Milagros Mata Gil

Milagros Mata Gil: ‘Ulysses: para una comprensión de la patria desde el exilio’

I.

El 10 de diciembre de 1920, James Joyce dirige una carta a Frank Budgenen en la que dice:  “Un detalle sobre Ulises (Bloom). Fantasea sobre Itaca [sic] (quiero volver al viejo camino de casa) y cuando llega de vuelta le entra desazón. […] Porque jamás se regresa.

Desde fuera, la patria pasa a ser tanto una entelequia como una obsesión. Sin extenderme, deseo enfocar el “Ulysses” de James Joyce desde ese punto de vista de la obsesión del autoexiliado, tal como son muchos venezolanos hoy, hasta ayer nuestros vecinos, nuestros hijos, nuestros hermanos, y hoy apenas esos con los que intercambiamos correos o notas de voz o posts en redes sociales en lenguas cada vez menos concordantes por aquello de los contextos. Incluso el alejamiento dentro del mismo país geográfico se convierte en herida: no he vuelto a Angostura en más de una década y la evoco (la invoco) a diario, con los trazos de sus calles y su río y sus piedras tal como están grabados en mi corazón.

II.

La desazón de Leopold Bloom, revivida en cada recorrido constante por Dublín en “Ulysses”, está dada por la búsqueda de ese “país” en el que pueda habitar idealmente, pero ese lugar no tiene topografía tangible. Hay un Dublín (concreto) en donde predomina la disciplina y la sincronía de la máquina industrial y que es descrito, según el sentimiento de Bloom, como un instrumento de muerte y desgarramiento. Él experimenta vívidamente esa represión espiritual por ser un híbrido judío-cristiano y, además, más extraño aún: descendiente de inmigrantes, lo cual, en la primera generación, sobre todo, es un peso adicional de memorias e historias en contradicción. Al respecto, las crónicas que escribe Golcar Rojas, denominadas por él “historietas” son cruelmente develadoras.

El padre de Bloom, Rudolph Virag, fue un húngaro emigrado a Irlanda y convertido del judaísmo al protestantismo. A partir de lo anterior, Bloom se muestra como un hombre en íntima tensión: la novela lo pone en escena como un cuerpo que transforma el lenguaje en gesto narrativo desarticulado y grotesco. Mejor dicho: en el intento desesperado de apropiarse de los signos de la ciudad y de su lenguaje, que él sigue considerando entes ajenos, se cumple un devenir en su atmósfera deformada en sombras que emergen, a veces grotescas.

III.

Esta es una “opinión sobre las cosas” que Joyce manifiesta en una carta a Nora Barnacle del 29 de agosto de 1904, refiriéndose a los lugares desde los que él se relaciona con el mundo y con todo el peso histórico inscrito en sus genes y sus recuerdos: los lugares, los tiempos, es decir, en toda la tradición de su Dublín:

“Mi entendimiento rechaza todo el orden social y el cristianismo: el hogar, las virtudes reconocidas, las clases sociales en la vida y las doctrinas religiosas Hace seis años dejé la Iglesia Católica, con el odio más ferviente. Me resulta imposible permanecer en ella a causa de los impulsos de mi naturaleza y no puedo entrar en el orden social sino como un vagabundo” (1982, vol. 1: 85).

Este testimonio no es solamente útil para establecer un vínculo con la biografía de Joyce, sino que es también el planteamiento de una poética que se realizará en el relato. Su obra es una descripción del vagabundeo y de la forma en la que él (Joyce, Leopoldo, Stephen) se ve afectado por la ciudad. Puesto en marcha a través de ella, muestra el camino contrario a la imagen que le es impuesta y pone en escena una ‘utopía’ contraria: esa parte de espacio y la voluntad que lo anima como interpretación de un cuerpo que se cumple en el ámbito de la lengua. Pero también ese intento es paradójico, pues aunque desea la quietud del espíritu para revelarse a sí mismo, para ello necesita de la quietud de la materia, de la que depende. Es un vagabundo.

A partir de esta conjunción de deseos y fuerzas contrarias, Leopold Bloom establece su propia elipsis del espacio y del tiempo. Para él, aquel tiempo y aquel espacio ideales tienen que ver con el ocio prohibido a su cuerpo de trabajador (de publicista por comisión en los periódicos de Dublín): el ocio del pensamiento. Esto, en lo que respecta a Bloom.

IV.

