El despertar humano
Para Álvaro Mutis
(con un recuerdo de Sor Juana Inés de la Cruz)
Cuando el aliento entrelazado
de la fuerza solar
y de la fuerza lunar
dentro del vientre rocoso de la noche
empieza a desatarse
dividiendo el uno por sus unos
y el perfume que embriaga de la noche
se disuelve y se posa
en las formas carnales y visibles
gentiles a la vista
más dulces y más frágiles
porque otra vez completas e incompletas
entonces
el aro verde azul
la cima de la curva apenas perceptible
del escondido disco
del sol al horizonte
empieza a distinguirse
y lentamente a subir
despacio despegándose
de la imagen nocturna
donde todo era uno
indistinta madeja
ovillo pleno
huevo dichoso de la noche
silencio más voces sin palabras
futuro del verbo
y pasado del acto de conciencia
feliz realización del regreso al principio
de otro modo inalcanzable
madurando
de a poco y sin embargo
a ojos vistas creciendo
cumpliéndose en dorado
y redondo durazno
de la nueva mañana
alta ofrenda de luz entre las luces
ante las cuales
privada y redimida
pequeño corazón colmado agradeciendo
yo me inclino.
Wild – Alma salvaje
Yo buscaba una forma
una imagen gemela
que me dijera al fin
quién soy y quién seré
pero encontré tu historia
de soledad y abusos
de formas sin sentido
de autodestrucción
hasta que un día
tú misma viste lo absurdo
y el error.
Y te fuiste a vivir
a la vida salvaje.
Tú sola en medio del desierto
caminaste cientos de quilómetros.
Querías encontrarte en medio
de todo lo que es todo.
Pero no estabas preparada.
Esa zorra se vino
muy cerca de tu tienda.
Tal vez quería comer.
El olor de tu carne
cocinada en el fuego
la atrajo sin remedio.
Pero tú no entendiste.
La llamaste angustiada.
“No te vayas, regresa.
¡Ven aquí, por favor!”.
Pero la zorra astuta
– eso al menos se dice –
la lengua de los hombres
nunca pudo aprenderla.
Ella quería un gesto,
deseaba un alimento.
Pero tú no entendiste.
Le ofreciste palabras,
gritos llenos de angustia.
¿Cómo hubiera podido
entender tu llamada?
La zorra solitaria
tal vez con sus cachorros
adentro de la cueva,
buscándoles bocados,
pensando solo en ellos
a ti no te entendía.
Y tú en medio del monte
buscando y no encontrando
la raíz de tu vida.
Tu vida fracasada
tu madre fallecida
tus amores frustrados
por culpa de quién sabe…
Qué dolor tan profundo
qué vacío, qué ausencia.
Y sin embargo un día,
en medio de tus sombras
que el sol iba acortando,
en medio de esa tierra
que tú hubieras llamado
con gracia “pachamama”,
cerca del lago abierto
que regala sus aguas
a las rocas erguidas,
un día te llegó
la voz tan esperada.
De dónde no lo sabes
pero hasta ti llegó.
Entró en tu corazón
y te dijo: “No busques.
Ya te has encontrado.
La vida es una sola
sagrada y misteriosa,
que lo sepas o no,
y por encima tuyo
un ala que no ves
agita el aire puro
que ha de llevarte al fin
al punto del encuentro
con la revelación”.
Contigo misma y con él.
Nos volveremos a ver
No quiero saber, no quiero,
si en el paraíso verde
que más allá nos espera
hay un dios gigante y bueno
que renunció a su poder
para darnos libertad
y así no pudo hacer nada
cuando un mal imprevisible
se atravesó en tu camino
y te arrancó de la vida.
Tal vez. Tal vez fuera así.
Yo no lo quiero saber.
Quiero tan solo soñar
con la promesa ideal
de un tiempo sin tiempo al fin
donde el Espíritu Santo
nos habrá de redimir
para dejarnos vagar
en el espacio azulado
y en el tiempo atemporal.
Nausicaa a Ulises
A Giovanni Quessep, aedo de Ulises
Como puerto en tu ruta hacia la nada
cada vez más exasperante
y cada vez más inevitable
mis abrazos te conducen
como en un plácido sueño
del primer amanecer
a la remota playa donde
una vez fue posible creer
que un día había de llegar el paraíso
y es la luz rosada que comienza
y es la brisa lenta de las palmas
y la fatiga de la noche sobre el viento
y la sonrisa triste que vaga
entre las manos ahora quietas
y es el silencio
porque tu viaje habrá de continuarse
lo sabemos
y las palabras del adiós
no lograrían decirte la ruina del castillo
el tiempo enfermo o la caída a tierra
del pájaro golpeado en pleno vuelo
así que en este último beso te declaro
que he renunciado al canto
y te dejo partir
mirándome los brazos pesadísimos
con todo lo que en otra historia
hubiera debido ser hermosamente tuyo
si el narrador quisiera
y te despido aquí desde la orilla
miro tu nave que se aleja
y sólo pido la clemencia del sueño
para la noche que vendrá
y la frescura de la tierra
en la desesperante nostalgia
que ya empieza.
Pantelleria
Era la tierra en medio de los mares
un círculo imperfecto
con pocas montañas y mesetas
con valles estrechos y profundos
sin playas con bahías rocosas
y con arcos de piedra
entre las piedras negras
tumultuosas
del principio volcánico.
