Poemas de

Laurel de tres mundos. Antología de las IV Jornadas Poéticas Árabe-Hispano-Americanas. Fotos de José Luis España. A.P. Alencart (Antólogo)

Estas Jorrnadas se celebraron en Salamanca el sabado 21 de febrero y se reconoció, por parte de la Unión Internacional de Escritores Árabes (Delegación Salamanca), a los poetas Ala Abualshemlat (Siria) y Hussein Nahaba (Irak), y hubo la lectura de los poetas Abdul Hadi Sadoun (Irak), Aída Acosta Alfonso (España), Annie Altamirano (Argentina), Carmen Prada Alonso (España), Mustapha Amari (Túnez, quien tambien tradujo y leyó en castellano los textos de los poetas Mohammed Jesti y Taoufiq Jesti, ambos de Marruecos), Mohammad Al Amin (Irak), Maria Calle Bajo (España), Pedro Steve (México), José Luis España (España), (Marruecos), Mónica Velasco (España), Tomás Acosta Píriz (España), Elena Díaz Santana (España), Celia Corral Cañas (España), Arantxa Agudo (España), Alberto Martín Pérez (España) Yordan Arroyo (Costa Rica)
Las Jornadas fueron organizadas por la Unión Internacional de Escritores Árabes (Delegación Salamanca) y el Festival Internacional Febrero Poético (Madrid), con el apoyo de la Fundación Salamanca Ciudad de Cultura y Saberes. La coordinación estuvo a cargo de Mustapha Amari (Túnez), Abdul Hadi Sadoun (Irak) y A. P. Alencart (Perú-España).

(*) Todas las fotos son de José Luis España, salvo las de Mohammed y Taoufiq Jesti,

Ala Abualshemlat
(Siria)

En la pintura,
Gacelas corren, jadeantes…
Perros aúllan y persiguen la presa exhausta.
Viento. Rifles de caza. Un río negro atraviesa…
Huellas de sangre… garras hundiéndose en heridas…
Y tanto ruido.

He visto este muro antes,
Y este dolor de cabeza…
Una ramita de menta
Se desliza,
Declara su libertad—
Hoja por hoja,
Titilando como las manos
De quien teje una alfombra
En los colores de una primavera distante.

Nacimos extraños.
Ningún exilio puede despertar nuestra añoranza
Por nada.
Nacimos extraños—
No fingiremos soledad ni amor,
Ni tomaremos prestados los recuerdos de las golondrinas.
¿Qué importa?
Donde no hay patria,
No hay duelo.

¿Cómo decir
Que el tiempo pesa
Sin convertirme
En un reloj de arena helado?
¿Y cómo este viento
Azota mi garganta
Sin obligarme a aullar
Como un lobo solitario?

Pienso en la imprenta—
Su memoria,
Las palabras que recorrieron sus venas de hierro.
Pienso en la desesperanza de la biblioteca,
Un pobre libro atrapado entre sus estantes.
Pienso en el lector
Atiborrando su mente de ruido…
Y entonces,
Debo pensar en el silencio blanco,
La paz que reposa sobre el alma del papel.

¿Cómo encuentran los extraños
Sus hogares ajenos
De noche,
Sin recuerdos que los guíen,
Sin aroma que los conduzca—
Sin ecos de risas infantiles,
Sin murmullos de chicas en los callejones,
Sin el perro del vecino ladrando,
Sin el zumbido de cigarras,
Sin el parpadeo de luciérnagas?
Los extraños no poseen casas.
Los extraños son para siempre extraños.

Mi rostro, ahora—
Una fotografía en blanco y negro.
Los ojos de un niño se aferran al pájaro
Que se alza para volar,
Mientras la mano de su madre,
Sosteniéndolo cerca,
Fluye como un río,
Desde el principio del tiempo.

Tu guerra me alcanzó
Justo cuando estaba a punto de saltar.

Te robé
De los cuentos de Rabou’a Al-Hibbar.
Yo era el hada
Asomándose a tu infancia,
Soñando.

Tu dolor de cabeza eres tú—
Una ciudad hinchada con su propia multitud,
Ahogándose en sus propias calles.
No queda espacio para los transeúntes,
Para los exiliados.
¿Dije exiliados?
Entonces tu dolor de cabeza es el exilio mismo—
Golpeando, golpeando—
Y te desbordas de miedo.

