«Una Cultura depende de la configuración que lo divino haya tomado frente al hombre, de la relación declarada y encubierta de todo lo que permite que se haga en su nombre y, aún más, de la contienda posible entre el hombre, su adorador, y esa realidad; de la exigencia y de la gracia que el alma humana, a través de la imagen divina, se otorga a sí misma».
-María Zambrano-
Con el título «Y la muerte se muere», Odalys Interián Guerra le ofrece al lector un inquietante cuaderno de poemas; un volumen que constituye un auténtico ejercicio intertextual a partir de presupuestos bíblicos. Así, la poeta nos conmina a entrar a su recinto en el que nos esperan -en el umbral- el profeta Isaías y dos apóstoles: Juan y Pablo; una tríada que nos adelanta a qué manjar se nos invita: «Vitorearemos hasta romper los nudos de silencios/ hasta dar con la voz en el mazo de intemperies/ hasta que el dolor se rompa —el hilo de tristeza—./ Hasta que toda esa escarcha de la angustia/ sea barrida por el canto/ por los aleluyas que ensanchan la vena del sol/ por los jubileos que vendrán». Sí, la autora abre las puertas a la gran conmemoración donde el último enemigo será destruido, y ese mysterium fascinans, ese tono hímnico, declara «el festín/ la avellana gigante del destello y las armonías./ La piedra angular/ el dedal único/cociéndonos al tiempo y la esperanza».
Escribir poesía -tomando como hipertexto a la Biblia-, hilvanar lo poético desde estas remembranzas y hacerlo sistémico, ya es un empuje otro para la literatura cubana. Desde «Espejo de paciencia» (Especulum patientae), hasta ciertas zonas de la lírica actual, encontramos destellos atomísticos, detenimitientos entusiastas (ya sea por lo cultural o porque el terreno estuvo fértil para el creyente-poeta) en estos entuertos que el canon literario, en más de una generación, vetó sin ambages.
En cambio, Odalys Interián -a más de dar con el contexto idóneo- nos llega con un libro de 71 poemas que articula el tópico «muerte» con una sensibilidad tapizada por poderosos postulados bíblicos. No es su propuesta la de un esquema predecible, desde el que pesquisemos la defensa de una u otra escuela (o denominación) de la cristiandad. El cuaderno enclava su discurso en al menos cuatro bloques significacionales: el espacio, el tiempo, la P(p)alabra y el amor: núcleos culturales bordeados por el gran eje temático: la muerte: a) «Llamar a la muerte desde aquí/ no desde el insomnio/ sino desde aquí /desde esta ribera/ desde la blanca esfera que llena los destinos de la luz»; b) «Dios mide el tiempo con su sombra/ sus palabras son clavos /que atraviesan/ el corazón de la muerte».
Y citamos entonces a Mircea Eliade quien, en su volumen «Lo sagrado y lo profano», explicita:
«La revelación de un espacio sagrado permite obtener «un punto fijo», orientarse en la homogeneidad caótica, «fundar el Mundo» y vivir realmente. Por el contrario, la experiencia profana mantiene la homogeneidad y, por consiguiente, la relatividad del espacio. Toda orientación verdadera desaparece, pues el «punto fijo» no goza ya de un estatuto ontológico único: aparece y desaparece según las necesidades cotidianas. A decir verdad, ya no hay «Mundo», sino tan sólo fragmentos de un universo roto, la masa amorfa de una infinidad de «lugares» más o menos neutros en los que se mueve el hombre bajo el imperio de las obligaciones de toda existencia integrada en una sociedad». (Mircea Eliade: Lo sagrado y lo profano, Ediciones Paidós Ibérica, Barcelona, 1998)
Es así, que la autora del libro que nos ocupa se debate entre ese espacio «amorfo», «fragmentario» y este otro que le permite fundar el Mundo, el primigenio, el patio de Dios: a) «Mira está cayendo el límite/ que nos separa de la invisibilidad/ está el aire lleno de una verdad/ que sigue respirándonos», b) «El mundo es esa suma de espejismos./ Ángel /crucemos el portón/ la pared de ojo de esos cielos/ los tiempos benditos que germinan/ mientras gotean las altas torres del maná», c) «A pesar del polvo /del triste polvo que somos./ Sigo llenando el aire de plegarias./ Sigo entonando himnos/ de bienaventuranzas», d) «El cosmos abierto /la palabra/ interminable /Walt/ el infinito de las cosas/ que tienden su pequeña maravilla», e) «Piensa en la eternidad./ Que no se encoja tu ojo /que bailen en él/ los siete paraísos de la visión punzante/ esa catarsis de la luna que no envejece».
