Colaboraciones

Patricia Gutiérrez: Algunos relatos de “Memorie di un iphone e altri racconti”, traducidos por Emilio Coco

Serie: Libros dedicados o enviados a A. P. Alencart / 16

Libro: “Memorie di un iphone e altri racconti” (Raffaelli Editore, Rimini, 2021, edición bilingüe, traducción al italiano de Emilio Coco.

 

Memorias de un iPhone

No soy el último modelo, no te gusta lo último. Aunque sea gratis. No te gusta la moda. Arisca. creo, que el último del que no te querías desprender fue un BlackBerry; decías que sus teclas te recordaban las de tu primera máquina de escribir. Sonido al apretarlas. Yo ya vine plano. Aunque, si quieres, le pones sonido.

Por descarte tuviste que subirte a la inteligencia artificial. No te quedó otra, y ahora soy tu agenda, tu máquina de escribir, tu repositorio de canciones, poemas, fotos, galerías, artículos de opinión; sólo te falta ponerme recetas de cocina, y me convierto en tu asistente personal. Valió la pena el cambio. No jodas. No puedes negarlo.

Te quejaste una semana entera, hasta que aprendiste mis habilidades inteligentes. Ahora sé más de ti que nadie. Todo lo que digo no me lo imagino; no tengo ‒todavía‒ esos dones. Todo lo sé porque tú misma me regalaste tus mails, tus chats, y comentarios. Tu carpeta “ideas”, con la que me entretengo en tus días grises, porque eres sol, pero a veces te me nublas. imperturbable.

Sé a qué hora te levantas y cuál fue tu última conexión. Siempre a la madrugada, leyendo sobre África y las niñas abusadas; sobre esas y otras iniquidades del ser humano. Parecieras querer curar lo que no tiene cura.

He revisado mi memoria. Tus fotos: tu hija Daniela, su perrita azul, Matías su novio, tu limonero, tu balcón, tu hermana, tu hermana, tu hermana, ¡ay! cuántas fotos de tu sobreviviente hermana. ¿Cómo sé eso? Fácil. Me remonto a un mail ‒al que también tengo acceso‒ donde le pides que sobreviva, que sin ella no podrías. Ya pasaron varios años ¿no?

También guardo la de tu otro hermano, esa en la que él te pide fuerzas, cuando te tocó a ti combatir un cáncer salido de la puta nada (ya empecé a hablar con tus palabras). Y te le fuiste encima, “como toro herido, con más brío que chance”; pongo comillas porque son tus palabras, las extraje de tu libro.

También guardo la carta de Luis ‒ese amor intermitente‒ dándote viento. Buen viento. Guardo todo. Lo sabes; y enfureces cuando aleatoriamente borro algo.

Es que, desde que te rompiste el brazo, nunca más usaste un ordenador, y me tienes abarrotado de mails, versos insomnes, cuentos sin terminar, cartas no enviadas, libros posibles e imposibles, lecturas, lees, lees, lees… Sé tanto, tantísimo, que podría dibujarte solo encaramando artículos, chats, poemas, y un par de temas que investigas.

Patricia, eres un algoritmo. Un algoritmo. Y el dueño de tu clave soy yo.

Te duele el codo. Puto codo que no cicatriza. Ya llevas 7 meses, y nada. Una herida abierta. Todas las bacterias del mundo acechan desde los taxis de la calle, las aceras, los basureros. El médico ya no sabe qué hacer ‒dices en un Whatsapp a tu hermana‒. Ella tiembla. Pero lo disimula bien en su respuesta. Ayer te hiciste una nueva curación, con agua, jabón y esponja abrasiva y yodo ‒a la antigua‒. Dejaste los hospitales privados y su ciencia, y te fuiste al público. Tu chamán dice que así sanó piernas brazos imposibles. Le crees, y va mejor.