Siempre llegaremos demasiado tarde…
Aunque corramos,
Siempre llegaremos demasiado tarde.
No es el tráfico,
Ni la distancia,
Ni el despertador,
Ni el coche averiado—
Es el tiempo mismo deslizándose,
Como el rosario roto de un dios.

No sé sus nombres,
Ni distingo
Sus rostros desconocidos,
Pero me recuerdan
A los bárbaros de Coetzee.

Tu dolor de cabeza eres tú.
Tu dolor de cabeza eres tú.

Desde que perdí mi zapato de infancia—
Aquel del color del mar,
Adornado con pequeñas lunas azules—
He caminado,
Apagándome,
Cojeando por las calles de la vida,
Hasta que me confundí
Con el arrepentimiento.

Aquí estoy,
Cada día sobre este puente,
Envuelto en niebla.
Gaviotas extrañas me atraviesan,
Pero no reconozco sus rostros—
Aunque pasen cada día.
(En mi ciudad junto al mar,
Conocemos los nombres y rostros de las gaviotas.)

El tren retumba al pasar,
Y anhelo un camino sin fin.
Un río angosto serpentea debajo—
Como una vena,
Tragando guijarros,
Música,
Ruido.
Cada día, parece más grande.

Aquí estoy,
Cada día sobre este puente,
Volviéndome niebla.

Criaré una gaviota,
Y luego me arrepentiré.

Un vaivén entre Damasco y Londres
Me marea.
No estoy ni aquí ni allá—
Marea y flujo,
Alma y alma,
Un gorrión atrapado en el aire.

Buscaré
Diversión
En los bolsillos de abrigos raídos—
Bolsillos que se abren
Hacia caminos sin fin.
Tal vez me detenga,
Por un instante,
En un puente que se estremece con los recuerdos.

Las canciones de la guerra nunca son las mismas,
Ni el aroma de la tierra,
Ni el color del sol,
Ni el sonido del hambre…
Solo las tumbas permanecen inmutables.

*Entreno mi alma*
para la pérdida,
como el domador que enseña
a una yegua indómita
la obediencia ingrata.
Oh, pérdida,
tú que inundaste nuestros días
con tu alarido de ingratitud.

***

Nací en blanco y negro,
la mitad de mi memoria es sombra,
la otra mitad se viste de luz.
Mi corazón también…
¿Soy acaso solo un corazón y un recuerdo?

***

Perdóname, altivo dios,
odiaba a los niños rollizos,
porque era una niña frágil,
odiaba al sol,
porque quemaba mi piel morena
y me convertía en extranjera de mi propia carne.
Perdóname, oh coloso omnipotente,
nunca probé la dulzura de los caramelos,
pues nunca tuve su precio,
no amé los jardines,
el cementerio fue nuestra única morada de juegos.

***

Tres puertas en un rincón estrecho,
donde el odio es confinado,
bloqueado con tres llaves,
puertas ni desmoronadas ni firmes,
por donde el rencor se escapa
y regresa,
huye
y vuelve…
hasta que, tras dos mil años,
lo arranco de raíz,
lo arrojo con derroche
y proclamo:
¡Marchaos!
No necesito ya más odio.

***

Te vi
en los ojos de mi ciudad marina,
inflabas globos azules,
los soltabas al viento
y después llorabas,
corriendo tras ellos,
como un viento que envejecía.

***

Nunca distinguí
entre el corazón y la lechuza,
ambos de ojos enormes,
ambos de latidos temblorosos
a punto de caer
desde lo alto de un árbol
en la profunda selva
que me crucifica.

***

No puedo examinar todo este estruendo
y luego dormir
como el pastor
que miente
hasta que otros lo creen.

***

Con medio miedo
y media sonrisa desdeñosa,
recibo las noticias de los muertos,
los amigos… los vecinos… los mendigos…
los estafadores… las abuelas… los conductores…
Nunca poseo nada completo,
medio miedo,
medio duelo.

*Puentes*

Este tiempo tembloroso,
que adopta el color del desencanto,
sigue nuestra despedida
hasta el estuario del inicio.

Un país migra con sus aves
para reposar en ciudades de hielo
que se han quebrado en mí.

Las sendas conducen a un final,
y caminar es una agonía apacible.
Los pies siempre han sido
para la caída.

