Tiberíades agradece al poeta ecuatoriano por permitirnos difundir algunos poemas de su premiado libro ‘Las cosas negadas’ (El Ángel Editor, Quito, 2021)
La redención
Mis dedos han estado próximos a tibios partos,
y a cuerpos que la enfermedad ha doblado
como cañas maduras.
He lavado mis manos con la leche de la vida
y la muerte ha entrado en mí desde las uñas.
He tocado la piel de los duraznos, el musgo
de mis venas ha bebido su sangre.
He memorizado calaveras de gorriones
que a mi ventana se estrellaron y quedaron allí
hasta que la muerte hizo con ellos su matrimonio.
He visto el músculo del hombre levantar casas,
y he visto mi casa bajo fuego.
Un reptil ha enrollado su cuerpo en mi rabia
y algún animal
ha olisqueado, hambriento, mi costado.
He amado el libro oscuro de la nostalgia,
los lengüetazos del perdón
los ajos de la risa. Y sin embargo,
he soñado con cuchillos.
Así he llegado a las cercas de mi vida
y detrás he visto nada.
Allí me he sentado. He dicho tu nombre a las rocas.
Y un primitivo estremecimiento
ha hecho de ellas un millar de tambores.
Zorzales
Pronto será el mes de los zorzales.
Tú te asomarás a las ventanas, como cada año,
para observarlos revolotear sobre los caseríos
y yo veré en tus ojos
orquestarse los relámpagos de la añoranza.
En eso coincidimos cada año:
en el juego de la evocación,
de imaginar qué vidas vieron los zorzales,
qué súplicas lejanas traen sin quererlo,
qué cosas estuvieron a su sombra
que nosotros no veremos nunca.
Quizá un caballo naciendo de pie en alguna campiña, dirás.
Quizá el prodigio de un pañuelo atravesando azul algún desierto.
Y yo diré
que quizás la noche anocheciendo en el pelaje de una pantera,
quizás el húmedo pastor que llora
cuando se llevan al carnero maniatado
que bala sin tregua su rumbo al matadero.
Ninguno gana en el juego de la añoranza.
Qué tan grande es nuestra vida
entre todas esas vidas que imaginamos,
qué tanto recordarán los zorzales
nuestros lánguidos pasos por este país
empedrado de dioses inertes
nombrado por el idioma de los caracoles.
¿Alcanzarán a oír este año la plegaria
atada a nuestro pecho como un manojo de dinamita?
¿Qué hallarán sus ojos en nosotros
que sea digno de ser recordado,
sus ojos, que son lo más cercano
a los ojos de un ángel desertor?
Cada año ensayamos la vida,
los ademanes, el fervor de los párpados al sol,
los remiendos en las camisas más diestros que en el alma,
preparándonos
para la llegada de los zorzales,
para que sientan nuestros dedos señalando su trayectoria
como si la conociéramos,
para que sientan la lejana noticia de que existimos.
Y cada año llegan y se marchan veloces detrás de colinas
—igual que un puñado de nieve entre guantes azules—.
Y envejecemos de repente
cuando volvemos a ser ignorados por lo remoto,
y viene el pánico dulcísimo
de saber
que nunca sucede la última orfandad.
Solo esta compañía que somos
nos queda,
esta timidez de dos desconocidos
que se descubren tocados
por la misma forma del viento.
Con el paso de los años
empieza a parecernos suficiente.

Oración a lo único que nos resta
Desciende hasta las madrigueras
donde no llega la mañana
y siéntate a un costado de los que solo tienen
una manta de ceniza
para arroparse en los viajes largos.
Ve y abre las puertas de las húmedas pensiones
para los que buscan una hora de descanso
antes de volver a los caminos
y nada más hallar al viento, solo al viento
lamiéndoles los ojos.
Baila con los que nunca
gastaron sus zapatos en fiestas
—porque solo aprendieron
la música de la vergüenza—.
Danza con los que son más uñas que hombres
y con ellas
limpian a los hijos,
arañan imposibles boletos de lotería,
escriben sus iniciales en el porvenir del árbol.
Asómate a la terraza donde fuman
los que odian en silencio
al vecino que envejece más despacio,
los que maldicen a los nuevos y mejores
que andan en los parques con perdidas mujeres.
Quédate con los que hacen filas en los hospitales
y llevan un huerto de alergias en el pecho
una música de flema que los delata
un tumor en forma de pájaro
del que ningún dios se hará responsable.
Camina detrás de los que pegan su nariz a las vitrinas
preguntan «cuánto cuesta»
y se marchan mirando con falsa prisa sus relojes.
Invierte tus mañanas en los hirientes cañaverales
donde desaparecen esos hombres
que jamás probarán el azúcar que cosechan.
Y vuelve a ocupar tu sitio
entre aquellos que aprenden a sobrevivir
acurrucándose bajo los puentes
–entre la sonrisa del musgo
y grises palomas que sueñan con el color de las guacamayas–.
Encuentra a los que aman el crepúsculo
en los ojos de un perro.
A los que guardan los balazos
que alguna vez les quitaron del vientre
y siempre quieren mostrarlos en las reuniones.
Acurrúcate junto a los que duermen en zaguanes
y nunca han dormido frente al mar.
Canta al oído de la niña
que sueña con el olor de las guitarras
y su reino prometido es un montón de platos engrasados.
Brinda junto a los que dan un poco más que la vida
por un par de buenas conversaciones,
choca los vasos
con quienes crecieron oyendo el sollozo de su madre
y sus costillas en desuso parecen
una caja antigua de zapatos.
Cálzate las botas junto a los hombres
que tratan de fundir corazones en las fábricas.
Ofréceles tu fémur como bastón
a los que perdieron un ojo por estar primeros en la multitud.
Ponte del lado de quien negocia
la última naranja en el mercado.
Sujeta los lentes del adolescente
que no sabe pelear.
Bendice el agua insípida
que se sirve al almuerzo el vecino
y el trago que acompaña el pan del solo.
Y diles,
diles que que la esperanza es un toro
embistiendo un arbusto de gardenias.
Tócales el hombro y repite
que has venido a verlos
que respaldas su rencor y su cigarro de anhelo
aunque aquello no haga ninguna diferencia.
A los que Gran Escriba de la historia
ha negado una página,
poesía,
hazles saber que alguien piensa en ellos,
que se los siente caminar
por las enmohecidas calles del alma.

