Jeannette L. Clariond

El tú de Alfredo Pérez Alencart

 

Tiberíades agradece a la poeta, traductora y editora Jeannette L. Clariond, por la deferencia hacia nuestra revista, al permitirnos publicar, por vez primera, de este texto suyo en torno ‘El sol de los ciegos’, el nuevo libro de Alfredo Pérez Alencart.

EL TÚ DE ALFREDO PÉREZ-ALENCART

La vida es un pozo en cuyo fondo yacen los sedimentos que un día nos habrán de dar una respuesta a la Pregunta del comienzo, esa interrogación que nace del fondo de nuestro espacio espiritual. Alfredo Pérez Alencart nos entrega El sol de los ciegos, esa luz intuitiva que habla desde Tejares, Lisboa o Perú amando carne y hálito desde su patria que es la Poesía.

Digamos que un día existió Jacqueline, digamos que no ha muerto o que tal vez fue luz de estrella que había llegado al sol de Alfredo, lo blanco en el ojo del ciego. En la inscripción que sirve de palabra previa a este poemario el poeta nos dice: «En un poema caben varias existencias, aisladas –con su porción de oxígeno- en un cuerpo fecundante».

Este conjunto de poemas escritos entre 2010 y 2021 habla de Alfredo, pero también de lo que Alfredo vive con los otros. Su poesía, aunque a veces dolida, nos ofrece esos instantes de aurora ajenos al elogio, y, más bien esbozados, como sombra sangrada, en el corazón del misterio. Me parece que aquí radica el nódulo poetical de Pérez Alencart: el yo profundo no está encerrado en un sí mismo. En su voz sucede lo opuesto: su poética mira con mirada plural el devenir de sus diversas patrias. Nacido fuera de Salamanca, a pesar de haber hecho de esta ciudad su lugar de escritura, el espacio que habita invita real y metafóricamente a seres de otras lenguas, otros espacios para él sagrados y los deja que hablen, como si se tratara de una voz coral, a un Tú que está en lo alto y que sirve de oasis a Alfredo para expresarse desde una intimidad singular y depurada.

Digo singular puesto que, además de ser «soledoso», como él mismo lo dice aprendiz de soledades cercanísimo a Góngora, posee la virtud de un alma en transparencia. No es lo mismo escribir poemas religiosos que estar ligado a una divinidad que ensancha el amor, el espíritu y de un anhelo de imitar la vida simple que enseña el verdadero cristianismo. Pero su cristianismo, insisto, no está exento de un misticismo erótico. De haber sido así, su vida unida a la de Jacqueline no hubiese tenido existencia real. Cito uno de sus versos: Digamos / que habitamos una tierra ardiente / llamada Poesía, / que también es voz / y es fruta viva / y es tallo / que a diario la gente descubre / creciendo ante sus ojos… Erotizar lo cotidiano es permitir que la Poesía nos alcance, no es ir en busca de, es dejarnos habitar y erotizar por ella. Hablo de Eros como la facultad de poner el alma en movimiento: Y oscuro / jugar a la vida / descolgados / de la rama / del Amor. Estos versos que remiten al árbol, a la raíz, a la oscuridad de la vida convocan un sentimiento de origen siempre originando vida.

Me detengo para aludir a una segunda virtud en la Poesía de Alfredo: La orquídea / que te ofrezco hoy, / brotó el año pasado, princesa. / Es flor cuidada / en el invernadero / de mi corazón. Cito este fragmento del poema titulado «Año nuevo» puesto que todos sabemos que hablar de amor en poesía no es tarea fácil. La alusión a «princesa», a pesar de que pueda remitirnos a la amada, puede ser la vida, Jesús, el alba, el tiempo. Por los afanes de Alfredo y por su generosidad en la preparación de encuentros, certámenes, publicaciones se percibe su amor por el libro, la poesía, la difusión de distintas voces. En su poema «Fama» dice: de flashes y elogios, / de pasarelas en la corte… / A tiempo supe / descreer de toda ganga.

Vivir una vida bien vivida, alejada del reclamo, del fatuo interés es de unos cuantos, es lo que da altura a un poeta. De él se exige sublimar el dolor como una forma «de ocultar las impurezas de la tierra». Es de nuevo un verso del poeta, pero puedo decir que se trata de un poeta que en verdad posee la fe del ciego, que no es lo mismo que estar cegado por la fe. Tiene fe en que, en medio de la nieve, antes de que el frío llegue, él persistirá a través de su espíritu y de sus cánticos que van al encuentro con Dios.

En estos momentos estoy trabajando en un libro de Anne Carson en el que aborda la relación de Emily Dickinson con ese alguien a quien llama Tú (Thou). Luego de la separación de un hombre llamado Law, Carson se cuestiona qué es el amor, qué es la separación, qué es la carne. En uno de los fragmentos dice:

La pregunta con la cual me quedo es la pregunta de su soledad.
Y prefiero postergarla.
Amanece.

Oleajes de asombrada luz anegan el páramo de norte a este.
Estoy entrando en la luz.
Una forma de postergar la soledad es interponer a Dios.

Emily sostuvo una relación de este tipo con alguien a quien llama Tú.