Mandas una foto a tu hermana. ¡Qué mala cara tiene ese codo! Creo que sólo tú no sabes que eso es peligroso. Sigues tu rutina, trabajas, veo tus artículos escritos con tu mano sana. Marcas reuniones. expones. Diriges tus spots. Esos spots te salvan del destierro de ti misma. Ahí eres. Foto de fin de rodaje. Hecha pomada. Iluminada. Hermosa. No es un piropo. Cuando diriges tienes luz propia, aun con el brazo inmovilizado.

Pasaron nueve meses. Por fin cerró la herida. El chamán tenía razón: agua jabonosa con yodo, y raspar la herida hasta que sangre. Estás celebrando. Te tomas un vino. Tú y tu copa; y send a Daniela. Tu hija. Hasta tu palidez tiene tono en esa foto.

Silencio. Unos días de silencio. Te extraño. Pero qué vas a contar. Venciste una batalla. Estás agotada. Silencio. Nada. No escribes.

Luego tu primera aparición: un video que grabas en tu balcón. Drexler y una mariposa azul sobre tu dedo índice, le hablas para que no vuele ‒sé que sos vos, no te movás, quedate conmigo, si no te movés sabré que sos vos, y que todo saldrá bien ¿Sos vos madre? ¿Sos vos? Decime, si no te movés sabré que todo va a estar bien… y sigues hablando en el video. un mantra.

Ese día juro que hubiera llorado, pero no tengo –todavía‒ esa capacidad; y tu voz… ¡ay! tu voz, un hueco insondable tu voz… Silencio. Silencio. Otra vez el silencio.

Mis colegas dicen que a ellos los llenan de basura; ven lo que comen y beben sus humanos. El plato, la torta, la mesa arreglada para galas improbables. Y luego un concierto de cadenas; rezos, manitos juntas, y amén. Cientos de amén. Nadie se hace preguntas, nadie siembra dudas, comparten, comparten, y comparten. Pareciéramos repositorios de basura humanoide.

Se reza mucho en el wathsapp, dices ‒virtualmente claro‒ y, conociéndote dirías ‒con tanto rezo el mundo estaría mejor‒ pero sabes que es pura pantalla, literalmente. Luego viene el célebre ‒los tiempos de dios son perfectos‒ ¡no! ‒dices indignada en un post del face‒ ¡No son perfectos! ‒ mientras los niños sigan muriendo de hambre, mientras los curas sigan impunes después de violar las sagradas caritas de niños que confiaron en su cruz, pero no en su calvario ‒¡No! ‒ No son perfectos‒ mientras doce mujeres mueran a diario en América Latina, en manos de sus propios maridos. ¡No! repites, ‒los tiempos de Dios no son perfectos‒, lo publicaste en el diario El Deber, arguyendo la imperfección de sus tiempos, y de su existencia.

‒Rezar les toma menos tiempo que un like‒ y disminuye la culpa ¿no? Ves, ya nos hacemos las mismas preguntas… Me voy pareciendo a mi dueña.

A veces me pregunto por qué me hiciste el depositario de confesiones de toda índole ¿qué hice para tenerte?

Suena a queja, pero me emputa –hablando en tu jerga‒ que nunca te quejas. Pasa de todo, y vuelves a reír, como ‒un dolor que muerde‒ lo leí en uno de tus poemas, no me lo invento.

Me usaste para escribir sobre tu cáncer –ya son diez años ¿no? Tu radioterapia, y tus palabras no dichas. En este minúsculo teclado fuiste buscando, una a una, palabras que no se dicen, palabras sin nombre, ni adjetivo, ni verbo, así arribaste a “una palabra que no digo”, tu libro. Tuve miedo de que me dejes, Patricia.

No creo que pueda acostumbrarme a que otros dedos menos filosos, me toquen. Tienes la dureza de quien masca heridas con hielo, y ‒a la vez‒ una voz interna que enmudece hasta los más parcos (este tono poético / áspero lo he sacado del registro permanente de tus escritos). Cuando algo es muy fuerte ¿viste que me apago, y te borro lo escrito?