Oración por la quietud
Que nunca habite yo las oraciones de los felices.
Que no me señalen las uñas de los pulcros,
que nada más reciba el voto de los gatos
en las elecciones barriales.
Que mi nombre lo sepan solamente
las mujeres que de verdad intentaron
una despedida dócil:
ellas jamás volverán a repetirlo.
Que nadie se imponga la obligación de pensarme,
para cumplir conmigo su cuota mínima
de conmiseración
que exigen a las puertas del parnaso.
Que en ninguna mesa me recuerden
como se debe recordar únicamente a los exiliados.
Que mis ojos
olviden la imagen del muñón
a las puertas de templos ojerosos.
Que mi olfato
no sepa diferenciar el romero de la pólvora.
Que mis tímpanos
no sean condenados a repetir
el lamento de los toros
que salvaron a las praderas
de una muerte silenciosa.
Que mi carne
deje de soportar al abrigo
hecho con la piel del único cordero
que amé en la niñez.
Que declaren su emancipación mis oídos
y no sean más esclavos de la música
que pone en nuestra garganta
los grilletes de la belleza.
Señor
permíteme la gloria de los escombros.
Dame la paz de los escarabajos,
la simpleza de las ollas cóncavas
que recogen las goteras,
el anonimato de las grietas en las tapias,
la memoria de las puñaladas
que son olvidadas en la noche;
dame, señor, el triunfo del óxido en las cucharas,
el gesto del hombre rústico
que prepara la leña
mientras el hijo ensilla su caballo;
dame la quietud de aquellas cosas
a las que nadie exigirá belleza alguna
ni respuesta, ni testimonio, ni milagro.
Si alguien encuentra mis venas, señor,
que las usen para sujetar
las puertas de las cantinas.
Que no valgan ni para llavero,
ni para esotérico amuleto
mis huesos.
Que si un perro desentierra mi corazón
nada descubra al pasarle la lengua.
Que siga, señor,
inalterado, su camino.

El olvido
Solo pueden serte gratos, señor,
los que poco recuerdan,
los que no han sentido la memoria entrando en ellos
como un toro bramando,
con sus dientes y su pelaje transformando la luz,
con esas imágenes tan tristes como corales de pecera,
como hierba seca en los lugares que dejamos.
Bellos serían, señor, estos barrios
si pudiéramos olvidar
que aquí vimos cojear a un niño.
Cálida sería esta plaza
si no recordáramos el rictus de la compañera
cuando la arrastraban, atada, los caballos.
Qué agradable sería tenderse junto a las tapias
si no recordáramos los gruñidos de los perros
desolados y leales
que lloraban a la hembra amarrada.
Cuánta tranquilidad habría en la vida
si pudiéramos olvidar lo que es el corazón
y lo hiciéramos uno
con la primera roca
que dejó su peso en nuestras manos.
Quizás la verdadera compasión
la merecida clemencia
sea un breve derecho al olvido.
Pero nosotros no fuimos
como los perros, como los gorriones
como otras tantas criaturas
hechos para inspirar misericordia.
Las memorias nos doblan las vértebras
hasta que solo nos asombra el asombro.
Una sola vez podemos preguntar:
¿es lo que escucho, madre, el trotar de los caballos?
¿son mis brazos extensos como los puentes?
¿es aquel hombre que grita en la plaza
alguno de los hermanos que he perdido?
¿dónde están, si no bajo los árboles?
¿es temor lo que siento al mirar la rosa?
Y las respuestas nos persiguen por la vida
y vivir no es otra cosa que ir acumulando
en pequeños cofres dentro de la frente
cuerpos verdosos de moscas
y huesos de falanges que nos apuntaron,
huesos de mascotas y amigos
picoteados por el uso
y rara vez una luciérnaga exiliada.
Señor,
solo tú tienes el don del olvido.
Solo tú que nos olvidaste en los suburbios del alba,
solo tú que olvidas atender el timbre
y nos dejas en la calle con nuestra caja
llena de nombres, gestos últimos, febriles espantos
y tardes
tardes en las que perdimos hasta la simpatía de las palomas.

