Nuno Júdice

Una guía de viaje. Sobre ‘Orillas de un mundo o mosaico lusitano’ de Alfredo Pérez Alencart

Tiberíades tiene la satisfacción de publicar, en portugués y español, el pórtico escrito por Nuno Júdice, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, para la edición española del libro de Alfredo Pérez Alencart, editado en 2022 por la Diputación de Salamanca.

UNA GUÍA DE VIAJE

La poesía también es un viaje. Puede ser un viaje al interior de uno mismo, un viaje alrededor de una habitación o un viaje en el sentido propio de la palabra, en el que acompañamos al poeta en su recorrido al encuentro de tierras y de gentes que logramos conocer a través de sus versos. Es a ese viaje que nos invita el libro de Alfredo Pérez Alencart. Y sí, para quien lee este libro, los paisajes podrían ser familiares, lo que el poema nos deja ver es otro paisaje: el que se refleja en los ojos del poeta y que él transforma a lo largo del libro.

Sin duda, el mar que describe es el mismo mar portugués de un título de Fernando Pessoa, el Mondego es ese río donde sumergían sus pies las ninfas de Camões, y la Beira, desde aquella agradable aldea donde Eugénio de Andrade encontró la fuente de mucha de su inspiración, hasta esa otra, montañosa y desafiante, en la que un Miguel Torga encontró el alma portuguesa. Tenemos esa memoria de lo que leemos y forma parte de una cultura poética que podemos llamar nuestra, no obstante el carácter universal que se encuentra en esos autores.

Pero hay otras miradas que pueden completar aquellas. No viene de dentro: viene de quien nos visita y, al recorrer los lugares que nuestra mirada estaba habituada mediante ojos nacionales, nos ofrece imágenes que ganan esa dimensión de sorpresa donde encontramos, por la transparencia de un paisaje, otra forma de sentir esos espacios y de transformarlos para que, también nosotros, descubramos lo que había huido debido a una ilusión de que, por vivir en un lugar, creemos saber todo sobre él. Muchas veces sucedió esto con poetas que nos llegan de fuera y, unos más, otros menos, tuvieron esa percepción.

Y en este viaje el poeta es auxiliado por amigos, a quienes ofrece homenaje, y que son al mismo tiempo guías reales o poéticos, o bien referencias poéticas de que ya algunos nombres fueron referidos. Esto se debe al hecho de que el viaje, remontando a los antiguos poemas de nuestra tradición clásica, son una ruta iniciática para la cual somos invitados, descubriendo esa realidad secreta que habita, desde siempre, la poesía. En este libro, es ese «mosaico lusitano» que nos aparece, a cada poema que nos surge, a cada poema, desenterrando pieza a pieza. Del polvo de los hábitos que nos impide mirar su plenitud, recreado por esa luz que viene no solo de los versos, sino también de un placer de recorrer sus márgenes.

Y, si quisiéramos seguir el movimiento delineado a lo largo del libro, vemos que sigue el curso del sol, desde la Beira, siguiendo después el curso del Tajo hasta Vila Franca de Xira, y terminando en el océano, para ir más allá, en dirección a un personaje mítico de la época de los descubrimientos: el náufrago Diogo de Viseu que vive en una isla desierta de la bahía de Sofala y, añade el poeta, «es feliz». No se trata de la isla de los amores de Camões, ni la isla de Santa Elena de Robinson Crusoe, pero sí el centro imaginario de esa rotación que nos lleva de la realidad de los nombres y de la geografía hasta ese lugar de la fuga que acompaña a la poesía moderna, desde la «Invitation au voyage» de Baudelaire hasta el «Opiário» de Pessoa/Álvaro de Campos.

