La débil música de las suaves cosas
En la alta noche
la débil música de las suaves cosas.
Mientras el sueño consuma la quietud
las torres callan
los motivos de su altura.
Cada instante se estremece
y lo quedo nos habla con una voz más íntima.
No son las cosas que no tendremos nunca
son las que están
las qe estuvieron siempre
y hoy
—complicidad contenida—
nos susurran
una familiaridad irresuelta.
Exlibris
Un amigo ―dueño de una imprenta― me ofrece
imprimir un lote de Exlibris.
Pequeños y a un solo color, me dice, porque no hay más presupuesto.
Un grabado a la manera antigua, pienso
que ilumine ―a la manera antigua
el exiguo sino de mis libros―.
Me enseña entonces, varias ilustraciones que, cree él, podrían gustarme
y me gustan claro, pero no me sirven.
Mandalas, complejas figuras geométricas que prestidigitan la visión
abstracciones varias de objetos concretos
soluciones caligramáticas o minimalistas
ecos de atmósferas orientales…
Mientras veo las opciones, me voy alejando hacia
otros ámbitos
otras referencias:
De hinojos,
la pesada espada al costado,
como un guerrero a los pies del sepulcro
de alguien amado o
bajo la mortecina luz de la claraboya de alabastro
me resigno a ser el que ha tenido sus batallas.
Por eso, creo, más justo, más cabal y ecuánime
sería la reproducción de un ambiente sobrio
con algún monje medieval ―pongamos por caso― que
aposentado en medio de su biblioteca ―magra o regia
tras una mesa de añejo roble
vasta en atriles, volúmenes abiertos y lupas
se dé a la tarea de leer y escribir (glosar apenas)
con trémulo cáñamo agobiado
las dos o tres sílabas que pudo
balbucear a lo largo de la vida
mientras un león recostado a los pies de la mesa
sueña con la arrebatada jungla y desdeña
toda disposición para el estudio.
Juegos del azar
Se dispara la palabra / el poema
(esfera de plomo, plata o domeñado mercurio)
lo más lejos que se pueda.
Con certero impulso de mano decidida y golpe de pelvis
la escurridiza bala rueda cuesta arriba ―primera maravilla
se estremece el cuerpo / la mirada fija en ella
vastas zonas, abiertas constelaciones se
iluminan a su paso, mostrando
el perfil sonoro de las tardes del tedio
las noches de ausencia disimulada
jugando una artillería de cañones diminutos.
Encender lucecitas, tensar resortes
todo consiste en evitar la caída.
Símil de lectura: una máquina de pinball
con alguien que inserta una moneda
y el chisporroteo tintineante de la premura.
(Variación posible) símil de lectura:
mover el cuerpo / el libro (lucecitas y resortes)
de un lado a otro
como si una bolita errabunda y un poco alocada
(la cabeza, pongamos por caso) efectivamente
fuese a caer.
A la muerte de un pichón
…Y vi a la muerte caer de lo alto
aferrada al pico de un pichón.
Era de tarde
y gris el plumaje arrebatado
de la propia muerte.
Profundidad que absorbe la superficie
pienso en un polvo gris o en algo que se le parece mucho
y mi mano sostiene esa materia indefinible
que no pesa, no quema
y desaparece sin viento.
Otra mano
cerrada, de nido
durante la vida que lo sostiene
―aún más corta para él― falla:
dedos que estallan como alfileres clavados
falsa promesa de plumas (precisamente las que le hacían falta).
Fue el aire inverso del dios de los pájaros
quien lo arrojó al pavimento
en lugar de aliviarlo en el aledaño abrevadero de las nubes.
(Que una paloma invasora haya atacado a la madre en su tibia faena de crianza
es apenas incidental)
El caldo de plomo del vientre del huevo
no pudo ver
el pájaro despierto del sueño
y afeó el gesto último de quien se va sin haber venido.
O casi.

Albayalde
Una pila de hojas
sobre la mesa
esconde el vacío íntimo que rinde
el peso del papel sobre la mesa.
Releo lo escrito durante la noche
y limpio la viruta acumulada hasta el amanecer
hay mucha palabra suelta, rara
¿dicen algo?
junto a la vela consumida y el cesto de gubias rotas.
Son días ―noches, sobre todo― de trabajo
donde lo calado no alcanza a incidir
en la tabula rasa
(cabaña de labriego pobre
donde hay que hacer de todo).
La mano trajina la superficie con suerte dudosa
yerra la incisión, lo mordiente, el color.
Dignidad de la escritura como arte, artesanía
rastros de un paso esmerado que
al final no queda claro.
Quiero que la mesa parezca vieja / siendo nueva
y las palabras viejas, nuevas.
Solo eso.
Autorretrato a la luz de un candil apagado
La humildad, dirá San Agustín, vence a la soberbia.
Caravaggio que hacia el 1600 pinta su
David, vencedor de Goliat
acaso ignora esos razonamientos.
Otros motivos más íntimos le desgarrarán la piel de lana y carne
pues al final, en el declinar de los rayos de la tarde
solo, vestido de pastor en el páramo
vuelve a enfrentarse con los recuerdos
(esa batalla que todos libramos a nuestro modo).
Toma entonces el papel que le asignó la vida y
bajo la luz que ya no es más que olvido
retrata, digno, su mellada grandeza
no en la lozana victoria de un rey
sino en la cicatriz última de gigante decapitado.
Poema final para una antología
Frente a mí
hay un libro abierto
una mujer
el eco de una guerra cíclica
una bandera transplantada
la llamada de la línea del horizonte
un cielo generoso
el camino al centro del bosque.
Miles de músicos tocando inagotables
una triunfal sinfonía inmensa o
la íntima música que me levanta cada día.
Algunas —muy pocas—
certezas para un débil soplo,
que generalmente pastan libres
fuera de mi vista
en el inmenso prado de todas las cosas.
—Y los poemas como mares
o como granos de arena y pedrería celeste.
Frente a mí también hay
el bullicio de los amigos
ciertas tardes llenas de sol
de ciudades
colinas
rostros
la contemplación reflejada en los estanques de la memoria.
El caminar de gente que no conozco
algo que se dicen, un gesto que los muestra dignos.
Y no por último,
algunas dudas
perdidas en el fondo de un baúl trajinado.
Un mirar de frente a los hombres
y otra certeza —ésta del corazón—
apaciblemente recostada a los pies de mi cama:
El mundo es un sitio para amar.
Benjamín Chávez (Bolivia, 1971) Poeta, escritor, gestor cultural y editor. Premio Nacional de Poesía, 2006. Doctor HC. Ha publicado 13 libros de poesía, una novela, un libro de columnas periodístico-literarias y un libro de artículos sobre el Carnaval de Oruro. También ha escrito cuentos que se han publicado en revistas y antologías. Junto a otros autores publicó reportajes y antologías de cuento y poesía.
Ha recibido el Premio Edmundo Camargo de Poesía, 2013; Premio de Poesía Luis Mendizábal Santa Cruz, 1994 y el Premio Mundial de Crónica Elizabeth Neuffer de las Naciones Unidas, 2011. Sus libros se han publicado en Argentina, Bolivia, El Salvador, España, México y Perú. Ha participado en eventos literarios en varios países de América y Europa.
Es director del Festival Internacional de Poesía de Bolivia (2010 – 2023), director del suplemento cultural El Duende y co-editor de la revista de literatura La Mariposa Mundial. Radica en La Paz.
Su último libro Para alguna vez cuando oscurece (2022) obtuvo una Mención en el Premio Casa de las Américas. Desde abril de 2024 es miembro electo de la Academia Boliviana de la Lengua.

