Poemas de

Enrique Villagrasa: ‘La viña de mi padre’ y otros poemas

 

Tiberíades agradece a Enrique Villagrasa, destacado poeta y crítico literario aragonés, por permitirnos difundir siete poemas de su antología Arpegios y mudanzas, recientemente publicada con prólogo de Jaime Siles, el cual reproducimos al final.

La viña de mi padre

A Enrique Villagrasa Germes,
In Memoriam

La viña tiene el firme color del otoño.
Su vino lo celebramos en este paisaje de dudas.
Sombras oscuras se ciernen en el horizonte
abierto al sol de la tarde. Hábito de parda luz
con ecos de cantos gregorianos. Suenan vísperas.

Desde la celda llegaste a Burbáguena.
Llegaste al amanecer del nuevo día.
La poesía pudo al fin contener la luz
del murmullo de las quietas aguas del Jiloca.

Girones de belleza sorprendida en el
vino de casa. Y te pones a escribir ahora.
Tal vez, el poema esperaba tu regreso.

Tal vez, el vino tenga algo de poso. Cristal
oscuro, vino del trujal del abuelo. Gestos

de una infancia no demasiado irónica. Beber
la historia de tu familia. De tu tierra. De la viña
de san Pedro Mártir. En busca de perspectiva.

 

Con un junco en tu boca


                                                A mi madre, Pilar González Fidalgo

I

La mañana se helaba en las manos. Las galletas de vainilla esperaban ansiosas en las bandejas. El anís, el coñac y alguna que otra retacía cruzaban veloces las gargantas secas ante los escolares ojos. Las mujeres con sus blancos manguitos esperaban. El cerdo en su choza no imaginaba nada. El abuelo Paulino miraba a todos. Las aliagas chisporroteaban. La cola, la cola se escuchaba. La fiesta había comenzado hasta bien entrada la noche con su familiar, alegre y larga cena. Después chaquetones, tapabocas y bufandas corrían veloces de mano en mano. Y los escolares dormían…

II

El río Jiloca las sombras se lleva de nuestra infancia. Mas el olor de cerezas perdura: es hoy un alegre sonido de la tarde cerca del puente. Después septiembre entre los pinos, qué delicia. Un níscalo fresco. Y, en la viña, seca, con el sol del mediodía, Arnau y su abuelo Enrique persiguen saltamontes. El camino, san Pedro mártir, el colegio, la fuente. Todos vienen de la viña. Por la tarde, en la distancia, maduran los caquis. En lentas acequias las cáscaras de nuez vuelan. En la huerta: Carmelo, Pedro José, Cucho, Teller y Santiago.

Duda la duda

                                                                 A Nacho Escuín

Duda la duda, el verbo se suspende,
lucha la narración y el temor junto,
viendo que al escribir falta la forma.

Mas cuando logra ser del poema entiende,
escríbase, nos dice; tras el punto
el mismo poeta en gesto se transforma.

Cumbre de tu belleza, más sagrado
que el Zohar nos enseña, mas camina;
tan pergeñado con mano divina
que siendo propio por verso tratado:

página de su libro celebrado,
de la posverdad que virtud declina;
y vaso que llenaste en nuestra tina
del vino Somontano festejado.

 


De un roto espejo

Ahora que es de noche, soledad en brasas,
que cual roto espejo todo lo piensa sin pestañear,
es en esta noche, digo, cuando llueven fugaces
los pensamientos; detente presto recuerdo
en la más que dudosa esquina del verso.
Afina, lector, tu sentir, vencido y quedo,
hasta que puedas escuchar en esa terraza
el silencio y ver la sombra de la pálida estrella.
Infinita sombra negra de gallega Rosalía
donde reside todo, donde todo se persigue
al menos, lo que (no) se ama del mármol
escrito: cual azogue y no galerna luminosa,
aun siendo y más diamante que luz: por más
que guardes aquellos tal vez dibujos de color;
pues, formas claras, heridas, bellas, que tras
el engaño sangran por doquier. El encendido
verso tal vez ande en soledad sonora herido,
desde aquel amor sufrido y como el ciervo
de piedra sienta su corazón todo inundado.
Mil lágrimas de cristal enloquecen la mañana:
tu madrugada laceran sin haber gozado la luz.
No hallaste nunca soneto de noble cuarteto
ni oscuro terceto; pues de tanta tristeza
tristeza no sentías. Y en el gran mar de Tarraco,
lírica dehesa, donde la arena fina juega con la ola tímida
y la grácil y voluptuosa figura desnuda que llega.
¿Es posible que aquello que viviste una primavera
que ha muerto, ahora y para siempre brillante resucite?
¿Acaso en el fondo del verso no es donde vives
aquel poema que palpita en su profunda luz?
Todo se cuece en la página, en el aire, en la fiera ola.
La poesía es más que la vida: es mar sonoro donde
todo es resurrección, todo es sabiduría silenciosa.
El poeta triplica el existir calladamente con la muerte
El lector es aquel vino del cantar que todo lo vive.
Si fuesen otro el rumor no existiría. No habría sonado.
Amar al poeta incansable, como ola de lo eterno
quiere el ser lector, para que el viento le lleve donde
el perseguido verso inefable le diga: verso al que mueve
a silencios para que viva de nuevo en su canto.
Un poeta para poder ser ha de ser poema, no verso
en y con su esperanza en la muerte amada:
en las fuentes de Burbáguena y su río Jiloca.
Como piedra al fondo del agua siempre atada.
Como tarde de lluvia en gris octubre hasta enero
camino de la viña de Sanpedromártir, donde la carrasca.
Vas a la fuente de la vía tras la forma del agua y su decir
líquido lenguaje. Ritmo latente del agua en ansia cercada
fría entre mis ávidos dedos de tormentosa fuerza amada.
En su mil veces roto espejo me mira su mirada enamorada.
No hay secas y maltrechas raíces que puedan dar frutos.
No has buscado ni encontrado la salida antes que la entrada.
Tras el engaño no hay dictado alado. Ni poema alcanzado.
¡Oh poesía, de un roto espejo en la bardera encontrado!