Es que así te obligo a salir, putear contra la tecnología, tomar un café, una cerveza fría con sal y limón, algún amigo, charlar, desestresar; y send una foto para tu hija ¡listo! Vuelves a reír. Me gusta verte reír.

Sin maquillaje, impúdica. ¿Sabías que cuando nos dejan tirados sobre una mesa ‒vía algoritmos‒ compartimos vuestros secretos? Te juro, que eres la única que no posa con boca de diva añosa y decadente. Patética boca. Tú ríes como una chica.

Tu alma es un poco mía. Tu maestría se escribió en mí. Posiblemente tu próximo libro también. esa fiereza con que tipeas es mía también ‒como hoy, que golpeas mis teclas atragantada; acabas de enterarte que perdiste un trabajo porque para variar un listillo te pasó la pierna. Tipeas turbia, y no te quejas, coño, no te quejas, sigues ahí, dándole a esta manía tuya de sobrevivir. No hay lugar que te sea inhóspito para escribir. No me gusta cuando te enamoras. Desde ahí, casi no escribes. Te prefiero sola y mía.

Hace tiempo que no tecleabas tan rápido. Las comas te huyen ¿Qué, te crees, Saramago? Ciega no estás para escribir ningún ensayo, pero ‒eso sí‒ desbordada y buscando ancla. Como él, antes que apareciera Pilar.

Está bien, me callo. Está bien, no opino. Soy sólo una suma de algoritmos. Ok, me callo. ¡Ya! Me callo. No me dejes solo. Escribe. Escribe…

Me apagaste.

Nadie teclea. Está oscuro aquí.

Encima, la batería se está acaban…

Memorie di un iPhone

Non sono l’ultimo modello, non ti piace ciò che è ultimo. Anche se è gratis. Non ti piace la moda. Scontrosa. Credo che l’ultimo di cui non volevi privarti sia stato un BlackBerry; dicevi che i suoi tasti ti ricordavano quelli della tua prima macchina da scrivere. Il suono quando li premevi. Io sono arrivato già piatto. Anche se, volendo, gli metti il suono.

Per esclusione hai dovuto far ricorso all’intelligenza artificiale. Non hai potuto fare altrimenti, e adesso sono la tua agenda, la tua macchina da scrivere, il tuo archivio di canzoni, poesie, foto, gallerie, articoli di opinione; non ti resta che metterci le ricette di cucina per trasformarmi nel tuo assistente personale. È valsa la pena il cambio. Non rompere. Non puoi negarlo.

Ti sei lamentata per una settimana intera, fino a che hai imparato le mie abilità intelligenti. Adesso so di te più di nessun altro. Tutto quello che dico non me lo immagino; non ho ‒ ancora ‒ questi doni. So tutto perché tu stessa mi hai regalato le tue mail, le tue chat e i tuoi commenti. La tua cartella “idee” con cui passo il tempo nei tuoi giorni grigi, perché sei un sole, ma a volte mi ti annebbi. imperturbabile.

So a che ora ti alzi e quale è stata la tua ultima connessione. Sempre all’alba, leggendo riguardo all’africa e alle bambine abusate; su queste e altre iniquità dell’essere umano. Sembreresti voler curare ciò per cui non c’è cura.

Ho controllato la mia memoria. Le tue foto: tua figlia Da- niela, la sua cagnolina azzurra, il suo fidanzato Mattia, il tuo limone, il tuo balcone, tua sorella, tua sorella, tua sorella, ahi! Quante foto della tua sopravvissuta sorella. Come lo so? Facile. risalgo a una mail ‒ alla quale pure ho acceso – dove le chiedi di sopravvivere, che senza di lei non potresti. Sono passati già diversi anni, no?

Conservo anche quella dell’altro tuo fratello, quella in cui ti chiede di essere forte, quando hai dovuto combattere contro un cancro venuto fuori da un cazzo di niente (ho già incominciato a parlare con le tue parole). E te lo sei portato addosso “come un toro ferito, con più brio che chance”, metto tra virgolette perché sono parole tue, le ho prese dal tuo libro.

