Colaboraciones

‘Sentir es cuanto queda’ de Cecilia Álvarez. Comentario de Juan Carlos Martín Cobano

Por lo general, cuando quieres ensalzar una experiencia sueles calificarla con el adjetivo “irrepetible”. En este caso, debo buscar otra palabra para elogiar el último poemario de Cecilia Álvarez, pues en mi caso ha sido de lectura repetida, e imagino que también repetible, porque no habrá última.

Otro de los aspectos positivos de la poesía de Cecilia Álvarez es su efecto liberador sobre los que nos animamos a escribir comentarios. Lo es porque con ella no te ves en la obligación de buscar referencias a escuelas, de situarla en círculos o cenáculos de aquí o de allá, sino que, como bien dice Abdul Hadi Sadoun en el prólogo, nos encontramos ante una voz maravillosamente aislada, auténtica. Será por su condición insular, como dice el prologuista, o será porque esa genuinidad desemboca sin remedio en un tono suyo, único. Sea como sea, esta insularidad acompañada de “aislamiento” en el mejor sentido de la palabra nos da permiso para un neologismo que espero que le siente bien: poesía islada. “Nadie es una isla”, “Nada humano me es ajeno”, son expresiones ciertas, exactas, que se corresponden con la realidad, pero la poesía no tiene por qué obedecer a ninguna de estas tres características.

La primera reacción al tener el libro entre mis manos fue discrepar. Se titula Sentir es cuanto queda (Ediciones Idea, Ediciones Aguere). Yo no quiero creer eso. Creo que no es cierto, creo que no es exacto, creo que no se corresponde con la realidad, pero tengo que rendirme ante su fuerza poética, y ante todo lo que revela desde su distancia con la pragmática.

Al hablar de qué es lo que queda, debemos pensar en el tiempo que ha pasado, el que está pasando, y qué es lo que nos deja. Es precisamente el tiempo uno de los conceptos que aporta su paleta de colores a todo este poemario. Encontramos en sus versos una treintena de palabras que denotan tiempo de distintas maneras: referencias a las partes del día, referencia a las estaciones del año, adverbios de tiempo. De entre ellas, la que más se repite es “alba”, con variantes como “amanecer” o “primera luz”. Le doy importancia a esto porque la lectura de sus poemas produce a primera vista una sensación de frío, de sequedad, de vacío, y hasta de tinieblas o falta de visibilidad. Esa primera percepción deja en la piel, nunca mejor dicho, un tacto sombrío, casi desolador, pero, como ocurre en nuestros grandes místicos, la noche oscura que impregna gran parte de los poemas existe como anuncio del alba. Al alba nos dirigimos. Desde el alba, uno calcula qué es lo que queda. Cecilia dice que es “sentir”. Ahora caigo en que no dice “sentimiento”. Me voy reconciliando con el título.

Cuando habla de sentir no sucumbe ante ninguna clase de sentimentalismo, no se trata de “las cosas del corazón” ni de simples emociones. No en vano está omnipresente la piel (págs. 23, 17, 39, 59, 71…), que es el órgano más grande de nuestro cuerpo, y es precisamente la puerta y la recepción del sentir.

Con el rector de la Universidad de Salamanca y otros poetas en la calle Cervantes (foto de Jacqueline Alencar)

La piel siente frío, muy presente también en este poemario (35, 31, 39, 55), pero a la vez siente o conoce que existe la sensación de ser “amantada” (23).

También los ojos tienen su manera de sentir, y en sus versos predominan las sensaciones correspondientes al frío: oscuridad, gris, niebla, vaho (31, 51). Pero también hay luz y colores, amanecer, primera luz (23, 45-46).

El oído también nos ayuda a sentir. Él también nos habla de vacío, de silencio. Tal vez sea mejor así, porque las palabras sobran (47, 54), el ruido nos embrutece (72).

