Alfredo Pérez Alencart

Álvaro Mutis, camino de Salamanca

Ayer cumplió años Álvaro Mutis, sumando otro anillo al árbol hasta llegar a los 96, pues había nacido en Bogotá el 25 de agosto de 1923. Celebro su vida, pues no me interesan las necrológicas y menos las que se estilan hacer a los personajes reconocidos, casi siempre preparadas con antelación y, por lo general, destilando una melosidad desagradable. ¡Y qué no se encuentra uno en estas necrológicas!: cierta vez, cuando la muerte de mi gran amigo-maestro Gastón Baquero, leí, en El País, una necrológica diciendo que era uno de los poetas más grandes de la lengua castellana. La firmaba un pseudo-crítico que pocos años antes había hablado mal de él, durante la votación para el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Quería que lo obtuviera uno de los ‘suyos’, aunque no fuera de los ‘más grandes’. En fin…

Pero volvamos a Álvaro. Me alegro su marcha haya sido un domingo, el 22 de septiembre de 2013, en Ciudad de México, un día dedicado al Poeta galileo, para los que no tenemos vergüenza alguna de reconocernos cristianos. Esto lo dijo y se publicó en 1991: “Siempre he creído en Dios, tengo una actitud religiosa ante la vida y creo que todo poema es una forma de orar. Hace mucho que no voy a misa y la política de la iglesia católica en los últimos años me parece equivocada. Soy cristiano”.

Fue en julio de 1991 cuando tuve el privilegio de presentarle en el Palacio Real de Madrid, junto a Gonzalo Rojas, Emilio Adolfo Westphalen, Olga Orozco y Francisco Matos Paoli. Hoy todos ellos ya no están en carne presente, pero de cierto que sí en espíritu y en obra.

Matos Paoli, Orozco, Mutis, Westphalen y Rojas, captado por el fotógrafo de El País justo antes de partir hacia Salamanca

Dicho acto, organizado por Patrimonio Nacional y la Universidad de Salamanca, era el encuentro previo al todavía más trascendente, celebrado en el Edifico Histórico de la Usal, con presencia de los nombrados, pero también de varios otros notables poetas, como Eugenio Montejo, Carlos Contramaestre, Pedro Shimose, Sergio Macías… Irrepetible e inolvidable fue ese Foro de Poesía Iberoamericana que coordiné con Carlos Schwartz, periodista de El País. Tanto en Madrid como en Salamanca los abrazos y las risas no escasearon estando al lado de Álvaro, un auténtico encantador de auditorios, con esa poderosa voz de locutor de radionovelas.

Años después de los abrazos y de estas declaraciones, el poeta y narrador colombiano recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y el Premio Cervantes de las Letras, entre otros.

Ahora solo quiero recordar lo profundamente entrañada que tenía a Salamanca desde sus tiempos jóvenes, cuando la visitó y cuando escribió su poema “Cita”, que ahora reproduzco íntegro, para memorar al poeta que se hizo famoso escribiendo novelas con temas y personajes que, en su mayor parte, ya estaban en sus poemas. Basta citar a Maqroll el gaviero… Por lo que me contó, y teniendo en cuenta la distancia que faltaba para llegar a Salamanca, su ‘avistamiento’ del Quijote’ fue en Peñaranda de Bracamonte.

Su voz, al otro lado del teléfono y del océano, se conmovió cuando le llamé para invitarlo a Salamanca: “Ah, viejo, no sabes el premio que es para mí volver a recorrer las calles por donde pasearon Unamuno y Fray Luis de León”, me dijo en ese lejano mes de enero de 1991, cuando coordinaba su venida.

Tras la Velada poética en el Palacio de Oriente, al día siguiente fuimos a la Residencia de Estudiantes, donde se hospedaban, con el fin de llevarlos a Salamanca para que participarán en los actos programados en la Universidad. Álvaro, Carmen Miracle (su esposa) y Olga Orozco se subieron al coche del rectorado, mientras que Gonzalo Rojas iba como copiloto mío, mientras que Jacqueline e Hilda, nuestras esposas, estaban en la parte posterior del pequeño Ford fiesta, sin aire acondicionado en un tórrido verano. Mi preocupación radicaba en que ya salíamos tarde de Madrid y llegaríamos después que cerrara el comedor del hotelito que entonces tenía la propia universidad, a unos pasos del Patio de Escuelas. No lo decía, pero temía que a nuestra llegada no habría posibilidad de comer allí. Como es lógico, el potente coche del rectorado hizo el trayecto algo más rápido y, cuando nosotros llegamos, en vez de caras largas por la falta de comida, lo que escuchábamos eran carcajadas y brindis chocando las copas, y más risas. Bajamos las escaleras y oh, sorpresa, Álvaro estaba rodeado por las trabajadoras del restaurante, bien aprovisionado de queso, pan y jamón, además de buen vino tinto: “Sírvanse, hermanitos”, nos dijo. “Sírvanse algo mientras terminan de prepararnos la comida”. No pudimos contener la sonrisa y los cuatro nos sumamos a ese picoteo. Tal era la empatía que irradiaba Álvaro, que a los tres días, cuando debían volver a Madrid y de ahí a México, las empleadas no pusieron ocultar las lágrimas…

