Poemas de

Delfina Acosta: ‘Resurrección’ y otros poemas

RESURRECCIÓN

                                       A Victorio V. Suárez

Así razono: las cadenas de las tiranías las rompo,
pues cada hombre cautivo nos arrodilla a todos.
La filosofía es pura cháchara,
no añade un grano de legumbre a tu plato vacío.
La poesía no es nada ante ese faisán
que corteja a la hembra abriendo sus alas con aspavientos.
Camino por la plaza y respiro la abundancia
del aire limpio que mis propios pulmones exhalan.
Celebro que estés vivo, hermano, porque te levantaste
de entre los muertos. Tú eres el Cristo, lo sé.
Los encuentros no deberían acabarse nunca.
Debería ser incesante el reencuentro con el ser amado,
perenne el gozo que sube por nuestras venas al brindar,
eterna la rapidez con que embriaga el vino.
No debería morirse la voz amada
que se anuncia, jubilosa, al abrirse la puerta.


MÚSICA

Los aletazos del majestuoso cóndor,
que sobrevuela las montañas, suenan a música.
Él sabe que es hijo de las alturas.
El grito de un árbol derrumbado por el hachazo
es igual al sonido de un disparo en la sien.
Con él mueren los silbidos y las notas musicales.
La música no es solo Claro de Luna, de Beethoven,
también lo es el suspiro de la puerta
que el hombre, amaestrador del picaporte,
abre para tumbarse sobre la mujer amada.
Ella es otra puerta abierta.
La humanidad toda es una puerta abierta.
Tú no habías nacido todavía,
pero la música aguardó que llegaras a la vida
para girar en el aire con alas de llovizna y fuego.
La canción es la respiración del alma alegre, ¿lo sabes?
Y la lluvia es la melodía que cae sobre la tierra.

PASOS

Todos caminamos, alguna vez, rumbo a la montaña;
sin embargo, a medida que nos acercábamos,
ella se alejaba.
Cuando estábamos a pocos pasos de llegar,
volvíamos a estar lejos. Demasiado lejos.
Nos agotábamos.
La distancia se hacía infinita,
aunque habíamos aprendido
todas las formas de la prisa.
Retornábamos cansados a nuestras casas,
repitiendo las mismas palabras:
«Mañana volveré a intentarlo».
Pero otra vez nos vencía
la innumerable e impasible arena.
Jamás supimos que ella se reía de nosotros.
Olvidamos las alegres canciones,
aprendimos un silbido triste
que enfriaba nuestros labios.
Solo el silencio nos salvaba.
Cuando supimos que hay un Dios,
nos reímos de la montaña,
soplamos las cenizas de los viejos pasos
y nos sentimos libres.

HISTORIAS

                                             A Feliciano Acosta

Nadie, como yo, conoce tu historia, pequeño jazmín.
Eres uno solo, pero también eres los millones
de jazmines que empujan el aroma de la tarde.
Te hiciste flor sin que ninguno se diera cuenta.
Te vi, supe que existías,
conté tu hazaña a los hombres y las mujeres,
con la solemnidad del caso.
Nadie conoce tu biografía, mujer.
Los espejos que te vieron, ya no recuerdan
los bucles de tu cabellera infantil,
tus polleras almidonadas,
la muñeca en tu regazo, pero yo sí.
Te ofreces a los clientes en una esquina.
Recibes insultos y halagos.
Detrás de tu sonrisa hay solo muecas.
Tienes la belleza de una madrugada
insomne y ojerosa.
Todos te pasean con la vista.
Te apagas y te enciendes, como luciérnaga,
por dinero, divina villana.
Tu cuerpo ligero es otro jazmín amanecido.
Tus senos son dos manzanas mordidas.
Mujer, deberías estar reclinada sobre un sofá,
en la mejor recámara del cielo.

CANCIÓN PARA HACER DORMIR A UN NIÑO

Ella le acaricia las mejillas con manos
que son como aguas tibias, suaves.
El pequeño no sabe que esas manos son ásperas.
La mujer ha lavado, despierta y en sueños,
las prendas de vestir de las señoras
con quienes nunca se sentó
a tomar el té de las cinco de la tarde.
Ella le cuenta a su hijo
que en sus ojos se abre el día
y guiña el lucero de la primera calle del cielo.
Le dice que la noche no existe en ningún mapa,
que los caracoles conocen su nombre,
que el lobo feroz se mudó a la otra esquina.
Pero el niño no duerme.
Escucha embelesado el cuento infinito
que, noche a noche, su madre le cuenta.

