Colaboraciones

Vito Davoli: ‘La poesía de Alfredo Pérez Alencart: El panorama del alma en la carne de lo humano’

 

Tiberíades agradece al poeta y traductor italiano Vito Davoli por permitirnos publicar el prólogo del libro ‘La carne y el espíritu. Aproximaciones a El sol de los ciegos, de Alfredo Pérez Alencart’, una colección de comentarios y ensayos que la semana próxima estará a disposición de los lectores.

 

Cuando conocí por primera vez la poesía de Alfredo Pérez Alencart, me quedé tan fascinado literalmente hasta el punto de vivirla como auténtica bocanada de aire fresco: ese viaje imposible, durante el confinamiento pandémico, que sus versos en cambio permitían hacer con otras herramientas y miradas. Pude entrar en contacto con sus líricas gracias al maestro Beppe Costa, depositario de una pieza importante de la cultura italiana del segundo ‘900, de quien Alfredo es amigo. Y la amistad de ellos se convirtió en nuestra amistad. ¡Poder de la poesía! Evidentemente capaz de establecer vínculos y afinidades a pesar de las distancias y las frecuentaciones. No sabría decir si ese encanto del que fui capturado dependía del hecho de que, habiendo vivido cerca de una década en América Latina, inmediatamente quedé deslumbrado por aquellos elementos que inevitablemente y fascinantemente afloran en sus versos de esa parte del mundo y vuelven de manera constante a declinarse en los mil matices que remiten a esa cultura: pienso de chorro a Presagios y a Luciérnagas, así como en Trocha o a la extraordinaria Perú o, todavía más en general, a la colección Selva que cabes en el tamaño de mi corazón y en las muchas otras líricas y poemarios que he tenido la oportunidad de hojear.

El punto, sin embargo, no es tanto identificar esos elementos y aislarlos. No es un ejercicio útil ya que los perfumes, los sabores y los tintes de los amaneceres latinos, los juegos de luz, los dibujos de las sombras largas y la mirada a los cielos de esa parte del mundo, es fácil encontrarlos en cualquier lugar de su poesía. Incluso cuando Alfredo intenta diseñar los contornos del alma, salen sonidos e imágenes que remiten como a una antigua danza ritual – celebrativa, propiciatoria o fúnebre que sea – de las tierras amazónicas donde, incluso quien no ha puesto nunca un pie, logra adentrarse, guiado por esta esencia íntima «con un pie en cada lado del Atlántico» (Carlos Aganzo); a través de un puente de cuerda: esa magnífica imagen que José Manuel Suárez utiliza en su ensayo, aquí presente en la apertura. En realidad, la imagen es la de una «escala» donde, a través del verso corto, fulgurante e intenso, «como hecho de aire», el poeta permite que «subimos y bajamos, volvemos atrás para retomar el sentido o nos paramos un momento para ver, para oír. Apoyamos el pie en la cuerda y seguimos», porque «así es una escala de cuerdas, hilo solo». Que sea una escalera o un puente, lo que cuenta, además de que solo está hecho de cuerda (y precisamente por eso), es exactamente la aventura de ese recorrido por parte de quien lo hace y, sobre todo, el hecho de que al otro lado del puente está el territorio en el que el poeta nos invita a detenernos y, desde el otro extremo de la escala, el verdadero horizonte del panorama del alma que Alfredo pinta con todos los matices de los colores que conoce y posee, indicando la luz cuya percepción no es nada sin una sombra que atestigüe su esencia: el ineludible «perfil sombreado que da profundidad» a todo lo demás.

Un panorama variado y rico, como atestiguan los diversos ensayos incluidos en esta colección, cada uno de los cuales capta tonos y matices como piezas de un puzzle, como segmentos de un dibujo que hay que reconstituir según la óptica, el pensamiento y el sentimiento del poeta o, como es justo que sea cuando se trata de la poesía, según la percepción del lector que acaba por reconstituir una óptica nueva, a veces inédita, aunque siempre con absoluto derecho de ciudadanía. Porque, se sabe, cuando el poeta escribe, también entrega cada palabra, cada significante y cada significado al alma del lector. El cual entrará en el jardín panorámico de Alfredo, pero afrontará aquel recorrido con sus “zapatos”, su brújula y según sus propios puntos cardinales. Y es precisamente esto lo que hace ecuménica la poesía; esto es lo que hace que nuestro poeta sea «una voz universal de un hombre peruano-español» (Sandra Beatriz Ludeña).

