Nacimiento suspendido
Un hombrecillo y su vida
en la molienda,
un grano de pimienta
y la rueda del mundo tritura
sin pausa.
En sus ojos no entran sueños
más largos que una noche;
en sus ojos no entran
cosas grandes,
entra la sombra
adelgazada sobre el cansancio.
Dos manos amasan
agua y harina
para hacer esta vida,
una vida que se quiebra
es un pan sin levadura,
una esperanza que no sube.
Suspendamos la Navidad,
porque el frío de la gruta
es el mismo hielo
que llevamos dentro.
¿Para qué llamar a la vida
si la cuna del mundo
está hecha de sangre
que no se seca?
Nacer aquí es mirar de inmediato
el rojo interminable de la historia,
un llanto que atraviesa siglos
y deja mudos a los recién llegados.
Y el hombrecillo sigue,
grano de pimienta
en un desierto de acero,
amasando su noche,
amasando su miedo,
intentando fabricar un mañana
con dedos que tiemblan
sin ver
la estrella que se apaga.
Detrás del humo,
el pesebre tiembla vacío,
la tierra entera
busca un nacimiento.
Belén bajo el polvo
El candor no resiste
al filo oscuro de nuestras manos.
He visto Belén,
alfombrada de luces que tiemblan,
la alegría frágil del regreso de turistas,
la esperanza vestida de vestidos pobres.
No sabían que Jesús muere de nuevo,
cada día, cada minuto,
en el viento que arrastra a Gaza.
Pronto cambiarán los recuerdos:
no habrá nacimientos de madera,
sino saquitos de escombros,
tesoros de una civilización enterrada.
El pesebre ya no guarda pastores,
ni carpinteros, ni ovejas blancas:
solo el silencio tenso de la pólvora,
la estrella convertida en un ojo metálico,
vigilando el sueño que no llega.
Y Belén respira con miedo,
como si cada noche fuera la última.
Pesebre herido
En la cuna reposan
los niños que no llegaron al mañana;
y un belicista, con sus manos de hierro,
vende la muerte como si fuera incienso.
Si un niño lograra nacer,
sería entregado a oficinas sin rostro,
porque la gruta no protege.
Los Reyes ya no traen ofrendas:
los han sustituido bancos,
tronos de oro, los nombres
gobiernan constelaciones rotas.
La Virgen encuentra a duras penas
una madre que cree,
y el buey y el asno son sombras,
rebuznan órdenes de poder.
Sobre el pesebre sopla un viento de ceniza,
la estrella tiembla con un brillo enfermo,
y el mundo espera un milagro exhausto
que no sabe si aún quiere nacer.
Pesebre de ceniza
El pesebre ya no guarda figuritas,
sus luces tiemblan entre polvo y humo;
el carpintero huyó, y en su consumo
solo quedan sombras y pistolas chiquitas.
Las estrellas son satélites fríos,
los drones cruzan cielos sin memoria;
misiles cortos dibujan la historia
de un mundo que olvida sus antiguos bríos.
En la cuna reposan los niños muertos,
como semillas que nunca vieron el sol;
manos de hierro siembran antiguos desiertos,
y la muerte circula como incienso en un crisol.
Si un niño nace, halla sombras silentes,
el eco de la piedra devora su clamor;
la gruta, tumba de luces decadentes,
se traga sus llantos, sus sueños y su amor.