La luz se apoya en el viento colapsado,
y los lobos de tu agonía
aúllan
que no hay llegada.

Las direcciones se pliegan,
se agrupan,
no hay rumbo salvo tú.

Los puentes extendidos
se suicidan desde la cumbre de sus sueños,
sobre los cadáveres de la verdad cruzamos hacia ti,
y entre caída y caída
nos hundimos en ti,
hasta nacer vacío.

El cerco de esta sangre palpita
sobre los muros del narciso.
La derrota habita en las puertas de la nostalgia,
despliega su cabello largo para tu vértigo.

Solo,
danzas contigo mismo
sobre las espinas de sus aceras.

Ese país desnudo
salvo por sus zapatos,
se hastió de vagar
y te vistió
como corbata.

Triste como el agua,
solo como Dios.

Un país
que embotella sus delirios en cosas extrañas.

Niños que persiguen
una pelota gastada,
y los surcos en los rostros
de las madres antiguas
como callejones angostos
empapados
de lluvia y lágrimas.

Una mancha de tinta
usurpa la memoria,
y sangra
fracturas,
puentes,
cadáveres,
un invierno enfermo,
y un hilo de luz.

¿No pudo la memoria
ser un poco más estrecha
ante las posibilidades
de tu hemorragia?

Hussein Nahaba
(Irak)

LA TRISTEZA DEL ATARDECER

¿Qué queda cuando arremete el ocaso?
una sombra pálida de ti,
y recuerdos lluviosos.
Y para que se complete la tristeza del atardecer,
vierto en una última copa
todas las ciudades que se clavaron en mi ayer
y todas las mujeres que me sedujeron de mí mismo.
Como un fotógrafo anciano,
sacudo de la lente de la memoria
el polvo de los rostros,
embellezco algunos de nuevo
y corrijo los retoques,
quizá así se tornen más frescos
y la noche, con ellos, más breve.
Sin embargo,
mujer del recuerdo suspendido en la imaginación,
soy un hombre que ama sus propias penas,
y tú eres el secreto de esta melancolía,

el secreto de esta pérdida, desde la eternidad.
¿Por qué sigo mirando
los caminos del atardecer habitados
por una esperanza rota?
hacia ti, habitante del corazón del dolor,
derramo en la copa de los deseos imposibles
los años estériles de tu ausencia
y devoro el brindis de tu espera.
Y tú,
que no dejas de llevarte al hombro las distancias
y todos los sueños de alegría y encuentro,
princesa rodeada por tronos de deseo y anhelo,
coronada de canciones
y de himnos de un amor que no muere.
Sigo siendo tu profeta iletrado, cautiva mía,
y aún tengo en tu puerta muchas oraciones.
Léeme,
no seas de los ingratos;
descifra la línea de mi mano,
silabea conmigo los talismanes del despojado.
Invento para ti un alfabeto

con el que glorifico el alba de Dios:
que desciendas en mi oasis
como brisa de los vientos de su paraíso
para alegrar a su campesino cansado,
que haga brotar en los desiertos de su tierra
una primavera que no conozca el ocaso
y un verano que no tema la partida.
¿Basta el ayuno de una vida
como gratitud al Señor
por esta gracia que floreció en mí
y cubrió la desnudez de mi alma
con el perfume de su feminidad?
Léeme,
y glorifica en mí la tragedia del ausente;
eleva sobre mí la oración
y humedéceme con el ayuno.
No temas al hambre en el tiempo de las profecías;
guarda por mí mis mandamientos:
no hay en la tierra pan sino yo,
ni hay en la tierra vino sino tú.

¡SEÑOR MÍO!