Así, entre los matices del arte de nuestro poeta, participan tanto los pasteles delicados como los colores de tintas fuertes, declinados también a través de esa elección dialógica que arrastra al lector al interior de la realidad y de la vivencia del poeta. Con razón Jeanette L. Clariond subraya la presencia del “tú” en la poesía de Alfredo: un “tú” al que impredeciblemente se une la figura de su princesa, como escribo en mi intervención posterior, pero que se enriquece también de puntos de vista que transforman ese “tú” en un vehículo de superación de la realidad misma hasta hacerse el «Tú que está en lo alto», al que se entrega la “leyenda”, el título de un humanísimo agujereado hacia lo alto que supera los confines del credo fideico y dogmático y se convierte en tendencia al Absoluto, toda humana, más allá de toda frontera, sea también lo espiritual; más allá de toda religión en cuanto tal. Es así que «su cristianismo, insisto, no está exento de un misticismo erótico», ¡al contrario! Todo está incluido en el diseño panorámico de la experiencia de vida del poeta. Es una fusión experiencial que no deja de lado ninguna dimensión y que, en cambio, las funde admirablemente: no es casualidad que el título de esta colección sea precisamente La carne y el espíritu y, entre otras, se lea todo el poema Creación y en particular su clausura, que así recita: «Te ensalivo, / mujer, / te amaso a mí», admirable síntesis en una declinación erótica con una evidente referencia al acto mismo del Génesis bíblico. Así también Leocádia Regalo, quien refuerza esta presencia “metareligiosa” (porque tanto más allá de la corporeidad terrena como más allá de la soledad espiritual), subrayando la presencia de «un “yo” y un “tú” que se complementan en una asunción de la poesía como conocimiento del mundo y de sí mismo». Un «misticismo erótico – como señala Fermín Herrero – cuya fuente bien podría situarse en el Cantar de los cantares, que enerva y tensa la expresión». Así, destacando la palabra como objeto absoluto de la poesía, a través de ella el poeta «nos invita a adentrarnos en la profundidad de las perplejidades compartidas», a través de una lectura que necesita su tiempo para ser “desenredada”, disfrutada y hecha propia por cada uno.

Mirar la realidad desde lo alto de un sistema de valores espirituales que no permanecen firmes en el hiperuranio inútil de la contemplación, sino que se hunden profundamente en la traducción experiencial de lo vivido, es la cifra hermenéutica de Alencart que, a través de esta arquitectura, consigue conferir a sus versos aquel valor universal que hace mirar a Asunción Escribano en la «ceguera física como símbolo de la ceguera moral». Alegoría y metáfora, cierto, que en el oxímoron literario – y solo aparente – que une la imagen del sol y de la ceguera, no se traduce en una contradicción, sino más bien en la «incapacidad racional del hombre de captar la unidad de la realidad», que solo dentro de la poesía puede encontrar la conjugación exacta, irracional pero irrefutable, de la vivencia experiencial que la metáfora misma desvela. «Pues bien, cada poema de este libro merece un halago que nos llena de mística esperanza en medio de la tragedia diaria» (Juan Mares).

En este continuo vaivén de la investigación humana que se consume en esta poesía, los fundamentos permanecen evidentemente firmes ni se puede callar la aportación y la continua “religiosa” comunión con los clásicos («el mayor premio que puede alcanzar cualquier poeta que se precie de serlo») de la tradición ibérica, hispano-americana, latina e incluso italiana (véase al respecto el estudio de Yordan Arroyo aquí incluido), metro y medida de una evolución poética que lleva el verso de Alencart a buscar y encontrar su síntesis mejor en una contracción estructural, toda orientada a la exaltación del contenido evocado por esa estructura. Juan Suárez Proaño habla de «una brevedad nacida del pulimento de la lengua, una lengua suya que en este poemario viene a emular al relámpago» y le hace eco Víctor Coral subrayando «su voz lograda y personalísima. La dinámica de sentidos que pone en juego con palabras sencillas y profundas es la verdadera comunicación». Y diría aun comunión. Una evolución también estilística, de la descripción a la evocación que, a través de la Palabra (recuérdese que es el verbo el protagonista del fiat lux del Génesis), hace cumplido y redondo el acto de la poiesis en la que mejor colocar también la función y la tarea del lector («la intensidad de su palabra […] se constituye en un sol salvífico para tanta vida actual oscurecida», (José Luis Ochoa); lector que se acerca a ella y que de este tiempo, junto al poeta, es el hombre, el protagonista absoluto. Destinatario y casi copartícipe del acto creativo. Una «confrontación a doble instancia con el ser en sí y para sí» (José Carlos de Nóbrega).