A. P. Alencart, E. A. Whestphalen y Álvaro Mutis en el Palacio Real de Madrid, julio 1991 (foto de Jacqueline Alencar)

En definitiva, esto comenté en una entrevista publicada en Colombia hace pocos años: “Hay personas que en un breve tiempo logran impactarte para siempre. Hay otras con las que puedes relacionarte durante lustros o décadas y poco o nada logran nutrir tu tránsito existencial. Álvaro era y es de los primeros. Compartí con él pocos días del mes de julio de 1991, tanto en Madrid como en Salamanca, en dos actos poéticos. Las conversaciones que tuve con él me resultan inolvidables, también sus gestos y explicaciones hacia un joven aprendiz. Sería extenso hablar de esos breves instantes perdurables…”.

Nada de necrológicas y sí el aprecio a un hombre que destiló su especial afecto hacia mí, un joven al que llamaba ‘viejo’. Y por ahí, por la Rúa Mayor, mientras nuestras esposas avanzaban camino al Colegio Mayor Fonseca, no cesaba de decirme: “Viejo, ¿por qué los cuatro no vos vamos a comer un cochinillo de Peñaranda?”. ¡Cuánto me habría ‘nutrido’ esa comida! Pero tuve que decirle que todos debíamos ir al Fonseca, pues un responsable de la Universidad me ‘excomulgaría’ si íbamos menos de los comensales previstos para ese mediodía. A lo que Álvaro respondió: “No se hable más, mi viejo, que yo se sido organizador de estas vainas y hay que cumplir. Pero mañana me escapo con Carmen en busca de ese cochinillo”. Y nos reímos, pues lo cierto es que el menú que nos servían dejaba mucho que desear…

Aquí les dejo con el poema citado y los otros textos que leyó en Salamanca, durante el Foro de Poesía Iberoamericana celebrado en el Edificio Histórico de la Universidad de Salamanca.

Álvaro Mutis en el Foro de Salamanca (1991 foto de Alfredo Pérez Alencart)

Cita

Para Eulalio y Rafaela

Camino de Salamanca. El verano
establece sobre Castilla su luz abrasadora.
El autobús espera para arreglar una avería
en un pueblo cuyo nombre ya he olvidado.
Me interno por callejas donde el tórrido
silencio deshace el tiempo en el atónito polvo
que cruza el aire con mansa parsimonia.
El empedrado corredor de una fonda
me invita con su sombra a refugiarme
en sus arcadas. Entro. La sala está vacía,
nadie en el pequeño jardín cuya frescura
se esparce desde el tazón de piedra
de la fuente hasta la humilde penumbra
de los aposentos. Por un estrecho pasillo
desemboco en un corral ruinoso
que me devuelve al tiempo de las diligencias.
Entre la tierra del piso sobresale
lo que antes fuera el brocal de un pozo.
De repente, en medio del silencio,
bajo el resplandor intacto del verano,
lo veo velar sus armas, meditar abstraído
y de sus ojos tristes demorar la mirada
en este intruso que, sin medir sus pasos,
ha llegado hasta él desde esas Indias
de las que tiene una vaga noticia.
Por el camino he venido recordando, recreando
sus hechos mientras cruzábamos las tierras labrantías.
Lo tuve tan presente, tan cercano,
que ahora que lo encuentro me parece
que se trata de una cita urdida
con minuciosa paciencia en tantos años
de fervor sin tregua por este Caballero
de la Triste Figura, por su lección
que ha de durar lo que duren los hombres,
por su vigilia poblada de improbables
hazañas que son nuestro pan de cada día.
No debo interrumpir su dolorido velar
en este pozo segado por la mísera incuria
de los hombres. Me retiro. Recorro una vez más
las callejas de este pueblo castellano
y a nadie participo del encuentro.
En una hora estaremos en Alba de Tormes.
¿Cómo hace España para albergar tanta impaciente savia
que sostiene el desolado insistir de nuestra vida,
tanta obstinada sangre para amar y morir según enseña
el rendido amador de Dulcinea?

