La historia de la humanidad podría ser una enorme biblioteca especializada en guerras, así lo atestigua el inicio de la llamada literatura Occidental a través de la Ilíada o mucho atrás, La epopeya de Gilgamesh, ambas poseen cantos bélicos trazados con sangre e intentos de tregua. Aunque en contextos y lenguas diferentes, estas dos obras épicas poseen un punto en común, son conocedoras del uso de la poesía como un vehículo que va más allá de una simple expresión de emociones y sentimientos, sino como un bálsamo que registra momentos históricos a través de la lengua y hace de las ideas, del dolor, la muerte y del horror: belleza, incluso de lo trágico, recordando, por supuesto, el libro La belleza de lo trágico de la poeta Maru Bernal, una clasicista y viajera de nuestros días y que, como tal, sabe bien que la palabra guerra pervive en la poesía, tanto como ciertos bellos sectores de lo trágico que hay que aprender a visualizar con una lupa en lo más hondo del pecho.
Durante los últimos años, en específico, dentro de lo que podemos llamar contexto pandémico y postpandémico, el aumento de la publicación de antologías llegó a dimensiones nunca antes pensadas, en la mayoría de casos dentro de una mal entendida y muchas veces descuidada y populista “democratización literaria”, aunque cuando esta “democratización” se hace con los debidos cuidados y filtros surgen libros como O Corpo do Coração – Poetas ibero-americanos pela Paz o proyectos afines como Versos contra el genocidio, ambos bañados por la frescura y humanidad del Tormes. No obstante, en este comentario me enfoco en el primero de ellos, pues al segundo ya me referí en otra ocasión, de manera audiovisual.
El libro en mención, publicado por la Editorial Labirinto en noviembre de 2024, es un proyecto cultural coordinado por Pedro Miguel Salvado, António Lourenço Marques, Alfredo Pérez Alencart y João Artur Pinto, por tanto, en cuanto a su gestión mantiene los lazos de Salamanca y Portugal que han identificado a lo largo de los años los Encuentros Iberoamericanos de Poesía en Salamanca, dirigidos por Pérez Alencart, pronto a dar inicio, en octubre de 2025, a su vigésima octava edición. En cuanto a su contenido, el lector podrá hallar las voces, unas más maduras, experimentales, depuradas y acaso desafiantes que otras, según intereses y valoraciones de cada quien, de 134 escritores de diferentes edades, con diferentes registros y estilos, y de 23 países iberoamericanos (Portugal, España, El Salvador, Chile-Luxemburgo, Nicaragua-Estados Unidos (no ignoro la gran parte hispana, cada vez en mayor aumento y que algunos desconocen), Argentina, Perú, Colombia, Uruguay, Paraguay, Puerto Rico, Cuba, Costa Rica, Brasil, Bolivia, México, Ecuador, Panamá, Venezuela, República Dominicana y Guatemala), contando, por supuesto, las dobles nacionalidades que unen a más de un autor aquí presente. Por su parte, a pesar de las diferencias notables en materia geográfica, no puedo obviar un punto en común, el lazo léxico a partir de los romanos, pues esta es una antología bilingüe, con varios textos escritos en portugués y otros en castellano, lenguas romances hermanas que no conocen de fronteras, mucho menos cuando de poesía y unirse por la paz se trata.
Si bien resulta una labor titánica e imposible hacer un comentario de todos los poemas que integran este libro, sí puedo, al menos hacer un repaso muy general de algunos de ellos y atreverme a compartir con el lector ocho de los que más captaron mi atención y bien representan, con excelencia, buena parte de las diversidades estéticas y estilísticas que identifican al libro en su conjunto. Grosso modo, no todos los poemas tocan el tema de la guerra de manera directa, con tonos más cercanos a la poesía social o atravesando las vértebras panfletarias, como sucede con varios, mientras otros lo hacen de manera sutil y algunos de forma figurativa. Asimismo, hay quienes en una primera lectura podría parecer que no tratan el tema de la paz ni de la guerra, aunque si tratamos este asunto con pinzas, el hecho de convertir el vacío de las palabras, con todo y sus ausencias, en un poema, ya podría ser concebido como un acto de paz, más si un texto logra transmitir esta sensación en sus lectores.
En fin, las concepciones de paz que hallamos a lo largo del libro son bastante diversas, como lo son las ideas que brotan por sus diferentes cradores, aunque a veces se cruzan, se abrazan y se tocan, debido a un muy particular eje intertextual sobresaliente en cuanto a la tradición lírica mística y cristiana, mientras otras están más alineadas con las vanguardias y neovanguardias hispanoamericanas (latinoamericanas, según la llaman algunos), de vez en cuando con tonos posmodernos, más narrativos, acaso inclinándose por un modelo de poesía en modo casi ensayístico y con la larga tradición de poesía social. Debido a esto, me atrevería a decir que la poesía social es la segunda capa que más predomina, después de la vena mística y cristiana. Luego le siguen aquellos textos que parecen entrar en contacto con la tradición realista, el neobarroco, el culturalismo y quienes siguen encontrando el néctar jugoso en los modernismos (que algunos estudios consideran la primera gran vanguardia en Hispanoamérica), incluidos quienes pueden ser llamados clásicos-modernos, como sucede con Antonio Colinas, cuyo voltaje místico y cristiano, entre las diversas tradiciones que podríamos hallar en su poema y obra en general, es imposible obviar.
No es casual que este libro no esté limitado a hacer referencia a una guerra prototipo, como eje temático afín a la paz, tal cual sucede con Versos contra el genocidio, por ejemplo, sino que en sus páginas podemos hallar diferentes menciones, algunas explícitas, como las guerras entre Rusia y Ucrania, los israelitas y los palestinos, los troyanos contra los aqueos y sus aliados, los dánaos y argivos, alusiones a guerras con orígenes ya bíblicos, entre otras, así como la catástrofe de la central nuclear de Chernóbil en Ucrania y otras más implícitas.
Asimismo, las guerras en este libro no necesariamente son concebidas a partir de un acontecimiento bélico en específico, sino como un acto de lucha personal, cultural y social, como es el caso de los exilios o bien del uso de la palabra como un misil, un golpe, una ametralladora humana-civilizada. También, como un acto que duele e indigna, asunto propio de una “época de bestia”, que parece ser hoy, pero también ayer o bien, cómo ignorar a quienes se atreven muy bien a crear una suerte de mitología o génesis de la paz y de las guerras, así como quienes viajan hasta la tradición prehispánica para recordarnos cuán mestizos somos y cuán llenos de dolor y de muerte están nuestros recuerdos y nuestras memorias ancestrales.
Y en fin, hay quienes ya no creen en héroes ni los consideran necesarios, mientras también, en línea con mis mayores intereses como lector, ven en la propia palabra “paz” una construcción cultural que muta con el paso de los años, hasta convertirse en un objeto, acaso ficticio, acaso real, acaso el proceso creativo del poema o cualquier obra de arte, lo que amerita ser cuestionado, debatido, cantado a través del verso o la prosa. Dicho esto, poesía y guerra se corresponden en cuanto a sonido y ritmo en el poema. Una no puede existir sin la otra. Así como las religiones no podrían existir sin la fe. En todas estas palabras, actos y hechos noto mucho de filosofía, de misterio y como tal, en varios ocasiones, de un anhelo hacia lo sagrado.
Procedo, enseguida, a compartir ocho de los poemas, que podrían ser más significativos, del libro, con todo y sus diversidades, razón por la cual, soy consciente del posible riesgo que esto implica, aunque con la certeza de iniciar con un texto que llegó a ser recitado, en 2022, debido a su impresionante voltaje, por el cantautor español Alejandro Sanz:

