Poemas de

Osiris Mosquea. ‘Éxodo de lluvia’ y otros poemas

Éxodo de lluvia

Estanques, aljibes y fuentes
levantan al aire sus espadas.
Federico García Lorca

La noche penetró en mí
como la soledad de este parque.

El viento suelto
se enreda en la silueta de mi sombra.

La lluvia dispersa sus granos luminosos
en el oficio antiguo de renacer
renaciendo en mí.

Me sumerjo en los charcos luminosos que ella forma
espejos donde saltan insaciables
las chispas, la crepitación de mi cuerpo
doblegado por el viento.

Profetizo que el silencio se irá
tras el ruido incesante de los cristales
éxodo sobre los paraguas
que escapan asustados por los truenos
cuando el flash de los relámpagos
retrata la furia de los amores nocturnos bajo la lluvia
la mirada de un perro estrellada en la ventana.

Contrapunto a Lorca en tres cantos

I

La guitarra mora canta
una pena de madrugada
hay lamento en los caninos, conventos y campanas
en las cumbres, los corazones
en los campos sin noche clara
y entonces
entonces comienza el llanto
el llanto de la guitarra:

Empieza el llanto
de la guitarra.
Se rompen las copas
de la madrugada.
Empieza el llanto
de la guitarra.
Es inútil callarla.
Es imposible callarla.            

II

4:45
madrugada de noche aciaga
nadie lo ve desde su ranura insomne
alguien cerró la ventana hacia donde mira el poeta
con la ternura de un recién nacido
con la certeza de lo que en Alfacar lo espera.

Hay sangre de toro en las fuentes de Granada
rumor de ira en los mantones de la higuera
en el soplo íntimo del olivar
cuando el puñal embiste el pecho del poeta
entre jazmines, nardos y jaramagos aún dormido.

Nunca fueron más tristes los portones de la Alhambra
nunca más melancólico el rumor del Guadalquivir
el llanto depositado en la fragua
candil de escarcha repartida en la plaza
en el raso cielo del Abayzín.

III

Los pájaros tiñen de verde su tonada
limo verde desaguado en sus pupilas
verde El paso de la siguiriya gitana que penas verdes canta
verde luna que en el Generalife tiembla
bajo la verde luz de su mirada
verde malva la piel del andaluz florido
verde la frente fecunda y transparente del poeta.

García Lorca, pintura de Miguel Elías

Entre otras cosas

Entre otras cosas
da lo mismo si hay cellisca o llueve
si es el amor o los amantes
en la ciudad que transitó el poeta
el mismo poeta en Nueva York
el que levantó su voz
junto a Whitman en los trenes
y le escribió estos versos como quien pare a un hijo:
Y tú, bello Walt Whitman, duerme a orillas del Hudson
con la barba hacia el polo y las manos abiertas.
El que libó la manzana de la boca de un pez en Central Park
y danzó con los negros entre edificios y palmeras en Cuba y NuevaYork.

Entre otras cosas
nosotros también mordimos la manzana
deshojamos en las esquinas
la hora sorda y amarga que golpea
una Karenina cualquiera en las calles
junto a un hombre que naufraga en su corbata roja
ella de verde y violeta
resignación de plomo en la cartera
bajo el muérgano sutil de la tarde
que transitó el poeta.

Pura desnudez

Desnuda sobre tu arruga gris, tu frío me resbala como los labios de un amante complacido.

Te doy mi desnudez
en el instante de tu obscena mirada
en tu delirio jadeante, en plenas calles
remolino agónico que ata y estremece
es fuego tu juego adyacente a mi cintura.

Te doy mi desnudez
que es larga y duele
habitando tu contradictorio ombligo
gangrenado, furtivo y blasfemo.

Te doy mi desnudez
en tu incestuoso paisaje
en los colores y estrellas que te nombran
en la brizna del llanto que escondes como un delito.

Te doy mi desnudez como una sombra retorcida
esparcida en toda tu extensión
y tengo. . .
tengo frío.

La palabra que callo

La palabra se niega a sí misma. Es otro el rumor en su voz muerta. Punzo su cuerpo inútilmente. Horizontal sobre mí resbala. viscosa se transfigura, penetra mi boca y me ahoga.

