Dante Maffia, tres veces nominado al Premio Nobel de Literatura y considerado el mayor poeta italiano viviente, reseña Carne e sangue, de Vito Davoli.
Es raro encontrar una voz de poeta siempre compuesta y siempre atenta a la medida expresiva, que no traspase los límites de una realidad vivida y reelaborada para captar sus esencias y convertirlas en imágenes que conservar.
Sí, lo primero que hace agradable esta colección es el timbre expresivo, la capacidad de captar emociones y hacerlas poesía sin extras, sin excesos, sin añadidos demasiado literarios que hubieran hecho que las expresiones estuvieran ligadas a una estación y no a la marea desorientadora del conjunto.
Al fin y al cabo, una obra que se presenta bajo la bendición de las dos más grandes poetas rusas, y no sólo, Anna Achmatova y Marina Cvetaeva, quiere dar a entender que se mueve en atmósferas altisonantes, en ascensiones líricas que quieren demostrar que la poesía es levadura que se acumula a partir de flujos indistintos que maceran procesos infinitos para poder asir esa inmovilidad «en un tiempo falso / que más que ningún otro nos pertenece».
En la presentación del libro se insistió de inmediato en la «unidad estilística» del volumen para guiarnos hacia una lectura dentro de un marco riguroso, pero en el libro hay repentinos estallidos de luz que desplazan las distancias y crean aperturas hacia una dilatación de los sentidos que en Vito Davoli son un apuro.
Puede decirse que cada composición de Carne e sangue es como si naciera de una necesidad biológica que luego necesita encontrar el espacio espiritual para percibir el misterioso latido que sugiere al poeta el camino a seguir. Davoli vive la escritura como una fiebre que le fibrila y le permite discernir la música interior, y por tanto la ligereza espiritual, precisamente porque no olvida que estamos hechos de carne y hueso. Un proceso que hace florecer palabras aladas y dicta versos inolvidables como los de Le musiche del tempo e me o como los de Finisce: «Te puse fresca / en las músicas del tiempo / mientras te acariciaban / en tus párpados dormidos, / en tus labios inconscientes / anhelantes de mí».
En resumen, estamos ante un poeta que no quiere que las palabras se conviertan en literatura y ya está, sino que siga siendo siempre la esencia de un torrente interior capaz de captar la embriaguez de las emociones y la esencia del vivir. Un poeta que sabe renacer «sin cenizas ni ruinas / mamando leche / de las ubres del tiempo».

