John Jaime Estrada González

‘El rumor de las cosas’, de Linda Morales Caballero, morar poéticamente.

 

Agradecemos a la editora de Nueva York Poetry Press por permitirnos difundir este excelente comentario en torno a al poemario de la poeta peruana Linda Morales Caballero .

                                                                                 “Soy su tiempo
zurcido de aurora,
dibujo de sombra,
luminosa tinta bosquejándome
en un mundo que me escribe
mientras lo descifro.”
                                                                            Linda Morales Caballero, (Rumor, p. 50).

 

El poemario, El rumor de las cosas, de Linda Morales Caballero es el encuentro con el mundo que nos recuerda que existimos como mortales.  Desde la tierra alimentadora en la morada diaria: “Ayer puse / un laurel silvestre / en la comida.” (Laurel. P. 98)., hasta lo que rodea la vida cotidiana: “Los objetos y los seres / no son tan distintos: / ocupan un espacio, / acumulan marcas, / duran poco.” (Equivalencias, p.15).  Con estos poemas empezamos a leer lo que será un mundo hecho de tiempo, seres humanos, objetos y heridas:  la vida plena.  Lo innombrable también se asoma sin explicaciones y a pesar de ello no hay silencio, el poema fluye: “Sin saber cómo, / desde lo más profundo, / donde no hay palabras, / me sube tersa / una fogata.” (Ars poética, p. 16).  Así se declara desde los primeros poemas el encuentro con la palabra que es fuego.  Pasaremos entonces por la poesía como un quehacer hecho con el tejido vital de nuestra existencia: la temporalidad de los ciclos naturales y la vida moldeada de palabras que se han hecho y escrito de tiempo.

El poemario transita las búsquedas que todos nos hacemos y a veces éstas, como lo sabemos, están hechas de preguntas “crudas” de las cuales declara: “No tengo respuestas que sacien su esencia, / sólo la empujo por el camino del relámpago, / sólo la llevo debajo de la piel.” (Navegante, p. 18).  Pero no podemos pensar que nos va a introducir en un juego de acertijos, al contrario, el poemario nos hará participar de la vida como un rumor, un sonido apenas perceptible, y un conjunto de imágenes como dice el epígrafe: “…un mundo que me escribe / mientras lo descifro.”  Ese descifrar hecho de tiempo a través de la voz poética es nuestro oficio como lectores.  Con este derrotero seremos partícipes, no lectores pasivos, de imágenes que nos hacen pensar en nuestra existencia como mortales, como sabedores de la vida que llevamos, así que: “Ya tienes tus poemas, / tus suturas / embadurnadas con la brea / de tus alas.”  (Lo que mirábamos, p. 20). Leemos los poemas que alivian la piel hendida o cualquier otra fisura en nuestro ser, aunque hecho también de espíritu, se hiere.  No es el poema en este poemario sólo un don curativo; es también equipaje y protección para la vida.  ¿Quién no ha escuchado alguna vez que la poesía es salvífica? Tendremos como una coraza lo que el poemario ha construido: “Arponeado mi cariño, / no quise / entender su oquedad, / entonces, deletreada / de tristezas, / suturé al personaje / acorazada de poemas.” (Kintsugi, p. 22).

En el encuentro con el poema “Dios humano” la voz poética declara: “Sólo yo soy varona, / hija del dios humano.” (p. 24).  Es creatura y por ello: “La muerte es mi cuerpo / un torero herido en su camisa, / un toro preso en el destino de su arena.” (Angel torcido, p. 25).  Hemos visto entonces como el reconocerse es necesariamente saberse mortal.  De allí en adelante los poemas seguirán el recorrido de la vida, los gatos domésticos, las melodías de siempre y hasta las plantas de su entorno.  Nombrar esto supone revelarse en todos ellos: “Ahora sé que no alucino / cuando reconozco en mí tu voz.” (Sonido, p. 26).