ANTONIO COLINAS
(España, n. 1946)
ENTROPÍA
Ponen a Dios al lado de la guerra
y a la guerra la amparan bajo el nombre de Dios,
mas Dios es la no guerra
y la guerra es, sin duda, un contradios.
Hace ya muchos siglos que alguien dijo
que no hay daño en la parte que no afecte al todo,
pero el hombre aún no sabe que no sabe,
hacia adelante huye, siembra
desarmonía y otra vez terror
llama a terror y guerra llama a guerra.
Ni siquiera la piedra es ya sagrada,
el tiempo se desangra y el espíritu
huye con su misterio de los templos.
Se retira el pinar en llamas (ya
no arde con el canto de cigarras),
desierto y mar avanzan con sus escorias, son
las palabras un grito en carne viva
y el aire que dio vida ya no es
puro como la escarcha, fino como la nieve.
Mas en el mundo habrá aún esperanza
mientras alguien respire
en paz la última música,
y amanse con las yemas de sus dedos
cada muro de odio,
y el último estertor de lo sagrado
tiemble en los ojos abiertos del niño muerto.
Abajo la ignorancia secular,
la usura y el no amor, el no saber
que no se sabe,
mientras el universo
allá arriba se expande y se retira
con su secreto.
Respirar aún en paz la fugitiva música
que no oímos,
respirar aún en paz la música que huye
a los prados remotos del firmamento,
es todo cuanto el hombre deberá
saber para salvarse.