Desde Burbáguena a Tarragona
te ilumina la inmensidad del mar.
Ese mar que noche tras noche
está en y con los recuerdos idos,
tal vez momentos, con la boca rota
y las manos en silencio. Nunca
he estado tan apegado a ti, mi vida.
A mis 60 años, nunca nadie sabrá
cómo me ilumina la sombra negra
de mi tesis. Rosalía espera cuando
ya, ni él, nadie nada. Todo es
la prisión oscura de la verdad.
Un golpe de escarcha en la flor
del azafrán, donde el dolor y la vida.

 

El cierzo resplandece

El cierzo acaricia las sonrisas de tu tierra,
limpia y deshace tu pasado.
Y convierte tu mundo en un lugar abierto
a todas sus posibilidades, poesía.

El cierzo arranca tu máscara de la rutina.
Allí, en mi tierra, te pone frente a su página
en blanco: ese espacio sin límite.

En tu poesía todo es designado por el lenguaje.
Significante y significado en el norte del texto.
Tu poesía es otra cosa. Está más allá del margen.

Detrás de tu Burbáguena, de sus paisajes, de la
fuente y la viña: realidades secretas en tu caminar.
Paisaje, imagen, idea, palabra angular: del poema
su significado. La belleza del pueblo resplandece.

La palabra que nos habla, la que escuchamos,
no la que escribimos, es toda la poesía.

Cementerio de Burbáguena

Es posible que cualquier cementerio de Nueva York o de París, sin ir más lejos, tenga más vida que mi pueblo. Pero es en el cementerio de Burbáguena donde no me pierdo. Ni cuando era monaguillo, que todo me parecía más grande y extraño.

Y los muertos, tuyos y míos, bajo las cruces y en sus altos nichos
miran ese monte de San Bernabé cargado de primaveras. Dicen que les gustan las cerezas y escuchar los chaparrones de lluvia y las sombras de los negros pájaros que todo lo picotean. Frutos casi en sazón como las palabras que persigues en la página de la tarde. Son amigos estos muertos. Hablas con ellos de la siembra, de las cosechas. De cómo te va por Tarragona, por el puerto y los periódicos. En este mes de abril, de metáforas mil, torrenteras, el Jiloca y su mar: ese que hilvana olas en esa playa que no sabe que ya ha encontrado. Los nombres de los residentes no producen inquietud, sí recuerdos. Pero ya no hay nada, ni tormentas ni sol de verano. Sí algún cuervo negro, como aquel que en el cementerio de París te miraba desde la tumba despistada a la izquierda de aquella entrada. Hoy ya no tienes que saltar la tapia del osario. La puerta siempre está abierta. La muerte también sabe esperar. Y cuando yo venga a esta casa no llegaré como extranjero.

Me quedaré aquí para encender tu memoria, como un cirio perfumado. Resonancias y ecos de vidas vividas, en el seco recinto de tus muertos.

Me despierta el hondo latir del cierzo de la noche: cementerio de Burbáguena. Desciendo con esa antigua y lejana luz del faro de Salou y llego al puerto. Y siento otros muertos amigos: más de treinta años por estos muelles. Apenas una hora más allá del tiempo Tarragona queda suspendida en el aire. Precisas y preciosas las estrellas persiguen fugitivas tu última sonrisa.

