Tiberíades tiene el privilegio de publicar el comentario escrito recientemente por el destacado poeta José Cereijo, miembro de la Academia de Juglares de Fontiveros, en torno al libro Cartografía de las revelaciones (Editorial Verbum & Trilce Ediciones. Madrid, 2011).
La Experiencia y su Registro
El título de este libro conviene perfectamente a su contenido. La mirada poética es, en él, efectivamente reveladora: no se limita a dejar constancia de lo que ve o lo que siente, sino que lo explora en profundidad, le da relieve y presencia de cosa vivida, que de veras existe y respira en la página. Y lo hace uniendo la exactitud, la precisión en el decir (de “la puntería de mi Amor”, habla en el poema titulado “La casa de mis padres”) con el detalle en la evocación (y, así, se refiere en el mismo poema a “un corazón” que es “fruto autónomo de un credo donde no hay fisuras / y sí música de los árboles, de los ríos, de los pastos”).
La mirada poética es aquí, decíamos, reveladora; y, gracias al detalle en lo que se evoca, no se limita al puro juego conceptual, sino que en efecto lo hace perfilarse en el verso, con la agudeza y particularidad de lo realmente visto y sentido; lo cartografía, pues, haciendo presente en la lectura esa riqueza que es propia de la realidad, del recuerdo genuino de ella, y capaz por tanto de revivir la “música de los árboles, de los ríos, de los pastos”; esto es, de lo experimentado, de lo vivido.
Y de ahí que dicha mirada no tenga tampoco la limitación de lo nocional, de lo que meramente define, esto es, acota y traza límites. Por el contrario, lleva consigo, a través de la sugerencia, todo lo que, sin ser propiamente aquello que se nombra, le da su inseparable atmósfera, su peso y su sentido. Así, leemos (en el poema “Pensativos en esta noche de nadie”) que “siempre faltan las últimas palabras; / aún no se han leído todos los mensajes”. Porque, aquí, la relación con lo real es dinámica, viva, y por tanto cambiante, capaz de generar permanentemente sentido. Es producto no del mero conocimiento, sino de una honda vinculación personal con cada trazo de esa realidad, y que a todos los unifica y trasciende. Y es esa relación lo que a cada paso sentimos presente en esta voz, que así se nos impone por la autenticidad, la capacidad de convicción en el decir.
Importa señalar esto porque el libro está compuesto por una serie de apartados, en cada uno de los cuales existe una línea temática distinta. Así, el primero de ellos, de título Nuestros hasta siempre, está formado por una colección de evocaciones u homenajes a figuras de la literatura (Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, el poeta peruano Westphalen, los españoles José Hierro o Miguel Hernández…), pero también históricas o legendarias; Otro cuaderno para Jacqueline son poemas amorosos, aunque no sólo a una mujer, sino también de orientación religiosa, o de evocación de una honda amistad que abre horizontes mayores (El poeta, dedicado al peruano Alejandro Romualdo, se abre con el verso “Eres Piedra y eres Cruz en la extensión del Otro”), o incluso de carácter más social (La mesa está servida), anticipando en cierto modo el contenido y el tono predominantes en la sección siguiente, En días como estos, con evocaciones de atrocidades bélicas en sitios como Beirut o Bagdad, aunque no pocos de los poemas se dediquen a consideraciones de carácter más general: “En días como estos, torcidos, cuando no hay mea culpa / y todo lo preside el cascabeleo de los demagogos…”, mientras que la sección última, Los puntos cardinales, está formada por siete poemas titulados cada uno con el nombre de un país, y dedicados a explorar vivencias y gentes asociadas con ellos. Pero incluso en este repaso sumario puede verse que no se trata de compartimentos estancos, y que el homenaje literario no es en último análisis distinto de la evocación amorosa, ni ésta del poema social o de denuncia, o de la rememoración viajera, porque la mirada, el sentir, los unifica.

