Héctor Ñaupari

“Tambores en el abismo” de José Alfredo Pérez Alencar

 

Tiberíades agradece al poeta peruano Héctor Ñaupari, por permitirnos difundir su comentario en torno al libro ‘Tambores en el abismo’, presentado en Lima el pasado 23 de julio.

Permítanme comenzar diciéndoles que estamos ante un libro de poesía muy pocas veces visto en su luz, en su trabajo orfebre y minucioso, en su dedicación y compromiso con el género príncipe. Al leer Tambores en el abismo (Labirinto, Fafe – Portugal, 2022) comprobamos muy bien lo que dice António Salvado, Poeta Mayor de Portugal, en su prólogo, pues “estamos ante un irradiante ejemplo de originalidad creadora indiscutible”.

José Alfredo Pérez Alencar lleva al límite ese aserto que entre poetas se susurra: que la edad de los autores y la que aparentan sus textos no siempre van a la par. Escrito con una madurez sorprendente y una tesitura magistral, todo al mismo tiempo, con la solvencia de quien ha hablado siempre, desde el primigenio balbuceo, e incluso antes, en versos y metáforas. Como sostiene el Libro de los Proverbios, “Los labios del justo saben hablar lo que agrada”. Tomando este último aserto, nunca, a mi modesto entender, la justicia poética fue una frase tan bien dicha como cuando nos adentramos a este libro magnífico, cuando vemos, desde sus bordes, los abismos del joven poeta y escuchamos, sobrecogidos, el repiqueteo de los tambores venidos de los tiempos más arcanos, cuando el hombre temía a la noche, al relámpago que la ultrajaba cortando irregularmente su nocturnidad, y empezaba a contemplar al fuego con asombro.

Pero no se trata de abismos plenos de lo oscuro y colmados de los terrores que hielan el alma de quien los confronta. En singular paradoja, se trata de poemas que son abismos de luz. Iluminación: aquello que, por muy combatido que esté por los determinismos de ayer y de hoy, se revela a nosotros en felices ocasiones, como ésta, dejando patente su trascendencia incontestable. Permítanme explicarlo.

A la larga, en nuestra vida cotidiana, poco importan la suerte y los afanes habituales de los mortales en casa o bajo el cielo, aunque el hombre se alimente y defienda con más dignidad que las otras especies. Cada día traerá su propia fatiga, nos dijo el carpintero de Nazaret. Hablamos de otra cosa, que fuera confiada a los poetas. Ocurre que se apodera de nosotros, de modo imprevisto, el Genio creador y divino; instantes en que nos quedamos anonadados y nuestros huesos se estremecen como tocados por el rayo, llegan hacia nosotros los hechos incesantes del vasto mundo con una nueva visión, los días irresistibles del destino cambian de color, cuando el dios ensimismado en nuestros pensamientos conduce a la meta a sus gigantescos corceles ebrios de furor.

Hele aquí, en Tambores en el abismo, una sorprendente muestra del genio del poeta en su más viva y contemporánea expresión. Como lo que se hereda no se hurta, el genio aparece agazapado, a través de las primeras voces que el poeta escucha. Esas voces son un mandato al que nuestro autor acude. ¿Cuáles son? La voz de la madre, de la padre y del abuelo, para empezar. Nos dice de la madre, la bien amada Jacqueline Alencar, ángel en estos parajes, “Y abrázame una vez más, madre, porque en tus brazos siento el alfa y la omega. Abrázame en la continua petición, madre, sabiendo que en tus brazos mi desamparo acomete la retirada, al sentir que todo lo tuyo se anuda en mí”.

Esas presencias iniciáticas en Tambores en el abismo son “mareas que nunca bajan” como nos dice el poeta. Nos dice, evocando a Jacqueline, “Tu presencia, una marea que nunca baja, una inocencia delante y detrás de tu rostro. Tu recuerdo llenando el aforo de mis pensamientos, poniéndome el amor como contraseña, haciendo de la noche nuestro mejor refugio”.

El joven poeta aspira a ser “la enciclopedia de la esencia” de su padre. Un poema dedicado a su padre Alfredo, nos representa a todos, “Nadie es de ningún lugar”, “Puedes ser extranjero hasta en tu propio país, ya que a todos nos une un principio y un destino. Puede que emigres a lugares lejanos y al volver al origen veas tu tierra cambiada. Y si al reencontrarte con tus raíces no contemplaras aquella última visión de tu patria, aquella con la que comenzó tu éxodo, que la tristeza no alcance a tu corazón”. Vemos, como una primavera que se aparece de sorpresa, que la luz poética se acentúa en el sabio empleo que el joven poeta hace de los recursos de sus predecesores.

