Encumbra tu corazón / Innalza il tuo cuore
Alfredo Pérez Alencart
Traducción y comentario de Beppe Costa
Prefacio de Gianni Darconza
Tiberíades Ediciones (Salamanca)
– Pellicanolibri (Roma),
agosto de 2020
“Encumbra tu corazón”, de A. P. Alencart
Soy, siempre seré
en el espíritu
pues llegué mucho antes
de mí mismo…
A. P. A.
Un poeta no habla ni dice, sino pronuncia, tampoco ‘es’, sino que se halla allí, para y por todo cuanto haya y esté o sea… Así el haz de entonaciones de Encumbra tu corazón, si en su brevedad y el casi anunciado azar de su vendimia, da materia para una meditación ceñida, que no se quiere exégesis sino acaso marco: “Vince il male… La ruota non s´arresta…”. E. M. ¿De cuántas maneras la poesía va hasta las cosas, y por cuáles caminos esas cosas vienen hasta ella…? Va por mano, mirada y emoción de quien hace los versos, y las cosas luego a ella van en su busca por el aire en el cual la palpitación de lo poético ha abierto sus senderos.
Si todo hablar calla y todo poetizar se oculta, o se muestra ocultándose, toda anticipación del ver es superposición de lo dispuesto en la naturaleza en otro orden que el del espíritu y el del sentimiento. Se trata de lo que sucede dentro de las fronteras asediadas de un único, por eterno, país ya apropiado:
Digamos
que habitamos una tierra ardiente
llamada poesía…
También se trata de una cetrería del asombro, en esta enumeración o gradación que es un hilo analógico nacido en el efecto de un roce de la brisa, sí, de lo trascendente a lo cual con tanto acierto aquí se ha referido Gianni Darconza: “… nos invita a mirar dentro de nuestro corazón para buscar el espíritu eterno de las cosas”, ¿pero es posible hacerlo para rebasar la herida de lo profetizado por la propia materia?
A lado y lado de esa landa, ardiente tierra última por Poesía en hogar nombrada, se ha de ir en ella y venir para un donarse y para un encuentro: hay voces, frutos, árboles, tallos, lluvias milenarias, intimidad, sosiego, calles, nieblas y mañanas, notas de una música humana tanto como de las esferas, vidas, milenios, oblaciones, descendimientos, asociaciones y al cabo edades pasadas que son las que aparecen cuando se descabalga de un corcel de cuyo paso se ha dicho que es vertiginoso…

También por sobre todos los objetos interiores de Alencart planea el tiempo en cuanto fugacidad y eternidad. Y a esa cetrería de palomas de paz que bajan hasta los tejados de zinc en la milenaria selva amazónica, vienen los latidos de un corazón que al descender asciende o que en la expiación se edifica, pero es el abrazo a toda cosa al lado del misterio, como el ser abrazado a toda costa desde una compañía casi angélica, esto es a pesar de las faltas del vivir de quien ama o poetiza aquí, en esta gavilla de poemas que tan certeramente hoy Tiberíades y Pelliconolibri dejan ante nuestra urgencia.
El propio ser dejado
a la vida que fluye
o el nombre grabado
en la tierra labrada por la lluvia…
Aquí aparece el propio ser en un nombrarse para, con la fijeza de todo otro nombre, y en la visión volverse un fluir en la sangre que desde el corazón lo habita todo, aún lo invisible y lo indecible, pero presentes para quien alza sus ojos al vacío. Y aquí, por este poemario exacto de Alencart, una para mí necesaria alusión: “No caeré. He llegado al centro. Escucho el latido de un reloj a través del delgado tabique carnal de la vida llena de sangre, de estremecimiento y jadeos. Estoy cerca del núcleo misterioso de las cosas, así como en las noches nos hallamos en ocasiones, cerca de un corazón”. M. Y.
Ningún corazón hay que, al alzarse, no se sorprenda cercado de nostalgias, más en la expresión lírica al ser ésta invariablemente elegíaca… La mano del poeta va al poema, convocada por éste, y desde el trazo de las letras regresa al ritmo cordial y originario de la vida, hacia la cual lo incoado se alza…:
Entonces vi
la imagen del
Principio.
La voz se habla, se oye hablar y nos habla. Figuras de la vida dentro de un alentar que se ha hecho íntimo y así trascendente, tanto hacia el otro como hacia lo Absoluto, ese saber de sí ausente de sí; poemas como abrazos y versos como manos tendidas a las cuales siempre se puede sin reserva ir al estar dispuestas siempre a dar… Fluido surtidor y rayo que no cesa es para don que se dona el verso de Alencart… Común decir que es un acto de fe vuelto al fulgor de la luz, a la semilla y a la mirada que ruega entre recuerdos, calendarios y lluvias o por nombre de ausencias presentes por esa leve brisa de Elías entre temores… Es que el corazón dio inicio a su peregrinación en el verso continuo de Alencart cuando una pluma se elevó misteriosamente de la mesa a su mano e hizo el ícono de las palabras –en situación–que se saben materia del siempre indescifrado yelmo de toda tradición. Así ahora lo abierto…:
Se eleva el corazón para ir a
las profundidades desde, éstas
va a un horizonte abierto
en lo inmediato del sentido…
Pregunta por la compañía de la palabra poética, su guía y enseñanza, su estar allí, dentro de cada existencia y de cada ausencia, que más gravita sobre lo presente. Es la entrega por las tonalidades de afecto y razón al volverse hacia el mundo para que lo otro, y ante sí vuelva a una superficie conocida:
De margen a margen,
el ámbar
de mi confianza
hizo camino…