Reconocimiento de las manos
Nada se oculta a las manos
que lo recogen todo.
Levantan las herramientas herrumbradas de entre la maleza,
levantan los zapatos al alba
para investigar que ningún insecto
haya hecho madriguera en ellos.
Recogen piedras que jamás bastarán para hacer una casa,
recogen la luz para enseñarla al ciego,
levantan eso que se nos cae del pecho ciertas veces
y lo sacuden adivinando su peso
calculando si bastaría arrojarlo
para matar un pájaro o golpear a dios
en las rodillas.
Mis manos fueron tanto tiempo
lo único que tuve.
Conocieron lo mucho que puede parecerse
la sangre de una gallina y la sangre de una madre,
supieron consolar a los pómulos
lavados por los escupitajos del viento.
Prometieron quedarse conmigo
cuando quise volverme un asesino. Y creí en ellas.
Las descuidé por darles
verdosas y febriles monedas,
fueron jesucristadas
por las espinas de los limoneros,
estuvieron preñadas de navajas,
fueron mordidas por las moscas cerca de las fuentes,
sospecharon la divinidad
en la espléndida arteria palpitante
bajo el cuello de un toro,
se ofrecieron a los dientes del perro
para darles un pedazo de pan,
amarraron mis pañuelos, pusieron en su sitio los anteojos,
fueron tocadas por el frío
en los párpados de los difuntos
que cerraron
minutos antes de peinar los cabellos de la hija.
No juzgues la timidez de mis manos,
no juzgues sus calambres ni la altivez de su aspereza:
aún agarrotadas
siguen girando la llave en los cerrojos,
palpan en la oscuridad en busca de las tuyas:
manos de leche hirviendo,
únicas herramientas de la misericordia.
Y lo más importante:
siguen aprendiendo a reconocer
año tras año
los sutiles cambios en tu cuerpo.
5 am
De qué refugios,
de qué agujeros con perfume a volcán,
de qué multitud se desprendió su cuerpo
como una flor humeante y pisoteada.
Yo conocí su aceite inalterable, su aliento blanco
que ascendía como animal nocturno.
La vi esperar, rendida de sueño y sueños,
exiliada entre ojos violentos como la pólvora,
la vi recoger a los que vagaban
ebrios de torpeza o culpa o deslealtad
y yo estaba entre ellos.
En algún sitio oí que la llamaban
la mártir de quienes ruegan, imploran con brusquedad
una tregua de la soledad definitiva.
Y yo estaba entre ellos.
Es simple la desnudez, me decía.
Pero llevaba el corazón en la mano
y su mano
era lo único que no podía besar.
Bajo ella viví como bajo el rayo
que hace más claras las estatuas,
viví como entre algas
que asfixian a los bañistas,
viví como cegado
por la luz que en las playas más vacías
señala los restos de naufragios.
Viví como un gorrión
que ha sido congelado, pero tiembla.
Recuerdo
la única vez que me dijo
—para que yo dejara de insistir—
que venía de lejos, que nunca
alcanzaba el sol la calle de su casa.
Y no sé si lo dijo sabiéndolo
pero yo no he sentido jamás
un gramo de luz
dentro de mí.
Nada sabe de la vida
aquel que al verla
no sintió en el pecho un puñado de granizo.
Perdóneme la oscuridad:
solamente por ella
la noche jamás será
el más abismal de los misterios.

Juan Suárez Proaño (Quito, 1993). Poeta y editor. Licenciado en Comunicación y Literatura por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador con un estudio sobre la poética de la enfermedad en la obra de Ileana Espinel. Ha publicado los poemarios Lluvia sobre los columpios (2014), Hacen falta pájaros (2016, El Ángel Editor), Nos ha crecido hierba (2018, El Ángel Editor) y El nombre del Alba (Nueva York Poetry Press, 2019). Consta en la antología Seis poetas ecuatorianos (Editorial Caletita), publicada en México; y en la Antología de Poesía Española Contemporánea Y lo demás es Silencio Vol. II, publicada en Madrid, en el 2016. Está incluido en la selección de poetas ecuatorianos «Voices form the center of the world» realizada y traducida por la poeta Margaret Randall. Su poemario “Las cosas negadas” obtuvo el Premio Nacional de Poesía Paralelo Cero 2021.

Foto de cabecera: El poeta Juan Suárez Proaño en el Colegio Fonseca de la Universidad de Salamanca
Nota del administrador web: Al volcar los versos en el formato de la web se pierden las sangrías intencionadas del autor en algunos versos. Para poder apreciarlas pueden ver los poemas en este pdf.
