Tengo delante el último libro de Stuart Park, Pájaros y melancolía, en torno a la poesía de José Jiménez Lozano.
La primera pregunta que debo responderme es si hablamos de pájaros y hablamos de melancolía.
No. Hablamos de pájaros y melancolía.
Hablamos de cómo conviven los pájaros y la melancolía. Stuart Park lo explica en el prólogo al referirse a un cuadro del escritor visitado en el que coexisten la alegría de los pájaros y la reflexión taciturna de Kierkegaard.
En realidad, hablamos de los que escriben sobre pájaros y melancolía. Hablamos de Stuart Park. Hablamos de José Jiménez Lozano.
Hablamos de poesía.
Hablamos de Biblia.
Hablamos de la poesía en la Biblia y de la Biblia en la poesía.
En este libro encontramos ecos de otros escritos de Stuart Park, como Las hijas del canto o El viaje a Oxford que nunca tuvo lugar, en los que nos abre la puerta de par en par para husmear por las salas de su nostalgia del poeta de Alcazarén.
Encuentro además ecos de su libro La palabra suficiente y, como no, de sus artículos en el blog de edicionescaminoviejo.com, donde los pájaros revolotean sin vergüenza y acaban capturados en la increíble capacidad plástica de Anna Kuś, estimulados seguramente por las migajas que el autor siembra en su alféizar.
Para qué engañarnos, en realidad hablamos de la relación entre Jiménez Lozano y Stuart Park. No se puede decir que sea un vínculo de discípulo y maestro, aunque sí hay algo de admiración. Yo diría que se trata de una relación de encuentro celebrado. No célebre, o no tan célebre como merecería, pero sí celebrado por Stuart, por José, por este servidor y, según veo, por un amplio público, entre el que se encuentran algunos editores de buen gusto.

Stuart nos recuerda que los motivos bíblicos en la obra de Jiménez Lozano no son temas ni excusas, son el campo… A punto he estado de decir “el campo donde florecen sus escritos” o algo así, pero será más exacto y menos cursi decir que es el campo que sobrevuelan sus aves.
El libro demuestra que los pájaros se han posado con alegre frecuencia en las páginas en blanco del escritor castellano, pero el ornitólogo no es Jiménez Lozano, lo es Stuart Park. Aunque su formación académica es en filología, su título de ornitólogo no es ningún fraude nerudiano. Invítenlo a un paseo por algún paraje en el que se escuchen cantos o se divisen vuelos de aves y lo comprobarán. Yo creía saber algo de inglés hasta que vi en su idioma original sin subtítulos una película sobre pájaros, The Big Year. Stuart Park, sin embargo, sería el mejor candidato para traducir su guion sin tener que hojear libro alguno.
Este bestiario alado abarca desde el petirrojo hasta el cuervo. Recuerdo una conferencia de Juan Carlos Mestre, junto a Amancio Prada, en la que a la hora de definir poesía se remite a un aviso de su madre señalándole al petirrojo entre las hortensias. También recuerdo, como Stuart y don José, que el incomprendido cuervo, animal inmundo en el Antiguo Testamento, fue el medio que Dios eligió para sustentar al profeta Elías en los años de juicio sobre Israel.
Entre petirrojos y cuervos hay una gama amplísima. Cabe incluso la chova. Este libro me ha sacudido con uno de los descubrimientos más desoladores de mi existencia: resulta que Kafka significa chova. Creo que podré vivir los años que me quedan perdonando esta revelación al poeta. Podría haber sido el charrán, por ejemplo, pero no, resulta que es la chova. ¡Kafka!
Hay lugar para el cuco astuto e insolidario, así como para la alondra y para el zorzal alegre y perdonador, o para el gorrión que tanto nos enseña. Caben distintos grados de hermosura, elegancia y nobleza, pues son muchos los matices con los que los pensamientos, las emociones, las pequeñas epifanías, planean graves o saltan pizpiretos por el espíritu y la mente de estos poetas que nos representan.
Confieso que no sé apreciar la belleza de los pájaros. Será que la envidia me ciega. Cuando quieren hacerme ver la hermosura de una mariposa, la gente no entiende mi cara de asco ante un gusano disfrazado. Cuando intento apreciar la nobleza y la dulzura de las aves, solo consigo mirar a sus ojos y encontrarme con un dinosaurio evolucionado. En el capítulo 15 encontramos que el poeta ha captado esta realidad, pero la procesa de otra manera. Abramos los ojos a la bienaventuranza de la transformación. De hecho, desde el comienzo del libro si nos avisa del carácter angelical de estos animalillos.
La segunda mitad no es tan pródiga en aves, pero sí en reflexiones en torno a la melancolía, a la existencia, al paso del tiempo y sobre todo a las imágenes bíblicas con las que aborda estos temas Jiménez Lozano.
En ningún momento intenta don José interpretar símbolos ni enseñanzas de la Escritura. Los tiene totalmente asimilados. Los maneja con naturalidad, pero en absoluto con plana conformidad. Conoce al Dios del consuelo y conoce bien sus palabras y signos, pero también conoce la angustia. Conoce al Dios de la eternidad y sus promesas y metáforas, pero también conoce el vértigo del vacío.
Esta generación que presume de pluralismo y tolerancia tal vez no entienda el valor de encontrar referencias a Martín Lutero, a Soren Kierkegaard o a Dietrich Bonhoeffer, cabezas del protestantismo histórico y reciente, así como constatar la importancia de la Biblia en los escritos de Jiménez Lozano. Pero sí tiene un gran valor. Tanto el escritor como el autor y sus comentaristas han subrayado en varias ocasiones el daño que le ha causado a Jiménez Lozano haber salido del armario de los amantes de la Biblia y de las mentes abiertas a la literatura protestante (sin que eso significara alejarse en ningún momento de su confesión católica). Vamos con retraso, pero lo celebramos. En Tiberíades, desde luego, tenemos que congratularnos de no ser los únicos embarcados en esta empresa. Damos gracias a Dios por la vida y obra de José Jiménez Lozano, por su providencial encuentro y profunda amistad con Stuart Park. Bajando unos escalones, doy gracias a la Fundación Jorge Guillén, a la Junta de Castilla y León y al Ayuntamiento de Valladolid, así como a su diputación y su Universidad por la publicación de este libro.
Se ha dicho ya mucho sobre la prosa castellana de Stuart Park, realmente envidiable. Mi parcialidad me impide abundar en este tema. No obstante, terminaré diciendo que conozco a varias personas poco aficionadas a la “literatura culta”, por considerarla a menudo pedante e ininteligible, que me preguntan con frecuencia y con hambre si Stuart ha sacado nuevo libro. Mi gratitud hacia él también.
Concluyo con mis versos favoritos de esta obra. Son los seleccionados por Stuart Park en el capítulo 12.
Tan blanco el muro,
tan roja la amapola,
tan solo el pájaro en lo alto,
el sol tan pálido,
un zarzal seco con espinas.
Te descalzaste.
Así es. Así sea.
Juan Carlos Martín Cobano
La Cala de Mijas, junio de 2025



Stuart Park (Preston, condado de Lancashire, Inglaterra 1946) es licenciado en Filología Románica por la Universidad de Cambridge y doctor por la Temple University de Philadelphia. Autor de varios libros sobre hermenéutica y narrativa bíblica. Hasta la aparición de Pájaros y melancolía, Su más reciente publicación era El viaje a Oxford que nunca tuvo lugar. Un diálogo tranquilo y casero en torno a la Biblia, escrito con José Jiménez Lozano (Confluencias). Reside en Valladolid desde 1976.
