Ojos, mirada, iris, pupilas sin labios… Labios cuya oculta sonrisa se dibuja en el arco de las cejas, rostros por pasos que ya no son dados. Ver que es palabra, pregunta, ansia o reclamo. Ausencia por presencias y el mirar hecho tacto, compañía, consolación por lo cercano e íntimo que ha sido alejado, dado también a todo extrañamiento… Flor eterna del aire más fugaz, del instante de hoy que al estar no está ya aquí y nos deshace volviéndonos, haciéndonos su propia hostil materia ajena.
Transparencia del tiempo, oscuridad del tiempo, espacio o gavilla de párpados cerrados al firmamento que en ellos se abre. Espera. Hora que pasa tangible e invisible, visible e intangible, aire de luz, mano que es rozada por el viento que viene de otro mundo, que la entrega en lo abierto a una estancia clausurada. Paso del día por entre el bosque de signos desconocidos, estaciones así de un universo ajeno a su final.
Invocación. Acaso el Milagro. El recitado de las letanías. Manos que traen señales de algo otro, aunque próximo, de la herida y la entrega, rastro a seguir en arenas movedizas, lo imposible aquí real, dispuesto por un todo más vasto. Alma convertida en desapariciones, y éstas en surtidor de la nostalgia, de la imposibilidad que ha de darse en sus pétalos rojos, amarillos al gris del firmamento, al azul cancelado entre señales del destino de nadie vuelto único, propio e intransferible, si conocido por inesperado.
Oración en llamado a su propio llamar a ser de alas y dádivas. Ingravidez. Descubrimiento de lo nunca ocultado, ocultamiento de lo siempre tendido a nuestros pies, a nuestros pasos que se han hecho aliento, vaho en el cristal de la conciencia de ser.

¿Qué ha de seguir? Un vacuo hallarnos en la figura de ese también nuestro Dios deseado y deseante…Lo incierto en el hablar de certezas ocultas, cifradas, claras venidas del enigma. Estar aquí que hoy es todavía siempre. Despojamientos. Actos en el recuerdo de los actos, mano tendida del abismo al abismo en tacto que es palabra y palabra que es acto. Presente floración que nunca ha existido. Inexistencia de toda eternidad por vías de lo audible al modo del crecer de la hierba. Caminos de un amor tras surcos en los cuales ha de sembrarse cada palpitar y cuanto es o reside en sí mismo para ser ofrecido, darse a lo tenido, lo no querido en gesto de desvelo y vencimiento.
No obstante estar. Presencia en el anochecer del aroma de nardos, de lo pasado y de lo futuro en ciernes de la lluvia y de un antiguo canto. Niebla que ha descendido. Abandono en la cima del corazón que ignora. Despojamientos. Mano cerrada a lo abierto en sus líneas para el desciframiento, la lectura de alguna otra verdad. Tapiz de la conciencia entretejido por iluminaciones de un futuro recuerdo entre abrazos. Instancia como estancia en el vuelo de aves migratorias inmóviles sobre la misma rama, plateada y dorada del misterio. Lo inmaterial de lo visible en el tejido de esa santa faz…
Sino de la distancia y del seguro azar. Ir para regresar, regreso e ir por y en una peregrinación, como estación a nuestros seres, e al fin ir al santuario más íntimo de toda intimidad en lo callado…

Jaime García Maffla (Cali, Colombia, 1944), poeta, filósofo y ensayista. En su obra se traslucen influencias de la tradición hispánica y del existencialismo. Hoy jubilado, fue Jefe del Departamento de Humanidades de la Universidad de los Andes y Director del Departamento de Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana. Ha sido considerado, junto a otros destacados poetas, como perteneciente al grupo de la ‘Generación Sin Nombre’. García Maffla, experto en la obra de Cervantes, es el autor del prólogo y las notas de la primera edición colombiana del Quijote, y uno de los poetas más relevantes (y ‘ocultos’) de Colombia y Latinoamérica. Fue cofundador de la revista de poesía Golpe de Dados, que apareció en 1972, junto con Mario Rivero, Giovanni Quessep, Fernando Charry Lara, Hernando Valencia Goelkel y Aurelio Arturo. Esta revista se publicó bimestralmente y sin interrupción por más de treinta años. Coordinó talleres en la Casa de Poesía Silva y en el Instituto Caro y Cuervo, en Bogotá. En 1997 recibió el Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia.
Sus poemarios son: Morir lleva un nombre corriente (1969), Guirnalda entre despojos (1976), En el solar de las Gracias (1978), La caza (1984), Las voces del vigía (1986), Poemas escritos a lápiz en un viejo cuaderno (1997), Vive si puedes (1997), Al dictado (1999), Caballero en la Orden de la Desesperanza (2001), Antología mínima del doncel (2001), Poemas del no-decir (2011), Buques en la Rada–Lais (2014), De las señales (2014), Herida del juglar (2016, antología), A bordo de un bardo de una a otra orilla de la mar (2017) y Leve. Trazos hacia otra poética (2018).
Su obra ensayística comprende, entre otros trabajos: En la huella de Miguel de Unamuno (1985), En otoño deberían caer todas las hojas de los libros (1987), Visión poética de don Quijote (1988), Fernando Charry Lara (1989), Estoraques de Eduardo Cote Lamus (1994), ¿Qué es la poesía? (2001), Hacia la sacritud del lenguaje: Stephane Mallarmé (2001), Poesía y poetas colombianos (2009) y La órbita poética de A. P. Alencart (2017). Como antólogo ha preparado, entre otras, dos antologías: Antología de poesía colombiana e hispanoamericana (Editorial Panamericana, 2005) y Traductores de poesía en Colombia (con Rubén Sierra Mejía, Casa de Poesía Silva, 2009).
[Imagen de cabecera, José Amador Martín]