Conservo anche la lettera di Luigi ‒quell’amore intermittente‒, con cui ti facevi vento. Buon vento. Conservo tutto. Lo sai, e t’infuri quando aleatoriamente cancello qualcosa. Il fatto è che, da quando ti sei rotto il braccio, non hai usato mai più un computer e mi tieni pieno di mail, di versi insonni, di racconti incompiuti, di lettere non inviate, di libri possibili e impossibili, di letture, leggi, leggi, leggi… So tanto, tantissimo, che potrei disegnarti solo ricorrendo ad articoli, chat, poesie e a un paio di temi su cui indaghi.

Patrizia, sei un algoritmo. Un algoritmo. e il possessore della tua chiave sono io.

Ti fa male il gomito. Quel cazzo di gomito che non si cicatrizza. Sono già sette mesi e niente. Una ferita aperta. Tutti i batteri del mondo ti fanno la posta dai taxi della strada, dai marciapiedi, dalle discariche. Il medico non sa più cosa fare – dici in un Whatsapp a tua sorella ‒. Lei trema. Ma lo nasconde bene nella sua risposta. Ieri ti sei fatta una nuova medicazione, con acqua, sapone, spugna abrasiva e iodio ‒ alla maniera antica ‒. Hai lasciato gli ospedali privati e la loro scienza, e sei entrata in quello pubblico. Il tuo sciamano dice che così ha guarito gambe, braccia impossibili. Gli credi, e va meglio.

Mandi una foto a tua sorella. Che brutto aspetto ha quel gomito! Credo che solo tu non sappia che è pericoloso. Continui con la tua routine, lavori, vedo i tuoi articoli scritti con la mano sana. Segni riunioni. Esponi. Invii i tuoi spot. Quegli spot ti salvano dall’esilio di te stessa. Eccoti. Foto di fine rodaggio. Distrutta. illuminata. Bella. Non è un complimento. Quando li invii hai una luce tua, anche con il braccio immobilizzato.

Sono passati nove mesi. Finalmente la ferita si è chiusa. Lo sciamano aveva ragione: acqua saponosa con iodio e grattare la ferita fino a che sanguina. Stai festeggiando. Ti prendi un vino. Tu e il tuo bicchiere; e send a Daniela. Tua figlia. Persino il tuo pallore ha un suo tono in quella foto.

Silenzio. Alcuni giorni di silenzio. Sento la tua mancanza. Ma che cosa racconterai. Hai vinto una battaglia. Sei esausta. Silenzio. Niente. Non scrivi.

Poi la tua prima apparizione: un video che incidi sul tuo balcone. Drexler e una farfalla azzurra sul tuo dito indice, le parli perché non voli ‒ so che sei tu, non ti muovere, resta con me, se non ti muovi saprò che sei tu e che tutto andrà bene. Sei tu, madre? Sei tu? Dimmi, se non ti muovi saprò che andrà tutto bene… e continui a parlare nel video. Un mantra.

Quel giorno giuro che avrei pianto, ma non ne sono ancora– capace; e la tua voce… ahi!, la tua voce, un vuoto insondabile la tua voce… Silenzio. Silenzio. Di nuovo il silenzio. i miei colleghi dicono che li riempiono di spazzatura; vedono quel che mangiano e bevono i loro umani. il piatto, la torta, la tavola apparecchiata per cerimonie improbabili. E poi un concerto di catene; preghiere, manine giunte, e amen. centinaia di amen. Nessuno si fa domande, nessuno semina dubbi, condividono, condividono e condividono. Come se fossimo archivi di spazzatura umanoide.