Una calle lateral a la iglesia de Villeta (Paraguay)

SABIDURÍA

                                   A Zoraya Centurión

Hay duda y certeza en esos libros
alineados en los estantes de la biblioteca,
libros que guardan las innumerables palabras
de los que desaparecieron
en cualquier esquina de la vida,
de los que ya emigraron al reino del silencio,
pero empiezan a hablarme apenas encuentro sus páginas.
Hay derrota y dignidad en el viejo árbol,
que encarga al retoño la misión de poblar el bosque.
Hay justicia en el sol que sale
para alinear la esperanza humana,
igualar los cantos de los gallos,
iluminar lo bello y avergonzar al delito.
Hay sabiduría en esa mujer de cabellera gris,
que vivió muchas vidas,
muchas muertes,
barrió sus propias cenizas,
su misma sombra,
para seguir cosiendo,
bordando esperanzas
junto a la ventana.

LAIKA

Eras travesura,
rabo de la brisa,
huesos del aire,
escándalo de la noche,
ladrido del tamaño de la luna.
Eras niña como yo.
Me decías, sin pasar el umbral de la puerta,
plantada sobre tus patitas sucias,
con el apremio de tus ojos:
«Vamos, deja esa muñeca de carey
que ni tu nombre sabe. Vamos a buscar perdices».
Tus patas corrían rápidas
como si estuvieran hechas de hierbas y viento.
Yo te seguía suspendida sobre un canto triunfal.
Subías veloz la colina de verde vestidura.
Querías llegar,
alcanzar el horizonte.
No olvido que una cigarra cantó
(su canto sonó como sirena de ambulancia),
cuando la muerte, con tu misma velocidad, te alcanzó.
Te fuiste al otro lado del firmamento, Laika mía.
Y es allí adonde yo iré a buscarte, una tarde.

LA CALLE DE LA POESÍA

                                                  A Javier Viveros

Dejemos las calles del mundo
donde solo van y vienen las máscaras engañosas,
donde el tiempo, enfermo de odio,
se carcome a sí mismo.
Vamos a la calle de la poesía.
Allí las palabras se asoman a los balcones
como mujeres de gloriosos escotes,
senos de intemperie
y cabellos de escarcha.
Poeta, no gastes las suelas de tus zapatos
detrás de sueños imposibles.
No te entreveres con las sombras
de la desdichada humanidad
que solemniza a sus desventurados dioses
con ensordecedores juegos pirotécnicos.
En la calle de la poesía
el cometa Halley aparece
con solo cerrar los ojos un instante.
Vamos a ese sitio; allí caminaremos
sobre las rojas líneas de las estrofas,
construiremos un castillo de cantos
para tendernos luego sobre la colina
más alta de la tierra y gritar al viento:
«¡Lo logramos!».


Delfina Acosta nació en Asunción en 1956. Su infancia y juventud pertenecen a Villeta. Es escritora, ensayista, periodista y poeta. Es socia del PEN Paraguay, de la Sociedad de Escritores del Paraguay, y de Escritoras Paraguayas Asociadas. Su primer poemario
Todas las voces, mujer… ganó el primer premio Amigos del Arte en 1986, y su obra Pilares de Asunción, el Mburucuyá de Plata. Romancero de mi pueblo, escrita con romances ambientados en Villeta, logró el segundo premio Federico García Lorca en 1998. Su poemario Versos de amor y de locura fue distinguido por el PEN Club de EEUU con el premio Edward y Lily Tucker, para la literatura paraguaya, en 2012; y la obra La luciérnaga alegre obtuvo Mención Honorífica Premio Municipal de Literatura 2016, entre otros reconocimientos, como el Premio ”Roque Gaona” por su libro de poemas Querido mío.  Los poemas seleccionados forman parte de su último libro, La canción que nunca Cesa (Asunción, 2022).



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