El libro o, mejor dicho, la palabra escrita siempre ha entrado en crisis a través de los siglos. Quizás el aprieto más intenso y dramático ocurrió cuando los impresores ocuparon el estatus de los escritores y periodistas, con la aparición de la imprenta y más tarde con la prensa plana, la rotativa y las nuevas tecnologías con lo que todas las piezas escritas se modernizaban para originar una producción masiva de la palabra.
Hoy de nuevo la palabra escrita enfrenta otro reto: la Inteligencia Artificial y sus algoritmos matemáticos convertidos en letras fantasmas denominadas digitalización.
Escribir para explorar el sentimiento humano ha sido una constante tanto en las novelas de ficción, como en libros de ensayos, ambos con objetivos comunes bajo estrategias diferentes. Vargas Llosa refirió, en el texto La verdad de las mentiras, lo siguiente:
“En efecto, las novelas mienten, pero eso es solo una parte de la historia. La otra es que, mintiendo, expresan una curiosa verdad, que solo puede expresarse disimulada y encubierta, disfrazada de lo que no es…Pero, en realidad, se trata de algo muy sencillo. Los hombres no están contentos con su suerte y casi todo quisieran una vida distinta de la que viven. Para aplacar ese apetito –tramposamente– nacieron las ficciones. Ellas se escriben y se leen para que los seres humanos tengan las vidas que no se resignan a no tener. En el embrión de toda novela bulle una inconformidad, late un deseo”.
Según la neurociencia la función de nuestros cerebros es la de proteger a la especie humana ante todas las adversidades, por ello este maravilloso órgano ejecutivo siempre se anticipa a un hecho favorable o desfavorable para recompensarnos o evitarnos penurias, es decir nuestro cerebro predice los sucesos futuros basándose en experiencias pasadas que reposan en lo más profundo de su estructura. Y son los recuerdos, nuestras memorias las que deben acudir al auxilio cuando de manipulaciones mediáticas se trata. Sin ellas, sin esas experiencias somos animales indefensos frente a la tecnología que se nos avecina, de no proceder como lo dictaría nuestro sentido común.
Divulgar cómo funciona nuestro cerebro es más que un deber, una postura ética y moral. Paradójicamente gracias también al avance de la tecnología se ha logrado penetrar los confines más ocultos del cerebro y con ello no contaba la IA: se trata de una nueva disciplina revolucionaria de la medicina que viene a ser el estudio científico multidisciplinario del sistema nervioso que abarca la estructura, el desarrollo, la función y el comportamiento de las neuronas simples hasta las redes neuronales más complejas.
Su objetivo es comprender cómo el sistema nervioso crea funciones que originan el pensamiento, modulan las emociones y consolidan el movimiento, con el fin de aplicar este conocimiento a los trastornos neurológicos y mejorar áreas como la educación mental y la salud pública.
La buena noticia es que dicha disciplina se puede aplicar a otras especialidades del conocimiento que no solo se encuentran dentro del estatus de la salud, sino que trascienden al campo humanístico tal cual la sociología, la música, el arte, la antropología, la literatura, la psicología, la comunicación social y paremos de contar.
Pero atengámonos a lo nuestro: las artes, entre ellas la literatura o bien la comunicación interpersonal, bien oral como la poesía o los cuentos de caminos o la escritura, como las miles de novelas que se publican a diario en el mundo entero donde los autores plasman sus emociones a través de la ficción para disimular sus sentimientos o denunciar con sus crónicas y ensayos la dura realidad que en este inicio de siglo nos está tocando vivir.
Aplicar la neurociencia, a sabiendas de cómo funciona nuestro cerebro, a todas las creaciones intelectuales del ser humano puede ser una de las tareas entre otras para sobrevivir a la mentira y a la manipulación de las redes sociales gobernadas por la IA.
Solo basta un clip en el celular para ver a la intrusa actuar a su antojo debilitando la creatividad y el libre albedrío. No permitir esta intrusión es de una emergencia imperante en los seres humanos pues, las redes sociales parecieran simular las emociones y los sentimientos en tiempo real con lo cual manipulan el pensamiento y las acciones de los ciudadanos, obnubilados ante la avalancha informativa que restringe la capacidad de distinguir la ficción de la realidad.
Por ello se hace necesario cambiar el esquema en que nos comunicamos unos a otros. La verdad ya no es la fórmula de la creencia entre iguales puesto que en medio de tanta telaraña se desdibujó hasta hacerse prácticamente invisible. Sugeriría humildemente hablar y, escribir con “intención” pues si hay algo que nos distingue como seres humanos de las demás especies es que cuando nos comunicamos entre nosotros, los hacemos intencionalmente.
Un mecanismo interesante que contribuiría a no caer en la manipulación motivacional de la IA es la emoción, solo disponible en la memoria del hipotálamo y otros órganos del cuerpo, que activan ciertas moléculas que a su vez intervienen en los sentimientos de manera directa. En las emociones está la clave del cambio porque las máquinas carecen de ellas, solo disimulan, sobre todo el ChatGpt 6 y el avance del deep learning (que se supone una máquina pensante) que incluso se reservan el derecho de dar consejos a los adolescentes en facetas tan sensibles como el amor, el desamor y el suicidio.
Gustavo Oliveros: Magister en Ciencias de la comunicación, escritor y periodista con cursos intensivos en Neurociencia aplicada a la comunicación. Editor de Barralibros.