Los desiertos no prometen oasis,
mi corazón no espera palmeras,
pero tus ojos son jardines infinitos
que se dibujan entre el espejismo y la certeza,
yo, perdido en la marea de la pertenencia.
Aún los mares que me separan de ti
son vastos,
y mi barca, mi señora, es pequeña.
A ti elevan mis caravanas lluviosas
sus plegarias,
rogando arribar a tus puertos seguros,
y claman con toda su voz:
¡Oh mares que naufragáis en costas de muerte,
atiéndeme,
calma mi temor
y libera mi alma de tu pecado
y de tu estruendo y obsesión!
En esta sed única en su aridez,
desde el corazón de esta pérdida, surjo yo:
un hombre sin refugio.
¿Qué playas me acogerán,
yo, barca errante, sin rumbo,
sin timonel?
¡Señor mío, oh Señor mío!
Extiende tu mano sobre mis tierras,
enciende de nuevo los corazones con tu amor,
y protégenos,
protege todas nuestras patrias.
Señor, que habitas la noche de ciudades
embarazadas de miedo,
que solo engendran ataúdes
y niños desamparados en las calles,
el fruto de tu amor aún es ácido
para las bocas que han aprendido la amargura
y se han acostumbrado a sorber sangre.
Libera el ruiseñor de tu paraíso
para que anide en nuestros huertos,
y bajo tu ala de misericordia acoge
esta patria dispersa,
rodeada de tus ángeles,
pintada con todas las mariposas
que habitan en los corazones
de los niños que esperan
una primavera aún por llegar.

Abdul Hadi Sadoun
(Irak)

LLUVIA ES UNA PALABRA DIFÍCIL DE ENTENDER

La lluvia nunca vuelve hacia arriba.
(Pedro Guerra)

Lluvia es una palabra difícil de entender
La leí en un poema de Al-Sayyab,
un poeta iraquí del que nada sé.
Pero él, con cada letra, abre una puerta en el alma,
donde le cae sobre la memoria,
y los suspiros cargados con una añoranza que no se va.

Lluvia, esa palabra que suena extraña,
como una llave a una ciudad dormida bajo las arenas,
o una ventana que da a historias viejas,
sus callejones mojados con una tristeza continua,
donde los niños repiten los nombres de los lugares
como se repite el sueño en una mañana brumosa.
Al-Sayyab, ese poeta que nadie conoce,
pero yo lo conocí en su poema,
cuando jugó con lluvia y sus ligeros toques,
y cargó el peso de la tierra en sus palabras.
Un poeta que no necesita traducción,
porque sus penas viajan de un corazón a otro,
más allá de las lenguas,
en un idioma que entienden los ojos y las almas agotadas.
Nadie sabe nada de Al-Sayyab,
pero conocen el dolor de la espera,
las calles que reflejan los rostros de los emigrantes,
las voces que vienen desde lo profundo
y cuentan historias sin fin.
Y lluvia, oh compañero, no es solo una luciérnaga,
es teatro para los sueños,
y secretos que buscan el viento en las noches de la ciudad.
Y aunque el mundo no lo sepa,
tu espíritu puede habitar en cada rincón,
en cada verso, en cada suspiro perdido,
en cada espera larga.
Al-Sayyab, un poeta iraquí que nunca conocí
pero cada noche me despierta de mi sueño,
llega con su voz suave, como el viento entre viejos balcones,
y me cuenta sobre lluvia,
sobre los callejones envueltos en sombras de palmeras,
sobre la que avanza en el silencio
llenando las calles de historias que no se agotan.
Al-Sayyab, con su sombra larga y su rostro cansado,
se sienta junto a mí, como un espectro tenue,
hablándome de su lejana ciudad sureña,
de las ventanas cerradas con secretos de despedidas,
de las almas que vagan sobre el agua del río,
buscando un regreso, un encuentro que nunca llegó.
Lo veo con ojos agotados, pero con un alma despierta,
esparce sus palabras como gotas de lluvia,
me habla de una espera sin fin,
de noches vacías de sueños,
de sueños perdidos en las esquinas de antiguas casas,
y de una nostalgia como sal en heridas abiertas.
Al-Sayyab, su tristeza crece en mi corazón como un árbol,
como si yo viviera su soledad cada vez que me susurra,
como si me viera a mí mismo en sus ojos cansados,
llevamos el mismo anhelo, el mismo peso en los hombros,
miramos al mañana como un puerto lejano,
al que solo llegamos a través de tormentas,
o de canciones desgarradas.

Cada noche, me despierto con el eco de sus pasos,
como si hubiera vivido al lado,
como si yo también fuera de su color, de su destierro,
llevando en mi alma su lluvia,
y en mi corazón,
una palabra que nunca termina.

