Mía Gallegos

Mía Gallegos: ‘De lejos vengo’ y otros poemas

 

Tiberíades se complace en difundir seis poemas de la destacada poeta costarricense Mía Gallegos, seleccionados del libro ‘Es sombra, es polvo, es nada’, publicado por Nueva York Poetry Press y la Editorial Estucurú

 

DE LEJOS VENGO

De lejos vengo,
hartos años han pasado desde mi juventud.
Soy paciente como Job,
y pese a mis sienes grisáceas,
no estoy enajenada.

Conservo la libertad de la voz primera.
La rebeldía de transitar a mi antojo.
Pocas veces sonrío:
la vida se empecinó en ponerme a prueba
y por eso soy recia,
parca,
solidaria.

Pocas personas a mi alrededor.
No soporto un instante de estruendo y multitud.
Escojo a mis amigos,
otros han llegado y advienen, así, de improviso.
Los miro, intento dejarme sorprender,
mas ya casi nada me asombra.
Quizás una luz violeta al atardecer,
el brote nuevo en una planta,
el descubrimiento de una nueva galaxia que podamos habitar…

Pero más nada.
La vida así discurre silenciosa.
Intento huir y siempre estoy puertas adentro
defendiendo esta entrañable clausura.

Si alguien pregunta, siempre respondo:
“Aquí estoy, nada he perdido,
voy huyendo, huyendo y no sé de qué…”

 

ESA MONTAÑA

Quiero volver a la montaña.
Ahí donde viví en mis años mozos.
Feroz, atrevida, rebelde fui.
Y aunque sé que los montes crían letrados,
en esa época no leí el Quijote de la Mancha,
embebida estaba en utopías que jamás llegaron a cumplirse.

Solo permanece mi anhelo por volver a la montaña,
al verde fulgor, al amanecer traslucido.

Leo ahora el Discurso sobre las Letras y las Armas…
La poesía es el arma que despliego,
si bien, sé con certeza que las palabras no llegan a muchos.
Mas no puedo abandonarla.
Ella me persigue, me atrapa, me encierra
en un ir y venir, en un deambular costado adentro.

Escojo entonces las palabras,
verbos tenaces,
adictivos,
adjetivos mínimos,
pero hay un rumor que se quiebra por dentro
sin sílabas,
sin oxígeno,
bullicioso,
inmenso.

Escribo para quebrantar.
Sin utopías en el horizonte.
Tan solo está llama que arde
y se eleva en la montaña inmensa.

 

Don Quijote, de Miguel Elías

ANTES DE VER LA LUZ

Antes de ver la luz
en el vientre de mi madre,
abrí los ojos
y miré, miré y miré la lejanía.
Reparé en la desmesura.
Luego no quise volver a escrutar.
Pero aquí estoy avizorando la realidad.
Siempre estoy mirando
y, dotada como estoy de una alta percepción,
escudriño con horror las prisiones del mundo,
cada paso que doy me conduce a una encrucijada que se cierra,
a una oquedad,
a la noche sin estrellas.

La mirada se va despejando.
Un punto en el espacio me dice
que un día no amanecerá el sol.

Mientras tanto, los poderosos hablan de armas de disuasión.
Se muestran los dientes.
Firman tratados.

Yo soy pueblo.
Deambulo entre los obreros,
entre los burócratas,
entre los caminantes del orbe,
entre los alucinados,
entre los desposeídos,
entre los migrantes,
con el ejército de desocupados,
con los poetas sin oficio,
de la mano de las madres.

Me aferro a la simpleza del día:
el pan, las telas, la aguja, el dedal,
el lápiz, las hojas en blanco,
o bien diseño un lienzo
y pinto hasta caer rendida.

Pero soy nadie, entre miles y millones de nadie
que no podemos pulsar el cese de una conflagración.

 

DATÁN

Un hermoso pastor alemán cuidó parte de mi niñez y juventud.
Lo llamábamos Datán.
Dondequiera que íbamos mis hermanos y yo, él no iba resguardando.
Tenía una mirada mansa, con los ojos llenos de agua.
Era de color cobrizo y amarillo claro.