Es, por todos estos motivos, una invitación que nos estimula a nuevos descubrimientos, al conocimiento de un espacio poblado por personajes no siempre cercanos, pero que después de recorrer este mosaico, se sentarán a la mesa con nosotros, hablando de sus formas de entender y sentir el mundo lusitano que, en gran parte, acompaña esa frontera física con una España que muchas veces fue tan distante, pero que Alencart nos acerca al decirnos que la poesía no tiene otras fronteras que no sean las de cada lengua en que se escribe, y de donde viene la música propia que forma parte de su forma.

Y es esa música, aquí presente en la evocación de una resonancia que viene de la raíz portuguesa de estos poemas escritos en un castellano que asimila y «naturaliza» los nombres y citas portuguesas que los acompañan, lo que da esa vivencia de frontera sin muros a un viaje que nos transporta, de un modo natural, por los lugares que nacen del descubrimiento y del placer que el mismo genera, de una lengua hacia otra, dejando de lado esa intraducible saudade que, finalmente, tal vez no sea más que la expresión de un sentimiento poético que se coló a nuestra lengua portuguesa, pero que en este «Mosaico lusitano», tiene, en definitiva, una perfecta traducción.

Lisboa, marzo de 2022
Traducción de A. P. Alencart

Alfredo Pérez Alencart con su nuevo libro (foto de Gabriel Alonso García)

UM GUIA DE VIAGEM

A poesia também é uma viagem. Pode ser uma viagem ao interior de si mesmo, uma viagem à roda de um quarto ou uma viagem no sentido próprio da palavra, em que acompanhamos o poeta no seu percurso ao encontro de terras e de gentes que ficamos a conhecer através dos seus versos. É a essa viagem que nos convida o livro de Alfredo Pérez Alencart. E se, para quem lê este livro, as paisagens poderiam ser familiares, o que o poema nos dá a ver é sempre uma outra paisagem: a que se reflecte nos olhos do poeta e que ele transforma ao longo do livro.

Sem dúvida, o mar que descreve é o mesmo mar português de um título de Fernando Pessoa; o Mondego é esse rio onde mergulharam os pés as ninfas de Camões; e a Beira, desde aquela mais amena da aldeia onde Eugénio de Andrade encontrou a fonte de muita da sua inspiração até essa outra, montanhosa e desafiadora, em que um Miguel Torga encontrou a alma portuguesa. Temos essa memória do que lemos e faz parte de uma cultura poética a que podemos chamar nossa, apesar do carácter universal que se encontra nesses autores.

Mas há um outro olhar que pode completar esses. Não vem de dentro: vem de quem nos visita e, ao percorrer os lugares que nos tínhamos habituado a olhar através de olhos nacionais, nos dá imagens que ganham essa dimensão de surpresa em que encontramos, à transparência de uma paisagem, uma outra forma de sentir esses espaços e de os transformar para que, também nós, descubramos o que nos tinha fugido devido a uma ilusão de que, por vivermos num lugar, sabemos tudo sobre ele. Muitas vezes isto sucedeu com poetas que nos viram de fora e, uns mais, outros menos, tiveram essa percepção.

E nesta viagem o poeta é auxiliado por amigos, a quem presta homenagem, e que são ao mesmo tempo guias reais ou poéticos, ou peãs referências poéticas de que já alguns nomes foram referidos. Isto deve-se ao facto de que a viagem, remontando aos antigos poemas da nossa tradição clássica, são um percurso iniciático para o qual somos convidados, descobrindo essa realidade secreta que habita, desde sempre, a poesia. Neste livro, é esse «mosaico lusitano» que nos surge, a cada poema, desenterrado peça a peça da poeira dos hábitos que nos impede de o olhar na sua plenitude, recriado por essa luz que vem não só dos versos, mas também de um prazer solar de percorrer as suas margens.

