Agradecemos al destacado poeta y gestor cultural peruano por permitirnos difundir siete poemas de su último libro, “Ejercicios de Escritura”
LENGUAJE
Esas horas de paz que me blasfeman,
esos silencios de piedra en mi mano,
gritándome, otra vez, de modo insano,
apuntan sin herir, pero me queman.
Esas lenguas al costado del poema,
sus sombras acercándose macabras,
no me atacan ahora con palabras,
sino con el puñal de otro dilema.
Yo debo ser un muerto en el paisaje,
una oración leyéndose en la guerra,
el estoico que empuña su mensaje.
Ese animal que a solas nos entierra
resucita también cuando el lenguaje
es solo una ventana que se cierra.
AL OTRO LADO DE LA GALAXIA
Papá sabe que lo pienso,
por eso un geranio me sorprende
a esta hora cuando la distancia es una mancha
con la que me atrevo a despintar el cielo:
sus árboles de cemento en las ventanas,
los pájaros que todavía me asombran
con el aleteo de sus palabras,
el estribillo que anuncia
la derrota del sol,
su rabia oculta en mi nostalgia,
la ira de Dios quebrándose en el agua
con la precisión de un disparo
perdiéndose
al otro lado de la galaxia.
Papá sabe cómo me siento,
conoce las réplicas,
el punto cardinal que mueve el día;
en su hombro
mi corazón es un gato
escribiéndole sus siete vidas.
BREVE ESTUDIO DEL ABISMO
Una tormenta cae sobre la piel del jaguar,
pero el jaguar duerme:
escribe en sus precipitaciones otra bitácora,
otro atentado contra su naturaleza,
contra el filo de sus dientes.
“La caza puede esperar”, ruge
mientras toca el abismo con una de sus garras.
BREVE ESTUDIO DEL INSOMNIO
AL OTRO LADO DE LA GUERRA
Escribo: “puerta” y la noche se abre
con su ejército de estrellas,
nos toca con su incendio
de gritos anudándonos la lengua.
Escribo: “símbolo”
y es como si una ráfaga de culpa
se agrupa en los cordeles de la luna.
Nadie se detiene
en las manchas del abismo:
los versos pasan
encabalgándose cual fieras.
No hay sombra en el paisaje.
Un hombre calla
al otro lado de la guerra.
SONATA DE MEDIANOCHE
Toco un poema
con la ilusión de escribirlo;
lo abrazo toda la noche,
tarareo una música.
No hay panteras aquí,
tampoco halcones,
apenas una libélula inclinándose al asombro:
su aleteo es la lluvia
mordiéndome los ojos.
Nadie escucha
los gritos,
nadie
la encrucijada de un espectro,
de una sombra quebrándose en silencio.
Toco un poema:
le hablo de mis animales,
de la emoción de mis bestias;
lo abrigo
con la ansiedad de escribirlo.

LLUVIA
Llueve en esta ciudad
y es como si un muerto hablara
de la tierra que me cobijó en la infancia,
el viejo molino en cuyas hélices
los pájaros sorteaban el rayo
y la velocidad de los relámpagos,
mi padre al filo de la carretera
con los brazos abiertos,
el corazón en sus manos, abierto,
cuidándonos del agua.
Hay una silueta entre los árboles
a quien no toca la lluvia,
una imagen con la forma de mi perfil,
una réplica de la noche,
los goterones de la mañana
salpicándole al silencio
el resplandor de una palabra,
la sintaxis de una aliteración
golpeando mi voluntad,
sus manos aferrándose
al brillo puntual de las torcazas.
Llueve sobre la catedral,
llueve sobre sus cúpulas de gárgolas,
llueve sobre los charcos donde salta
la liebre del día
con su color de estatua;
llueve aquí: adentro,
y no sé cómo evitar
la ceremonia
de los duendes y las hadas,
las regresiones como un flashback
perturbándome en la fragua.
ESTRATEGIA MATERNA
Mamá tocaba el mundo con su risa,
era su forma de abordarlo,
de ponerlo en nuestras manos
con la convicción de un ángel
que sabía del relámpago,
por eso nos elegía el agua,
la transparencia del oxígeno,
la utopía de un zorzal
que, aunque desplumándose,
trinaba al universo
la melodía más bella del planeta.