Mohammed Al Amin
(Irak)

POSIBILIDADES

Supón que pavimenté mi parte de niebla,
ya sea con la espuma de la memoria
o con las consecuencias de este exilio
que quiso tambalearse dentro de mí,
como si fuera una campana.
Supón que me empeñé en custodiar tu ritmo,
ese que doma la sangre libre en el cuerpo del agua
y en las venas del muro,
ese que despierta el pecho de la mujer
justo cuando se adormecen los dedos del muchacho.
Supón que te nombré las farolas de las calles,
una a una,
calle a calle,
y empeñé mi ayer y mi mañana en tu palma,
el bullicio de faenas arduas
en una agenda neutral.
¿Pero cómo escaparé de este «ahora»
afilado como la aguja del reloj?
¿O cómo salvaré tus sueños con un descuido intencionado,
encendiendo otro fuego
en tus pupilas, siempre aptas para el amor,
para que,
para que,
para que me expliques con ternura infinita
el misterio de estas estaciones
que fermentaron el hielo en el corazón?
Pero…
¡qué paradoja conmovedora!
Ver tu canción convertida en epopeya entusiasta
entonada por tu adversario contra ti.
¿No pudiste acaso pertenecer a la tormenta
antes de que fueras feto,
para regalarnos esa pregunta asombrosa:
«¿De qué semilla fui engendrado?».
¿Celebrar la desaparición de la distancia
entre el agua y el espejismo?
¿Cubrir la memoria con tu palma
para que otro forastero pueda cruzar?
Siempre mis barcos se someten
al temor de tu mar,
pero esas costas de falsas alegrías
y de seguridad temblorosa
pronto disipan en nosotros
la sabiduría de cabalgar el deseo.
¿Adónde huirá alguno de nosotros,
resumiendo en sí todos los enemigos,
acumulando nubes de nostalgia en el pecho,
abriendo los brazos a la lluvia,
sin importar que no descargue sus rayos sobre nosotros,
y temblando, al mismo tiempo, ante la muerte más simple,
como un fuego en los ojos de una gacela extraviada?
Supón que escondí la hierba de la mente bajo piedras duras,
y que reparé el horizonte con un suspiro tierno.
¿Seré capaz de conducir mi rebaño de melodías hacia el pasado?
¿Detener el flujo de sangre que brota de las sienes del júbilo?
¿Disolver la pelea entre la noche y el día?
¿Reprochar a cada día por dejarme solo con la noche,
y a cada noche por no verter su vino en mí?
De verdad, es asombroso
deambular por un infierno imaginario,
perseguir planetas y galaxias como adolescentes,
y descuidar la ansiedad
que cambia de color, todo el tiempo,
en lo más profundo de nosotros,
como si fuera cielo.
La tierra se desmorona,
mientras le levantan muros firmes.
Así que me digo a mí mismo:
está cansada como yo
y triste como tú.
Pero, ¡ay, amigo mío!,
¿así, sin pedir permiso,
irrumpes en el manicomio de mi cabeza?

María Calle Bajo
(España)

KUFIYA EN EL ABISMO PLENO

Ellos fueron humanos
tuvieron cielo.
Habitaban un cuerpo
donde refugiarse
Su hogar
sin ojos
Ellos fueron niños
de abrazado miedo
Creció su muerte
en el vientre de su madre
Adultos
de huidizo rostro
sus huesos vivos
con caídos dedos
sus labios en el llanto
de lluviosas manos
En sus brazos
desnudos
los ancianos
Ellos viven
en la muerte
Nosotros
(en el asombro)
En lo más burdo del ser humano

Elena Díaz Santana
(España)

EN LO MÍNIMO, TÚ

¿Qué es tu ausencia?
más que un leve aleteo de alas,
una brisa suave
que avienta las hojas de los árboles,
el aroma de las rosas
que exhalo en un instante dichoso.
Una caricia en el alma,
una luz encendida
que infunde armonía,
en el aparente silencio del cosmos.

¿Qué es tu ausencia?
más que savia nueva en la fronda,
alimento para las aves
que se posan en las ramas del árbol,
que eres.

El mar en calma,
la vela del barco que se aleja,
la ola que rompe pequeña, en la orilla,
la espuma,
su estela.

Pedro Steve
(México)

LAS CASAS VAN PINTADAS DE BLANCO…

Las casas van pintadas de blanco
sus puertas de madera de rojo, verde, naranja
sus cerraduras antiquísimas son forjadas en cobre
calles empedradas y altos balcones
desde donde asoman cabezas rapadas
y flores con pétalos.