Reflexiones II, comienza con la senda de la temporalidad, acaso la manera más humana de cantar lo que somos: “Se va cerrando el círculo, / pelándose los cables del tiempo. / Se deshace el pelaje, / se rompe el hueso.”  (Círculo, p. 35). La fuerza de las tres formas verbales: “cerrando,” “pelándose,” “deshace,” junto a la variable reflexiva “se rompe”, abren desde esta primera estrofa el derrotero, lo que se va haciendo de tiempo mientras existimos, a manera de círculo.  Podríamos inquirir si el círculo que se cierra está intacto, ¿no se pela? ¿No se deshace? Esa es la mejor imagen de la fugacidad, al fin de cuentas, “¿Cuál es la verdad del tiempo? / ajustado a lo añejo / de su jugo matemático?” (Tiempo, p. 36). Una pregunta se ha dirigido e indaga por la verdad temporal. La fuerza del preguntar recupera lo más genuino de nosotros como mortales: preguntar. Guiados por esta fuerza, leemos: “El tiempo, / gong que delata las horas, / nos sume en el consabido misterio. // El tiempo, / dios inexorable de anchos hombros, / nos moldea a su antojo de ogro.”  (Efectos, p. 37). Estos versos desnudan la imagen de la deidad de anchos hombros sobre los que soporta la temporalidad, como si Cronos, que otrora lo cantaran como un ogro devorador, consumiera la fugacidad.  El poemario se va adentrando en el retorno estacional que nos habla de nuevo del círculo en el que acontece lo que vivimos: “Al percibir en el ruido / el rumor de los duraznos, / saboreamos el jardín / atravesados de verano / hasta la próxima estación.” (Ángeles, p. 38). Así, una tras otra, sin detenerse, se sucede el ciclo estacional en el que siempre algo muere y renace.

Existir es también estar expuesto; la vida es frágil y está a veces oteada: “En algún lugar de ti / está la trampa, / los inefables buitres / que bucean nuestros campos.” (Buitres, p. 41).  Qué nombre más apropiado para este poema, ¿Qué buitres nos acezan? ¿Dónde los buscamos?   Dados por el simple hecho de existir, los llevamos dentro de nosotros o aparecen de repente, allende el camino. De allí que: “Estas ansias viscerales / que embisten con olor a trapo, / explotan su pólvora / desde verbos / postergados en el ático.” (Postergado, p. 42). Sigue siendo el poema aquel espacio que aguarda en un lugar para que entonces el verbo los constituya, casi como salido de las entrañas.

Rumor III abre sus páginas con la fuerza verbal: “Sacarme un cajón del cuerpo” / me desencaja la mañana. / Bajo un sol desgastado / entra por su vacío, / el aroma de asfixiantes letras / que me abruman de atardecer.” (Nostalgia, p. 47). ¿Qué constituye en el mundo poético el aroma de “asfixiantes letras”? Es efluvio que evanece de la combinación de letras, crea palabras y constituye el mundo del habla.  El lugar de la enunciación poética nos dice de un espacio en el cual moramos.  Somos nosotros quienes guardamos lo vivido; ahí esta el material poético encajonado en nuestro cuerpo. Lo que habita en nosotros va a donde estemos: “Cáscaras de errores / laceraron la memoria, / que cansada, / ensayó un nuevo abrazo / atrapando al almanaque / bajo las dinamitadas / lágrimas de San Lorenzo.” (Perseidas, p. 49).  El cuerpo recuerda y a la manera de un lugar, llevamos la creciente carga de la memoria que el poema revela lacerada; pese a ello, el encuentro, la posibilidad de “un nuevo abrazo,” nos habla de la continuidad de la vida, el ámbito de la voz poética siempre crea algo nuevo, no importa que sea vieja la morada.

Pintura de Miguel Elías

El rumor que recorre la voz poética empieza a descifrar un tú que acude en imágenes etéreas, intangibles, como las que habitan la memoria: “Tu imagen impecable / revuelve cíclicas / retrospectivas. // Mago de otoñal niebla, / hechicero de parques / que devoró mi infancia / con la tristeza / del guardabosques.” (Bosque de castaños, p. 59). El poema acude de manera inveterada al eterno retorno, las posibilidades no son infinitas, se repiten y de nuevo la vía temporal permite la mirada hacia atrás; la mirada retrospectiva ve el espectro recorrido desde una infancia en la penumbra de un tiempo mágico que vuelve sin evitarlo.  La impronta de la memoria es inevitable y creciente, tal como: “esa percepción / que en tu cerebro / he sido yo.” (Trastoque, p. 71).