Como se lee, en estos botones de muestra vibra la revelación de una realidad absoluta, que se opone a la no-realidad de la inmensa extensión circundante. El ente religioso, incluso, descree de la efectividad de los sentidos terrenos: anhela ser parte del Todo, allí, en ese cosmos abierto que es una convocatoria a palpar la medida del infinito de las cosas. Según Víctor Hugo, es afán de los seres extraordinarios lograr un sitio en el excelso promontorio que nos facilita ver esa patria cuya condición es desprenderse de lo telúrico. Por ello, el apóstol Pablo declarara refiriéndose al amor: «Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido» (1era Cor. 13:12, Versión Reina Valera, 1960). Ese «entonces» (que también presupone «la otra orilla») es un luego y un sitio despejado de las consecuencias de la caída original. Allí -y después- el conocimiento de nosotros mismos (el yo) compendia una mirada panorámica, completa del ser escindido que nos encarcela: «Ven de puntillas/ espía el largo monólogo de las estrellas./ Mira desde aquí /desde la propia maravilla del ojo/ que se contenta con descubrir/ los altos pilares del sol y la belleza».
Cuando Mircea Eliade se refiere al tiempo, añade:
«Podría decirse del tiempo sagrado que no «transcurre», que no constituye una «duración» irreversible. Es un Tiempo ontológico por excelencia, «parmenídeo»: siempre igual a sí mismo, no cambia ni se agota. Desde cierto punto de vista, esta «salida» periódica del Tiempo histórico, y sobre todo las consecuencias que tiene para la existencia global del hombre religioso, puede parecer como un rechazo de la libertad creadora. Se trata, en suma, de un eterno retorno in illo tempore». (Mircea Eliade: Lo sagrado y lo profano, Ediciones Paidós Ibérica, Barcelona, 1998)
Del paraíso perdido al paraíso recobrado: un ideologema propio del cristianismo: «Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria». (1era Corintios 15:54, Versión Reina-Valera 1960). La Interián ajusta su discurso poético en este sentido: «Sí/me ha mordido el tiempo/ el mismo que desarregla las palabras/ con su sonido imperturbable./ Me ha domado como tamo rebelde/ sigue empujándome. / Espío el colapso de los días/ la flotilla de luces que llegan desparramadas a confundir con su amago de libertad./ El tiempo es una jaula /lo sabemos/ el río que cruzamos con las manos atadas/ la crecida donde damos pataletas de ahogados». Es una lamentación: el tiempo sagrado está distante, el profano es el que juega su rol en una existencia donde «está la montaña de sol sobre nosotros/ está la nube de plomo /densa y mortífera/ y está el dolor ramificándose. /Solo nos queda un verano/ un tiempo lleno de temblor y espacios huérfanos». Sí, es la dolorosa polémica, la controversia con ese «animal con fiebre que es el tiempo/ la larga hemorragia de los días que no sobreviven».
La (P)palabra es también un núcleo semántico que erige su irradiante significación en esta serie de poemas. A saber, la Biblia es la fuente hiperonímica que soporta el peso de los enunciados: es ella el perímetro del círculo, la circunferencia que adopta tangentes, secantes y todos los radios posibles hasta la infinitud. La Palabra de Dios como punto de partida y como propósito final del emisor de cada discurso. En cambio, se advierte el fluido de esa otra palabra, la poética: a) «espero las palabras /el alivio que va/ de visión en visión./ Espero /sí /sigo esperando/ hasta que el verso abra el tramo de arteria y luz/y marchite /y corte el rayo de sombra/ que sobrevive -el largo símbolo del horror», b) «palabra bomba-tiempo-oscuridad/ fragmentada en su rutina/ azotada por la suma de catástrofes/ por el cabestro de tristeza y orfandad/ que son ahora los días». Ambas: la Palabra y la palabra, resumidas en (U)una cuando la poeta nos dice: «Por Cristo /quién atará la lengua que ha sido desatada/ quién dirá /esta es la poesía /este el Verbo inabarcable:/ Un Sol entre soles /abriéndonos el reino./ Qué fiesta se ha sellado sobre el tiempo/Un futuro más grande que todo el ayer». He aquí el poema como esquema de salvación, el verbo como acto, como portador del sacrificio último, en aras de devolvernos el espacio y el tiempo primordiales. Y es que si bien el «Logos» de Dios ejecuta la Creación del mundo físico (Romanos 1:20), la intervención del «logos» del ente religioso goza de una ampliación de las escalas y categorías de la realidad, gracias a que entre él y el objeto dado se interpone una proliferante zarabanda de asociaciones, gracias a que la poesía es percepción orientada al conocimiento. Conocimiento aquí entendido no como juicio sino como conciencia, y la conciencia entendida como testificación inmediata de lo real. Odalys se las agencia -así- para ejercer una ruptura del nivel ordinario de conciencia. Se abre camino, entre las malezas de lo obvio, para vivenciar la Unidad, allí, donde nos espera la salud trascendental; allí, donde se aniquilan las impresiones nimias y provincianas, y se nos convoca a un regreso a las cosas mismas: a) «Toda palabra es riesgo. Adagio de un eco infinito./ Y está el mundo invisible con su sonido y vibración/ confundiendo a los hombres /desconcertando a las filosofías./ La eternidad no es más enigma que la fe./ Jesús qué es nuestra nada ante ti/ qué es mi sed /mi humanidad/ los exilios del ser dentro de su propia burbuja», b) «La poesía que llega con su apostolado/ henchida de soberbia /como un ángel/ con su inventario de salvación». Y esta palabra poética nos hace recordar aquella exaltación del apóstol Juan:
Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor (…) y vi que del trono salían relámpagos y truenos y voces; y delante del trono ardían siete lámparas de fuego, las cuales son los siete espíritus de Dios. Y delante del trono había como un mar de vidrio semejante al cristal; y junto al trono, y alrededor del trono, cuatro seres vivientes llenos de ojos delante y detrás. (Apocalipsis 1:10,11, Versión Reina-Valera 1960).
