En los últimos meses se ha hablado mucho del cuerpo de Teresa de Ávila. Hasta hace unos días seguían apareciendo en las noticias distintos argumentos a favor o en contra de la exhibición de sus restos. Valga esta mención para aclarar que estos dos poemas no tienen nada que ver con eso. Lo que presentamos en esta entrada de Tiberíades es un pequeño homenaje, siempre pertinente, a la gran voz femenina de la poesía y la espiritualidad de nuestra lengua. Hemos querido aunar un poema de una mujer con otro de autoría masculina. Agradecemos la generosa contribución e iniciativa de la poeta canaria Cecilia Álvarez.
Las alas de tu hábito
A Santa Teresa de Jesús
Cómo decirte, mujer,
que tu tiempo no fue vano,
que no fue vana tu pena,
que sí viviste
a pesar de no vivirte.
Cómo confiarte,
-luchadora y santa,
poeta del alma y de los sueños-
que sigues viva
entre la gente,
que no hay murallas que tapien
tu recuerdo,
ni campo
que ignore tu castellana presencia,
tus indelebles huellas
por caminos y senderos,
esbozando nuevos cantos
en claustros de silencio,
entre losas que sólo la fe resiste.
Cómo pedirte
que despliegues de nuevo
las alas de tu hábito
y abrigues,
divina y silente,
tantas almas deshabitadas,
tantos rostros desnudos
de esperanza
y el desamparo al borde de la nada.
Cómo rogarte
que abras nuevamente
el sosegado cielo de tus párpados,
que revivas
el aroma a tierra de tus manos
y proyectes,
-protectora y sabia-,
sobre nuestros apagados días,
la luz que te alumbrara
y el latir de tu corazón
que Alba de Tormes alberga.
CECILIA ÁLVAREZ

Tributo a Las moradas
We are ugly but we have the music.
Leonard Cohen
Me acuerdo de ti en Fonda Castelo,
tus silencios de fuego y de luz;
en el séptimo piso,
al final del pasillo,
donde el vértigo azul que no entiende
de vidrios, ventanas ni puertas.
Pisabas la uva,
metal en virutas.
Tú
tocabas el cielo,
yo chapoteaba en el cieno de normas y leyes.
Celaban las sabandijas ponzoñosas en barahúnda de trampantojos,
se cernían con lisos peldaños
lóbregas rampas de códigos graves,
suelas macizas de barro y de plomo,
y tú, nada,
mirabas con palomas de helio
y cantabas:
“Comamos y bebamos,
porque ayer ya morimos
de tanto no haber muerto”.
“La enramada alcemos y sirva de incienso”
gritabas
“Comamos y bebamos,
que a la tarde, a la noche, al alba, nos levantaremos”.
Hoy miro a mis pies y me hallo a las puertas,
maderos de sangre volaron los puentes,
no veo las escalas, tan solo descensos,
columnas de nube, murallas de fuego
que vienen, que bajan,
yugos de aire que elevan mis cargas.
Quiero correr y ya había llegado,
exprimo las uñas, cancelo mis párpados
y no hay otros soles, ya era de día.
Hoy rompo ascensores y quemo escaleras.
Juntos dinamitemos los muros, castillos, paredes
y descabecemos bedeles de paja.
Está clara la aurora, ahora lo veo,
y van dos milenios,
a tomar viento las velas, candiles, linternas.
Comamos, bebamos,
la mesa está puesta,
hay pan, hay sangre, hay agua,
tú pon los cabellos, yo pongo el perfume,
miremos al sol, miremos al suelo,
y recuerda:
tenemos visita.
Juan Carlos Martín Cobano

Imagen de cabecera: Santa Teresa de Jesús, de Francisco de Zurbarán
