José Manuel Suárez

‘Imán, ascendimiento’. Sobre ‘El sol de los ciegos’, de Alfredo Pérez Alencart

El sol de los ciegos es un libro mayor y único de la poesía española actual. Mayor y único en algunos sentidos que destacaremos. Libro insistencial y valiente en este tiempo en cuanto a las convicciones de las que nace y en su revestimiento expresivo.

En el primer poema está ya la clave del libro entero. Dice: «Vi cosas que no se ven y me revestí de lo justo, amando en carne y en espíritu, cual señales de lo que aconteció en mí. Y más que repetir palabras, las lijé, como un humilde carpintero en su taller». Y así termina el último poema: «Abriré la ventana ciega, con mi alma recostada en un olivo de Getsemaní». Como en una composición musical, la clave del comienzo y las últimas notas de la partitura conforman la tonalidad del libro entero.

«Vi cosas que no se ven […] con mi alma recostada en […] Getsemaní». Todo el libro está en estas palabras que lo abren y cierran, que lo abrazan, que lo aprietan y exprimen. Este es el sol de los ciegos a que hace referencia el título, aquel que da a ver lo que está más allá estando aquí mismo. Y sin forzar la intención, solo abriendo una ventana que estaba ciega, cegada. Ver es un don y una entrega.

El autor es muy consciente de lo que sus versos nos ofrecen. Escribe en el prólogo: «Tal vez esto de tener el ojo abierto –ante la inmensa ceguera de los días– ayude a presentir presencias y ocupaciones de otra realidad poco examinada, más aún en estos tiempos, cuando avergüenza hablar de lo que atañe al espíritu». Dice «tal vez», pero es una duda retórica; en realidad está muy seguro de lo que afirma, de la sabiduría poética y humana en que él mismo se afirma, y a contrapaso del caminar del mundo.

Desde su firme convicción de la necesidad de ver fue componiendo los cien poemas del libro. Centraré mi comentario en cinco puntos: estructura, disposición, entendimiento, gravedad y cumbre. Parecen conceptos un tanto transgresores y poco aptos para un comentario literario. No importa. También la poesía es transgresión, desobediencia de lo común y establecido para romper el espejo de la realidad y ver detrás o más dentro. La poesía es un desgarro de la vista. ¿Qué verá?

1. Empecemos por la estructura en que se sustenta el libro. Y sin embargo El sol de los ciegos no tiene estructura, carece de partes; sus cien poemas son un continuum, una delgada senda que se extiende desde el primer paso hasta el último, se diría que sin descanso, sin distracciones. El lector interrumpe la marcha en cualquier momento, no hay prisa por llegar a ningún recodo o revuelta que nos anuncie otro panorama. No encontramos aquí el dinamismo que otras obras consiguen, como en la música, con la división en varias partes que son otros tantos movimientos del espíritu.

No, aquí no hay movimientos que al cambiar el ritmo capten nuestra atención y quizá nos sorprendan. Uno de los mejores logros del libro está en su linealidad y rectitud, el camino sigue y sigue, la misma tonalidad y coloración se suceden en el avance. Si la comparación musical sirviera, habría que ver el libro como un solo movimiento andante con brío. Y como en poesía todo es expresivo, también la monotonía es riqueza si va hacia la verdad que se busca, que es lo más necesario.

Hoy el gran elogio de algo es decir que es divertido, por eso la palabra monotonía tiene connotaciones tan negativas que utilizarla aquí parece una crítica negativa, un reproche. Pues bien, es justo lo contrario. La continuidad de los poemas, sin pausas, sin rupturas, consigue que el alma se vea y se diga como es, ese arroyo indetenible de vida y vivencias. El autor las toma en su brotar y discurrir, una tras otra, en la alegría o pesar, en impaciencia o espera. Habría sido fácil para el autor reordenar los poemas en varios apartados según los distintos temas y enfoques: recuerdos, lugares, personas, tiempos, situaciones… Así se hace habitualmente, y con buenos resultados. Pero el riesgo es claro: trocear la vida, lo que siempre es un artificio.