El sol de los ciegos, hace visible la ruta estructural que, a través de un finísimo labor limæ, conquista “artesanalmente” un sentido de la medida enteramente reproducido y traducido en las arquitecturas lexicales y líricas del verso («Un decir mesurado que pasa en claro de manera intensa, radiante, el enlace de la memoria, la imaginación e intenta recuperar lo borrado por el tiempo», Gerardo Rodríguez) y así sintetiza en sí mismo «una poética que encauza la trasmisión de lo que va a acontecer a lo largo del poemario, como una perfecta advertencia de la finalidad y el sentido profundos de la poesía y sus vericuetos por el alma humana» (José María Muñoz). Palabra poética y realidad experiencial encuentran así el punto de unión definitivo en la elaboración de la poética de Alencart ya que – como subraya David Cortés Cabán – «Si en el principio la poesía era el origen de las cosas, ahora también influirá en la percepción del mundo físico y espiritual» y así «la palabra poética, en nombre propio, rebautiza con fuego al universo» (Amarú Vanegas).

Pues, bien ha hecho Alfredo Pérez Alencart en querer organizar un recorrido lírico seleccionado dentro de El sol de los ciegos, poniendo evidentemente los acentos correctos, iluminando y dejando en la sombra las zonas más apropiadas para que desde el alto contraste – no por casualidad – de luz y sombra, de claros y oscuros, resulten mejor definidos y comprensibles (por mucho que la poesía, la verdadera, lo permita) detalles, niveles y claves de lectura que dan sentido a su poética y al contenido general que transmite. «La luz enceguece, no descubre formas, las oculta mientras la sombra, la oscuridad se torna perseverancia en la búsqueda de los significados» (Alberto Hernández).

Así, Alfredo une “a doble hilo” el sentido de la experiencia y el impacto de la percepción, el valor del pasado, la consistencia del presente y la esperanza del futuro, la fuerza de la razón y la intensidad de la pasión en un juego de contrastes aparentemente oximórfico y que, sobre todo, no necesita en absoluto ser resuelto, sino quizás ser vivido por lo que es, ya que el mundo interior de Alfredo es – como escribe Esmeralda Sánchez Martín – un universo abierto que traspasa los límites del tiempo y del espacio. Carne y espíritu, dolor y placidez, deseos y realidad, pasado, presente y futuro, virtudes y defectos, aceptación y esfuerzo… los versos de A. P. A. se mueven en el claroscuro y el contrapunto de la existencia». Así es como el panorama del alma de Alfredo no pide que se resuelva una contradicción, que se disuelva un dilema, que se allane un contraste, que se uniforme una diversidad: todo – y el verso poético es su instrumento divino – es «como flor, como espina, como esperanza» (Aníbal Fernando Bonilla) y esa vista también está hecha de carne; de percepción del dolor, de sensorialidad de la felicidad; prevé y contempla una coexistencia exaltante de la esencia humana generada y diseñada por el límite en el que la luz y la sombra se rozan, lo vivido y el porvenir se encuentran, carne y espíritu se abrazan, más allá de una simple guerra entre el bien y el mal, sino más bien con plena conciencia de que, «el poeta no puede separarse de su propia condición como ser humano, no puede alejarse del verdadero camino, del resplandor de la palabra como único instrumento de transformación del mundo» (José Antonio Santano).