Si prega molto per Whatsapp, dici ‒ virtualmente, certo ‒ e, conoscendoti, diresti che con tante preghiere il mondo andrebbe meglio, ma sai che è puro schermo, letteralmente. Poi viene il celebre i tempi di dio sono perfetti, no! ‒ dici indignata in un post di facebook ‒ Non sono perfetti!, finché i bambini continueranno a morire di fame, finché i preti ne usciranno impuni dopo aver violentato le sacre faccine di bambini che hanno confidato nella sua croce ma non nel suo calvario. No!, non sono perfetti, finché dodici donne moriranno ogni giorno nell’america latina per mano dei loro propri mariti. No, ripeti, i tempi di Dio non sono perfetti, lo hai pubblicato sul quotidiano “el Deber”, adducendo l’imperfezione dei suoi tempi e della sua esistenza.

– Pregare, richiede meno tempo di un like ‒ e diminuisce la colpa, no? Vedi, ci facciamo già le stesse domande… assomiglio sempre più alla mia padrona.

A volte mi domando perché mi hai fatto depositario di confessioni di ogni tipo, che cosa ho fatto per averti?

Ha tutta l’apparenza di una lamentela, ma mi fa incazzare ‒ parlando nel tuo gergo ‒ che non ti lamenti mai. Succede di tutto e torni a ridere, come un dolore che morde, l’ho letto in una tua poesia, non me l’invento.

Mi hai usato per scrivere sul tuo cancro ‒ sono passati già dieci anni, no? ‒. La tua radioterapia e le tue parole non dette. Su questa minuscola tastiera sei andata a cercare, a una a una, le parole che non dicono, parole senza nome, né aggettivo, né verbo, così sei arrivata a una parola che non dico, il tuo libro. Ho avuto paura che mi lasciassi, Patrizia. Non credo di potermi abituare all’idea che altre dita meno affilate mi tocchino. Hai la durezza di chi mastica ferite col ghiaccio, e, allo stesso tempo, hai una voce interiore che fa ammutolire persino i più parchi (questo tono poetico / aspro l’ho preso dal registro permanente dei tuoi scritti).

Quando qualcosa è molto forte, hai visto che mi spengo e cancello quanto hai scritto?

Così ti costringo a uscire, a cazzeggiare contro la tecnologia, a prenderti un caffè, una birra fredda con sale e limone, a chiacchierare con qualche amico, rilassarti, e send una foto per tua figlia, Dai, torna a ridere. Mi piace vederti ridere. Senza trucco, impudica. Sapevi che quando ci lasciano buttati su un tavolo ‒ via algoritmi ‒ condividiamo i vostri segreti? Ti giuro che sei l’unica che non posa con la bocca di diva stagionata e decadente. Patetica bocca. Tu ridi come una ra- gazzina.

La tua anima è un poco mia. Il tuo master si è iscritto in me. Possibilmente anche il tuo prossimo libro. Questa forza con cui digiti è anche mia ‒ come oggi, che batti i miei tasti strozzata; ti sei appena resa conto che hai perso un lavoro perché te lo hanno rubato facendoti uno sgambetto. Digiti torbida e non ti lamenti, cazzo, non ti lamenti, rimani, con- tinua con questa mania tua di sopravvivere. Non c’è posto che ti sia inospitale per scrivere. Non mi piace quando ti innamori. Se lo fai, quasi non scrivi. Ti preferisco sola e mia. È da tempo che non digitavi così velocemente. Le virgole ti sfuggono. Ti credi forse Saramago? Non sei cieca abbastanza per poter scrivere alcun saggio, ma ‒ questo sì ‒ straripata e cercando un’ancora. Come lui, prima che apparisse Pilar. Va bene. Sto zitto. Va bene, non esprimo un’opinione. Sono solo una somma di algoritmi. Ok, sto zitto. Sì. Sto zitto. Non lasciarmi solo. Scrivi. Scrivi…

Mi hai spento.

Nessuno digita. È buio qui.