La monotonía (en positivo) del sucederse incesante de los poemas consigue un ritmo y tempo que alcanzan en el libro una sonoridad propia; cada poema ofrece un conjunto de compases, una frase musical; y el libro entero una prolongada suite. Naturalmente esto es una simple forma metafórica de describir la unidad del libro, alcanzada no por suma de piezas sino por ausencia de división. Quizá el autor no fue consciente de ello, ni es necesario que lo fuera, pero el acierto es indudable.

Con un efecto añadido: cada poema se fecunda de los demás en su cercanía de agua fluyente que progresa sin diques. Es un modo metafórico de decirlo, pero ¿de qué otra manera hablar de poesía sin anular o domesticar su fuerza, sin racionalizar lo que va más allá de la razón. Así pues, una estructura formal del libro en continuidad lineal. Los poemas conducen a la totalidad en su unidad, no tanto como meta final sino cargando cada página con la unidad que siendo meta fue también comienzo. Este es uno de los sentidos de la cita con que comienzan estas líneas. Donde está el principio está también el final.

2. Tras la estructura la disposición. Llamo disposición a la forma en que el poeta nos presenta el tejido de su obra, tanto en las pequeñas puntadas de cada verso en el plano del poema como en el conjunto del lienzo. El libro ofrece el tapiz trenzado (otro modo de hablar) con los hilos mayores que han ido moviendo su vida en los últimos diez años. No todo el tapiz, pues, según nos cuenta en el prólogo, no se recogen muchos otros poemas de estos años.

Tapiz en vertical que invita a mirar arriba. Urdimbre de vida, pero la vida del poeta no está detenida en una imagen fija, sigue adelante; la imagen en movimiento que es vivir. Y lo más llamativo del libro, creo yo, es el movimiento ascensional en que la vida avanza. Todo va hacia arriba en el libro. Incluso los momentos de abatimiento tienen al final del poema un giro de vuelta que evita el abismo. Hay muchos ejemplos y muy hermosos en la brevedad de la expresión, en su ascético laconismo: «te amaso a mí»; «se agiganta la benevolencia»; «lo tuyo despeja mis oscuridades, David»; «Acaso un día descostremos la Cruz de tantas habladurías»; «eres poema Encarnado»…

Los últimos versos de los poemas son una invitación a remansar la lectura un breve instante y releerlos más despacio, gustándolos, saboreándolos. Nos dan la esencia de esta poesía que es un suave pero incansable ascenso, voluntarioso sino como llevado de una mano. Subir no es para el poeta un trabajo suyo sino la atracción de un imán de muy arriba, con el que se cuenta y en el que se confía. Y aunque subir es también estar cayendo la fuerza del imán es invencible. ¿Qué o quién es imán?

Incluso en la disposición de los materiales destaca la verticalidad de estos versos. En poesía, como en el arte, materia y forma son indisociables; el libro es ascensional y elevación no solo por lo que dice sino también por la manera misma de decirlo. En El sol de los ciegos el autor construye una escala que paso a paso sube. No una escalinata de sólidos peldaños; diría que una escala de bien tensadas cuerdas cimbreándose un poco al viento suave, lo que tiene un cierto peligro. Son poemas adelgazados hasta el límite, versos muy breves por los que subimos y bajamos, volvemos atrás para retomar el sentido o nos paramos un momento para ver, para oír. Apoyamos el pie en la cuerda y seguimos; pronto hemos llegado.

El peligro es quizá no haber visto bien nuestro paso, el brevísimo verso, apenas visible, como hecho de aire. Así es una escala de cuerdas, hilo solo. En otros libros el poeta compuso con más amplitud y desarrollo, en función de los temas de entonces; aquí practica una ascesis extrema en la expresión, probablemente como fruto de una poda exhaustiva de palabra superflua. Lo dice el autor en el primer poema, ya citado: «Y más que repetir palabras, las lijé, como un humilde carpintero en su taller».