Esta variedad de registros puede recordarnos de algún modo el “sentirlo todo de todas las maneras”, de Pessoa, en la impersonación de Álvaro de Campos. Hay, sin embargo, una diferencia esencial: la de Pessoa es una evocación genialmente poderosa de la totalidad de lo existente, pero pensada desde la distancia, desde el gabinete, como propia de quien, lúcido, decía de sí mismo (en la voz esta vez del ortónimo, esto es, de Fernando Pessoa ele mesmo) “yo simplemente siento / con la imaginación”. En el caso de Alencart ocurre exactamente lo contrario; sus poemas, incluso los más abstractos, están llenos de referencias a hechos, personas y lugares que se nos presentan como experimentados, sentidos y aun caminados por el autor; en la ya citada última parte de este libro, Los puntos cardinales, el Perú, la España o el Brasil que dan título a los poemas son los suyos, los vividos concretamente por la voz poética, y se nos habla de su relación personal con gentes y sitios precisos, que no podrían ser otros.
Es pues la suya una opción decidida por la autenticidad propia de lo evocado: yo estuve allí, yo viví, o vivo todavía, esto de lo que hablo. Esa certeza, sin embargo, también supone límites; es física y mentalmente imposible vivir en todas partes; eso sólo es viable, como Pessoa lo señala, con la imaginación. Pero no se piense que, al decir esto, trato de presentar una y otra posibilidad como antitéticas. No lo son, e incluso pueden ser complementarias; el Virgilio que en las Bucólicas alude a las confiscaciones de tierras sufridas por él y su familia, o en las Geórgicas tiene visiblemente detrás su experiencia de la realidad campesina (recuérdense, por ejemplo, los versos 140-145 del Libro II: Esta tierra no la labraron toros que resoplan por sus narices fuego, recibiendo como semilla los dientes de un horrible dragón, ni se erizó con mieses de cascos y pesadas lanzas de guerreros, sino que se llenó toda ella de espigas gruesas y del licor de Baco, del monte Másico; la cubren los olivos y los espléndidos rebaños) no es distinto del que en la Eneida habla de gentes y lugares puramente míticos; y esta última no tendría la fuerza, la capacidad de convicción que tiene, si no estuviera llena también de autenticidad personal, de detalles realmente sentidos y observados, de lo que puede ser símbolo ese viaje final del mantuano para ver por sí mismo los escenarios griegos de su obra.
En realidad, es la suma de ambas, vivencia e imaginación, la que puede de veras alimentar la mejor expresión literaria; y su oposición es estéril. Como lo es la no muy distinta entre poesía del lenguaje o poesía de la experiencia. De ambas fuentes ha de alimentarse el decir poético; y la poesía que limita su caudal de vivencia a serlo exclusivamente en el lenguaje, sin querer o poder salirse de ese encierro, o la que por el contrario entiende que basta con el interés o aun la riqueza puramente temáticos, sin que una lengua hondamente conocida y sentida les dé forma y significado, los encarne de veras en la página, se condenan a sí mismos a la insuficiencia.

Este libro, aunque se incline claramente del lado primero, del de la autenticidad vital, no olvida la necesidad de atender también al otro, a la eficacia y hondura expresivas, y persigue en cada línea el desciframiento, la revelación del sentido y alcance de eso que se vive, mediante un lenguaje que en efecto los haga presentes, sin limitarse a ser mera constatación enumerativa de lo sucedido, que resultaría algo puramente opaco e inerte sin esa labor de iluminación. Alencart lo sabe, y de aquí esa Cartografía de las revelaciones del sugerente título, que, como puede verse después de lo que llevamos dicho, apunta a ambos aspectos, la luminosidad y el detalle, la experiencia y su registro.
Tal es pues este libro, que enriquecen además las ilustraciones, ajustadas y sobrias, de Miguel Elías. Un mundo y una voz, en fin, ricos y propios, y, por serlo, convincentes.
José Cereijo nació en Redondela (Pontevedra), en 1957. Desde 1968 vive en Madrid. Ha publicado hasta la fecha seis libros de poesía: Límites, Las trampas del tiempo, La amistad silenciosa de la luna, haikus, Música para sueños, Los dones del otoño y La luz pensativa, y uno de relatos (Apariencias). Ha sido incluido en diversas antologías, y es a su vez autor de antologías de la poesía de Leopoldo Panero, Javier Lostalé y Mario Míguez. En 2017 se publicó una de sus propios poemas, y en 2018 una selección de artículos. Otra de sus reseñas de libros, titulada Lecturas de riesgo, aparecerá en breve. Ha publicado asimismo traducciones de las Odas, de Keats (2016); y, en colaboración con María Taibo, una selección de poemas de Emily Dickinson, Carta al mundo (2016). Muestras de su trabajo han aparecido en distintas lenguas. Desde 2017 es miembro de la Academia de Juglares de Fontiveros.

Imagen de cabecera: Alfredo Pérez Alencart (foto de Jacqueline Alencar, 2011)