¿Y este mundo? ¿Esta maravilla: es real o éxtasis tropológico? ¿Acaso el Apóstol Juan fue llevado en Espíritu al día del Señor para fundirse a un gesto surrealista? ¿Es puro simbolismo esto que vio Juan? No se crea. La Interián nos convence de que la visitación a la Realidad Otra presupone una fe. Conque las Santas Escrituras abundan en dichas metáforas que se refieren a existencias reales, lo que ha arrastrado, durante siglos, a millones de personas que las creen, incluso que las testimonian. La poética de la cubana, pues, no nos presenta un mundo metafórico, sino una realidad cuya vida es táctil, que está más allá de su imagen y expresión; una realidad sugerida, que nos conduce a sus columnas y que luego se nos borra. Y es que los ojos dilatados de la autora alcanzan los niveles más altos de la Revelación.
He aquí entonces que los presupuestos semiológicos de Umberto Eco constituyen instrumentos utilísimos a la hora de traernos a este tipo de poesía. El proyecto de la semiótica es, según Eco, estudiar la cultura a partir de la descomposición de sus signos en una numerosa variedad de objetos y acontecimientos; hay que concientizar luego que dicho estudio supone un desglose analítico de las partes de un todo, de un todo densamente significacional. Según él, la cultura alcanza su grado óptimo para ser comprendida si se le aborda desde la semiótica, y -como es de suponer- todos los valores culturales presentes en ese corpus obedecen a leyes semióticas. En el capítulo «La función semiótica», de su «Tratado de Semiótica General», el semiólogo europeo pone en tela de juicio el concepto de signo, cuyo tratamiento tradicional no resuelve la compleja urdimbre de intervalos y de notas que conforman el ademán de llevar la realidad al texto. De tal forma, es de vital importancia considerar las siguientes palabras:
Por tanto, si bien el referente puede ser el objeto nombrado o designado por una expresión, cuando se usa el lenguaje para mencionar estados del mundo, hay que suponer, por otra parte, que en principio una expresión no designa un objeto, sino que transmite un CONTENIDO CULTURAL. (Umberto Eco, Tratado de Semiótica General, Editorial Lumen, S.A. 2005).
Desde este ángulo se corrobora si el signo es válido o no. Desde aquí hay, primero, que escudriñar cómo se produce la percepción y, más tarde, cómo la existencia del universo nombrado (su ser) culmina siendo demostrado, definido. La Interián nos aclara que para captar ese Reino es necesaria una exaltación del espíritu, un estado límite en el que las escalas del cronotopo proyecten su dilatación. Una mirada ordinaria por -ello- no puede lograr un intercambio profundo con una realidad cuyo abigarramiento exige rebasar lo meramente sensitivo: «La imaginación es viento/ vuela en ella ciudad /recorre/ la vena de hermosura del crepúsculo./ Lo visible ha sido revelado/ y lo invisible /también./ Hay días así —como si tropezáramos con toda la oscuridad de la Tierra.»
«Y la muerte se muere» -además- no desprecia las posibilidades de la lingüística para sugerir, potenciar, sus intenciones comunicativas. Todo texto escrito es acción desde un «sistema modelizante secundario», por lo que las palabras -montadas en el esquema escritural- comunican enriquecedoramente más allá de su disposición sígnica. Siendo así, la mayoría de los poemas de este cuaderno configuran su voz desde un hablante poemático apelativo, que es tomar de la mano el modo imperativo de las conjugaciones verbales, lo que resulta en mandatos, ordenanzas, disposiciones que el receptor ha de tener en cuenta para «vaciar a la muerte de significación». Este gesto conminatorio -deslizado tanto al ente profano, como a ángeles, a Jehová, a la P(p)alabra, al O(tro), a lo (O)otro, al «yo» o al «nosotros», culmina en una gimnasia espiritual de liberación: todas las libertades posibles, a fin de alcanzar ese más allá que para Odalys Interián es una teopraxis, una ejecución que se respira en el aquí y el ahora, ya que «ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios» (Mateo 12:28).
