Tiberíades agradece al poeta argentino Leopoldo ‘Teuco’ Castilla, por permitirnos publicar las palabras que pronunció en el Ayuntamiento de Salamanca, tras recibir la II Medalla Fray Luis de León de Poesía Iberoamericana. Las fotos son de Álex Lorrys.
Señoras y señores:
Al recibir tan alta y generosa distinción como la Medalla Fray Luis de León de Poesía Iberoamericana quiero agradecer al Excelentísimo Señor Alcalde de Salamanca don Carlos García Carbayo, a la ilustrísima teniente de Alcalde doña María Victoria Bermejo Arribas y, por supuesto, al poeta Alfredo Pérez Alencart, fundador e incansable promotor de este Festival, quien junto al Consejo Asesor de estos encuentros, cumple ahora 25 años en esta magna tarea de reunir y promover a poetas de España, Latinoamérica y Portugal. Vaya también mi reconocimiento a la Directora de Asuntos culturales de la Cancillería Argentina, Paula Vázquez y a Silvia Maldonado, responsable del Área de Letras y por supuesto, al pintor de los poetas Miguel Elías, por el magnífico cuadro que me ha obsequiado.
Les cuento: hace muy pocos meses, acompañado por el filósofo Esteban Singh y de manos de esa gran poeta que es María Ángeles Pérez López, di un recital de mis poemas en esta hermosa y extraña ciudad. Y digo extraña porque andando por sus calles tuve la sensación de que Salamanca, más allá de su vasto pasado, o por lo que tiene de leyenda, sucedía en un presente perpetuo. Como si fuera una aldea construida en la luz, a salvo del tiempo, cuyos muros más que de rocas parecían estar hechos de pensamiento.
Esos muros crecen ahora con la voz de estos maravillosos poetas, que perdurará, intensa e intocable, sonando en las mismas calles por donde Cervantes, Quevedo, San Juan de la Cruz, Góngora o Calderón leían sus versos.

Que permanezca como una isla inmune en el espacio y destinada al futuro, Salamanca. En esta época en que vemos cómo la barbarie de los poderosos arrasa el planeta, destruyendo la naturaleza, envenenando los ríos y el océano, calcinando los campos verdaderos que tanto amaba Fray Luis y condenando a la muerte a pueblos enteros. Y, como si fuera poco tanto horror, los imperios desatando una guerra que ya ha comprometido la seguridad de toda Europa.
La guerra: esa monstruosidad del vacío que no tiene una sola idea que la sostenga.
Para ayudar a conjurar ese impulso destructivo que puede llevar al suicidio de la especie humana, hoy entre tantas otras voluntades, ya se está alzando la poesía que viene llena de innumerables nacimientos, y aumentando mundos al mundo.
Sin otra bandería que la paz.
Sobre la urgencia de una reacción del espíritu contra la crueldad desencadenada, coincidíamos hace poco con Iván Oñate y Rafael Soler, grandes poetas y hermanos. Para ellos va dedicado este poema que escribí hace unos años y que se titula El Ejército de Terracota.
¡Antes de leerlo quiero darles las gracias a todos, muchas, muchas gracias por tanto!

EL EJERCITO DE TERRACOTA
Esta población de polvo
esta marcha del hombre
por la soledad del tiempo
estos mudos
es una provisión de humanos
para cuando no haya nadie en el pasado
para cuando no haya nadie en el futuro.
Cada uno es todos y es ninguno
y guarda su lengua
igual que una moneda secreta
entre los labios.
Mientras ellos avanzan,
inmóviles,
nosotros caemos
de nacer desconocidos
a morir desconociéndonos
en la guerra
que desde siglos se quema intacta en el aire,
helicoidal,
insepulta
como un pozo ciego.
Este museo de los vivos
localizado en algún lugar de la muerte,
estos hombres apagados,
aldeanos, campesinos,
esta leva humana
sólo para que la guerra sea mortal,
es lo que restará de nosotros,
semillas neutras
con la carne en el barro
y el porvenir en la memoria.

¿Quién puede detener el ataque
del vacío de los guerreros,
de los caballos fijos en el espanto,
del resucitado que apunta
con su flecha invisible?
Todavía mata el trazo,
la geometría letal
de lo que no ha nacido.
Miren en los ojos visionarios, en los párpados
de cansada arena
el poder mendigo
y en la boca,
donde se les descorazona
una vieja, inalcanzable, sonrisa,
la derrota de todas las victorias.
Miren los decapitados, de pie en el orgullo,
reunidos en el vivac de la disolución,
en un alto de la batalla,
palidecer
de una incontenible muerte natural,
mientras un caballo, hundido en la arcilla,
sólo con la grupa en este mundo
salta, salvaje, hacia otra forma
y es miles de caballos
en el oleaje de la tierra.
En un rincón sobran los huesitos
del ladrón de tumbas
muerto por el mercurio,
el mercurio que mata como el hombre
porque no puede separarse de sí mismo.
Este ejército de arena,
esta sequía de la guerra
marcha desde China.
Va hacia la tumba de todos los imperios.
LEOPOLDO CASTILLA
Salamanca, 13 de octubre 2022
[Fotos de Alex Lorrys]

Leopoldo ‘Teuco’ Castilla (Salta, Argentina,1947). Ha publicado los siguientes libros de poemas: El espejo de fuego, 1968; La lámpara en la lluvia, 1971; Generación terrestre, 1974; Versión de la materia, 1982; Campo de prueba, 1985; Teorema Natural, 1991; Baniano, 1995; Nunca, 2001 (Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes); Libro de Egipto, 2002; Línea de Fuga, 2004; Bambú, 2004; y El Amanecido, 2005. En el año 2001 fue publicada una Antología del autor por el Fondo Nacional de las Artes. En 1999 publicó El árbol de la copla. Como narrador ha publicado: Odilón, 1975 y La luz naranja, 1984. Fue invitado por la Unión Soviética para escribir un libro que la Editorial Progreso de Moscú publicó en 1990, Diario en la Perestroika. También es autor de Nueva poesía argentina, 1987; Poesía argentina actual, 1988; La canción del Ausente, cuentos, 2006 y la novela El Arcángel, 2007. Recibió premios nacionales e internacionales. En el año 1976 fue perseguido por la Dictadura Militar y debió exiliarse en España. Poesía suya ha sido traducida al inglés, francés, italiano, sueco, portugués y ruso. Sobre su cuento La redada se filmó el largometraje homónimo dirigido por Rolando Pardo. Por su libro Nunca recibió el Primer Recibió el Premio Municipal de Poesía de la Ciudad de Buenos Aires 1998-1999. Nos dice el autor: “Rara esta tarea de escribir poemas. Hacer una casa real con materiales desconocidos. Hace siglos que nadie sabe lo que es la poesía. Sólo sabemos que sucede y que oculta la naturaleza más profunda de lo visible y de lo invisible. Nos toca obedecer asombrados sus apariciones. Puede que sea una especial dimensión que nos hace escribir lo que la poesía quiere cuando ella quiere y como quiere. Por mi parte, en el camino se fueron juntando poemas a la física oculta de lo que llamamos realidad; poemas a este planeta que llevo años recorriendo para tratar de contar – dentro de las pequeñas posibilidades de uno – sus maravillas. Una manera de agradecer. Y otros más los empozamientos de uno, las injusticias y, también, la muerte. Y todo para seguir aprendiendo. Y la poesía por ahí cerca, mirándonos, sabiendo todo, sin decir nada.”