A lo lejos,
la Cordillera del Atlas
el hilo del canto de un bereber
consigue sortear los recovecos de la medina.
El desierto lo rodea todo
hay arena en mi lengua, arena en mis ojos;
muy cerca rompe el mar
contra los muros de una fortaleza derruida.
Este calor no ha cambiado
en este calor aún habitan el árabe, el turco,
el fenicio y los bárbaros de Roma

una escalera con plantas
un gato lame sus heridas.

Aída Acosta
(España)

HAY UNA VENTANA…

Hay una ventana
una eterna ventana
donde no alcanzo la rosa
y es tan azul el cielo…
y no me llega.
Atrapada, sólo las miradas
abren sus alas y vertebran
el paisaje
sólo los gatos de mis ojos
deambulan por los tejados
buscando la vieja casa
donde al abrigo de la sombra
crece siempre una luz
que ilumina la memoria.
Atrapada
giro sobre mí misma
para alcanzar la velocidad del viento
que haga añicos estos cristales
y así poder alborotar la tarde
junto a los abejarucos.

Carmen Prada Alonso
(España)

UNA GRIETA DE LUZ

Hay esquinas
donde nadie cuelga banderas,
donde la paz llega despacio
pisando charcos,
con un cansancio dormido en los hombros.
Allí crujen cartas sin sello,
huérfanas de destino,
y en el aire se posa
el metal frío del invierno.
A veces la paz se sienta
en el banco torcido de un parque
y sopla sobre las manos que pasan,
encendiendo una brasa pequeña.
Hay lugares donde la paz
entra por despiste,
como una grieta de luz
que nace en la pared del mundo.
Permanece por terquedad,
dejando una puerta entreabierta,
y basta una mirada que no huye
para que el frío hostil
olvide cómo morder.
No sé si es realidad
o algún sueño que olvidé cerrar con llave,
solo sé que cruzo el umbral
de esa puerta entreabierta
y dejo que me atraviese
el filo de su indecisa luz.




José Luis España Sánchez
(España)

AMAPOLAS HERIDAS

Escribiré los versos que me inspire la noche,
los ecos del silencio descargarán misterios,
la memoria del tiempo será testigo mudo
de besos incompletos y de torpes caricias;
entre otras bambalinas sentimientos desbocados
que creía sin vida, recuerdos compulsivos,
amapolas heridas, amores sin repuesta…
La casa de papel, juguetes de hojalata,
corría tras la brisa, gamusinos sin luz,
descompuestos mis versos en trigales de sueños,
oh, dioses de quimeras, ¿dónde queda el Parnaso,
dónde Lorca, Colinas, Baudelaire, Mallarmé,
sutilezas de Rozas, increíble Pimienta?,
¿dónde, dónde su don y dónde su enseñanza?
Mis límites maldigo admirando escritores
que componen mensajes que relucen al alba.
Suenan voces enérgicas, de acertados poemas,
y los rayos de luna iluminan caminos
por los cuales me pierdo, y regreso a mi hogar,
mi casa ya sin sueños y por ella paseo
entre torpes suspiros: da las cuatro un reloj
y son cuatro puñales en el alma clavados,
y pretendo escribir al albur de la noche,
persiguiendo los ecos que descargan reposo
y que arrastran memorias, del tiempo su testigo,
del tiempo sus quimeras, de la vida sus ansias,
de las ansias fracasos, espejismos sin credos
y me quedo vacío entre fantasmas torpes,
aquellos que me rondan incluso en estos días
en que desperté viejo, en que el sol no calienta
mis ambiciones rotas y mis huesos exhaustos
encorvan mi figura…, y magnolias cansadas
de nuevo en el presente, se tornan pesadillas
y conforman obstáculos que vuelven del pasado
hiriendo la niñez, la del niño perdido,
emigrante sin rumbo, aprendiz de viajero,
en un tren sin destino que equivocó su rumbo.

Celia Corral Cañas
(España)

LA MAGIA EN QUE CONVIVEN FUEGO Y AIRE…

La magia en que conviven fuego y aire
en todo el animal del animal,
los bosques que imaginas en tu bosque.
La espera de las olas y el asombro.
Los trenes y los pájaros.

La vida en la palabra, el universo.
La piel junto a la piel, aquel instante
que da vida a una idea, acariciar
a todos los felinos y leer.
Sobre todo leer.