Poda de palabras hasta dar con la verdad. Verdad de un decir que mejor nos diga. En el decir está el énfasis y fuerza que el poeta pone en cada verso, que es ese pequeño trozo de cuerda en que nos apoyamos subiendo por la escala del poema. Y así un poema y otro hasta el final del libro, sin partición, sin descansillos: esa elevada y leve escala que sube, que nos sube.

Mi cita del comienzo es inexacta pues faltan las barras separadoras entre los versos y estrofas; no se aprecia la intensidad o la pausa que el poeta pone en la página. Escala, tapiz, pentagrama… Formas de sugerir una esencia que se escapa a las posibilidades de descripción de la prosa. La obra habla por sí misma, lo que yo pueda decir de ella apenas roza su entraña palpitante. Un libro es camino; los caminos están para que la huella ocurra.

3. Alondra de entendimiento. Estoy convencido de que un libro de poesía no requiere escoliastas sino entrar en él y entenderlo desde dentro, pese a que muchas veces sea un entender no entendiendo. En el “no entendiendo” está ese más que nunca dará la prosa que disecciona y analiza. Solo vía de aproximación mis palabras.

Por la escala del libro vemos subir la vida del poeta, lo que en el alma lleva de más sentido y hondo, de más sufrido, también complacencias y alegrías, aunque quizá menos. Reservará sus deleites más íntimos para un gozo profundo que le inunda, un gozo que trasciende el mal sin anularlo. Diré algo de ello en los apartados siguientes.

La imagen general de vida va apareciendo cada vez más clara en infinidad de detalles, aunque siempre con un perfil sombreado que da profundidad, incluso lejanía en algunos momentos. Dibuja o teje un primer plano, pero nosotros no podremos verlo sino a una cierta distancia que difumina un resto de realidad, que está presente aunque solo intuida.

De todo está hecha la vida: desgarro («perros furiosos») y plenitud («amantísima gacela»); sed de perdón («pues no sacian las contiendas») y afán de paz («huyo de contiendas»); ansias perdurables («hambres como soles») y el claro amor («tu caravana de ternuras»); libros albergados («tras dejarse crucificar por mis ojos») y transfigurada carnalidad («fuego salvífico seré»); luminosas derrotas («haciendo acopio de humildad») y vuelos de una alondra que guían como antorchas («ahora también yo voy a ras de suelo»).

Como en las breves citas anteriores también aquí son muchos los ejemplos. Por cualquier parte que el tapiz se mire aparece la faz del poeta, o sus manos alzadas, o sus ojos abajo, o aquellas muchas sombras que nunca ennochecen la imagen, pero advierten de un peligro acechante, omnipresente.

El poeta empuja su inteligencia y corazón a lo más alto pero son muchos los poderes de este mundo que quisieran arrojarnos al abismo. Están presentes en muchas páginas: «miro al perseguidor»; «apártate de la hoguera del rencor». No prevalecerán, serán vencidos con lo único que no pueden doblegar: «el refugio ideal es el perdón». Su dedicación de muchos años a la poesía será su exorcismo para salvar el día y volver limpio a casa: «Oficio con leyes, beneficio con poesía»; «por ello salimos de viaje los poetas». Y teniendo como objetivo «el no mentir jamás».

Dolor y luz son los dos fuertes hilos que tejen el libro. Abunda el dolor, sobreabunda la luz, aquel sol de los ciegos invocado en el título, sol que no solo no suprime las sombras sino que las acrecienta muchas veces pero que también orienta y dirige. Con ascético lirismo el verso cuenta y gime, canta y celebra, llama y escucha: «Y siempre una muerte tras otra muerte»; «fracasé en todo menos en el lenguaje que aprendí ayer»; «no infaméis simulando preocupación fraterna»; «las súplicas dejan paso a las ingratitudes»; «no es poco tener esperanza cuando la aflicción se activa»; «no aceptan paz los embravecidos»…

Dolor y luz siempre cercanos en la vida y en la obra, mas no en paralelo ni a la misma altura. El poeta sabe de sí. Bien consciente de lo vivido («esta lágrima que repinta o compone mi amanecer») sabe que su lugar está en lo alto («pues dentro de ti llevas tatuada una inscripción: INRI»). Su caer es altura. Desde el suelo el sol baja hacia los ojos, abriéndolos, llevándolos, cerrándolos. Es un don, no habita entre nosotros; es gracia en acogida. Para qué mis palabras, el poeta sabe decirlo maravillosamente: «sobre un puñado de milagros, yo cierro los ojos».

