Juan Carlos Martín Cobano

Sobre ‘La luna en el olivar’, de José Antonio Santano.

En estos días, el presidente de la Junta de Andalucía visita Japón. Espero que alguno de sus asesores haya caído en la cuenta de que el mejor presente de cortesía que le podían llevar a sus interlocutores nipones sería un ejemplar de La luna en el olivar. Bromas — y utopías– aparte, debo decir que algo tan japonés como el haiku y tan andaluz cómo el olivar han encontrado una extraña, y por tanto bella, simbiosis en este libro, que, dicho sea de paso, físicamente es mucho más que un producto de imprenta, pues su contemplación, su tacto, su peso, y por supuesto su olor lo convierten en una pieza valiosísima incluso antes de abrir sus páginas.

El olivo nos recuerda nuestro anclaje más telúrico, o será al revés, la tierra nos recuerda que debemos vivir entre olivos, pues

Siente el olivo
que la tierra se hiende
en sus raíces.

No es el mismo el paisaje, ni es igual la humanidad andaluza, sin ese tapiz verde duro que pinta a la vez que hiere nuestros campos, que pare una raza de aceituneros altivos, como decía Miguel, que son además, como canta Santano,

Aceituneros
raza noble y bravía
sudor y ensueños.

El ojo foráneo viaja por nuestros raíles o carreteras del Sur y juzga uniforme el cuadro que le ofrecen las ventanillas. Nada más lejos de la realidad. Que le pregunten al jornalero, cada árbol es una huella dactilar del olivo universal. No hay dos iguales, no hay formas previsibles en el despliegue secular de sus ramas. Este cancionero (cómo me gusta que lo haya llamado así el poeta) contiene 205 haikus en torno al olivo; podrían multiplicarse por diez o por mil y seguirían presentando plantas distintas. Yo mismo he presenciado cómo José Antonio Santano es capaz de tomar la servilleta de papel de un bar y parir en unos minutos un nuevo olivo, una habilidad con la que nos obsequia generosamente en este libro. No hay dos iguales. Y si ya nos salimos de Andalucía, como hace en un momento dado La luna en el olivar, la diversidad, la riqueza, se multiplica con nuevos paisajes y lecciones humanas.

Decía mi suegra, con su inconfundible acento de Jaén: “En habiendo pan y azaite…”. ¡Cuánta razón! Pero si además le añadimos poesía, o, mejor dicho, se la extraemos en almazaras tan apetitosas como la del haiku, ¡gloria bendita!

Gracias, José Antonio Santano. Bien merecido el XXIII Premio AEMO de Difusión de la Cultura del Olivo. Aquí tengo el libro, al alcance del tacto y de la vista para untarlo de vez en cuando, en familia, en mis pausas de cada día.

Juan Carlos Martín Cobano
La Cala de Mijas, 1 de agosto de 2025

 

Visita  La luna en el olivar – Editorial Alhulia

 

Muestra del interior




Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*
*