Parafraseamos por esto una declaración de Jesús Espeja en su libro «Jesús de Nazaret»: La expresión «Reino de Dios» es producto de una profunda experiencia, que degusta intensamente la cercanía de Dios que interviene para cambiar situaciones, y manifiesta esa sensación en el lenguaje poético. Por eso Jesús decía «a qué compararemos el Reino de Dios». La experiencia es tan fuerte y tan rica que no es posible comunicarla del todo.
Leer a la poeta cubana no puede ser -para nada- una piedra de tropiezo. La atmósfera aparentemente densa de su discurso no involucra al lector en una equivocidad tropológica de lucimiento. No respira aquí la «egolatría expresiva» ni malabares estilísticos que compliquen el decir. No: la transparencia es palpable y los enunciados fluyen en una comprensión que no se vuelve traumática. Eso sí, las maniobras intertextuales que emplea dirigen su mirada al gran Texto; ese cuya polisemia exige que el receptor acople la tesis de la «muerte derrotada» hacia las múltiples variables que la Biblia ofrece.
Asimismo, las referencias culturales no solo nacen de las Sagradas Escrituras, también Whitman, Dylan, Rilke, Wittgenstein, Vallejo, Clarice Lispector, Paul Celan, Rabindranath Tagore y Poe desfilan en este mosaico para ser recontextualizados, para -en fin- engarzar sus voces al discurso único y plural de la reconciliación con «el Creador de todas las cosas»: «Un ángel Rilke/ el que vive en la belleza perfecta/ irá despertándonos/ un tiempo sin edad /la idea de un futuro./ Porque más allá de todo está la vida./ En esa larga fiesta todo se hará entonces.»
Este «hacer», este «crear», es in illo tempore, y ya el signo no sería de dos caras como diseñó Ferdinand de Saussure: abre su diapasón para un signo aglutinante, esférico, total.
Las circunstancias del aquí y del ahora aluden al allá y al después: se necesitan la metáfora, la alegoría, el símbolo, la sinestesia; la parábola. El vocablo no es suficiente; queda relegado a una denominación obvia -misma- aun desde lo estético. Es por eso que la empresa de «Y la muerte se muere» arrastra con un cúmulo de manifestaciones tropológicas que no quedan (estáticas/extáticas) en sí mismas: vertebran un proyecto más ambicioso que encriptarse en enamorar los oídos, en «deslumbrar los ojos con óleos aparenciales».
Odalys Interián Guerra es capaz de parasitar el comportamiento de la episteme. Lejos de aproximarnos a la realidad expuesta desde lo exclusivamente sensitivo o conceptual, su ojo poético es una impronta del conocimiento holístico.
El término referente, cuestionado por Umberto Eco, es, por su naturaleza empírica, no pertinente para captar una realidad cuyo presupuesto cósmico no se acomoda a la denominación rayana, al influjo condicionado por la mismidad.
La poeta, a tono con Alejo Carpentier, expondría:
Pero es que muchos se olvidan, con disfrazarse de magos a poco costo, que lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge una inesperada alteración de la realidad (el milagro), de una revelación privilegiada de la realidad, de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad, de una ampliación de las escalas y categorías de la realidad, percibidas con singular intensidad en virtud de una exaltación del espíritu que lo conduce a un modo de estado límite. (Alejo Carpentier, El Reino de este mundo, Editorial Letras Cubanas, 1980).
A ese estado límite nos lleva Odalys, porque «también yo canto para ti/ y cuando digo luz /es luz/ sin ninguna emboscada».
-Giraldo Segura Riquenes-
La Habana. 19/8/2025.

Giraldo Segura Riquenes (Santiago de Cuba 1970). Licenciado en Letras (1993). Premio «Luis Rogelio Nogueras» (1988) con el cuaderno «Isla de Patmos». Premio «Pinos nuevos» con el cuaderno «En el nombre del Padre» (1996), publicado por «Letras Cubanas». «Premio Aladécima» (2001), con el cuaderno «Mi carne cruda» (2002, Ediciones Hipocampo). Recientemente publicó el libro «Divergencias» (2024) por Letras Cubanas. También en Argentina se publica «Alrededor del murciélago» (2024), en coautoría con Sadys Ramos Cruz. Aparece en las antologías: «Prisionera del aire» (Cuba) y «Décima cósmica» (México). Actualmente funge como instructor de literatura en la Casa de Cultura»Rita Montaner», Guanabacoa, Cuba.