Suprema trascendencia de un aquí que salvar y redimir: «ya no hay quien frene mi devoción» «con manchas en la ropa y el espíritu». Salvar y redimir corredentoramente, pues cuando sufrimos pertenecemos ya solo a Dios (Nelly Sachs).

4. Vestigios de gravedad de quien no calla. Sí, el poeta conoce de cerca el dolor, en sí mismo y en los demás, cercanos y lejanos, en genocidios y guerras, en las mil miserias diarias a las que veladamente hace referencia, pero el libro proyecta desde cada página una luz sobre el mal que no puede ser sino sobrenatural. Luz recibida en recogimiento que ampara en la súplica y llena en el vacío, que redime y salva. Creo que en esto está la gran verdad de esta poesía, la gravedad en peso en que se afirma.

La gravedad del libro tiene dos sentidos principales: sobriedad y esencialidad. El poeta escribe con gran contención formal y de contenido. Ya mencioné antes la condición ascética de su poesía. La sobriedad de forma se traduce en versos mínimos, que en el poema se distribuyen en varias estrofas breves que dotan a la página de un ritmo veloz, casi precipitado. Pronto terminamos su lectura. ¿Comprendemos?

La austeridad en la expresión podría engañarnos. Hace falta volver sobre lo leído, en mi caso sobre los numerosos versos subrayados, que son momentos de especial acierto y sorpresa. Cómo no buscar esos pasajes tan llenos de verdad: «el alba o la cruz»; «la hélice del amor»; «esa sonrisa que me ancla a ti»; «miedo que les calza la duda». Y muchos, muchos más. Algunas de estas expresiones ocupan dos y hasta tres versos, pasos de escalada. Pasar por estos versos es como despeñarse teniendo que aferrarse a mínimos salientes de la piedra.

Gravedad en cuanto austeridad formal también significa que el poeta huye de cualquier retórica, tanto la tradicional como la propia de la modernidad. Ningún lucimiento sonoro, ningún aspaviento verbal; limpieza solo, como una higiene lírica y claridad de sol que no deslumbra. Con la mirada atenta hacia sí mismo y hacia el mundo apenas necesita adjetivos. El adjetivo remarca pero la realidad es, y el poeta quiere verla y decirla. La llama y ella viene y se le entrega como es, sin manipulación de decorados. El adjetivo es en el fondo una comparación, pero la verdad incomparable.

Cada verso proyecta una clara luz pero no encaja esta poesía en la llamada “línea clara”, hoy tan reconocida y valorada. Desde luego hay claridad, ningún hermetismo más o menos difuso, ni presuntuosas oscuridades. Hay otra cosa más difícil de captar: precisión. Sin precisión no hay poesía. Precisión es exigencia, necesidad, rigor; quiere decir que las cosas no puedan decirse mejor de otra manera. Por ejemplo así: «llenos de miedo que les calza la duda»; «tu destino está en lo más íntimo»; «dentro de sus almendras de silencio»…

La experiencia estética que esta poesía, formalmente tan austera, nos otorga es muy alta. Y sin embargo de nuevo está aquí el riesgo de engañarnos. La poesía de El sol de los ciegos parece fácil pero es lo más difícil de alcanzar. Un estilo que no parece nada está al alcance de muy pocos. Lo sobrio y sencillo no destaca, y si no destaca ni llama la atención parece simple. Un buen lector sabrá ver la humilde complejidad de la precisión poética sin brillo. El libro necesita ese lector.