Del equipaje del silencio extraigo la palabra
miles acuden revelándose culpables en mi boca
derramada en mitad del tráfago de las calles
en los escaparates que alucinan
y el oropel de las fuentes incrédulas.

La fosa abierta de la ciudad
se traga montones de lenguas
a través del día
solo mis huellas delatan mi presencia
extraviada en cualquier mirada
sofocada en el olor de lana vieja
en el sudor de miedo demorado en mi cuerpo
viajando hacia adentro
ahogándome en la palabra que callo.

Tras el cristal

Detrás del cristal, todo se diluye, antagoniza y se hace sombra: el parpadeo de los faroles en las calles, la lluvia que cae, la marca de un transeúnte arrojada sobre el asfalto, los quietísimos momentos añiles y casi nulos de unos ojos tras la ventana. Todo lo engullen las alcantarillas al caer la lluvia, hasta la caricia niña que navega en algún cuerpo sembrando una semilla.

Una neblina gris me acedía
detrás del cristal de la ventana
y un acre olor flota en los rincones de la casa.

La piel de la cebolla lame las paredes
que esconden las malversadas palabras
las dichas, las no dichas
las horas derrotadas en el círculo de la alfombra.

Un chubasco golpea en la esquina
el rancio escote de la calle
las luz se inclina sobre la oscura visión de un transeúnte
que remoja sus lágrimas con la lluvia
como si fueran las últimas.

El reloj continúa dando las horas
sin importarle el chubasco
la mirada indiscreta de la lámpara
o las transitadas calles de New York.

Las alcantarillas engullen
los secretos de la noche
todo lo que abraza en su vientre bajo la lluvia
y con fugaz resentimiento
el ojo del farol me espía.

En la suerte de la isla

Tú que amas esta ciudad de nadie, de fugas….
tú que navegas en la suerte de la isla
donde una señora en el centro del Hudson
con aires de reina —Por cierto francesa—
te recibe, te da la bienvenida y te seduce
regalándote el miedo por adelantado
la libertad condicionada a unas palabras entre paréntesis
donde todo, todo es diariamente perfecto.

Tú que te quedas en este péndulo de sueños
que viajas en la amplia maleta del tren
con la dosis exacta para ignorarlo todo
viviendo las horas de minuto y medio
escamoteándole a la suerte
la verde y enigmática sonrisa de Roosevelt
en una constelación de egos por no perderlo todo.

En esta ciudad que yo también habito
el centauro en Wall Street
se coloca la mitra o el bicornio
bendice las monedas que saciadas de veneno
recorren las calles de Manhattan
donde no se cuentan los naufragios
ni las veces que la nostalgia discreta
se cuelga en las alas de los pájaros
que ciegos se suicidan
en las fauces de las luces de Broadway.

Tú  que habitas esta ciudad de todos
de paredes vomitando apellidos
como el tuyo, como el mío
nombres huecos y lejanos
de muertos en refriegas ajenas
espiados por los ojos de los edificios
transitando atado al cinturón del miedo
que nos engulle en una fosa común
sudando la sangre que se queda en el filo de la navaja.

Todos los colores de Harlem

Es negra la danza del negro de Harlem. Negra la raíz, sus santos y la comida. También negros los labios que tocan el saxo, la trompeta y el trombón. Son negras las manos que golpean el cuero del yembé, la jícara que resuena y se pierde en las caderas danzantes del Apolo Theatre. El contrabajo se derrite en el contoneo de un Swing y el Jazz, casi profano, se mese indomable.

La mirada del negro no es la misma en el espejo
se rompe de nostalgias en el Harlem River
en la presencia sorda
de su huella digital en las tabernas.

Harlem, pieza de museo de interés para turistas
repoblándose de blancos madrugadores
paseando sus perros
vestidos a la última moda canina.

Repleto de un canto que tanto pesa
Charlie Parker se descompone en el tiempo
con un jazz en la punta de la lengua
en las notas de un saxo subversivo.