LEOPOLDO CASTILLA
(Argentina, 1947)
LA PAZ
«Jerusalén es hermosa y terrible.
Aquí te matan por un ladrillo»,
cuenta ese hombre
que guarda en amarillentas fotografías,
viejos pedacitos de paz:
un pastor dormido junto a sus corderos,
una muchacha acariciando un cántaro,
dos novios instantáneos y eternos.
«Esa época se ha perdido para siempre»,
dice el anciano que en el mercado
mueve un alfil
y calla
de verlo al tiempo enjaulado.
Sin embargo, entre el gentío,
alguien juega
con tres naranjas en el aire,
una niña toca el violín
y otro niño ríe, disfrazado.
Por esas señales vuelve la paz
despertando una primavera
que, por primera vez, no viene del pasado.
La paz, que antes de hacerse oír,
alumbra.
Lo mismo que un relámpago.
No la ven todavía.
Como no hay día que no piensen en la guerra
ella,
más sabia,
volverá el día menos pensado.

ANTÓNIO SALVADO
(Portugal, 1936-2023)
DA HISTÓRIA
A paz. Em que matriz colhê-la
tão fugidia
negada como dureza
de calafrio.
Os campos não brindam:
amargos presos
a desolação e secos
por ardidos.
E no entanto é deusa
de sempre invocada
em qualquer céu:
vontade
a quem as trevas
brumosas não cedem.
Hechos cíclicos
El olivo. En qué huerto cultivarlo
tan fugaz
inútil como la aspereza
del invierno.
Los campos no abrazan
amargos frutos
expuestos a la sequía
y a la furia del sol
Aun así, invocamos
su llegada
en cualquier estación
Paz
a quien los truenos
soñar no deja.
(traducción libre propia).

CARLOS AGANZO
(España, 1963)
Se hizo la paz después de las tormentas
negras del corazón.
Ya se hizo la paz, y una blandura,
tan leve, de cenizas
se ha ido ganando el mundo
del sol a los fulgores
extremos del mirar…
La caricia del sol
al fondo de un camino
de espinas que desangran
los tobillos descalzos de la noche.
Se hizo la paz, después de las profundas
Raíces del dolor.
Nadie hoy debería
ser un hombre y llamarse
hombre tras esta hora
si no se reconoce
como hijo ilegítimo del tiempo,
como sal de esperanza para el mar.

Circe Maia durante la Cumbre Poetica Iberoamericana (Salamanca 2005)to 6
CIRCE MAIA
(Uruguay, 1932)
DEL POPOL-VUH
Voz del maya-quiché volando sobre siglos:
En la época de la creación del hombre,
– los hombres de madera
después que fracasaron los de barro –
hubo una rebelión de animales y cosas
en contra de sus dueños.
«Nos quemaban «, decían las ollas y sartenes
en la cocina. «Nos golpeaban la cara»
decían las piedras de moler.
«Nos echaban afuera «, decían los perros.
Y ahora golpearemos, quemaremos
y echaremos afuera.
Los hombres de madera fueron aniquilados.
No tuvieron refugio.
Sus propias casas se cerraban
y los dejaban fuera.
¿No volverá otra vez la rebelión? ¿No sientes
que a veces se prepara?
¡Fuera! dicen las cosas y se cierran.
¡Fuera!, dice el ojo del agua
y está velado, opaco.
Y cae una luz agria
sobre todas las cosas
enemigas y ajenas

