despojadas.
Cuando este instante se disuelva,
inclinado sobre el desorden como un resto de claridad,
abro puertas y ventanas
para que pueda marcharse el eco de tus pasos,
después libero al gorrión que olvidaste,
me encuentro ardiendo solo en un cuarto solo
con los ojos absortos en la quietud.
Dime, por qué causa cada noche te aproximas
y cada día la distancia se reanuda,
en cuál sitio debo sepultar tu ausencia,
en qué palabra poner las migas de pan, el nácar del frío
y mi ropa cansada.
Dime, si he cumplido mi destino.

No logro tener quietud, reposo en el asombro,
confundo la tranquilidad con el gesto de lo inmediato.
Recostado junto al mar, tengo en mente la vieja casa
donde todavía suena la claridad
y se escucha una voz que se quema,
donde crecieron turbios secretos
y un árbol forzado a esperar el amanecer;
allí aprendí a hablar conmigo mismo
y comencé a sentir la urgencia del deseo apenas iluminado.
Me encuentro en el desvanecimiento de la memoria,
apenas murmurada,
sin límites, sin fe, sin reconocer el olor del incendio.
Ahora sé que la luz nace de ojos ciegos
Nubes más tarde todo, hasta el fuego, reposa;
se aquietan las pasiones del mar,
el aire vuelve a latir
y todas las orillas fueron cercadas.
Un abril destrozado, el porvenir y el asombro de los pájaros se juntan,
bruma y hojas se juntan,
lluvia y arena se juntan.
A la sombra del agua nombro a los desterrados,
pierdo la costumbre de anotar los sitios que no he visto,
la música que trastorna,
la manía de esperar;
harto de la oscuridad pido perdón a la noche,
llevo mi frío junto al fuego.
Antes de la arenga del amanecer,
más que desnudo, iré recordando la luz hasta el fin del mundo,
aventurando mi pasado en una lengua ajena
renuncio a mi defensa.
Vuelvo con los pasos de nadie a medir el curso de los días,
donde tardíamente me alejo del sueño.
A tientas sigo lo que comienza atravesando la claridad sin furor,
Me veo liberado de la arrogancia,
descubro demasiados pétalos en el ruido,
no despierto a las amapolas,
que golondrinas y gaviotas duerman al silencio.
Hoy canto a los ángeles,
siento el beso de la espuma
y evoco otros besos más furiosos.
***
Aquí estoy, toca mi rostro como lo hacías antes.
He vuelto porque allá, lejos, escuché tu voz que rezaba.
Largué amarras hacia una luz estridente
y el regreso se volvió sagrado.
Vuelvo a una esbozada quietud,
a un quince de marzo quebrantado
a una historia sin terminar,
sigo el silencioso rastro de las horas.
Voy descalzo sobre la arena húmeda:
abandoné los zapatos al borde del sitio donde duerme la penumbra,
repito lo que otros han hecho
y corrijo la ensayada memoria.
Traigo la más fuerte llama escogida para ti,
espuma vertiginosa
y el último sueño que he soñada para que también tú lo sueñes.
Cuando el pan caliente asedia mis labios,
me acerco a despertarte por la tarde
y puedas escuchar cómo el aire suena largo,
a los pájaros amarillos que todavía dicen su cantar,
repartir la lluvia de mano en mano
y veas que han madurado las azaleas
Vuelvo para reinventar la manera cómo me miras
y saciar la sed en los cuencos de tus manos.

Gerardo Rodríguez ha publicado los libros Donde la noche (Editorial Verdehalago, México, 1996), Un blues para el insomnio (CONACULTA, México, 2004), Con los restos del violín / Con i resti del violino (Hebel, Chile, 2016), accésit del I Premio Internacional ‘Francisco de Aldana’ de Poesía en Lengua Castellana. Edición bilingüe con traducción de Stefania Di Leo, La última marea borra la sombra de la higuera / L’ultima marea cancella l’ombra del fico (Circolo Letterario Napoletano, Nápoles, 2019), IV Premio Internacional ‘Francisco de Aldana’ de Poesía en Lengua Castellana. Edición bilingüe con traducción de Stefania Di Leo y Poemas de almanaque para entretener marionetas (Labirinto Editora, 2019), edición bilingüe con traducción de António Salvado, I Premio Internacional de Poesía António Salvado-Ciudad de Castelo Branco. Poemas suyos están incluidos en diversas antologías entre las que destacan ‘Encuentro de Poesía CALCO (Cali, Colombia, 2014), ‘Por ocho centurias’ (Salamanca, España 2018) y ‘Llama de Amor Viva (Salamanca, España 2019), Revista Altazor de la Fundación Vicente Huidobro (Santiago de Chile 2021) No Cerco da Pandemia (editorial Labirinto, Municipio do Fundão, antologadores Leocádia Regalo, Pedro Miguel Salvado y Antonio Lourenço Marques).


Foto de cabecera: El poeta Gerardo Rodríguez en Salamanca (foto de Jacqueline Alencar)

One thought on “Gerardo Rodríguez: Algunos poemas de ‘Refugio de náufragos’”
Rodolfo Rodríguez Jurado 16/02/2022 at 1:11 am
Celebro que tengan al Maestro y Amigo Gerardo en esa dimensión. Muchas gracias