Reír, hacer reír, estremecerse.
Las fases de la luna, los abrazos.
Saber saltar al ritmo cuando alcance
la ola nuestro gesto de sorpresa.
Volar en un dragón.

Annie Altamirano
(Argentina)

EL CUERPO QUE RECUERDA

En la cicatriz del tobillo
vive el verano de los ocho años,
la bicicleta roja
y el asfalto caliente
que me enseñó a caer.
Mis manos guardan
la textura de todas las superficies
que han tocado:
la corteza del ciruelo en el patio,
vestido de mi abuela,
la piel salada de quien amé
una tarde de enero.
Los músculos tienen su propia memoria:
mis piernas conocen el camino
a la casa de la infancia
aunque mis ojos
ya no la reconozcan.
Mi espalda recuerda
el peso exacto
de cada abrazo recibido,
el ángulo preciso
en que me incliné
para recoger una flor
que alguien me regaló
hace algunos años.
La lengua conserva
el sabor del primer beso,
el último sorbo de café,
la sal de las lágrimas
que lloré sin testigos.
En la curvatura de la nuca
se acumulan las caricias
nunca borradas,
en las palmas
permanece la forma
de las manos
que sostuvieron las mías.
Mi cuerpo es archivo,
cada célula
biblioteca que almacena
la historia completa
de haber vivido.
El cuerpo no olvida,
cada instante
convertido en postura,
en respiración,
en la forma exacta
que toma el aire
cuando entra
a llenar este espacio
que soy.

 

Mónica Velasco
(España)

“Cuando un discípulo me invoque con devoción y con anhelo cante
“La plegaria de los siete versos” yo llegaré de inmediato desde Sangdopalri
(la montaña de cobre), como una madre que no puede resistirse
al llamado de su hijo”.
Guru Rimpoche

NACIDO DEL LOTO

En la precaria cornisa de un precipicio
de más de 3.000 metros de altura
el MonasterioTaktsang Palphug es
una de las trece cuevas del Nido del Tigre.

Hasta el valle de Paro de Bután
el gurú Padmasambhava voló
desde el Tibet sobre un tigre sagrado.

El nombre del maestro en sánscrito
significa “nacido del loto”.

Como un rayo de luz del corazón
de Buda su niño de ocho años
apareció sobre el lago sentado en esta flor.
Acaso cada niño es un maestro y una luz
y flor que flota sobre un lago.

Dejó textos-tesoro en bosques, cuevas y colinas
que serán encontrados por futuros.

Todo bosque esconde su fuente,
toda colina una roca sagrada,
cada cueva su espacio circular de invocación
y el lago es siempre orbe.

En el límite noroeste de una tierra,
en el pistilo de un loto florecido,
postrándome a los pies de la natura
me volveré un ser realizado.

Tomás Acosta Píriz
(España)

 (DISQUISICIONES)

Una y otra vez intentas salvar el pueblo de tu infancia,
aquél que conociste y lo fueron llevando los días.
Unas veces fue el hambre de ser que arrebató y llevó toda la sociedad civil,
la inocencia acompañada de recuerdos,
otras veces la muerte como gotas de agua llevando de tu pecho estampas de sabios
y de ilustradas letras en leyendas antiguas.

Salvar el pueblo,

dices,
y no sabes de qué puedes salvarlo,

si del río que el calendario impone
o de la herrumbre que se apodera
de los tiempos donde se borra todo.

Así sucede que un pueblo accede a otro
en ojos que tuvieron un lugar propio
y que lo guardan con cariño eterno.

No lo intentes más.

Todos los pueblos mueren.

Las honestas casas se hacen maduras,

y una a una
inician un trayecto final
de ausencia en la memoria.

Aránzazu Agudo Álvarez
(Epaña)

Sé bien que solo hay una historia
revoloteando en tu cabeza.
Como luciérnaga cruel
incapaz de iluminar el quebranto.

Que amas lo anterior
lo que apenas recuerdas,
aquel tiempo azul escrito
en los huesos mansamente.

Sé que extrañas el sonido de tus pasos,
la rutina salvadora de canil punzante
que te regalaba el prometedor
sol de la mañana.

Que no olvidas el recuerdo
ni incendiando el pasado como pasto
en esta truncada primavera.

