Agradecemos al poeta A. P. Alencart, profesor de la Universidad de Salamanca, por permitirnos difundir este relato seguido de poema, escrito desde la vertiente del humor, como homenaje a su buen amigo Miguel Domínguez Berrueta, catedrático jubilado de Derecho Administrativo de la ocho veces centenaria Universidad de Salamanca. Estos textos se incluyeron como colofón de la antología poética GAUDEAMUS (Edifsa, Salamanca, 2018), año de celebración de las ocho centurias de tan prestigiosa Casa de Estudios.
I
No ha terminado el antes ni el ahora. Quizá por ello uno cierra los ojos y aparece próximo a ese porvenir que junta sus alas al darte los buenos días. Cierta mañana de un frío febrero me sorprendió un jolgorio a quemarropa: era la fiesta del Codex, de los alumnos que terminaban su licenciatura de Derecho. Me sumé a quienes, por las calles de Salamanca, curiosean por la procesión que llevaba en andas al patrono San Raimundo de Peñafort.
Disfrazados de magistrados y sacerdotes dominicos, los alumnos del quinto curso disfrutaban a más no poder: irrumpían en las aulas de Medicina y, megáfono en mano, voceaban humoradas y demás ironías contra dicha Facultad, pero también hacia políticos locales y a sus propios profesores de Leyes.
Llegados al Campo de San Francisco, la comitiva hizo una parada, dejaron al santo entre los árboles y subieron en andas a un hombre, vestido no como un obispo cualquiera, con sotana negra y botones morados, anillo pastoral o solideo morado. No, desde sus zapatos rojos indicaban más alta jerarquía: mitra, una casulla lujosamente bordada, un llamativo báculo, una cruz pectoral. La profusa barba le servía de eficaz disfraz.
Pude acercarme a pocos metros de él, mientras uno de los responsables de la Delegación de Estudiantes le inquiría para saber si el pregón que debía dar minutos más tarde en la Plaza Mayor sería sobre “Los tribunales de honor y la Constitución de 1978” o en torno a “La información reservada en el artículo 28 del reglamento de régimen disciplinario de los funcionarios de la administración del Estado de 10 de enero de 1986”. Ante el silencio, el empollón (o pelotas) quiso seguir tentando “¿No será sobre el incumplimiento en la concesión de servicio público, o bien unas reflexiones relativas a la Ley Orgánica para la Igualdad Efectiva de Mujeres y Hombres?”
El presunto Obispo no pudo más, y dijo: “¡Qué coñazo! Llevadme a la Plaza y alejadme de este aprendiz de leguleyo”.
Solo después de oír su voz reconocí al vicedecano de Derecho. Por vez primera –y última, creo entender- un profesor fue llevado en andas para el regocijo de sus alumnos. Cuando pasaba por mi lado, pude gritarle entre el bullicio: “¡Monseñor!”. Giró su cabeza y atinó a guiñarme el ojo derecho, como señal de complicidad. Luego empezó a cantar: “Gaudeamus igitur,/ iuvenes dum sumus”. Hizo un bis y se calló.
Cuando la procesión pasaba por el Palacio de Monterrey, volvió a entonar el himno, pero desde una estrofa que parecía encantarle, por el vigor que ponía en su empeño: “Vivant omnes virgines,/ faciles, formosae/ vivant et mulieres/ tenerae, amabiles/ bonae, laboriosae…”.
Me despedí con un gesto de manos, pues sabemos que en algún momento termina el juego de la vida.

II
Así es como se cuentan los días,
desde la parte remansada del Otro tiempo,
cuando Miguel me instalaba en la jungla del gozo
y arrancaba mis carcajadas de meteco
apenas llegado a la vieja Castilla.
Así es como una Facultad se alegra y está de fiesta
hasta la capea de Rodasviejas.
Así es como la estalactita del humor
merma en parte el esfuerzo
de aprenderse códigos y centones.
Así es como aprietan y aprietan los recuerdos
o la imaginación.