MARIO MELÉNDEZ
(Chile, 1971)
MÁS ALLÁ DE LA GUITARRA
A Víctor Jara
Más allá de la guitarra
están las manos separadas de la patria
un sonido de alas que arde
y quema mis zapatos
una invitación a orinar sobre la tierra
con la semilla pura del canto
Más allá de la guitarra
la sangre dibuja una música violenta
y la cabeza del cantor se llena de agujeros
y de besos con olor a muerte
Más allá de la guitarra
los caminos lloran
la lluvia llora y cae de rodillas
porque el hijo de la tierra
no completará sus pasos
Más allá de la guitarra
más allá del estallido
que apagó los corazones
más allá de este poema
y con la herida inolvidable
de un tiempo inolvidable
los ojos buscan a Víctor
más allá de la guitarra
y de la patria

OTONIEL GUEVARA
(El Salvador, 1967)
Si la guerra fuera necesaria
los niños nacerían con fusiles.
Pero no.
Nacemos
de una fuente de oxígeno y de agua. Lo indispensable
para sobrevivir sobre la tierra.
En paz.
Sin indigencia.
Pero hubo alguien que envenenó su propio corazón.
Después,
cercó la tierra.

MOISÉS MAYÁN
(Cuba, 1983)
El señor pasará para herir a los egipcios
y al ver la sangre en el dintel y en los postes,
sellará aquella puerta,
y no dejará que el Heridor visite nuestra casa.
Éxodo 12: 23
He querido decir paz.
Poseer el sencillo goce de quien pronuncia la palabra paz.
Y en cambio estoy diciendo:
Sobresalto/angustia/inquietud/turbación.
Abuela sale al zaguán a espantar el miedo
con gajos de abrecamino y albahaca. La fe de los normales.
Vaso son agua. Cruz de yarey contra la madera.
Viernes Santo. Sagrado Corazón. La imagen de la Virgen.
Mi madre cree en los hombres que bajan de las sierras.
En el mejoramiento humano. En eso que nombran virtud plena.
Pero a nuestra generación no se nos enseñó a ser felices. Ni a creer.
Unto los dinteles con sangre, saliva, semen.
(A medianoche el Heridor visitará el pueblo).
Comemos apresuradamente el último cordero del año.
Un animalejo que amenazaba con morirse de hambre en los corrales.
En otras casas, sobre las amplísimas mesas, hay quienes celebran
su humanidad desmembrada. Y susurran: «carneperro».
Yo he querido decir paz mientras me veo enflaquecer
y abuela se persigna frente al fogón.
Y mi padre quedándose sin argumentos.
Con el espanto del hombre que ve morir a Dios
Crucificado a los maderos del desaliento.
Todo comenzó con un muro. Cayendo.
Con un berlinés que descargaba golpes de mazo. Frente a las cámaras.
Y ahora todo es muro. Todo se vuelve muro.
Impacto contra la verticalidad del presente.
Como libélula aplastada en busca de luz.
Lo que hago no prospera. Tampoco el verso.
«Debo convertir este dolor en arte», me digo.
Pero sé que un poema no podrá salvar a los míos.
Aunque quizás ayude a conseguir una hogaza.
El cotidiano pan. He aquí la utilidad real del texto.
Poema/pan. Los hornos íntimos arden en la madrugada.
Escribo la palabra paz donde debía estar la palabra pan.
Conservo ese romanticismo. Los ojos de los míos me alancean.
«¿Para qué sirve la cultura?» Renunciaría a lo que he escrito
Por un minuto de legítima felicidad. Canje imposible.
A nuestra generación no se nos enseñó a ser felices.
A medianoche el Heridor visitará el pueblo.
Ya quiero que llegue. Que oriente sobre mi garganta el cuchillo
que he afilado durante el insomnio. Los postes sangrientos
no podrán ahuyentarlo. Ni gajos de abrecamino y albahaca.
Comemos apresuradamente el último cordero del año.
Cabeza. Intestinos. Patas. No deben quedar restos.
Aún los perros festejan las migajas que caen de la mesa.
Mas esta cena no ofrece sobras. Y el perro
puede ser el próximo devorado. Susurro: «carneperro»
Quizás mañana no haya nada para cenar.
He querido decir paz.
Poseer el sencillo goce de quien pronuncia la palabra paz.
Y en cambio estoy diciendo:
sobresalto/angustia/inquietud/turbación.
Yordan Arroyo
Poeta y lector apasionado
idu17933@usal.es