Veo esta similitud con nuestro poeta. A pesar de su cielo herido, la poesía lo colma de esperanza, de una cosecha por venir, horizonte alejado de la tiniebla y la violencia pues como dice en otro verso: «El tiempo no envejece / en el espíritu / de los inocentes». Con esto por delante leemos el poemario bajo la premisa de que en la voz de Pérez Alencart hay sed de paz, de perdón, de todo aquello que sirve como brújula o flor al árbol de la permanencia: «Soy, seré»: No importa que mi carne / sea derrotada. / Soy, siempre seré / en el espíritu, / pues llegué mucho antes / de mí mismo… El Verbo es anterior al mundo, por el verbo somos y dejamos de ser más el espíritu colmado de amor renace luz que sostiene, con un decir común «la lengua que sostiene en el camino»: Palabras que el humor / o el clamor resucitan en medio / de la calle por donde pasan niñas / y ancianas o conversan mozas / con su decir común, claro y / contundente, / como el milagro de existir / comunicándonos. Una gran fe en el Amor y en la Palabra despeja las oscuridades del poeta, de allí su serenidad, su sostenerse de los sarmientos y de la cosecha por venir.

Quiero recalcar el aspecto de la cotidianidad que relaciono con el valerse de la vida y de las flores para reconocer en los otros aspectos igualmente cotidianos que no solemos ver. Hemos elevado la poesía por encima de lo simple en un afán grandilocuente que puede crear grandes metáforas y demás figuras retóricas haciendo de ello preocupación esencial. No nos percatamos dónde están los otros. Nos importa en dónde estoy yo frente al resto de los poetas, cómo soy mirado, admirado, homenajeado. Por ello empecé este breve texto hablando de la generosidad de Alfredo como un acto de gratitud a todo lo que le rodea, por ende, a todo lo que merece ser nombrado en este largo viaje hacia lo Alto. Puede no necesariamente ser la divinidad habitual sino un sol blanco, sed de los desiertos que lo acompaña como hace la Amada en su éxodo hacia el Tú, ese Galileo, maestro del silencio, del perdón, del mirar. Este libro es un canto extraído de diversos orígenes y situaciones, pero siempre tamizado del espíritu divino.

Por el cuerpo se llega al alma. El alma piensa, tal como pensó la misma Emily que el intelecto era más amplio que el cielo. La voz de Alfredo es un río que piensa, un fluir heraclíteo, un descenso guiado por Horacio, Virgilio, Dante, San Juan, Teresa de Ávila, y él, sumida su mirada en los muros de la Universidad que junto con la de París y Oxford, son las más antiguas universidades europeas. El paisaje sin duda ha determinado la sobriedad de nuestro autor, las Escuelas Mayores, la Biblioteca General Histórica con sus manuscritos incunables, el Patio de las Escuelas, la Casa de las Conchas, el atardecer brillando contra el Tormes, en donde Alfredo ha vivido por treinta y seis años, razón por la cual se considera salmantino, más que español. Vive acompañado de los ecos de Fray Luis, la Sulamita, la voz veloz de Gonzalo Rojas, mundos secretos que dan identidad a la memoria, allí en Salamanca «arqueando / su cuerpo, intercambiando sus letras / inconfundibles. / Aquí está para todos, / una casa inmensa.»

Al terminar el libro se tiene una sensación de un banquete, el simposio en donde se da la multiplicación de los perdones, las gratitudes, los adioses. Pero también el Banquete donde Platón nos dice que sólo quien tiene una idea del amor puede practicarlo. El amor, como la verdad en el filósofo, son eternos, y esa eternidad está en la voz de Alfredo, de otros poetas Románticos que están unidos en un cuerpo con el cual dialogarán por siempre. Alfredo asumió el compromiso con la palabra, con el amor, con el Otro. Ha ensanchado su espiritualidad y en su espíritu entramos, descendemos mirando hacia arriba, sin importar que cuando se cae de tan alto, se cae en picado: «desde la puerta del cielo».

Jeannette L. Clariond

 

Los poetas Derek Walcott, Charles Simic y Jeannette L. Clariond

Jeannette L. Clariond (Chihuahua, México, 1949), poeta, traductora y editora. Es licenciada en Filosofía, Maestra en Metodología de la Ciencia y Maestra en Letras Españolas. Su obra poética está contenida en las siguientes publicaciones: Mujer dando la espalda (1992); Desierta memoria (1996); Newaráriame (1997); Todo antes de la noche (2003); Amonites (2003); Siete visiones (2004, con Gonzalo Rojas); Nombrar en vano (2004); Los momentos del agua (2006); Leve sangre (2009), Los primeros once (2009), Cuaderno de Chihuahua (2013), Marzo 10, N.Y. (2015), Tonalpohualli (2017) y Ante un cuerpo desnudo (2021). Entre los premios obtenidos sobresalen el Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde (1992), el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta (1996), el Premio Gonzalo Rojas (2001), Premio a la Mejor Traducción de No Ficción en los Latino Book Awards por Decreación de Anne Carson (2015), Reconocimiento en Milán (Museo-Casa Alda Merini) por el trabajo de difusión de la poeta milanesa, a quien tiene más de 25 años traduciendo (2017), Premio Internacional San Juan de la Cruz de la Academia de Juglares de Fontiveros (2018) o el Reconocimiento al Mérito Artístico Colegio Civil, otorgado por el Centro Cultural Universitario de la Universidad Autónoma de Nuevo León (2021). Es antóloga y traductora de Roberto Carini, Alda Merini, W. S. Merwin, Primo Levi y Charles Wright, entre otros. Publicó recientemente una antología traducida de poetas norteamericanos, en colaboración con Harold Bloom.

Imagen de cabecera: Alfredo Pérez Alencart (foto de Colin F. Thompson)




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