 

Estamos frente a un joven hombre comprometido con su oficio y su tiempo. José Alfredo Pérez Alencar es un alma vieja, templada en estos menesteres. De otro modo no puede explicarse la señera contundencia de sus versos en esta obra suya. A todos los escritores nos invade ese desasosiego de no pertenecer a ninguna parte, de hacer siempre viajes interiores, hacia nuestro adentro, o arrastrando el cuerpo como una maleta que no quiere acompañarnos, por tierras paganas y ajenas. Llevamos con nosotros la triste maldición de conocer todos los finales de antemano. Y todo ello se observa en ese andar descalzos por los abismos y oír el sordo crepitar de los tambores que nos muestra Pérez Alencar, como sedimentado en las múltiples vidas que ha vivido, y acuciados en las peripecias que la existencia que respira hoy, ahora le ofrece.

La palabra que buscamos al leer este libro es travesía, sí. Travesía en búsqueda del amor, cuando el poeta escribe: “Te he buscado hasta el ocaso. No te encontré, pero mis sentidos te reconocían grabada en las paredes. Te vuelves a marchar, pero esta vez no agarras mi mano; esta vez no hay lazo que se trace en este océano escogido como destino. Una vez más, somos nosotros”. Pero también, para nuestro deleite, en el jugueteo que enciende a los amantes, este poema suyo: “Ensimismado en las marismas del deseo que desprendes mientras caminas, estoy sujeto al erotismo que tu silencio guarda. Cuando vuelves a mí, ruego ser quien esculpa tu figura, ser aquél que cubra de rosas tu camino. Y no perder el norte, aunque las señales sean nítidas; ya no ser un sufridor cegado, pero tampoco quien te convierta en inalcanzable. Así quedo, siempre firme tras la convicción de no querer ser víctima de tus besos cuando de mí te despidas”.

He pensado siempre que el poeta está en el eros como el pez en el oceáno. Es su elemento más rotundo. Ambos, poiesis y eros, son invención, variación incesante, imaginación, deseo, ceremonia, representación, encendimiento, excelsitud. Con gran delicadeza, Pérez Alencar nos ofrece la luz que la pasión erótica y sus viscisitudes en él genera, cuando nos dice, por ejemplo: “Empapando el ambiente con la música de nuestros cuerpos, nos dirigimos a quebrar los límites del susurro, olvidando si algo viene después”. Es el erotismo una ola misteriosa, y así aparece ante el joven poeta, su amada: “Algunas veces el misterio se esconde tras exuberantes virtudes. Te despides y ya te estoy evocando como aliciente. Y es que supiste llevarte mis sentidos”.

Qué otra aventura más estimulante que aquella que se vive en las abismos de nosotros mismos, o batallando en la música de sus tambores, contra invasores prestos a tomar a sangre y fuego la ciudad que somos, que nos grita, en un alarido que no cesa, no querer ser muertos: ése es el viaje que Pérez Alencar nos muestra en su bello poemario. Si Enrique Verástegui, estupendo poeta peruano, deliraba En los extramuros del mundo, su primer libro, como dando a notar nuestro carácter – de metal y melancolía, como describiera García Lorca – periférico, anacoreta a pesar de sí mismo, pleno de bárbaros a las puertas, Pérez Alencar nos da la profecía en la palabra, la palabra que no existe, pero que podría ser: un verso a la intemperie, en la última parte de Tambores en el abismo. Nos da el libro que nunca escribiremos, la rosa que besa el colibrí en un parpadeo, de la que nunca supimos el nombre, como escribiera Umberto Eco, y nos transmite, en comunión con él, su memoria y su profecía.

La vida en los tambores del abismo de nosotros mismos, nos enseña Pérez Alencar, es la única que vale la pena vivir. Es la vida que se conforma de las personas que nos aman y nutren, que guían nuestros pasos primeros y las primeras palabras que pronunciamos; es la vida que se incendia en la flama de los amores que furtivos nos acarician entre trémulas sombras o los momentos, como el nacimiento y la muerte; todo eso que nos hace contener la respiración son la única circunstancia o peripecia por la que tiene sentido respirar. Tambores en el abismo representa ese instante de sobrecogimiento que se escribe con la maestría que haber vivido muchas vidas antes de llegar a ésta. Nos dice: “Ahora, ya despierto, percibo más cercano que lo mío no quedará como un aforismo más”. Y concluye, en el texto dedicado al pintor de los poetas, Miguel Elías, “El limbo que describes no será para ti un estimado consuelo, pues sabes que tarde o temprano la ventura te hará sentarte de nuevo en los aledaños del trono celestial” Nos recuerda, con el viejo Santiago, el pescador de Ernest Hemingway, que “el hombre no está hecho para ser derrotado, un hombre puede ser destruido, pero nunca derrotado”.