Dedicatoria de Mutis para Pérez Alencart

Cada poema

Cada poema un pájaro que huye
del sitio señalado por la plaga.
Cada poema un traje de la muerte
por las calles y plazas inundadas
en la cera letal de los vencidos.
Cada poema un paso hacia la muerte,
una falsa moneda de rescate,
un tiro al blanco en medio de la noche
horadando los puentes sobre el río,
cuyas dormidas aguas viajan
de la vieja ciudad hacia los campos
donde el día prepara sus hogueras.
Cada poema un tacto yerto
del que yace en la losa de las clínicas,
un ávido anzuelo que recorre
el limo blando de las sepulturas.
Cada poema un lento naufragio del deseo,
un crujir de los mástiles y jarcias
que sostienen el peso de la vida.
Cada poema un estruendo de lienzos que derrumban
sobre el rugir helado de las aguas
el albo aparejo del velamen.
Cada poema invadiendo y desgarrando
la amarga telaraña del hastío.
Cada poema nace de un ciego centinela
que grita al hondo hueco de la noche
el santo y seña de su desventura.
Agua de sueño, fuente de ceniza,
piedra porosa de los mataderos,
madera en sombra de las siemprevivas,
metal que dobla por los condenados,
aceite funeral de doble filo,
cotidiano sudario del poeta,
cada poema esparce sobre el mundo
el agrio cereal de la agonía.

Antología del Fondo de Cultura Económica

Grieta matinal

Cala tu miseria,
sondéala, conoce sus más escondidas cavernas.
Aceita los engranajes de tu miseria,
ponla en tu camino, ábrete paso con ella
y en cada puerta golpea
con los blancos cartílagos de tu miseria.
Compárala con la de otras gentes
y mide bien el asombro de sus diferencias,
la singular agudeza de sus bordes.
Ampárate en los suaves ángulos de tu miseria.
Ten presente a cada hora
que su materia es tu materia,
el único puerto del que conoces cada rada,
cada boya, cada señal desde la cálida tierra
donde llegas a reinar como Crusoe
entre la muchedumbre de sombras
que te rozan y con las que tropiezas
sin entender su propósito ni su costumbre.
Cultiva tu miseria,
hazla perdurable,
aliméntate de su savia,
envuélvete en el manto tejido con sus más secretos hilos.
Aprende a reconocerla entre todas,
no permitas que sea familiar a los otros
ni que la prolonguen abusivamente los tuyos.
Que te sea como agua bautismal
brotada de las grandes cloacas municipales,
como los arroyos que nacen en los mataderos.
Que se confunda con tus entrañas, tu miseria;
que contenga desde ahora los capítulos de tu muerte,
los elementos de tu más certero abandono.
Nunca dejes de lado tu miseria,
así descanses a su vera
como junto al blanco cuerpo
del que se ha retirado el deseo.
Ten siempre lista tu miseria,
y no permitas que se evada por distracción o engaño.
Aprende a reconocerla hasta en sus más breves signos:
el encogerse de las finas hojas del carbonero,
el abrirse de las flores con la primera frescura de la tarde,
la soledad de una jaula de circo varada en el lodo
del camino, el hollín en los arrabales,
el vaso de latón que mide la sopa en los cuarteles,
la ropa desordenada de los ciegos,
las campanillas que agotan su llamado
en el solar sembrado de eucaliptos,
el yodo de las navegaciones.
No mezcles tu miseria en los asuntos de cada día.
Aprende a guardarla para las horas de tu solaz
y teje con ella la verdadera,
la sola materia perdurable
de tu episodio sobre la tierra.

Álvaro Mutis y su esposa Carmen Miracle, C. M. Fonseca, 17-7-91 (foto de A. P. Alencart)

Ciudad

Un llanto
un llanto de mujer
interminable,
sosegado,
casi tranquilo.
En la noche, un llanto de mujer me ha despertado.
Primero un ruido de cerradura,
después unos pies que vacilan
y luego, de pronto, el llanto.
Suspiros intermitentes
como caídos de un agua interior,
densa,
imperiosa,
inagotable,
como esclusa que acumula y libera sus aguas
o como hélice secreta
que detiene y reanuda su trabajo
trasegando el blanco tiempo de la noche.
Toda la ciudad se ha ido llenando de este llanto,
hasta los solares donde se amontonan las basuras,
bajo las cúpulas de los hospitales,
sobre las terrazas del verano,
en las discretas celdas de la prostitución,
en los papeles que se deslizan por solitarias avenidas,
con el tibio vaho de ciertas cocinas militares,
en las medallas que reposan en joyeros de teca,
un llanto de mujer que ha llorado largamente
en el cuarto vecino,
por todos los que cavan su tumba en el sueño,
por los que vigilan la mina del tiempo,
por mí que lo escucho
sin conocer otra cosa
que su frágil rodar por la intemperie
persiguiendo las calladas arenas del alba.