Qué era entonces el desasosiego,
la hojarasca atenta
a la vejez de los helechos,
quién el intrépido fantasma
si, con ella, no había casa
ni zaguán deshabitado.
Mamá poblaba el mundo con su risa:
era su forma de salvarlo.
YO ESQUIVABA ESTE POEMA
Este es el poema del que hui durante décadas,
en sus verbos un león detiene sus fauces,
sabe que no gana nada si lo ataca,
por eso lo rodea como quien increpa
el filo de sus adverbios;
el resplandor de sus imágenes
que caen
con la prepotencia de una serpiente
que lo muerde por dentro.
Yo esquivaba este poema:
cerraba las puertas
para que no tenga opción con sus recursos,
por eso aprendí
a consumirme en las metáforas,
en las antítesis de la tarde
cuando el agua
duplicaba las imperfecciones de mi calle:
fui el más puntual de sus escapistas,
el lobo que con sus garras
era capaz de quebrar la belleza de un narciso
preguntándose en la fábula
si sus dientes eran más perfectos y brutales
que la convicción de un símil
o de una hipérbole que empaña
las ventanas de una casa;
el alarido de quien sabe que ha perdido
el músculo de sus palabras,
la fibra de su rabia,
el relincho de aquellos caballos
que galopan en la carretera
sin la prepotencia de sus escuadras.
Yo me escondí durante años de este poema,
lo sabe el malecón a donde iba a refugiarme,
la Sáenz Peña y el silencio de su alameda,
la banca frente al Neptuno
sobre la que reinterpretaba esta barbarie,
este nudo que no sé cómo desatar
ahora que el ángel más bello de la masacre
me dicta los mensajes,
las cartas de navegación,
el ministerio de otras capitulaciones,
de otro coso dónde destajar
el pellejo de otras bestias;
lo sabe también el cuervo de mi niñez,
su aleteo que vislumbra los charcos
y las piedras donde aúllan
los zorros de la ausencia.
Yo escribía huyendo de este poema,
hasta que un día
se abrió frente a mí
una flor amarilla,
un girasol hablándome
con su lenguaje solar,
con esa música sacra
que me devolvió a la luz y sus fantasmas.
Yo ensayé para huir de este poema,
aprendí a convivir con la desolación
reinventándome,
picoteándome las plumas como un águila
en la montaña más insólita,
debía blindar al animal que represento,
debía blindar mis manos y sus nervios,
lo esquivé porque una historia
es escribir un poema sin padre
y otra es escribir un poema
sin padre y sin madre,
sin sus ojos inundándome de parques,
sin sus ojos abiertos poblándome de parques;
ahora el tiempo es un orco que amenaza,
un Polifemo que busca ciego
dónde fundar su Ítaca.
Este es el poema del que hui durante décadas,
en sus verbos un león continúa al acecho
de la primera manzana,
de aquel soplo brutal
que transformó mis hábitos de caza,
en su boca arde un incendio forestal,
quiero detenerlo o abrazarlo,
no puedo:
yo soy el hombre negado por la lluvia,
el trago impar de la madrugada,
las últimas arcadas.
Harold Alva (Piura, Perú. Abril de 1978). Escritor, editor y analista político. Director de Editorial Summa. Preside la organización del Festival Internacional Primavera Poética y la Fundación Iberoamericana para las Artes. Es autor de los libros: «Ejercicios de escritura» (2024), «Ceremonia» (2023), «Tocado por la lluvia» (2022), de las antologías poéticas «A tiempo completo» (2021) y «La épica del desastre» (2020). Publicó «Lima» (2012), «Sotto voce» (2003), «Morada & sombras» (1998), entre otros. Ha participado como expositor en diversas ferias de libros y festivales de poesía en Estados Unidos, México, Colombia, Ecuador, Bolivia, Chile, Argentina, España y Portugal. Antólogo de «La primera línea», y director de Poesía Iberoamericana, colección de cien títulos que publicó el 2020 con la Municipalidad de Lima. Director fundador de ContraPoder, fue director cultural de la Cámara Peruana del Libro, conductor y productor de programas de radio y televisión. En 2021, el Excmo. Ayuntamiento de Salamanca (España), lo declaró Huésped Distinguido. Ha sido coordinador general de la Feria Internacional del Libro de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, 2024 (México).