Gospel, Swwing, Charleston y Calipso
y la negra Jomes perdida en dos o tres compases de un blues
en la fuga de un blues
talla los versos con su cante hondo en las tardes de Manhattan
riega la manzana con rumores abstractos
de historias que aún no se han contado
sacando de su pecho viejas heridas.

Davis se ahonda en el portón de su negrura
ébano, tiempo
voz, lengua sin temor alguno
subterráneo ombligo
atezado orgullo, pluma.

En su negra, amarilla, blancura sombra
Harlem con sus brazos quebrados
sigue aquí junto al River
deformándose en su geografía.

Después de las diez

Pálidos hilos caen sobre New York
la ciudad es un cántaro
que recoge la ofrenda de la noche
el frío una voz huérfana
creciendo dentro de mí.

El grito de la sangre
hace un nido multicolor
desemboca en el punto de una aguja
en la saeta que arranca de la barba del viejo Whitman
sus mariposas de escarcha.

Saludo sin voz
la presencia invisible que convoco
que en la clepsidra se dilata y se vierte
mientras yo, sigo aferrada a los días
que vírgenes se hacen pequeños
suaves como seda de oriente sobre mi cuerpo.

El día se viste de su edad al caer la tarde
las sonoras campanas me anuncian
que son más de las diez
tiempo del laberinto
de las cosas dichas y olvidadas.

La noche tiene claro sus dominios
y se destocan en el horizonte
las últimas horas de este viaje.

La noche de las últimas luciérnagas

Es la noche de las luciérnagas
sus verdes gastados son bombillas olvidadas
aleteos destemplados de alas abatidas por el viento
en la noche que inventa largas madrugadas.

Un espacio turbio es ahora el crepúsculo
fascinación de las cosas arcanas
del sabor avinagrado que retoza en mi boca
cuando la ventisca sorprende mis ojos frente a la ventana
y el silencio es un abismo en mi garganta.

El viento es ahora dulce sobre el tragaluz
un acorde memorioso esparcido sin rémora por la estancia
y mi lecho conserva el júbilo de la última estación
tan cercano a los deseos que se escapan
en esta noche de las últimas luciérnagas.

El viento besa como un murmullo

El viento sopla y susurra cosas en su viaje
sacude la nieve desde los edificios
y cae como tules sobre mi cabeza.

Los árboles están hinchados de algodones cristalinos
que en las tardes ruedan en un llanto inconcluso
cual lagrimas delgadas
que el viento besa como un murmullo.

Las ramas tiemblan llenas de incertidumbre
no saben si tendrán verde primavera
ya son muchos los inviernos repetidos en sus hojas
plantados en su memoria.

Cada vez es inédita la nieve que cae
y el viento incansable que la agita rencoroso
cuando resignada se acumula en las aceras
sin saber que hacer con las pisadas
que errantes se pierden sobre su blancura.

Yvelisse Fanith, A. P. Alencart y Osiris Mosquea, en Nueva York

Osiris Mosquea [República Dominicana]. Poeta y narradora. Es graduada de Licenciada en Contabilidad por la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Posee un Master of Spanish Language and Literature, The City College of New York. Estudió cuentos y arte español del siglo XX en la Universidad de la Rioja, España. Creación Literaria Dirigida al Mercado Cultural y Representación y Afrodescendencia en la Universidad Complutense de Madrid, España. Gestora cultural. Fundadora de Trazarte Huellas Creativas en la ciudad de Nueva York y coeditora de la revista Trazos. Sus trabajos han sido publicados en revistas, periódicos y en diferentes antologías nacionales e internacionales. Ha recibido algunos reconocimientos como: la dedicación de la lX Feria Internacional del Libro de Escritoras dominicanas en la ciudad de Nueva York, La mujer Alada, entre otros. Tiene publicado los libros: Raga del Tiempo 2009 (poesías). Viandante en Nueva York, Artepoetíca Press. New York, 2013 (poesía). Una mujer: todas las mujeres, miCielo ediciones. México, 2015 (poesía). De segunda mano, Books & Smith. New York, 2018, (narrativa). Desde la soledad de los puertos, Proyecto Editorial La Chifurnia (Colección Hypatia). El Salvador, 2019.




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