E, se quisermos seguir o movimento delineado ao longo do livro, vemos que segue o curso do sol, desde a Beira, seguindo depois o curso do Tejo até Vila Franca de Xira, e terminando no oceano, para ir além dele em direcção a um personagem mítico da época dos Descobrimentos: o náufrago Diogo de Viseu que vive numa ilha deserta da baía de Sofala e, acrescenta o poeta, «é feliz». Não será a ilha dos amores de Camões, nem a ilha de Santa Helena do Robinson Crusoe, mas apenas o centro imaginário dessa rotação que nos leva da realidade dos nomes e da geografia para algo que pertence ao lugar da fuga que acompanha a poesia moderna, desde a «Invitation au voyage» de Baudelaire até ao «Opiário» de Pessoa/Álvaro de Campos.

É, por todos estes motivos, um convite que nos estimula a novas descobertas, ao conhecimento de um espaço povoado por personagens nem sempre próximos, mas que depois de percorrer este mosaico, se sentam à mesa connosco, falando das suas formas diferentes de entender e sentir o mundo lusitano que, em grande parte, acompanha essa fronteira física com uma Espanha que muitas vezes nos foi tão distante, mas que Alencart aproxima de nós ao dizer-nos que a poesia não tem outras fronteiras que não sejam as de cada língua em que é escrita, e de onde vem a música própria que faz parte da sua forma.

E é essa música, aqui presente na evocação de uma ressonância que vem da raiz portuguesa destes poemas para o castelhano que assimila e «naturaliza» os nomes e citações portuguesas que os acompanham, que dá essa vivência de fronteira sem muros a uma viagem que nos transporta de um modo natural, por entre os lugares que nascem da descoberta e do prazer que ela provoca, de uma língua para outra, deixando de lado apenas essa intraduzível saudade que, por fim, talvez não seja mais do que a expressão de um sentimento poético que se colou à nossa língua portuguesa, mas que neste «Mosaico lusitano» tem, finalmente, uma perfeita tradução.

 

Miguel Torga

 


UN POEMA DEL LIBRO

CRÓNICA DE LAS APARICIONES DE ADOLFO ROCHA

PRIMERA APARICIÓN
(São Martinho de Anta)

¿Qué ocurre, por qué el sol no se retira
de este violento cielo de barro?
¿A quien dar las gracias por el lugar oculto
para el parto que nunca finaliza?
Sabemos estar vivos porque la muerte
hace círculos en las arterias
y en los ojos
que simplemente logran ver el milagro.

Es el amor a la palabra lo que trae el nacer,
aun sabiendo que rápido el alma
otra vez estará por los aires,
venciendo a la muerte, ataviándose
para oportunas apariciones.

¿Estuvisteis alguna vez cuando lo blanco
con lo blanco
creaba la forma sin permiso de nadie,
apareciendo y desapareciendo
en el lugar humilde,
como sedienta de pasado?

Yo estuve allí y la traslación del recuerdo
se coló entre mis dedos, alejándose
de quienes celebraban su identidad
sin percibir la inmensa sombra de su vuelo

Montes y malezas de nuevo le pertenecieron,
el pan de la aldea, los relámpagos de Dios
sobre el genuino mundo de su infancia,
la irremplazable caricia
de una madre vestida de negro.

Oh extensión mineral de las cenizas,
totalidad purificada para fracturar el espacio
y el tiempo, para nunca más cantar
luctuosas endechas.

El alma del hombre desacompañado
tomó posesión del suelo de la memoria.
El cuerpo ayer sufriente,
ahora se congregaba para quedarse
en el principio
y ser efluvio ancestral,
decidida aparición del caído mañana
tras los altos montes entristecidos.

Solo entonces le oí entonar
el cántico de la resurrección:

Vuelvo a cantar y vuelven a mi memoria
las imágenes del campo
que guardé en la retina
de niño:
el repique de la campana
después de las negras horas de la Pasión,
y la atrevida canción
que en un tronco
vacío
de cerezo
-flauta que un pájaro carpintero le diera-
La savia silbaba a la primavera.

SEGUNDA APARICIÓN
(Coimbra)

Patria sin fronteras o desesperación anotándose
en el diario de la vida. Profundidad
de la quietud a orillas del Mondego,
en el mismo filo de la creación del mundo
o en el horizonte de un Brasil preñado
de inmigración y de la rapidez del deseo.