Mi hermano menor, Roberto, era el más apegado
a este fiel escudero, cuyo nombre proviene de la Biblia.
Parece que Datán, que era de la tribu de Coré se rebeló contra Moisés
y fue castigado por Jehovah en el Antiguo Testamento,
pero este perro era ferviente.

Por las mañanas iba a dejarnos a tomar el autobús escolar
en el Parque Kennedy en San Pedro.
Por la tarde, a la vuelta, nos estaba aguardando para llevarnos a casa.
Ningún desconocido podía acercarse porque ladraba con furia.

Una madrugada lo envenenaron.
Yo sé que mi hermano Roberto lo llora todavía.
Mi hermano, quien tiene los ojos llenos de agua y mansedumbre.

Portada del libro en la mano de la lectora Adriana Núñez

DESCREÍDA

Descreída.
Vulnerable.
Sagaz.
Así me enrumbo a la vejez.

Ansiaba recorrer el mundo,
pero he sido una caminante asidua de esta pequeña ciudad
que cada día me resulta más fea e inhóspita.
Conozco los barrios ínfimos.
En ocasiones he vivido en ellos.
Cerca de obreros,
de costureras,
de viejos sastres,
de panaderos,
de rateros,
de gente que no se menciona en las historias oficiales.
A mí me agradan sus biografías colmadas de hazañas,
pérdidas,
enfermos,
desconsuelos.

Todos ellos se llaman subalternos,
ciudadanos de segunda clase.
Yo, por lo tanto, no ostento una categoría diferente.

Tan solo deambulo por la ciudad,
entre indigentes,
entre madres que amamantan sentadas a la sombra,
sin más horizonte que día de hoy y su pobreza.

Caminante soy, como Teresa de Ávila,
a menudo me acompaña la mariposilla
y a veces siento que alguien,
en algún lugar distante pregunta si he muerto.

 

AHÍ ESTÁ EL MURMULLO

Ahí está el murmullo:
un río que se desliza y no regresa.
Ahí están las manos:
algunas son pródigas; otras, torpes.
Oigo a mujeres que sollozan.
Algunas han perdido su piel,
otras más han sido violentadas:
una cachetada, un empujón, un grito…
Esta mujer que habla
entona su voz.
Es una voz precisa,
y aunque sonríe,
detrás de ella existe la historia del horror.
Se llama Vilma,
pero podría llamarse Raquel, o también Sara.
Habla y su voz no se doblega.
Viene de padres heridos.
Profanados.
Es hija de sobrevivientes…
Yo también soy una sobreviviente.
¿Dónde mi madre?
¿Dónde mi padre?
Yo miro el espanto de vivir.
Mis ojos están turbados.
Ahora sigo mirando a los excluidos,
a los hambrientos que recorren el mundo.
En cada esquina asaz hay un mendigo,
dos mendigos, tres mendigos…

Anhelo el despertar de la materia,
el retorno de la Gran Madre.
Triunfa el horror.
Lo palpo en medio del poder y la riqueza de unos cuantos,
se extingue la especie,
pulula el hambre…
¿Dónde Dios?
¿Dónde los humanos?

Mía Gallegos (San José, Costa Rica, 1953). Es escritora, periodista, ha publicado libros de poesía, de cuentos y de ensayos.  Sus libros de poesía:  Golpe de Albas. Los Reductos del Sol, Los Días y los Sueños, El Claustro Elegido, El Umbral de las Horas.  Cuentos y prosas poéticas: La Deslumbrada.  Ensayo:  Tras la huella de Eunice Odio. En el año 2020 se publicó una Antología de su poesía en la Editorial de la Universidad Estatal a Distancia.  La Editorial Nueva York Poetry Press, conjuntamente con la Editorial Estucurú, acaban de publicar su poemario ‘Es polvo, es sombra, es nada’. Sus poemas figuran en antologías latinoamericanas y de España. En 1985 participó en el Programa de Escritores en la ciudad de Iowa en los Estados Unidos. Ha recibido en tres ocasiones el Premio Aquileo J. Echeverría en la rama de poesía. Pertenece a la Academia Costarricense de la Lengua.




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