Juan Carlos Martín Cobano

Sobre ‘La lengua de barro’, de Alberto de Frutos


Poetas como este necesitan de vez en cuando que los rescaten. Simula andar con total normalidad y destreza por las trochas de las prosas y los escritos divulgativos que ponen el pan sobre la mesa, pero sabemos que se ahoga poco a poco si no sale de esos charcos a boquear en el aire puro de la poesía. En estos casos, cabe agradecer la sensibilidad y el tino de editores como los de Guiverny.
No se prodiga mucho Alberto de Frutos en dar salida a su vena poética. Él dirá que es por pereza, por el poco sentido que tiene hoy día dejar caer una hojita más en ese parque otoñal de las publicaciones que al parecer casi nadie lee. Otros diremos que es por su propia autoexigencia: para escribir por escribir, escribirá otras cosas, pero la poesía exige una entrega que no entiende de apartar un ratito por aquí o por allá. Ese abandono, auténtico salto de fe, en brazos de la creación poética solo puede ser total, absoluto, de manera que lo sume en una incertidumbre, por ausencia del control, que es todo lo contrario de su quehacer habitual como escritor de historia y crítica literaria, entre otras cosas.
La poesía, como toda belleza, es desconcierto. Por eso tiene que comenzar el poemario situándonos en una lucha de contrarios. Ya el epígrafe inicial nos coloca ahí cuando dice “No se la deseo a nadie […] pero benditos…”. O cuando en las primeras páginas comenzamos a ver que “Todo siguió igual. Todo fue nuevo”, o que “Si se acaba el mundo es porque el mundo ha empezado”, o más adelante “Que no pasa el tiempo, / Que el tiempo pasa”.
Sus cuatro partes principales (o seis si incluimos el Introito y la Coda) recorren los pasillos, no necesariamente lineales, del amor (Ella), la poesía (Palabras), el tiempo y la muerte (Tiempos) y lo trascendente (Él). No obstante, los versos rebosan de unas partes a otras, pues de hecho no se pueden desligar entre sí estos temas.
El amor indaga en el otro, en una Ella que da sentido a todas las cosas, que es tan distinta porque tiene que ser complementaria. Existe, no obstante, cierta tensión a la hora de aceptar la dicha de haber desterrado la soledad, porque el poeta se pregunta “… si la soledad es la madre del lenguaje […] Y el arte, ¿no es hijo también de la soledad?”. Son preguntas legítimas, no porque dude del amor, sino porque le quedan apenas un par de certezas: una de ellas habla del regreso, la seguridad, de la belleza:

La belleza volverá cuando nos despierte una zanfoña […],
Y esa certeza basta para retener la esperanza.

Pero la otra se basa en que la sonrisa de Ella “desbroza el fondo perverso de los ríos”.
Justo en ese mismo poema (VII), engarza el tema del amor con el de la poesía:

Malditos sean los poetas y bendita la poesía que tú eres,
Malditos los claroscuros y bendito tu amanecer sin trampa.
O, aún más explícito en su comparación:
La poesía, como el amor, es un arte nocturna y despeinada,
Y, como el amor, pega el estirón durante el día.

La palabra poética tiene, pues, relación directa con el amor, con lo que la presencia, la mera existencia de Ella significa para el poeta. Pero además viene dotada de un aire cabalístico, no en el sentido de criptografía de palabras o letras, sino de poder sagrado de las palabras o, mejor dicho, de encontrar la palabra adecuada, y divinamente poderosa, para cada objeto, para cada condición del alma, para la explicación de algo o de todo. En la segunda parte del libro, Palabras, en el poema V, se lo plantea: ”¿Cuál es la palabra? / Dímela tú si la sabes”. Pero, así como cuando abraza y celebra el amor tiene que dejar flores en el altar de la soledad, aquí también debe permitir que se entrevea su pesimismo, con el que en absoluto es consecuente:

Nunca sabremos la palabra
Bereshit, in a beginning, en el principio–
Porque Elohim hoy se ha acostado muy temprano
Y me ha dejado a la intemperie,
Como a un viejo sin su palmeral de vidas.
Si la averiguara, ¿de qué serviría?

Tal vez si la averiguara se acabaría la poesía. Ese es el temor del poeta, por lo que su lamento de incertidumbre no es tal, es el combustible de su inspiración. Bereshit es el nombre que la Biblia hebrea da al libro de Génesis, pues es la primera palabra de dicho libro y de toda la Escritura, y su significado es obvio: “en el principio”. ¿Será la primera palabra como una semilla que lo pone en marcha todo? ¿Será tan solo la cuerda del reloj que durará lo que dure? Muy bien, eso habla del tiempo, pero cuando pedimos significado pedimos mucho más que información sobre el tiempo, y para eso necesitamos a Elohim despierto, aquí. Precisamente, cuando Elohim se hizo carne se presentó como el Logos, la Palabra. Y lo crucificaron. No sé si, cuando dice que averiguarla no serviría de nada, el poeta muestra escepticismo o más bien temor. Si encontráramos la palabra, ¿se acabaría la poesía? Si el amor fuera perfecto, ¿diríamos adiós para siempre a la soledad que es madre del arte?
No sabemos si en ese caso se trata de miedo, pero donde no lo esconde es en sus consideraciones sobre el tiempo, a menudo ligadas con el tema de la muerte, el paso natural tras hacerse viejo:

No romperse nunca,
Apartar educadamente a los dolores nuevos
–No es aquí, en este cuerpo,
Y, si lo es, haga el favor de hacerse viejo–
Y seguir en pie,
Sin que nadie –ni tú siquiera– husmee jamás el miedo.