Quisiera colarme en la consulta
para que el doctor Rocha pueda recetarme
grageas o versos sanadores del alma. Quisiera
dar nitidez a la aparición que relampaguea
hasta en mis huesos. Quisiera encallar
en la colina donde se descongela la vida
de manera intermitente. Quisiera
tomar por asalto la habitación que Dios
asignó a las entretelas de su alma.

Rocha no estaba ya más en Coimbra,
pero vivito y coleando encontré a Torga,
apartado de todo incienso, haciendo lo imposible
para quitarse de encima a una legión de moscardones
excursionando en torno a su cuerpo.

Cuando subía a la colina de la Universidad,
un insolente moscardón se atrevió
a pedirle el santo y seña.

En medio de la tarde moribunda, dijo:

Dejen pasar a quien va por el camino.
Dejen pasar
A quien va lleno de noche y de resplandor.
Dejen pasar y no le digan nada.

Dejen, ve va tan solo
A beber agua del Sueño en toda fuente;
O a coger azucenas
A un jardín por él conocido, allí enfrente.

Viene de una tierra de todos, donde mora
Y donde vuelve después de amanecer:
Déjenlo pasar ahora
Que va lleno de noche y soledad.
Que va a ser
Una estrella en el suelo.

TERCERA APARICIÓN
(Salamanca)

Viaja inmensamente un espíritu para demostrar
que es posible volver sobre los pasos dados,
como cuando sus palpitaciones se acompasaban
oyendo al reloj de la Plaza Mayor de Salamanca.

La otra noche encontré a Adolfo Rocha
hecho de arcilla y de sueños. Veía las manecillas
de reloj desde el justo vivir futuro,
sin faltarle las verdades que su brioso yo
procuraba apartar de las inmundicias cotidianas.

Existe una no muerte que alguna vez he visto;
Por eso admito que el rostro oscuro
de aquella noche de luna era el de Miguel Torga
parando a los vivos para que aprecien los trueno
que iluminan el mundo, la palabra-palabra
adelantándose a las banderas que derriten libertades,
la carne sobre la carne perpetuándose en la certeza
radical de una poesía que siempre alzará vuelo
para que otros ojos la recuerden.

¡Qué hay, don Miguel, a qué se debe
esta aparición, esta visita tan inesperada!

Yo tengo -dijo- un compromiso perpetuo
con el Miguel de estas tierras.
En parte mi nombre se debe a él;
en parte mi entendimiento vivió deprisa
debido a su fuerza candeal.

Don Miguel…

Hacía palomas blancas de papel
Que volaban desde Iberia al fin del mundo…

¡Unamuno Tercero!
(Fue el Cid el primero,
D. Quijote el segundo).
¡Unamuno Tercero!
Murió loco.
Y su amor, aun siendo inmenso, fue poco
Para ensanchar el vientre de la Doncella.

D. Miguel…
Hacía palomas blancas de papel,
Y guardaba la más pura en la solapa.

Qué poca cosa es la muerte ante la poesía
del alma. Casi mío palpitaba Adolfo Rocha,
investido de odas, huraño en el calor nocturno
de la Plaza donde volvió como el humilde huésped
que expone su cuerpo tan de repente.
Era como un pájaro de luz preguntando por mí
en este juego cruel de la vida y de la muerte.
Era como un vencedor eterno
haciéndose presente con todos los sentidos.
Era Miguel Torga con su nombre sustituto.

Alfredo Pérez Alencart

Los poetas A. P. Alencart, Lauren Mendinueta, Nuno Júdice y Paulo Costa, en Leiria (foto de José Alfredo Pérez Alencar)
Alencart dedicando un libro a Júdice en una calle de Leiria (foto de José Alfredo Pérez Alencar)


Imagen de cabecera: Los poetas Nuno Júdice y Alfredo Pérez Alencart, en la biblioteca pública de Leiria (foto de Lauren Mendinueta)




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