Per di più, la batteria si sta esaurendo

Rojo en cuarentena

Un marrón oscuro ‒medio bordó‒ me llama a gritos desde su esquina. Un tinto. Y los tintos siempre me zafaron. Este tinto bordea al negro; como la pasión, como la muerte cuando araña zapatos que ya no uso. De una, y sin pensar dos veces siquiera, me lo puse. Lo vi en mis uñas. un vaho áspero y alcoholizado empezó a treparse por mi cuerpo adormecido tras la monocromía de este encierro. Rojo intenso. Cincuenta años, mi primer rojo, y mi primera cuarentena.

Un silencio me cerca y arrincona. El rojo embiste mi centro. Mi alegría. Mi furia. Toros y sangre. Eso es la cuarentena; un toro bravío, y una mujer desnuda. Una disputa imposible y despareja. es viernes, y mis impolutas uñas se teñirán de rojo como las de Marilyn; salvándome ‒tal vez‒ de la inminente oscuridad que masculla gritos en calles vacías y sepulcrales. Rompo el silencio. La pausa global que nos encierra se quiebra, y se abre una grieta; procedo al ritual. Esmalte, manos vírgenes, y una batalla en guardia.

¡Por fin pillaste tu rojo, el rojo más puto posible! Dice Magela, feliz ‒en un recuerdo anclado antes de la cuarentena‒ habíamos quedado en ir de compras, y buscarlo hasta pillarlo; pero no la veo hace tanto que sus ojos se diluyen. Me queda su voz tintineante. Todavía no me quitaron la memoria; aunque las certezas me las cepillaron hace rato.

Vuelvo al esmalte. Un rojo profundo tiende un puente imposible entre mis caderas, y mis razones cartesianas. Yo trepada al rojo. Tras pasar la segunda capa, tacos imaginarios y briosos se suben a mi cuerpo enclenque; nuevos precipicios, placeres, y secretos.

¿Y, ahora a quién putas le mostrarás esas uñas rojas en pleno luto pandémico? Esa pregunta inoportuna me lleva directo al baño donde hay un espejo de cuerpo entero. Desde su encierro, patricia ‒con minúsculas‒ me mira. Ella ‒dormida en cuarentena‒ me mira cauta desde el espejo de mis miedos.

Reímos. La cuarentena desaparece. Nos vamos a dormir ‒no sé si salvas‒ pero indómitas. Empieza el desacato.

Rosso in quarantena

Un marrone scuro ‒ mezzo bordò ‒ mi chiama a gran voce dal suo angolo. uno scarlatto. E gli scarlatti mi hanno sempre schivata. Questo scarlatto rasenta il nero; come la passione, come la morte quando graffia scarpe che più non uso. D’un sol colpo, e senza pensarci nemmeno due volte, me lo sono messo. L’ho visto sulle mie unghie. Un vapore aspro e alcolico cominciò a salire per il mio corpo addormentato dietro la monocromia di questo carcere. Rosso intenso. Cinquant’anni, il mio primo rosso, e la mia prima quarantena.

Un silenzio mi assedia e mi confina. Il rosso carica il mio centro. La mia allegria. La mia furia. Tori e sangue. Questa è la quarantena; un toro selvaggio, e una donna nuda. Una lotta impossibile e impari. È venerdì e le mie immacolate unghie si tingeranno di rosso come quelle di Marilyn; salvandomi ‒ forse ‒ dall’imminente buio che farfuglia grida nelle strade vuote e sepolcrali. Rompo il silenzio. La pausa globale che ci imprigiona si spezza e si apre una crepa; procedo al rituale. Smalto, mani vergini e una battaglia in guardia.

Finalmente hai beccato il tuo rosso, il rosso più fottuto possibile! Dice Magela, felice, in un ricordo rimasto fissato prima della quarantena. Avevamo concordato di andare a fare shopping e di cercarlo fino a beccarlo; ma non la vedo, è da tempo che i suoi occhi si sono diluiti. Mi rimane la sua voce squillante. Non mi hanno ancora tolta la memoria, anche se le certezze me le hanno fatte fuori da qualche tempo. Torno allo smalto. Un rosso profondo tende un ponte impossibile tra i miei fianchi e le mie ragioni cartesiane. Io aggrappata al rosso. Dopo aver passato il secondo strato, tacchi immaginari ed eleganti sollevano il mio corpo malaticcio; muovi precipizi, piaceri e segreti.