Y aquí está el acto creativo. Y revolucionario. ¡Aquí está la poiesis! Un panorama que vaya más allá del horizonte físico a través de una mirada alegórica con párpados estrechos: «¿Cómo hacer – se pregunta Sixto Sarmiento – para abrir los ojos y levantar la mirada si en ese preciso instante el horizonte se quiebra?». Hace falta otra mirada, unos ojos nuevos que no contemplen la observación como se concibe comúnmente: «la mirada capaz de ver más allá de las mañanas». Y de un nuevo acto generador que, a través de la palabra, pueda estructurar, desestructurar y reestructurar «la poesía como hábito de vida» (Harold Alva).

Cada uno de estos ensayos es un nuevo paso, una nueva conquista, una nueva adquisición, un nuevo punto marcado por la aguja de una brújula hermenéutica, una nueva trocha que corta el camino según senderos inéditos, pero, si se levanta la mirada y se mira al horizonte, ese cielo es el mismo para todos; ese panorama es a lo que todos terminan mirando. Y es el panorama del alma, la menos terrena característica de la humanísima realidad, que Alfredo cincela finamente, palabra por palabra, a lo largo de un recorrido extendido de producción lírica en el que es bien visible cómo el artista concentra y concreta la atención cada vez más sobre la Palabra, sobre la pieza única de ese mosaico que va constituyendo con paciencia cartuja y fuerza comunicativa cada vez más intensa y concentrada.

Pero es en la distancia donde el lector recibe el mejor disfrute de la percepción: que sean pasos hacia atrás o hacia adelante, es el lector, a través de estos ensayos, quien elige cuánto acercarse o distanciarse en la contemplación y la observación alencartiana. Un mosaico que se puede disfrutar realmente y por completo cuando «nosotros no podremos verlo sino a una cierta distancia» porque solo en la distancia se puede “abrazar” todo. «Por eso los términos claves están arraigados en la problemática de la mirada». Así, por el contrario, la contemplación del detalle se convierte en un ejercicio de maestría para disfrutarla en un nivel diferente (y a varios niveles) y cada uno de estos ensayos ofrece la posibilidad de detenerse a reflexionar, leer, interpretar y disfrutar de piezas que tienen su posición exacta, color, tamaño y talla dentro del diseño general.

Y esto se propone – sin la pretensión de resolverlo todo – esta colección de ensayos: ofrecer juntos una mirada sobre el panorama del alma, sobre el mapa emocional que es parte fundante del diseño general de la poética de Alfredo Pérez Alencart.

Y entonces:

Entren, entren conmigo por esta trocha,

(…)

Les invito a un paseo enriquecido

por el destellar de las reminiscencias.

 

El poeta Vito Davoli

Vito Davoli (Bari, 1973), es poeta, escritor, crítico literario, traductor y diseñador. Licenciado en Literatura clásica con una tesis sobre epigrafia griega. Redactor de la prestigiosa revista literaria «La Vallisa», una de las más longevas revistas literarias italianas, por la que cuida tambien el blog www.lavallisa.it, redes sociales y web. Periodista regional y nacional en los 90, hasta hoy. Sus poemas, escritos y artículos están publicadas en periódicos, revistas y antologías italianas y internacionales. Tiene publicado el poemario Contraddizioni (Edición Leucó, Molfetta, 2001; segunda edición de 2021 con lecturas criticas) que recibió numerosos consensos: sobre su poesía intervinieron Giorgio Barberi Squarotti, Domenico Cara, Mauro Dentone, Fabio Dainotti, Daniele Giancane, Marco Ignazio de Santis, Angelo Lippo, Beppe Costa, Marco Cinque, Gianni Antonio Palumbo y otros. Fundó y editó la joven revista Pubblicazioni Letterariæ junto con Daniele Giancane con quien también organizó y editó el colectivo de cuentos Surrealia. Señales del Más Allá y otros relatos, recientemente traducido al español por Carolina La Rosa Montilla y Jorge Ledezma. En 2022 cura, junto a Beppe Costa, la antología internacional D’amori, di delitti, di passioni que recoge intervenciones de poetas de todo el mundo y el mismo Costa lo invita a curar la serie Indediti Rari e Diversi, fundada y editada por Costa junto a Dario Bellezza hasta su muerte. Acaba de publicar tambien su segundo poemario Carne e sangue (Tabula Fati, 2022) y cura su blog https://vitodavoli.blogspot.com/.




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