Descifrando el rumor comienza con un desafío a nuestras capacidades: “Los objetos / se apoderan de nosotros / reflejando en su apariencia / nuestra capacidad / de interpretarlos.” (Competencia. P. 63). Morar es tener algo a la mano, ¿qué dice de nosotros lo que nos rodea? ¿Qué hemos hecho de lo simple que necesitamos para vivir? Estamos enmarcados por objetos que también nos comunican y ahora nos interpelan, ¿qué parte de nosotros está puesta en ellos? Con el desafío poético de poder interpretarlos, el poema nos enfrenta (no a manera de conflicto) con lo que nos dice aquello que en algún lugar está en la morada diaria.

Las cosas viven un rumor; imagen acústica que la voz poética se da a descifrar: “Sorprende / la turbulencia / que enciende el poeta / al descifrar el rumor.” (Descifrando el rumor, p. 64).  Ya desde el epígrafe hemos sabido que “…hay un mundo que me escribe / mientras lo descifro.”  La simultaneidad de estar siendo escrita por el mundo es la senda de irlo descifrando.  Pero ese descifrar se revela como un rumor, precisamente el de las cosas.  La poeta se vincula a hacer de las palabras los poemas que muestran ese rumor en algo diferente: la afluencia lírica.  Aquí es donde el poema de consuno con la vida puede recrear lo más prístino del ser en el mundo.  No estamos frente a la inextricabilidad de la confusión, sino en la presencia de una lírica que se desenvuelve a la manera de círculos concéntricos en los cuales cada poema va configurando poco a poco la unidad del poemario.

Al final del poemario encontramos una suerte de revelación: “Quienes me escuchan / no me conocen, / pero quizá sospechen / que me habita / un monje, un gato, / una niña que ama a sus padres, / un brazo temeroso de tu ausencia, / un salón siempre vacío, / y una terca tristeza / que intento matar / con sopletes.”  (Con sopletes, p. 91).  La voz poética se vuelca sobre el yo que ha constituído en poema. La tentación de tomarlo como una confesión, una elaboración de sí de la poeta, es casi inevitable para los lectores de poesía. Los poemas emergen de su voz y aunque no es a ella, sino a los poemas lo que hemos leído, sin embargo, “hay algo que se queja / hay algo que se queda,” recordando algunos versos de otro autor.

Este poemario es vida de poeta, quehacer lírico que nos habla de un oficio consagrado.  Linda Morales Caballero hace un trabajo que nos toca, interpela nuestra vida a través de lo que es distinto a nosotros mismos. Su contenido reivindica con la lectura de poesía, estamos frente a una concipiente creación lírica de la más alta creación poética.  A través de estos poemas lo más humano es lo más divino; la temporalidad inunda nuestra existencia y la poeta, mientras el mundo la escribe se entrega a descifrar El rumor de las cosas.

Linda Morales Caballero. Nacida en Lima, Perú. Es escritora, periodista y docente. Autora de El libro de los enigmas, cuyos relatos han producido un premiado cortometraje, una obra de teatro y monólogos en Nueva York y Madrid. Morales Caballero tiene siete libros de poesía. Su trabajo ha sido publicado en múltiples idiomas. Su libro, El rumor de las cosas fue galardonado con los International Latino Book Awards como uno de los mejores libros de poesía de 2020. Morales Caballero ha sido traducida al inglés, portugués, ruso y francés y aparece en múltiples publicaciones internacionales.  Suele participar en festivales internacionales, Lecturas y Ferias del Libro en inglés y español, algunas de ellas han sido las Ferias del Libro de Guadalajara y Buenos Aires.


John Jaime Estrada. Nacido en Medellín, Colombia. Graduado en filosofía en la Universidad Javeriana, Bogotá. Estudios de teología y literatura en la misma universidad. Maestría en literatura en The Graduate Center (CUNY). PhD. en literatura en la misma institución. Actualmente assistant professor de español y literatura en Medgar Evers College y Hunter College (CUNY). Miembro del comité de la revista Hybrido e investigador de filosofía y literatura medieval. Su disertación doctoral abordó el periodo histórico de las relaciones entre el Islam, judaísmo y cristianismo en Castilla durante los siglos XI—XIV. Investigador personal de tales interrelaciones a través de la literatura medieval castellana, en particular en la obra el «Libro de buen amor».






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