Había sido fuego y erupción submarina
y mugir portentoso del toro atrapado
en el centro de una insólita estrella
sin luz
con luz adentro de su vientre marino
tensionado preñado
gimiendo en el parir una cúspide entera
de rocas tormentosas
sin ríos y sin fuentes
sin playas y sin costas
con montañas y valles
estrechos y profundos
y con arcos de piedra
sobre el mar
del origen.
Que antes aún de la eversión
de esa fuerza
fue calma milenaria
sumergida aplacada
en el sueño sin aire
del silencio profundo minucioso
del Ángel replegado
la cabeza escondida entre las alas
doble par
doble blanco infinito
para tanta espera
y tanta tenaz melancolía.

ESTRELLAS COMO NUDOS
Para Jorge Eduardo Eielson, in memoriam
Eran olas gigantes
y cuando rompían
contra la arena ingrávida
blanca, sutil y rutilante
se levantaba una nube
de estrellas diminutas.
Estrellas como nudos
enlazando el agua con la tierra
la tierra con la luz
el silencio de tu voz añorada
con la música que vive en el recuerdo.
Estrellas enormes como grandes nudos
como las olas
como la fuerza del estallido
en medio del espacio.
Estrellas diminutas
como nudos pequeños y apretados
minúsculos como granos de ceniza
que viajan por el aire
llevando su mensaje
de amor y de deseo.
La potencia de un sentimiento
que no sabe rendirse
y desafía por siempre y para siempre
la incomprensible y terca
amenaza de la muerte.
LA EXPULSIÓN
Con las alas en parte desplegadas
inmóvil en el aire
levantaba la espada por encima
de su propia cabeza.
¿Podía quedar algo
detrás de su figura luminosa?
¿Qué secreto guardaba
tras el rostro severo e impenetrable?
No podíamos hablar con ese ángel
pero él en nosotros encendía
el recuerdo imborrable
de los días vividos descubriendo
lugares nuevos y antiguas emociones
(o que más tarde habrían de ser antiguas).
Queríamos descubrir
el exacto sabor de la otra piel.
Queríamos saber de qué manera
se transformaba en vértigo el placer
dejándonos inermes
sobre la orilla de un río de caricias
inertes soñadoras
en fusiones en las que se perdía
la noción del límite del otro.
Habíamos comido muy cerca de las fuentes
habíamos mezclado agua fresca con fruta
nos habíamos pintado el cuerpo un día
con jugos densos de rarísimas plantas.
Habíamos cantado imitando el gorjeo
amable de los pájaros
y en el transcurso lento de los días
fuimos dándole nombre
a todo aquello que alrededor nuestro
empezaba ya a pertenecernos.
Sobre grandes hojas sabías ofrecerme
bocados exquisitos
pequeños cuerpos de animales tiernos
que se nos ofrecían
con entusiasmo heroico
en el giro feliz del ciclo de la vida.
Yo no entendía todas las palabras
y así me abandonaba al sonido hechicero
de notas bajas y altas
cariciosas y graves
sin entender el orden ni las reglas.
En cambio tú sabías lo que estaba prohibido
tratabas de evitar para los dos
la cumbre de la culpa y del remordimiento
querías transmitirme
como unidad imposible para mí
la dicha y el dolor
la obediencia a la ley
y la ebriedad de quien se siente libre.
Tratabas de enseñarme
que el éxtasis fulmina y es fugaz.
Tratabas de enseñarme
el valor del recuerdo,
la lentitud amorosa, la amistad.
Cuando se abrió de par en par la puerta
y fuimos expulsados
de mí salió un grito irreverente.
Me desperté de golpe
y vi mis sueños rotos a pedazos.
Me vi a mí misma polvo
que regresa a ser polvo.
Y a ti te vi arrancado de mis brazos.
Entonces entendí tus enseñanzas.
Y el recuerdo de la dicha pasada
vino a llenarme el corazón herido
uniendo consuelo y pena en la memoria.
Mientras salías te cubriste el rostro
y el Ángel inmutable dejaba su mirada
caer sobre nosotros
como una oración
como el primer reproche
o quizás mejor como la prueba
de la piedad divina dando inicio
a la historia de los seres humanos.
Martha CANFIELD (Montevideo, 1949) poeta, ensayista y traductora, estudió en el Instituto Caro y Cuervo y se doctoró en la Universidad Javeriana de Bogotá, donde asimismo inició su carrera como docente. Vive en Italia desde 1977 y es catedrática de Lengua y Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Florencia. Ha editado en italiano autores hispanoamericanos como Benedetti, Mutis, Eielson, Vargas Llosa, Cardenal, Eugenio Montejo, Idea Vilariño, Carmen Boullosa; y en español autores italianos como Pasolini, Sanguineti, Bufalino, Magrelli. Ha publicado estudios sobre López Velarde, Quiroga, Borges, Cortázar, Aurelio Arturo, García Márquez, poesía chicana. Dirige la colección “Latinoamericana” de la editorial florentina Le Lettere. Es miembro fundador y presidente del Centro Studi Jorge Eielson de Florencia. Es autora de seis poemarios en español y cinco en italiano, siendo los últimos Corazón abismo (2013) y Luna di giorno (2017); además han salido dos antologías de su obra poética: Sonriendo en el camino, a cargo de Márgara Russotto (Montevideo, 2011) y Flamante geografía, a cargo de Coral García (Lima, 2012). Ha recibido entre otros los siguientes premios: Premio de Traducción de los Institutos Cervantes de Italia por sus versiones de Mario Benedetti (2002); Premio «Orient-Occident for the Arts» (Rumania, 2006); Premio Iberoamericano Ramón López Velarde (México, 2015).
