La esperanza y el temor son supremas ficciones potenciadas por la sintaxis.
Son tan inseparables la una de la otra como lo son de la gramática.
George Steiner: Incipit, Gramáticas de la Creación
GRAMÁTICA Y ORDEN
I.
En “Gramáticas de la Creación” (2001) George Steiner aborda un asunto que siempre me ha parecido digno de tomar en consideración: la relación entre la vida que se vive y las conjugaciones verbales. La Gramática es el orden. Ciertamente, en el principio (incipit) fue El Verbo, la Palabra en Acción. Después, progresivamente, se fueron incorporando las formas y las sintaxis más complejas, acordes con las variaciones de la sociedad.
II.
La gramática es la organización sistemática de la percepción, el pensamiento y la experiencia. Es la estructura ordenadora, como ya he dicho, de la consciencia cuando se comunica consigo misma y con otros. De hecho, uno de los signos de patologías psicológicas o psiquiátricas es la desestructuración del discurso, su pérdida.
TIEMPO FUTURO Y ESPERANZA
III.
Steiner plantea que el único animal que habla en futuro es el homo sapiens. Es decir, admitiendo que los animales tienen un lenguaje, las evidencias circunstanciales permiten especular que ellos carecen de la capacidad de pensar en un mañana: un día después, o, simplemente, un después. En otros términos, al ser incapaces de plantearse un futuro, ellos no tienen esperanzas.
El tiempo futuro de los verbos se inicia a partir de evoluciones del cerebro y del pensamiento que van conjuntamente con la transformación evolutiva de las sociedades humanas. Pudo haberse desarrollado hacia la última glaciación, junto a las necesidades y capacidades implicadas en el almacenamiento de alimento, en la fabricación y en la conservación de las herramientas, más allá de una necesidad inmediata, y también gracias al gradual descubrimiento de la cría del ganado y de la agricultura. Son los asentamientos humanos los que estimulan las narraciones. Es el invierno la estación que favorece, es decir, para aquellas comunidades que lo sufren, el arte de contar historias y la conservación del pasado: el pretérito imperfecto y el pluscuanperfecto. La creación, la invención del futuro se imbrica con la consciencia adquirida del tiempo y del espacio.
IV.
Tal vez -¿tal vez?- fue la necesidad de obliterar la catástrofe existencial que es la muerte lo que generó la idea de futuro y también de la esperanza. De hecho, todos los usos del tiempo futuro del verbo ser son en sí una negación de la mortalidad: yo soy, tú eres, él es… En términos de sintaxis, el surgimiento de las oraciones condicionales refleja el rechazo al fatal, irrevocable, señorío de los hechos. Las oraciones condicionales y el tiempo futuro son vigorosos campos de fuerza semántica con un centro o núcleo de potencialidades ocultas: las claves de la esperanza.

V.
La esperanza, entonces, es una ficción potenciada por la sintaxis. En todo nivel, excepto en lo trivial o en lo momentáneo, la esperanza es una inferencia transcendental. El sentido estricto de esta palabra se apoya en una inversión posiblemente injustificada: la posibilidad de un futuro. Tener esperanza es un acto de habla: una forma de comunicación en la cual se pre-supone un oyente, aunque sea éste el propio yo, como en el monólogo interior. La oración, el hecho de dirigirse a la Divinidad, es el ejemplo por excelencia de este acto. Su fundamento teológico es el que permite, el que exige, que el anhelo, el plan, la intención se dirijan a un escucha divino con la esperanza, precisamente, de recibir ayuda o comprensión.
La esperanza no tendría sentido alguno en un mundo bizarro donde imperen el desorden irracional o la ética arbitraria. La esperanza, tal como se ha estructurado en la psique y en la conducta humanas, tendría un papel insignificante si la recompensa y el castigo fueran determinados por sorteo. Pero no es así. Existen disidentes de la esperanza, seres que se vuelven desesperanzados como Pascal o Kierkegaard; pero estos hablan desde los márgenes. El movimiento principal del espíritu hace que la esperanza sea un motor de la acción del hombre en todos los escenarios donde él vive: en la política, en lo social, en los descubrimientos, en el arte.
VI.
Steiner destaca la aparición de las dos grandes ramas heréticas nacidas del judaísmo mosaico dentro de las cuales y aún en sus intersticios, discurren las vidas humanas. La primera es el cristianismo con su promesa de la venida del Reino de Dios, de la compensación por el sufrimiento injusto, del Juicio Final y de una eternidad de amor por medio del Hijo. El tiempo futuro del verbo aparece en casi todo el discurso de Jesús. Para sus seguidores, él es la esperanza encarnada.
La segunda rama, es la del marxismo. En éste, la pretensión de transcendencia se hace inmanente: se afirma que el Reino que promete el cristianismo, uno de justicia, igualdad y paz sí es de este mundo y el marxismo es capaz de proveerlo. Es esa esperanza sin Dios. Sin carne espiritual. Descarnada. Entre una posición y la otra surgen los enfrentamientos, las guerras. Surgen, también, las versiones de los postulados que crean más y más violencia.
En el ya largo crepúsculo de la Era se han venido cuestionando cada día más las bases teológicas, filosóficas, históricas y políticas de la esperanza. Como decía Kafka: “existe abundancia de esperanza, pero no para ninguno de nosotros”. Se trata de un eclipse de lo mesiánico. Una y otra vez, asumiendo el tiempo futuro de la esperanza, las religiones y las ideologías han intentado datar el advenimiento del Reino. Pero, en su sentido literal, la esperanza es casi atemporal pues ha nacido de lo eterno.
Desde la paradoja, lo mesiánico puede ser independiente de cualquier postulado sobre Dios porque expresa el acceso del hombre a su potencial perfectibilidad, a un estado superior, y supuestamente, duradero de razón y justicia. De nuevo, tanto en un nivel de referencia inmanente como en un nivel transcendente, ya que ambos se encuentran estrechamente relacionados por una reciprocidad dialéctica, se percibe un desplazamiento radical, una pérdida. ¿Quién, además de los fundamentalistas, espera hoy la venida real del Mesías? ¿Quién, excepto los fieles ortodoxos del comunismo o de la Arcadia anarco-socialista, espera hoy en día el renacimiento de la historia? Inevitablemente, el eclipse de lo mesiánico hace que se resienta el tiempo futuro.
Pero las fuerzas que emanan de este eclipse de lo mesiánico encontrarán indiscutiblemente una forma de manifestarse. Las gramáticas del nihilismo parpadean, por decirlo así, en el horizonte. Los escritores lo expresan de forma concisa. La Palabra que era en el principio, para los presocráticos y para Juan Bonaerges aludía entonces a una eternidad dialéctica, creadora, desde la cual el tiempo podía desplegarse hacia delante. El tiempo, esa cosa indefinible, en el cual vive el presente indicativo del verbo ser, donde ya existe la posibilidad del será. “Los tiempos futuros son el idioma de lo mesiánico”, dice Steiner.

