George Reyes

George Reyes: Comentarios breves sobre la metalírica regional de Enrique Villagrasa

 

Villagrasa, E. (2024). Fosfenos.   Madrid, España: Huerga & Fierro Editores

 

La poesía reciente de Enrique Villagrasa desmitifica una perspectiva y dos tendencias comunes en la poesía contemporánea, especialmente latinoamericana. La perspectiva es que un buen crítico nunca puede ser a la vez un buen poeta. Una de las tendencias es privilegiar —incluso en los certámenes de poesía— el uso del lenguaje no solo directo, cotidiano o conversacional, sino también comprometido socialmente; en este mismo contexto, la otra tendencia es repudiar, con frecuencia, furibundamente, tanto el lirismo como el mal llamado “aristocratismo” en literatura; acto llevado a cabo por un tipo de intelectuales que opinan que el poeta (hombre o mujer) ha de estar supeditado a ciertas normas para volverse así un salvador de los débiles y desposeídos, por lo cual no puede darse el lujo de aristocratismo alguno en pueblos en guerra, violencia, subdesarrollo y tantas otras cosas más.

La lógica de la anterior perspectiva es que el poeta no debe dedicarse a construir ese especialísimo arte del lenguaje que, de acuerdo con la extinta poeta y crítica literaria guatemalteca Margarita Carrera, “no está supeditado a nada, a excepción del ámbito de lo estético, del cual no puede escapar por ser cabalmente eso: arte del lenguaje, arte de la palabra, arte del verbo inconmensurable”. En la misma línea de pensamiento, J. L. Borges sostiene que la inventiva del escritor no debe ir más allá de cualquier fin que no sea lo estético.

En su reciente poemario, Villagrasa se revela no un político (a quien le corresponde ser ese “salvador”) ni sociólogo, sino un artista de la palabra; esto es, un poeta lírico que pone de manifiesto su interior, sus sentimientos, con honradez, valor y buen arte poético. Por eso es que sus versos permiten que los lectores avezados, incluyendo a los críticos transductores, se concentren sobre todo en su belleza estética y reciban en su piel el efecto lírico (experiencia estética o poética) de su fascinante belleza; son versos no ahogados ni ahogadores del lector en el mar de la temperatura social e ideológica posmoderna contemporánea, ni usados como arma de combate contra esa temperatura que ciertamente nadie la desea, pues nos quema y duele a todos, incluyendo a los poetas que no vivimos en burbuja ni en la indiferencia;  de esa cuenta, son versos no usados como instrumentos de comunicación ni de concientización convertidos en reporte o crónica periodística del estado de cosas en lenguaje conversacional y versificado.

Lo que sí hace Villagrasa es construir una literatura aristócrata porque creemos que toda buena y auténtica literatura como la suya es aristocrática; tal literatura aspira siempre a lo mejor: ese arte poético que sabe cumplir su cometido estético-cultural, razón por la cual toca con asombro y sensibiliza el alma universal, por ser creación de un espíritu humano sensible para otros espíritus humanos sensibles. Y ese buen arte, ni cursi ni anodino, nos lo dan los buenos poetas líricos como Villagrasa, quienes son los grandes artistas y grandes sensibilizadores, y no temen a los críticos de la literatura del yo.[1]

Ahora bien, a pesar de los problemas hermenéuticos envueltos —como el subjetivismo—[2]  en la lectura de textos poéticos lírico-artísticos, me adentro brevemente, sin ilustración alguna (pues invito al lector a leer directamente el poemario) en el género de la poesía de nuestro artista; esto, teniendo presente que, si bien la poesía no es un instrumento per se de comunicación, ningún buen poeta escribe incoherencias, sin pensamiento ni mensaje a comunicar incluso con poético lenguaje, y que la crítica es un servicio al lector, no consejera ni un cómplice laudatorio.

Con acierto crítico, otros autores ya han comentado sobre el subgénero de la poesía del reciente poemario de nuestro poeta. Desde mi particular recepción, me gustaría identificarlo más bien como una intensa metalírica regional, que, por un lado, mantiene continuidad sobre lo que siempre ha sido y sigue siendo la poesía: belleza estética.  Y, por el otro, ateniéndonos no tanto a su contenido/mensaje, sino a su lirismo, la voz poética plasmada para la posteridad en este poemario es como un muro de lamento-elegía de una memoria que mantiene vivos todavía los recuerdos o las percepciones del rostro de una región y las añoradas vivencias de la infancia en la misma. Pero no son versos que ausculten el mundo exterior (Burbáguena) con distopía, ideología, sino con idilio, nostalgia, soledad, cierzo, franqueza y, sobre todo, misticismo y luminosidad, algo recurrente que en sus poemarios anteriores persigue a su yo lírico. Se podría decir, entonces, que se trata de una verdadera contextualización metalírica transformada en obra literaria de arte escrito, pues “Burbáguena con el Jiloca se hace verso” y es el escenario geográfico que generan estos versos  y por donde ellos transitan. El mismo autor lo confirma cuando, con sinceridad y sencillez, expresa que las personas lectoras “…encontrarán que aquí está mi vida y su poesía con muchos ecos y muchas voces, con muchas lecturas…Y es, tal vez, un tanto, mucho o poco, místico, revelador y contundente…”.

Con todo, de este poemario, hay que resaltar con justicia, más que el mensaje, su delicioso arsenal poético que en algunos momentos raya en el neo-vanguardismo, pero guardando continuidad con la poética incluyendo la forma clásica; de ahí que en el mismo resalten, por decir algo, el símbolo, lo maravilloso, la imaginación y la metáfora, esta última, comenzando desde su título; aquí, sin embargo, no habría que olvidar el uso de un lenguaje directo, pero vuelto símbolo.  El lenguaje poético del verso, que no castra al yo poético ni vuelve lánguida a la poesía al intentar economizar palabras, no deja duda, si bien en el mismo más de una vez se pierde la belleza y magia del ritmo interno, puesto que nadie que sea humano podría decir que ha escrito el poema perfecto.  Por esta razón, la poesía de Villagrasa alcanza su objetivo estético y cultural que es el de toda poesía de alto vuelo. Es que, una vez más, hay que recalcar que la poesía no es un oficio peligroso ni, mucho menos, píldora adormecedora de la conciencia; es un oficio, eso sí, arriesgado en el que la estética/belleza debe calar hondo tanto en la mente como en el corazón del lector; es decir, en el intelecto y en la emoción/sentimiento, dos áreas a las que todo discurso poético artístico de calidad procura llegar (y llega en realidad) porque son sus componentes esenciales en equilibrio analógico.

 

Notas

[1] Durante mis estudios teológicos oía constantemente la siguiente crítica contra el discurso teológico hecho desde el balcón no desde la praxis: “Es pura literatura (entiéndase, poesía, o algo irrelevante). Y en otros círculos, Margarita Carrera denunciaba la crítica, menosprecio o ironía que se hacía del poeta lírico: “!Ah, pero si es poesía lo que escribe!”

[2] Y el hecho también de que, como dijera Octavio Paz, cada lector busca algo en el poema.




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