En Alencart se da constancia de cómo todos los actos de su secreta y visible vida han estado cubiertos por un manto de amor que va a la pregunta de Agustín desde Hipona o Gonzalo Rojas desde Lebú: “¿Qué se ama cuando se ama…?” Ardiente tierra llamada poesía: “Grand Soleil, qui sonnes l´eveil a l´etre, et de feux l´accompagnes”. P. V… Hay una pregunta por la vida tanto vuelta hacia sí como abierta a otras vidas, cuando el poeta ha aprendido a descifrar las claves iniciales de sí mismo:
Lluvias que he gozado
en la balanza
de mi mundo primero…
Es ante estos motivos cuando debe venir al lenguaje poético la dimensión del tiempo. Se trata de conciliar los tiempos sucesivos de conciencia y vida efectiva en el orden natural, de lo pasado que se hace futuro porque el presente prepara lo que será, y cobra figura desde un “ha sido”:
Me hablabas en futuro
porque sabías
lo que pasaría en realidad…
Es esta sucesión de líneas como surcos de un arado, su “versus” para ir al otro, el de la vuelta que hará el sembrado en aras de un evidente “Carpe Diem” aquí y ahora como hoy en las manos de lo eterno… Líneas o poemas que van siendo en sucesión separados por títulos que tras su centro aparecen como un solo, continuo crear desde la conciencia a la voz. Por tal vía el de Alencart nos aparece también como un solo hablar que bien se ajusta al ideario de E. Cassirer: “Las obras de los grandes poetas líricos no nos ofrecen ‘Disjecti membra poetae’, fragmentos dispersos e incoherentes de la vida del poeta. No son sencillamente un brote momentáneo de un sentimiento apasionado, sino que revelan una unidad y continuidad profundas, nos revelan su visión de la vida humana en conjunto, su grandeza y flaqueza, su sublimidad y lo que tiene de grotesco”.
Fluido surtidor y rayo que no cesa es para don que se dona el verso de Alencart…

Jaime García Maffla (Cali, Colombia, 1944). Poeta, filósofo y ensayista. En su obra se traslucen influencias de la tradición hispánica y del existencialismo. Hoy jubilado, fue Jefe del Departamento de Humanidades de la Universidad de los Andes y Director del Departamento de Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana. Ha sido considerado, junto a otros destacados poetas, como perteneciente al grupo de la ‘Generación Sin Nombre’. García Maffla, experto en la obra de Cervantes, es el autor del prólogo y las notas de la primera edición colombiana del Quijote, y uno de los poetas más relevantes (y ‘ocultos’) de Colombia y Latinoamérica. Fue cofundador de la revista de poesía Golpe de Dados, que apareció en 1972, junto con Mario Rivero, Giovanni Quessep, Fernando Charry Lara, Hernando Valencia Goelkel y Aurelio Arturo. Esta revista se publicó bimestralmente y sin interrupción por más de treinta años. Coordinó talleres en la Casa de Poesía Silva y en el Instituto Caro y Cuervo, en Bogotá. En 1997 recibió el Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia. Sus poemarios son: Morir lleva un nombre corriente (1969), Guirnalda entre despojos (1976), En el solar de las Gracias (1978), La caza (1984), Las voces del vigía (1986), Poemas escritos a lápiz en un viejo cuaderno (1997), Vive si puedes (1997), Al dictado (1999), Caballero en la Orden de la Desesperanza (2001), Antología mínima del doncel (2001), Poemas del no-decir (2011), Buques en la Rada–Lais (2014), De las señales (2014), Herida del juglar (2016, antología), A bordo de un bardo de una a otra orilla de la mar (2017) y Leve. Trazos hacia otra poética (2018). Su obra ensayística comprende, entre otros trabajos: En la huella de Miguel de Unamuno (1985), En otoño deberían caer todas las hojas de los libros (1987), Visión poética de don Quijote (1988), Fernando Charry Lara (1989), Estoraques de Eduardo Cote Lamus (1994), ¿Qué es la poesía? (2001), Hacia la sacritud del lenguaje: Stephane Mallarmé (2001), Poesía y poetas colombianos (2009) y La órbita poética de A. P. Alencart (2017). Como antólogo ha preparado, entre otras, dos antologías: Antología de poesía colombiana e hispanoamericana (Editorial Panamericana, 2005) y Traductores de poesía en Colombia (con Rubén Sierra Mejía, Casa de Poesía Silva, 2009). Tiene varias colaboraciones publicadas en Tiberíades.