ENRIQUE VILLAGRASA: LA CICATRIZ DEL AIRE

Jaime Siles

Todo poeta tiene, guardado en su memoria, un espacio-tiempo al que siempre que lo necesita – y poeta es quien lo necesita- suele regresar. Ese espacio-tiempo, que puede tomar – o no-  forma de lugar, es el que el poeta invoca y busca en ese otro espacio, nunca coincidente del todo con él, que es el de la página. De ahí que entre esta y aquel se establezca siempre una dinámica dialógica, en la que el yo del autor y el yo de su persona poemática conversan sobre lo que a ambos les parece fue -y en cierto modo sigue siendo aún- su identidad.  Enrique Villagrasa objetiva su sensación de ésta en dos espacios-tiempos, no necesariamente contrapuestos, entre los que hay no pocos vasos comunicantes. Burbáguena, donde nació, y Tarragona, donde vive. Y a ambos los pone en escena y en abismo a la vez desde esa sensación de vacío que su soneto sin rima de Arpegios (1983) modula hasta ese gran poema -para mí, el mejor de los suyos: “De un espejo roto”- en el que expone su propia posición ante la página, ante el discurso y ante su yo real. Por ello lo considero su poética: porque en él duda de la esquina del verso, como Góngora dudaba de la luz del día, pero no renuncia a invocar la capacidad del recuerdo para fijar el fluir de los instantes (detente presto recuerdo) ni deja de preguntarse si lo que un día ha sido todavía de algún modo es: ¿es posible que aquello que viviste una primavera/que ha muerto, ahora y para siempre brillante resucite?  Y, como si esta pregunta no fuera en sí bastante, la reduplica añadiéndole esta reflexión metapoética, que contiene y expresa su concepción de la escritura: ¿Acaso en el fondo del verso no es donde vives/aquel poema que palpita en su profunda luz?

Para Enrique Villagrasa La poesía es más que la vida porque es mar sonoro donde/todo es resurrección y sabiduría silenciosa. Y eso es lo que él encuentra en Burbáguena, donde la palabra es vida y sendero directo al pasado. Lo que lo obliga a buscar en el texto lo que llama las fronteras de la palabra, que él identifica con el límite blanco/sonoro, del lenguaje del silencio. Y él, que ha sido un poeta del silencio, sabe muy bien que sólo el poema nos revela el sueño que nos sueña. Pindárico y unamuniano en esto, advierte que el tiempo compone la memoria y que sus velos cubren el presente, que nunca es lo que nos pasa sino aquello que comprendemos sólo cuando es pasado y cuando ya pasó. De ahí que, sin renunciar a la elegía, opte por el análisis y la introspección, dos rasgos distintivos de su poesía, en la que hay un continuo latido temporal, un tempus fugit mental atenazante, visible en esos poemas-calendario -como el incluido en su libro Sílaba del anochecer y recogido aquí- en el que el año es descompuesto en rápidos y fugaces fotogramas que reproducen su concatenación y dan cuenta de su cíclica regularidad. Discípulo de Horacio en esto, insiste en que sólo la memoria fija/ la distancia y, con ello y con ella, nuestro propio y no menos rápido pasar. Un río, el Jiloca, sirve de símbolo y de símil de esto. Y Villagrasa utiliza este hidrónimo como los poetas de nuestro Siglo de Oro lo hicieron ya. Pero lo que su poesía sintetiza es, sobre todo, lo que un verso suyo denomina la cicatriz del aire, las lágrimas ocres y el guiño, que no son – o no son sólo- las palabras. Esta diferencia entre silencio y palabra, que es de donde irradia la tensión que trasmina su escritura, es uno de los ejes de esta obra, como lo son también su variación y versatilidad, tan recíprocas y correlativas como unitarias.

A Enrique Villagrasa siempre le ha tentado – como al bilbilitano Marcial-  el epigrama. De ahí que, en la estructura profunda de su decir primero, se transparentara la arquitectura del soneto, continuador en las lenguas románicas de aquel y con el que tantas veces él mismo ha experimentado. “Río Jiloca” es un ejemplo de ello con su disposición cambiada en los tercetos, o como en “Duda la duda”, donde la posición de los cuartetos y de los tercetos no sólo se altera, sino que se invierte. Algo similar hizo en los años cuarenta del pasado siglo Xavier Casp en valenciano y, en fecha más reciente, José Corredor-Matheos en castellano. Señalo esto porque Villagrasa ha sido y es un experimentador (El poeta experimenta en el poema/ todas las formas de la nada y el azar/del lenguaje en el lenguaje), que no se ha arredrado ni ante el poema en prosa ni ante las formas fijas ni ante la estrofa. Lo que prueba su decidida voluntad de innovación, y su necesidad también, siendo uno de los primeros poetas españoles que ha tematizado el alzheimer, definiéndolo incluso como la otra voz. Palabra y memoria (2012) inaugura un nuevo espacio poético en su escritura y un nuevo modo de poetizar más grave, más maduro. “Una tarde en Calamocha” es un claro ejemplo de ello y de cómo el poema ya no es un instante sino un discurso e incluso una contraposición.
Una antología es como una operación quirúrgica: en ella la obra queda no ya reducida sino amputada. Lo que supone una lectura por completo parcial. Ésta que el lector tiene entre sus manos también lo es, pero tiene la ventaja de girar en torno a un centro, que no es tanto su autor como Burbáguena: esa realidad inventada, renacida, resurrecta, soñada, que reúne en sí misma los juncos de ayer con los de hoy, la escuela y el cementerio, y que permite a Enrique Villagrasa no huir de la huida sino dar sentido a su propio fluir. No otra cosa es la poesía: fijación de un instante que creíamos perdido, salvación de un momento que no queremos ver desaparecer.

25 de junio de 2021

El poeta Jaime Siles

 




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