La gravedad, pues, como sobriedad formal y precisión expresiva. La gravedad también está, y muy principalmente, en los temas que se nos ofrecen y en el ángulo desde el que se abordan. El libro es el compendio de diez años de vida en que sucedieron muchas cosas; el poeta no sabe vivirlas sino desde su condición de tal. Ser poeta es saber mirar. El poeta vive en perpetua inspección, escarba y ahonda, no descansa. Sobre todo retiene del tiempo cuanto caló en su corazón.

Ya dije algo de sus temas: los deseos, las esperanzas, la familia, las personas amadas, los recuerdos bien guardados, los rechazos sufridos, las feas envidias, la fiel admiración… Y hasta la nieve purificadora en alma y mundo o la niebla que le sugiere «quitar de su pedestal tus palabras heridas». Son sus temas. Los recoge, los exprime, los lleva a la palabra. ¿Cómo? Con valentía de perdón, con disposición de hospitalidad, con entrega a lo más noble, con sosiego, como en una caricia. El poeta no sabe de rencores porque conoce «la felicidad del sembrador» y vive deseante de que «lo pequeño genere su grandeza». No desfallece en la escucha de los que lloran («las muertes que acarrearon estos largos meses») sintiéndose bienaventurado por vivir «entre voces que nadie pudo enterrar».

Una semilla de bondad germina en el libro contra los pesares y contratiempos. En ello veo la gravedad de esta poesía, como nacida de una osadía que es excelencia y de «la espera de nuestro próximo encuentro». Son cien poemas como cien etapas de un caminar arriba; en cada estrofa y verso va dejando el poeta clara huella de un subir incansable. ¿En qué cima saciará su sed? ¿Y en qué fuente?

5. La cumbre deseada en lejanía. El sol de los ciegos es una subida a la luz. Ya se dijo que el libro es una escala, propone un ascendimiento. Sí pero ¿dónde es arriba? Hablando de la disposición del libro dije que su estructura es no tenerla, por tanto una estructura ausente. Una paradoja con que ver su forma externa. Ahora debo decir que en el libro tampoco hay un arriba al que llegar o cumbre que vencer, si por ellos se entiende una meta final. Que no tenga estructura se corresponde con que no haya cumbre.

Que el libro no esté subdividido en distintas partes dota a al conjunto de una linealidad circular fruto de verdadera destreza compositiva. Su autor sitúa los materiales, los temas, los poemas, en el conjunto de las páginas no con un plan de sucesivo avance sino con afán de simultaneidad. Lo vivido que permanece en el alma es simultáneo entre sí; la presencia del tiempo en ella, si aún la hay, es mínima. El pasado queda en el alma como un tota simul, que es ya lo más parecido a la eternidad.

Por eso el libro puede empezarse por cualquier página, dando el primer paso a la cima en cualquier punto de la escala. La circularidad del conjunto convierte en cumbre cualquier instante de la subida. La simultaneidad no hace referencia al tiempo sino a una esencial respectividad de cada poema entre sí, por tanto de cada tema a todos los demás. Es aquella fecundación de unos textos en otros a la que ya me referí. Dar un primer paso es darlos todos, y empezar a subir es haber llegado. Momento a momento, cada uno es meta de llegada; en cualquier hora o situación se está en la cumbre. La eternidad es aquí.

A la cumbre se llega en atracción de dones ofrecidos, en gravedad de fuerza que tira del alma hacia arriba pero que nunca es forzamiento sino donación y entrega. El libro es presencia de un imán. En la escalada nos han lanzado una cuerda y tiran de nosotros. De nosotros, pues pronto lo que el autor dice de sí lo hacemos nuestro. Desde arriba nos guardan, nos sujetan, nos atraen: «Pusiste cuerpo al Verbo y así comenzó a brillarnos la sangre junto a Ti»; «Siente la orfandad como si salieses de la última cena»; «plegarias y melodías de una flauta que resuena desde Nazaret»; «heme aquí arriba custodiándote»; «tan bien esposados que hasta el Amado sonríe»; «me religa a un claustro pródigo en donarme algunos segundos de lo eterno»; «que supo entrañarme al amado Galileo»; «Aquel que escancia el vino del perdón»; «hasta la Cena por venir»; «Como en el Paraíso, pero sin perder la inocencia»… Y muchos otros fragmentos, algunos de los cuales ya se han citado.