El tiempo mueve a nuestro autor a dirigir miradas nostálgicas a la infancia, a la época de los descubrimientos inocentes, todavía ignorante del peligro de la sabiduría:
Eres niño cuando hay monstruos,
Hombre cuando esos monstruos te matan irremediablemente.
El tiempo podría parecer enemigo, pero no lo es, es simple y llanamente la realidad, que también tiene sus bienaventuranzas:

El tiempo,
Que nos perfila y nos desborda,
Te dio el rostro que ahora contemplo.
Es fugaz como los años.
Es eterno.

Quizá lo malo del tiempo es que nos deja siempre desnudos, no nos da tiempo a vestirnos de hoy cuando llega mañana, y así no hay quien tenga certezas:

No está bien que el tiempo pase tan deprisa.
Uno no puede hacerse preguntas importantes,
Como qué es el hombre,
Existe Dios,
Dónde aprendí la palabra “monocotiledónea”, que no he tenido la oportunidad de usar en mi vida.

En todo caso, Cronos está siempre ligado con Tánatos. Y muerte, como ocurre en todo poeta después de Quevedo, no puede desligarse del verdadero amor:

¿Qué seremos, en fin, cuando no seamos?
Unos nombres en una piedra,
La raíz yerma de un ciprés talado
Y el polvo enamorado del poeta.

Este regreso a la paradoja premeditada de las primeras páginas, ahora tratando de descolocarnos con “qué seremos […] cuando no seamos”, encaja perfectamente con la incertidumbre casi siempre subyacente. Cabría pensar que la incursión poética en el terreno del amor y el tiempo metafísicos, y de la palabra con propiedades cabalísticas, nos conduciría a un encuentro con lo trascendente que arrojara un poco de luz.
El encuentro está. La luz, ya veremos.
Entramos en la sección Él después de que la parte de los Tiempos nos resumiera un siglo XX en el que la oración del Padrenuestro es la del Ídolonuestro, dando a entender que al fin y al cabo preguntamos a obras de nuestras manos o pensamientos como si fueran lo Otro trascendente. Como en ese último poema de la sección anterior “Dios dijo no estoy en casa”, al comenzar esta parte enfocada en lo trascendente, resulta que:

Rezábamos la oración al siempre ausente:
Líbranos, Padre, de nosotros mismos.

Y es que, para el poeta, en su ausencia es cuando más seguros estamos de quiénes somos, en soledad, en el caldo de cultivo perfecto de la creación artística.
El Dios ausente al que se da paso al final de la sección Tiempos se convierte en un Tú necesario en la sección Él. Necesario porque a alguien hay que dirigirle esta oración:

No nos tritures,
Solo ríete un poco mientras corremos en la rueda,
O, mejor, olvídate como hasta ahora de nuestra existencia,
Y sigue ahí, en tu trono dorado,
Mientras nosotros nos retorcemos aquí abajo
Y te pedimos un último imposible:
Que nos aceptes tal como somos,
Con nuestra absurda necesidad de azar y sentido.

Si Dios es cruel, mejor que siga ausente, como hasta ahora. Nosotros, como ratoncitos en su rueda, no podemos aspirar a otra cosa que a divertir un poco al Creador. Pero se alza una súplica casi retórica: necesitamos azar y sentido a la vez, y quisiéramos encontrarlo en lo trascendente; a ser posible un Trascendente personal que acepte nuestra naturaleza. El poeta no las tiene todas consigo, pero ahí está la oración. Son, después de todo, palabras.
Son, sí, nada más y nada menos que palabras. Como fueron palabras “Fiat lux”. Como fueron palabras “Consumado es”. Como son palabras “Sí, quiero”. Como lo son también “Adiós”, “Gracias” o como lo es cualquier otra que pronuncie una lengua de barro. La lengua será de barro, sí, pero las palabras han salido. No solo son creación, están creando. Cuando preguntan levantan andamios. Cuando cantan se arma un Pentecostés y todos entienden aunque no entiendan.

Gracias, Alberto de Frutos, por no callar.

Juan Carlos Martín Cobano
La Cala de Mijas, 2022

Alberto de Frutos Dávalos, 1979, periodista y escritor madrileño, ganador de numerosos premios literarios a lo largo de su trayectoria. Ha sido durante 15 años redactor jefe de la revista Historia de Iberia Vieja. Ha publicado varios libros de poesía, cuentos, novela…, aunque en los últimos años se le conoce más por sus escritos de divulgación histórica, en el último de los cuales, En la escena del crimen. Dos siglos de crónica negra en España (Larousse, 2022) comparte autoría con Eladio Romero. Además, colabora con dos revistas destacadas de historia (Historia y Vida y Muy Historia).




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