E adesso a chi diavolo mostrerai quelle unghie rosse in pieno lutto pandemico? Questa domanda inopportuna mi porta diritto al bagno dove c’è uno specchio a figura intera. Dal suo carcere, patrizia ‒ con p minuscola ‒ mi guarda. Lei ‒ addormentata in quarantena ‒ mi guarda cauta dallo specchio delle mie paure.

Ridiamo. La quarantena scompare. Andiamo a dormire, non so se salve, ma indomite. comincia la disobbedienza.

 

La culpa es de ella…

Esa manía de enfermarme es culpa de ella, pienso cuando siento su ausencia. Esa culpa deliciosa y entrañable. Esa que la hace ser un gigante.

Febril, y con el pecho trancado en mocos infantiles ‒comunes y silvestres‒ ardiendo en bochornos, lo único que Ana quería, ansiaba ‒a sus siete‒ eran sus manos en la frente.

La frente ardiendo, y el alivio. La desazón, y el equilibrio. La enfermedad, y la salud súbita. La muerte huyendo despavorida; y la vida ‒mansa‒ anclándose en su cama. Ella curaba sus desasosiegos.

Pasaron casi treinta años de su muerte; 38,7 ‒dice el termómetro‒ y su memoria, caldeada‒ la regaña. ‒Ya no vendrá. Duerme, de una vez.; y deja de enfermarte, niña. Amén‒.

La colpa è di lei…

Quella mania di ammalarmi è colpa di lei, penso quando sento la sua assenza. Quella colpa deliziosa e profonda. Quella che la fa essere un gigante.

Febbrile e con il petto costipato dal muco infantile comune e selvaggio ‒ bruciando nell’afa, l’unica cosa che anna voleva, desiderava, ai suoi sette anni, erano le sue mani sulla fronte.

La fronte ardente e il sollievo. Il malessere e l’equilibrio. La malattia e la salute improvvisa. La morte che fugge spaventata e la vita ‒ docile ‒ che si aggrappa al suo letto. Lei curava le sue inquietudini.

Sono passati quasi trent’anni dalla sua morte. 38,7 dice il termometro ‒ e la sua memoria, arroventata, la rampogna. ‒ Non verrà più. Dormi una buona volta e smetti di ammalarti, bambina. Amen ‒.

Walter Raffaelli, Emilio Coco, Jacqueline Alencar y Alfredo Pérez Alencart, en Granada (Nicaragua)

Patricia Gutiérrez Paz (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 1960) es poeta, periodista y guionista de cine. Licenciada en periodismo y comunicación por la Pontificia Universidad Católica de Brasil en 1982. Ha publicado Memorias de un iPhone, en italiano y español (Raffaelli Editore, 2021) con la traducción del eximio poeta Emilio Coco. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Arte Palabra (Museo de Arte Contemporáneo, Bolivia, 2017), Una palabra que no digo (Editorial la Hoguera, 2014), y A través del cuerpo (Editorial El País, 1989). Su poesía hace parte de las siguientes antologías; Antología de Poesía Boliviana siglo XX, editada por VISOR España, 2015, recopilada por el poeta Homero Carvalho Oliva; Antologia della poesia boliviana d’oggi, Emilio Coco (Raffaelli Editore, 2019). Está presente en la Antología De Buris y Surazos de Óscar Gutiérrez (Fondo Editorial Gobierno Autónomo Municipal de Santa Cruz de la Sierra), Antología de poetas cruceñas (Grupo Editorial Kipus, 2019), y en Escritoras contemporáneas bolivianas (Kipus, 2019). Columnista del periódico El Deber. Es una de las gestoras del movimiento poético La Calleja.

 

 




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