En consecuencia, como Bloom, Joyce, en su rol de exiliado, recurre a la utopía memorística: a la creación de lugares dentro de los lugares de su Dublín (espacio ficticio dentro de espacio ficticio), pero para ello le es necesaria una forma diferente de concebirse a sí mismo como hombre material. Ese es el papel de Bloom. Para Joyce, además, es racconto, ese narrar de tan antigua estirpe que ha yacido por años confundido con el flasback en tantos narradores actuales y que eficazmente está recuperando el Chino Álvarez (ver “El Cuarto de lo Imposible”, por ejemplo) Con Bloom, Joyce parte de imaginarse a sí mismo como un ser otro y se convierte en metáforas. En la novela, éstas aparecen de tres maneras: primero: Bloom es (como) flor que flota en un jardín acuático, nenúfar, cuerpo ingrávido que paira sobre las aguas. No tiene raíces o son endebles y flotantes. Segundo, como parodia del “gesto” filosófico: Bloom es, gesto a gesto, el heraldo de alguna que otra máxima que suelta, a la manera sofística de los “filósofos” de esos ámbitos tan detestados por Joyce. Por último, los enfoques anteriores discurren en el cuerpo estético creado como resonancia musical de aquello que lo rodea.

V.

Para llegar a este tiempo y este espacio divergentes con respecto al lugar cotidiano de la vida, los espacios deben convertirse también en todo aquello que cruza a través de ese cuerpo, de esa sensibilidad particular que digiere y reinventa. En síntesis, Dublín se convierte en agregación creada por Bloom-Joyce (desde sus exilios. Se poetiza. Y en este sentido es que la utopía bloomesca es estética, es decir, este espacio otro es recortado y reubicado en un lugar otro, referencia del régimen de las artes. En este caso, del arte narrativo y de la palabra novelada. Esta estética resulta política, en el sentido de que designa, manifiesta, refleja, el recorte de un espacio de representación.

El arte no es político por los mensajes y los sentimientos que transmite acerca del orden del mundo. No es político, tampoco, por la manera en que representa las estructuras  de la sociedad, los conflictos o las identidades de los grupos sociales. Es político por la clase de tiempos y de espacios que construye e instaura: por la manera en que los recorta y puebla este espacio.

Los lugares otros, como los espacios bloomescos, se convierten en topografías de lo posible. Y eso es lo que liga la práctica del arte a la cuestión política: la constitución, a la vez material y simbólica, de un cierto espacio-tiempo, de una suspensión en relación con las formas ordinarias de la experiencia sensible. Por eso el arte es la vía de los exiliados para aliviar la nostalgia y la necesidad.

VI.

“Ulysses” (y prefiero la grafía inglesa) la novela, termina por constituir un lugar otro. Es una topografía literaria sonora. Una máquina de permanecer. Pero, para llegar a ese lugar utópico, es necesario reconstruir toda la estructura que soporta el orden y la concepción de la máquina tal como aparece en Dublín. Es preciso recorrer los engranajes, los mecanismos y las tecnologías que la conforman: primero, sentir cómo la ciudad aparece inscrita en el cuerpo y cómo se une a él por medio de metáforas a través de los dieciocho capítulos cuyo resultado crea y contiene la ficción discursiva que la constituye. Luego, analizar y recorrer desde la percepción de Bloom esa metáfora constituida y formada en un ámbito específico; escuchar, imaginar eso que embarga de manera exasperada el tránsito bloomesco.

La escritora Milagros Mata Gil. Foto de Juan Raydán

Milagros Mata Gil (Caracas, Venezuela, 1951). Escritora, profesora de Castellano, Literatura y Latín, periodista, narradora e investigadora en literatura venezolana. Miembro correspondiente de la Academia Venezolana de la Lengua desde 2011. Autora de la letra del himno del municipio Heres del estado Bolívar. Entre su obra publicada se puede destacar los libros de ensayo:  Héroes y tumbas en Armas Alfonzo;  La Cuenca del Unare según Alfredo Armas Alfonzo; La Rebelión de las Ficciones;  El Pregón Mercadero (Crítica Literaria e Integración Latinoamericana); Ensayos diversos, Sobre una ciudad campamento (In Loco Remoto); Una reflexión sobre el espacio en la novela venezolana; Los Signos de la Trama; El Orinoco es una Identidad;  Balza: el cuerpo fluvial;  Tiempo y Muerte en Alfredo Armas Alfonzo y José Balza;  Elipse sobre una Ciudad Sin Nombres. Las novelas La Casa en Llamas (1986); Memorias de una antigua primavera (1989); Mata El Caracol (1990); El Diario Íntimo de Francisca Malabar (1992) o El caso del Pastor Acosado (2019); Entre los premios que ha recibido, están: Premio Fernando Pessoa (1986); Premio Casa de Cultura de Maracay (1986); Premio Narrativa de Fundarte (1987); Premio Miguel Otero Silva Editorial Planeta (1988); Premio Cuento Juan Rulfo (1988); Premio el Internacional Novedades- Diana México (1988) o el Premio de novela de la III Bienal de la Literatura Mariano Picón Salas (1995), entre otros.




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