Así, Pérez Alencar sigue el consejo de Rilke en Cartas a un joven poeta: adentrarse en sí mismo y explorar las profundidades de donde mana su vida. En esa travesía sobre los abismos no hay derrota. Tampoco triunfo. Es un llevar firmes esa existencia y aceptarla como nuestro destino. Conducirla, como dice el autor de Elegías de Duino “con su peso y grandeza, sin preguntar nunca por el premio que pueda venir de fuera. Pues el hombre creador debe ser un mundo aparte, independiente, y hallarlo todo dentro de sí y en la naturaleza, a la que va unido”. En efecto, con esa idea en mente, el poeta transita con el genio, ora como un don, ora como una cruz, como cuando dice: “¿Por qué me bendices con el don de la poesía, mientras yo sigo vaciando el vaso que estaba lleno?”

Por todo esto, te digo, querido José Alfredo, gracias. Gracias por renovar en mí el amor filial, por ayudarme a encontrar la palabra precisa, la sonrisa perfecta para mi madre, el salmo adecuado que cantar al recuerdo de mi padre, gracias por evocar en este viejo corazón el amor adolescente, la pasión veraniega que alguna vez permutó en mis versos, entre crepúsculos y vientos, cuando escribes “Presos de un amor juvenil, nos olvidamos de lo que el tiempo quiere recordarnos”. Gracias por heredarme a tu padre, Palabra Mayor entre nosotros, arca de los afectos, gentil devoto del Amado Galileo. Gracias por acrecentar mi amor por Salamanca, y en particular por su Universidad, claustro donde nació la primera gramática castellana y el derecho de gentes, de la que nos dice el poeta: “No todo para mí fue culto al conocimiento, pues también abracé los placeres que tan inexorablemente expuse como adjetivos tuyos”. Caritativa, hospitalaria, muy noble, muy leal, muy culta, docta y sabia ciudad, Salamanca, que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado. Déjenme enunciar ese amor en palabras de una eterna enamorada de nuestra ciudad, protagonista de Tambores en el abismo, Jacqueline Alencar, madre del poeta. “Por si no puedo decírtelo mañana, hoy te digo que me enamoré de ti a primera vista, cuando pude ver tus encrespadas torres apareciendo mientras me dabas la bienvenida hace más de cinco lustros. Déjame decirte que me he acostumbrado a acariciar tus piedras de Villamayor. Me he acostumbrado al color dorado de tu piel. Al azul de tu cielo que se pone gris cuando me entristezco con la llegada del invierno. Y que llora en mis atardeceres sin crepúsculo. Déjame darte mi gratitud porque gocé de tu apacibilidad”. Gracias, por fin, por ser el poeta que eres, y el que serás.

Muchas gracias.

 

Héctor Ñaupari (Lima, 1972). Poeta, ensayista, prologuista y comentarista de libros, conferencista internacional y abogado, con estudios superiores y de maestría en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú) y de doctorado en la Universidad de Salamanca (España). Es autor de los libros de poesía En los sótanos del crepúsculo, Rosa de los vientos, Malévola tu ausencia y La boca de la sombra, libro este último que reúne toda su poesía. Poemas suyos han sido seleccionados en breves antologías individuales publicadas en el Perú y el extranjero tituladas Incendio que me envuelve, Toda rama es aire, Salammbo y Otra piel. Publicó los libros de ensayos Páginas libertarias, Libertad para todos, Sentido liberal, Liberalismo es libertad y Por esta libertad. Ha compilado los libros de ensayos Políticas liberales exitosas 2, La nueva senda de la libertad, y Borges, Paz, Vargas Llosa: literatura y libertad en Latinoamérica. Es coautor de las antologías literarias peruanas Poemas sin límites de velocidad, antología poética 1990–2002 y La hoguera desencadenada, antología poética del Movimiento Cultural Neón 1990–2015. En el año 2021 obtuvo el Premio Internacional de Ensayo Charles S. Stillman de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala, en la categoría de artículo periodístico, que también ganó el año 2001, siendo el único latinoamericano en obtener dos veces el citado galardón. En 2008 y 2010 obtuvo la Mención Honrosa del Tercer y Quinto Concurso de Ensayos Caminos de la Libertad, organizado por la Fundación Azteca de México.

(Fotos de Daniel Urdanivia)




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