Colaboraciones, Reseñas

‘La niña del islam’: Esperanza en la tierra de los penúltimos. Reseña de Marcelo Gatica

El reloj del final de los tiempos o juicio final (Doomsday Clock)) fue creado en 1947 por un grupo de científicos del Bulletin of the Atomic Scientists, algunos de los cuales participaron en el famoso Proyecto Manhattan (el programa que desarrolló la bomba atómica). El propósito de este reloj es advertir al mundo sobre lo cerca que está la humanidad de una catástrofe global provocada por el ser humano. De alguna manera, el auge de la tecnología bélica nos acerca al fin del mundo. Por años este reloj estaba detenido, pero con la pandemia, la guerra de Ucrania, y el conflicto en Gaza nunca habíamos estado tan cerca de la media noche, es decir, cerca del fin de la humanidad.

La obra de Ovalle entra en sincronía con el ritmo de este reloj, o al menos, nos devela algunos de sus movimientos. Dentro del itinerario visual del artista el tema de los sueños es una de sus matrices principales, así como la vertiente apocalíptica de retratar el mal en múltiples formas.

En la primera parte la obra, titulada, “Descubriendo sueños”, Andrés Ovalle relata el descubrimiento fortuito de un antiguo libro en el desierto de Atacama. El manuscrito, escrito e ilustrado a mano por una niña desconocida en 1948. Este hallazgo contiene sueños proféticos sobre el Apocalipsis. Impulsado por la sorpresa y la fascinación, Ovalle comienza una investigación que lo lleva a descubrir que la niña probablemente era una emigrante árabe que llegó al norte de Chile durante la década de 1940, criada por una abuela cristiana cuya influencia espiritual se refleja en los versos del libro.  De alguna manera, dentro del ciclo histórico la niña habría escapado del apocalipsis experimentado en la II Guerra Mundial, tiempo creado por ciertas bestias (anticristos). Las visiones descritas lo impresionan por su coincidencia con pasajes bíblicos y acontecimientos del presente, pero al mismo tiempo son ecos de lo vivido por la niña.

La búsqueda del origen de esta obra lo conduce al ilustrador, Gaspar Real, y posteriormente a su familia. A través de la sobrina del pintor, Ovalle descubre que el libro nunca llegó a publicarse debido al terremoto de 1950 y que la niña autora era la madre de la mujer. Ella confirma la veracidad del manuscrito y autoriza su publicación, advirtiendo que las profecías contenidas en el libro han comenzado a cumplirse. Con esto, Ovalle cierra el prólogo, expresando su deseo de que la obra tenga un impacto tan profundo en los lectores como lo tuvo en su propia vida.

Una de las coordenadas fundamentales en la cultura profética es comprender que el tiempo tiene un movimiento circular (tiempo hebrero) donde la profecía emerge en el pasado, y que desde allí es lanzada al futuro. En este movimiento pendular nos cruza una especie de eterno presente. A diferencia del tiempo moderno concebido como una línea recta (cronos).

Esta referencia es básica para entrar los sueños como profecías. De esta manera, las visiones de la niña están ancladas en un pasado remoto que emergen como señales de nuestros tiempos. A los que denomino penúltimos, porque cuando experimentos de manera auténtica los últimos tiempos, el fin será evidente, y no necesitaremos señales.

Ovalle juega con los símbolos y los colores mostrando diferentes tonos de estos tiempos finales. El desierto juega un papel fundamental, como un lugar sagrado donde se encuentra el libro. Atacama es considerado un lugar místico y de una belleza cósmica por la pureza de sus cielos, y la ausencia de luz artificial. Un lugar para detenerse y hacer un entre paréntesis vital. Es inevitable recordar este espacio como una fase fundamental en la misión de Moisés y de Jesús.

Se puede decir que la publicación de la niña del islam nace de la búsqueda espiritual de Ovalle, lo cual sirve para su propia inquietud con la temática del final de los tiempos, y sobre sus propios sueños. Una búsqueda espiritual y pictórica para entender su propio momento vital o para entender los acontecimientos históricos que están marcando el mundo las últimas décadas.

Cabe destacar que la imagen de la niña en bicicleta nos recuerda un espacio sencillo, un recuerdo de infancia. Una actividad simple pero vital cuando se ha escapado como refugiada de una guerra. No hay nada más poderoso que lo sencillo o la ternura en medio del caos.

Dentro del relato pictórico la niña aparece volando por ciudades destruidas como la región de Gaza, pero si tomamos la data comprenderemos que la obra estaba hecha antes de estos lamentables acontecimientos en medio oriente. Lo mismo pasa con la acuarela de un oso rojo comiéndose helicópteros en Europa, referencia directa a la guerra de Ucrania. También emerge un ser mitad caballo y mitad máquina sembrando petróleo, apuntando a los daños ecológicos, como un diluvio azul moviendo, inundando los monumentos del poder, hombres con máscaras. Las acuarelas de la niña del islam son presagios evidentes de lo que ha ocurrido los últimos años.

En otro orden de ideas, es relevante la presencia de muchas imágenes de hombres aparecen descolocadas, ingrávidas, sin la claridad de los puntos cardinales. Lo que evidencia la falta de orientación de esta parte de la historia. Es la imposibilidad de tener la vida bajo control. La modernidad liquida pasa a modernidad evaporada. “Vi almas vacías y ciudades desiertas” dice una escritura que acompaña una acuarela de un hombre arrodillado.

En la última parte del libro se evidencia un giro de los tonos de la acuarela, la destrucción humana en toda su expresión da luz a nuevos colores. Idea que entra en la coordenada del final de los tiempos bíblicos, el llamado cielo y tierra nueva. Donde el propio Dios enjugará las lágrimas de los ojos que han experimentado el dolor en la tierra, y la muerte ya no existirá. Aquí el tiempo adquiere una nueva forma de estar y de ser, donde la muerte no existirá más.

Emerge con todo su esplendor la esperanza apocalíptica en las mareas del tiempo. Habitar lo penúltimo porque el juicio final no habrá palabras para abarcarlo. El tiempo se detiene cuando hablamos de la eternidad (alfa y omega). Ovalle lee y comprende que el final es el inicio, de ahí que su última imagen evoca al jardín del Edén donde nace una nueva creación, nace un nuevo hombre, una nueva mujer.

Quizás segundos antes del cierre de nuestra historia humana. Es decir, las últimas imágenes don el Génesis de un nuevo comienzo. Esperanza en nuestros penúltimos tiempos. Esperanza traída por la ternura y la fragilidad de una niña en bicicleta.

 




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