LOS MERCADERES DE LA ESPERANZA
VII.
“No se trata sólo de que la educación se ha revelado incapaz de hacer que la sensibilidad y el conocimiento sean resistentes a la sinrazón asesina. Aún más turbadoramente, la evidencia es que esa refinada intelectualidad, esa virtuosidad artística y su apreciación y la eminencia científica colaborarían activamente con las exigencias totalitarias o, como mucho, se mantendrían indiferentes al sadismo que las rodeó.”, apunta Steiner.
En efecto, cuando las dictaduras se instalan, señala Hanna Arendt, surgen, como setas, intelectuales que se pintan rayas de camuflaje y, pretendiendo creer en lo que Sartre decía acerca del compromiso de los de su clase, se ponen al servicio de las tiranías, aunque con disimulo.
Estos intelectuales son los mercaderes de la esperanza: la venden como pócima a futuro (un futuro que no tiene nada que ver con el tiempo) aunque en verdad lo que producen es agua tintada en rosa o verde, insípida, bonita en el frasco, luminosa de neones. La esperanza embotellada es el principio de las fábricas de las dictaduras. Y sus promotores son esos que la promueven en sus discursos inocuos.
Leyendo “El Hombre sin Rostro”, de Masha Gessen, sobre Vladimir Putin, es posible visualizar cómo la esperanza que venden esos buhoneros puede ser capaz de generar monstruos. El pueblo ruso, desencantado del experimento democrático que estableció a Yeltzin en el poder y que desembocó en el desastre político y económico, en el predominio de las mafias y la supercorrupción, se decantó por apoyar a aquel hombrecito insignificante, con sus trajes europeos y sus maneras refinadas. Obviaron el hecho de que había estado vinculado íntimamente a espacios siniestros, como la KGB. Y, sí: es la esperanza la que crea las dictaduras. Por esa razón, los dictadores tratan de mantenerla con pequeñas dosis de regalías.
Milagros Mata Gil (Caracas, Venezuela, 1951), escritora, profesora de Castellano, Literatura y Latín, periodista, editora, narradora e investigadora en literatura venezolana. Miembro correspondiente de la Academia Venezolana de la Lengua desde 2011. Autora de la letra del himno del municipio Heres del estado Bolívar. Entre su obra publicada se puede destacar los libros de ensayo: Héroes y tumbas en Armas Alfonzo; La Cuenca del Unare según Alfredo Armas Alfonzo; La Rebelión de las Ficciones; El Pregón Mercadero (Crítica Literaria e Integración Latinoamericana); Ensayos diversos, Sobre una ciudad campamento (In Loco Remoto); Una reflexión sobre el espacio en la novela venezolana; Los Signos de la Trama; El Orinoco es una Identidad; Balza: el cuerpo fluvial; Tiempo y Muerte en Alfredo Armas Alfonzo y José Balza; Elipse sobre una Ciudad Sin Nombres. Las novelas La Casa en Llamas (1986); Memorias de una antigua primavera (1989); Mata El Caracol (1990); El Diario Íntimo de Francisca Malabar (1992) o El caso del Pastor Acosado (2019); Entre los premios que ha recibido, están: Premio Fernando Pessoa (1986); Premio Casa de Cultura de Maracay (1986); Premio Narrativa de Fundarte (1987); Premio Miguel Otero Silva Editorial Planeta (1988); Premio Cuento Juan Rulfo (1988); Premio el Internacional Novedades- Diana México (1988) o el Premio de novela de la III Bienal de la Literatura Mariano Picón Salas (1995), entre otros.

Imagen de cabecera: Pintura de Miguel Elías