Sé que pertenecer a un orden diferente
propaga un vendaval,
un aullido en la noche,
una yesca que no quema pero
prende todo en ti.

Sé que todo esto ocurre
en el eco silencioso
de esta habitación rota
de pronombre personal compartido
en esta nuestra sola historia.

*****

Yordan Arroyo
(Costa Rica)

FESTOS PALACE

Los animales acuáticos
son poemas de abismo.
Los pulpos van, vienen
(como la vida, el tiempo)
circulan por los sálpidos
buscando alguna ballena
que tenga hambre de mar.
Insisten en seguir rondando
los alrededores de mi espacio.
Quizás imaginan que tengo
ansiedad, nervios o sed (¡Ingenuos!).
Ellos no saben
que llevo horas pescando
(GRATIS)
las dudas de quienes
así como yo
viajan acompañados
por sus escamas
(por nada más).

Alberto Martin Perez
(España)

LOS CUERVOS DE LA PENA

Y si vienen los cuervos negros de la pena
que me encuentren demorando en tu regazo.
Aunque trinen con fuerza, aunque desfalquen
con la sonoridad de sus entrañas
este silencio nuestro, que se enteren:

me aferraré a tu vientre, a tus pupilas,
a la seguridad de tu semblante
construido con barro.
Me aferraré al pronombre que nos une,
a nuestra lengua, caótica y cambiante,
compartida. A esta historia nuestra, trabajada
con paciencia y con hambre.

Aunque a baja altura vuelen,
aunque tarden
en desaparecer y vaticinen
oscuridad y drama
no me separaré de tus rodillas
y de tus pies cansados.

Mohamed Jesti
(Marruecos)

CE QUE LA PLUIE N’A PAS EFFACÉ

L’humidité garde la mémoire des choses.
Elle s’attarde sur la pierre,
sur la peau des feuilles,
comme la nostalgie sur le cœur
quand l’amour a passé.
Je marche dans un matin mouillé,
l’air sent la terre retournée
et les promesses anciennes.

Chaque goutte suspendue
est un souvenir qui n’ose pas tomber.
L’amour était ainsi :
diffus, pénétrant,
impossible à tenir entre les mains.
Il entrait par les silences,
par la buée sur les vitres,
par la pluie fine qui ne fait pas de bruit
mais qui trempe tout.

La nature savait avant nous.
Les arbres penchaient déjà,
chargés d’eau et de patience.
Les rivières parlaient de retour,
jamais de possession.

Maintenant il reste l’humide lenteur des jours,
la mousse sur les pierres,
la chaleur tiède après l’averse.
L’amour n’est plus là,
mais il a laissé sa trace —
comme la pluie laisse la sienne
sur la terre qui respire encore.

Et parfois,
quand l’air devient trop lourd,
je crois sentir ton absence fleurir,
doucement,
dans l’odeur mouillée du monde.

Taoufiq Jesti
(Marruecos)

DONDE NACE EL AMOR

El amor verdadero no grita,
camina descalzo entre las almas,
ofrece su pan sin preguntar el nombre
y escucha antes de ser escuchado.

No vive en promesas brillantes,
sino en manos que no hieren,
en miradas que respetan
y palabras que no humillan.

La paz no llega con banderas,
llega cuando el corazón aprende
que el otro no es un enemigo,
sino un espejo que también siente.

Amar es un acto humano,
un gesto sencillo y valiente:
tratar al mundo con ternura
aunque el mundo a veces duela.

Cuando el amor se vuelve trato digno,
la paz deja de ser un sueño,
y la humanidad recuerda
que nació para cuidarse.

Mustapha Amari
(Túnez)

CICATRICES EN EL RECUERDO

Pregunté a las piedras
Me respondió el silencio
Cubierto de sal Tensa
El día trae tras él
Una flauta rota

Y la noche, con su esplendor
Cayó sobre sus Hombros
Todos los que partieron
Llevando consigo los
Últimos toques de las
Ventanas

Dejándonos sillas de aire frío
La memoria no es fiable
Solo un jardín que crece
En el Abismo

                   Y Tú

No eres Luna que me ilumine
Solo eres destellos de
Una luz de antaño
Que brilla en el bolsillo de
Un extraño
Para dirigirle en la oscuridad.

A. P. Alencart
(Antólogo)




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