Tiberíades agradece al poeta peruano-salmantino por permitirnos difundir los cuatro poemas que leyó el sábado 27 de febrero, durante el VIII Festival Primavera Poética, celebrado en Lima bajo la dirección de Harold Alva. En dicha lectura, Alencart acompañó a Cecilia Quílez (España), Dafne Meezs (Chile), Enrique Solinas (Argentina) y Estefanía Cabello (España). Las pinturas son del notable artista venezolano Mario Abreu. La lectura estuvo coordinada por Luis Miguel Cangalaya.
El toro encantado
Quizás yo sólo sea el reverso de una sombra
o la figura revelada bajo el último relámpago
sobre el paisaje de mi heredad,
allá donde estaba soñando el porvenir
montado sobre un toro tan antiguo como el amor,
más acá de la altura del barranco de los aguajales,
emplumado con calendarios que ignoran
la desaparición de tan verde lugar.
El toro es lo único que me resta de aquel paraíso.
Voy por sendas sobre tan noble animal
cuyo bramido hace que rememore el encantamiento,
de todo lo que era posible entonces,
cuando cielos y bosques ensanchaban mi corazón.
Quizás mi destino se fraguó alrededor del toro
cuyas fuerzas no flaquean por su cuero
resbaloso de presagios.
Pero todo se confunde en la ceremonia
que dentellea lo dichoso entre árboles ululando
al sentirme volver tras larga ausencia.
Quizás en otra época mis pies trazaron la trocha
de libertad por la que me lleva el animal.
Al final del camino, el toro parece comprender
el mucho secreto de mi tristeza. Sabe de mí,
pues él mismo se grabó mi nombre en su frente.
Quizás yo sea ese toro que recoge las sobras
del festín y entierra las patas en el suelo
de su antiguo paraíso.

Gacela mía
II
En la hora temblorosa se abren las compuertas del cielo.
Un antiquísimo deseo destila su metafísica
para que llueva por los aires la simiente.
Aquí mi Amada
usando
la vara mágica por la boca y la manzana,
floreciendo entre aromas de evasión
o galas delirantes,
torciéndose junto a la eternidad de mi sangre
que prevalece
como cedro ardiendo
en sitio fragante donde el espíritu
se derrama
hasta clarear lo oscuro.
“¡Encélate, Amado, porque el cielo
es todavía! ¡Pasa por la horquilla del relámpago
y atrévete a descifrarme por entero!”.
Heme ahí,
honrando
el altar del exilio, la lámpara entre mis manos,
el lecho que no es ajeno a las delicias,
la lanzadera de mis huesos…
¡Ah, que me encierren con los pies desnudos
y se abra para mí el hospicio
o el jardín donde al final se clama!
“Mi Amado es benevolente,
mi Amado me arrebata,
mi Amado viene para que yo siga,
mi Amado me remoja en los calores de la tarde,
mi Amado se despoja para que yo reciba…
¡Canta, oh pájaro del Edén,
canta sobre la colina que multiplica las visiones!”.
Debo ir a la Esposa,
fecundarla bajo el círculo del sueño,
darle agua de más vida para que nada tema
mientras se entrega a la fuerza
del designio, mientras siente el sismo
y huele la miel silvestre de este linaje mío
tan oreado por las travesías.
Voy hacia ti,
Esposa de mi siembra y mi cosecha,
voy
hacia el ángulo
de tus genuflexiones.
“Mi cuerpo se despierta virgen.
Ven, Amado de las andaduras con espino.
Ven, que te daré cálidos chubascos de confidencias.
Ven, que ya no quiero más calma en las aguas
que se me empozan”.
Esposa mía,
gacela de los sagrados bosques,
¡No me quedo con los brazos cruzados
y voy hacia tu espacio
para el examen de pesas y medidas!

Forastero
Tierras duras, ¿dónde un hueco para este paria
que no se resiente ni a la menoscuarto? ¿Dónde
un catre roto para tiritar lento otra amanecida?
¡Aquí acudo, mis murmuradores! ¡Aquí perforo
la tela en pos de trashumancias! ¡Aquí, pisando
cepos, trastabillo y aprieto los dientes y hambreo
hasta roer la piedra! ¡Aquí resiembro espinas
que me torturarán más allá de la extremaunción!
¡Sí, gentes huidizas del abrazo o del desangre,
vine para deambular por el hedor de la basura!
Tierras duras, ¡ni baratijas traigo ni lujos pido
al hosco secano de vuestro corazón! Amados
prójimos, ¿por qué huyen de mi faz mendiga?
¿Mías las fronteras, los visados? ¡Nada es mío
salvo el horizonte boreal no sujeto a la muerte
o la aguja que de continuo taladra el minutero!
Tierras duras, tierras empinadas por los siglos,
¿dónde unos granos de trigo?, ¿dónde el zumo
de dulce viña? ¿Dónde un colchón de paja vieja
para posar mi fatiga sin brecha o mi día cardal?
¡Creo en el maná que veo en la mano del Amor!

Vamos a recoger los escombros
Vamos a recoger los escombros
y ver qué se puede hacer con lo que ha quedado.
Los días caídos, las horas sombrías,
los minutos que, mes a mes, tanto se hicieron notar:
escarbemos todo ese tiempo
que trajo su propio pavor mientras pasaba;
limpiemos las viejas llaves del corazón;
desenterremos los cánticos
que quedaron debajo de las bocas turbadas;
saludemos de nuevo a quienes
se apartaban al vernos…
Tenemos el fervor para seguir,
una linterna alumbrando nuestros pasos,
aunque las ambulancias sigan
su tránsito frenético y todavía pocas parejas
se tomen las manos cuando el crepúsculo.
Nada de algarabías: sólo muestras de humildad
para que el árbol del miedo
no siga floreciendo, para que el amor
vaya dejando sus marcas secretas,
para que la poderosa realidad
se abstenga de elogiar a los veleidosos…
Vamos a recoger los escombros
y ver qué se puede hacer con lo que ha quedado.