El paso del tiempo aparece ya en el primer poema: “primero fue… después vino… siguió…”. En tan temprano momento se nos sitúa en la perspectiva de la autora:

Y me quedé esperando
en vano
allí donde una vez retuve
el tiempo.

Examino el uso de los verbos en primera persona en todo el libro y obtengo una instantánea muy clara: no hay acción, no se narra, se contempla. Abundan verbos con un matiz pasivo o cuasi pasivo, como “dejar”. Alguna vez se habla de camino, pero es algo que se recorre lentamente (43), en soledad. Las pocas veces que en un poema encontramos varios verbos en primera persona, terminan también con una actitud de quietud: “custodiando el instante” (26).

El único verbo en el que se aprecia algo más de actividad consciente por parte del sujeto es “buscar”: “busco denodadamente” (59), “busco ansiosamente” (63), “busco en el abismo” (65). Como enseña el dicho evangélico, el que busca halla, y ella en el último poema ha descubierto algo, ¿pero qué? Mi humilde opinión es que su descubrimiento nos remite al título del libro, qué es cuanto queda: sentir, haber sentido, las huellas que el haber sentido deja en nuestra piel; en medio del frío, dejarme amantar; en medio del vacío, esperar con las ventanas abiertas (26).

No he podido evitar un recuerdo a Machado, el que canta qué es lo que queda al mirar atrás. No es el camino, sino las huellas en el mar, dice él. Esas se diluyen sin remedio. Las huellas de este poemario quedan en la piel, por haber sido sentidas, de modo que no se borran, sino que abren la puerta al alba.

El tiempo no deja nada de sí mismo, pues casi al final leemos:

Sin querer cerré los ojos
y al abrirlos
había escapado
-raudo y fugaz-
el tiempo. (69)

No queda nada del tiempo, pero sí el sentir que sucede en él. El último poema delata que efectivamente queda algo más:

Aquí dejo mis palabras,
el lenguaje candente
que habita
en mis latidos… (71)

Así que, al final, tengo razón. Queda algo más que sentir, querida Cecilia, quedan tus palabras, que son “sentir” pero son mucho más. Si no lo crees, pregúntanos a tus lectores.

Leocádia Regalo, Elena Dúaz Santana, Cecilia Álvarez y Joao Artur Pinto, en el Teatro Liceo

Cecilia Álvarez  (La Palma, 1955). Licenciada en Filología Hispánica y Ciencias de la Información. Ejerció como profesora agregada de Lengua Española y Literatura en Enseñanza Secundaria. En 1991 y 1996, recibe un Premio de Periodismo e Investigación Histórica, respectivamente, en Santa Cruz de Tenerife. En 2008, obtiene –ex aequo-, el Premio Ángaro de Poesía (Sevilla) con El alma deshabitada. En el mismo año, publica Elogio de la juventud añeja. Le siguen los poemarios Primera luz (2009), Palabras al alba (Colección de Poesía Ángaro, 2012), Adagio del silencio (2013), El lento suspirar de la aurora (2016), Almenara de sueños (Colección de Poesía Ángaro, 2018) y la antología ‘Versos Enhebrados’ (Antología 2008-2018), coedición de Ediciones Idea (Las Palmas de Gran Canaria) y Ediciones Aguere (Santa Cruz de Tenerife, 2019). Ha participado en diversos Festivales Internacionales de Poesía (Las Palmas de Gran Canaria, Macedonia, Rumanía y Madrid), así como en el Encuentro de Escritores Félix Francisco Casanova (La Palma), Encuentro de Escritores Canarios y Encuentro Internacional de Literatura 3 Orillas (Tenerife). Poemas suyos están recogidos en varias antologías, nacionales y extranjeras. Algunos de ellos han sido traducidos al  inglés, macedonio, rumano, árabe… Cecilia Álvarez estuvo en Salamanca, en octubre de 2018 y de 2023, participando como invitada al XXI y al XXVI Encuentro de Poetas Iberoamericanos.




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