Trascendencia: este es el imán que al autor arrebata y enamora. Es el gran atractivo de esta obra. Atractivo en sus dos sentidos: como gravitación y fuerza y como encanto y belleza. Hombre y Dios, y en medio todo. El autor se sabe atraído y custodiado, salvado, retenido en la caída por la única posibilidad de rescate y amparo: Él. Tiene la valentía de decirlo derechamente, sin ambigüedades. Algunos lo ocultan y se tapan temerosos de perder no sé qué prestigios que creen tener si callan.  Cifran su reputación en un dedo que no les señale. Dado el tiempo que vivimos, el autor es valiente y dice Dios, INRI, Galileo, Getsemaní…

Otro aspecto del gran atractivo de esta obra, en cuanto presencia del Imán (ahora con mayúscula) que la sostiene, es la belleza. Unidad, verdad y belleza son lo mismo. Se hacen visibles en cualquier página, en cualquier ocasión de su lectura, y con una transparencia que por no deslumbrar nos mantiene en pie los que a oscuras nos caemos.

En mi libro oratorio El grabador de sílabas, sobre los últimos días de vida de Paul Celan, escribí este verso: «De qué nos sirven las palabras si no pueden darnos el lugar de Dios». El libro de Alfredo Pérez Alencart nos da su presencia real con la misma discreción y ascética sobriedad de sus versos, sin llamar la atención, dejando que se vea sin forzar al lector en su mirada. Con gozo y generosidad, con agradecimiento por el don recibido, el autor pone el sol a nuestro alcance. El sol está arriba pero abajo nos abriga y alumbra.

La poesía de este libro respira a pleno pulmón la belleza de algunos textos bíblicos, inspirándose especialmente en sus amados salmos de súplica, y también de alabanza: «Díganme adiós con un salmo de aquél que venció a Goliat». Poesía religada a un Alguien que es Cumbre de un aquí en cada paso, día a día. Hecho en fe, el libro rebosa esperanza, para ser desde sus primeros versos a los últimos una subida al amor.

***

Un libro es para siempre. Inacabable cuando es gran poesía. Para llegar a la esencia y verdad de El sol de los ciegos ¡qué pobres mis palabras! Apenas un florilegio de citas que invitan a la luz.

Los poetas Rafael Soler, A. P. Alencart y José Manuel Suárez, en el stand de Vaso Roto (Feria del Libro de Madrid)

José Manuel Suárez (Laviana, Asturias, 1949), obtuvo el Premio Ciudad de Salamanca de Poesía del año 2009 y ha sido profesor universitario de Filosofía en Madrid, hasta su reciente jubilación. Actualmente dirige la revista literaria “Licencia poética”. Su obra figura en algunas antologías. Ha publicado los siguientes libros de poesía: En sigilo de llama (Adonais, 1994); Desde más luz (Calambur, 1996); La tierra en tantas manos (Fundación Jorge Guillén, 1998); Que en pan crecía (Calima, 2002); En sed de alianza (Adonais, 2006); Tras la huella de un ala (Salamanca, 2009); La velocidad de los muertos (Pre-Textos, 2010); Oigo unos ojos. Misereres y payasos de Rouault (Tansonville, 2010), El mal de amén. Tríptico (Burgos, 2011); Pintura de interiores Cuarteto (Libros del Aire. Madrid, 2013); El grabador de sílabas. Muerte y reparación de Paul Celan. Oratorio (Ars poetica, 20017); Abedules, contra las nubes claras (Ars poetica, 2018), Morada a sus balidos. Anáforas y kiries de la consolación (2021) y Paloma o larga nieve (2021).

Imagen de cabecera: Alfredo Pérez Alencart con su libro (foto de Robert Graham)




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