Montejo, G. Carrasco, Mutis, Jacqueline, María Eugenia, Carmen, Shimose, Pérez Ariza y Contramaestre (foto de A. P. Alencart en el Colegio Fonseca de la Universidad de Salamanca)

Sonata

Otra vez el tiempo te ha traído
al cerco de mis sueños funerales.
Tu piel, cierta humedad salina,
tus ojos asombrados de otros días,
con tu voz han venido, con tu pelo.
El tiempo, muchacha, que trabaja
como loba que entierra a sus cachorros
como óxido en las armas de caza,
como alga en la quilla del navío,
como lengua que lame la sal de los dormidos,
como el aire que sube de las minas,
cono tren en la noche de los páramos.
De su opaco trabajo nos nutrimos
como pan de cristiano o rancia carne
que enjuta la fiebre de los ghettos
a la sombra del tiempo, amiga mía,
un agua mansa de acequia me devuelve
lo que guardo de ti para ayudarme
a llegar hasta el fin de cada día.

Alencart, Rojas, Westphalen y Mutis (Palacio Real de Madrid, 1991. Foto de Jacqueline Alencar)

El deseo

Hay que inventar una nueva soledad para el deseo.
Una vasta soledad de delgadas orillas
en donde se extienda a sus anchas el ronco sonido del deseo.
Abramos de nuevo todas las venas del placer.
Que salten los altos surtidores no importa hacia dónde.

Nada se ha hecho aún.
Cuando teníamos algo andado, alguien se detuvo en el
camino para ordenar sus vestiduras y todos se detuvieron tras él.

Sigamos la marcha.
Hay cauces secos
en donde pueden viajar aún aguas magníficas.

Recordad las bestias de que hablábamos.
Ellas pueden ayudarnos antes de que sea tarde
y torne la charanga a enturbiar el cielo
con su música estridente.

Antología editada por la Usal y preparada por Carmen Ruiz Barrionuevo (1997)

Exilio

Voz del exilio, voz de pozo cegado,
voz huérfana, gran voz que se levanta
como hierba furiosa o pezuña de bestia,
voz sorda del exilio,
hoy ha brotado como una espesa sangre
reclamando mansamente su lugar
en algún sitio del mundo.
Hoy ha llamado en mí
el griterío de las aves que pasan en verde algarabía
sobre los cafetales, sobre las ceremoniosas hojas del banano,
sobre las heladas espumas que bajan de los páramos,
golpeando y sonando
y arrastrando consigo la pulpa del café
y las densas flores de los cámbulos.

Hoy, algo se ha detenido dentro de mí,
un espeso remanso hace girar,
de pronto, lenta, dulcemente,
rescatados en la superficie agitada de sus aguas,
ciertos días, ciertas horas del pasado,
a los que se aferra furiosamente
la materia más secreta y eficaz de mi vida.
Flotan ahora como troncos de tierno balso,
en serena evidencia de fieles testigos
y a ellos me acojo en este largo presente de exilado.
En el café, en casa de amigos, tornan con dolor desteñido
Teruel, Jarama, Madrid, Irún, Somosierra, Valencia
y luego Perpignan, Arreglen, Dakar, Marsella.
A su rabia me uno, a su miseria
y olvido así quién soy, de dónde vengo,
hasta cuando una noche
comienza el golpeteo de la lluvia
y corre el agua por las calles en silencio
y un olor húmedo y cierto
me regresa a las grandes noches del Tolima
en donde un vasto desorden de aguas
grita hasta el alba su vocerío vegetal;
su destronado poder, entre las ramas del sombrío,
chorrea aún en la mañana
acallando el borboteo espeso de la miel
en los pulidos calderos de cobre.

Y es entonces cuando peso mi exilio
y miro la irrescatable soledad de lo perdido
por lo que de anticipada muerte me corresponde
en cada hora, en cada día de ausencia
que lleno con asuntos y con seres
cuya extranjera condición me empuja
hacia la cal definitiva
de un sueño que roerá sus propias vestiduras,
hechas de una corteza de materias
desterradas por los años y el olvido.

Nocturno

La fiebre atrae el canto de un pájaro andrógino
y abre caminos a un placer insaciable
que se ramifica y cruza el cuerpo de la tierra.
¡Oh el infructuoso navegar alrededor de las islas
f donde las mujeres ofrecen al viajero
la fresca balanza de sus senos
y una extensión de terror en las caderas!
La piel pálida y tersa del día
cae como la cáscara de un fruto infame.
La fiebre atrae el canto de los resumideros
donde el agua atropella los desperdicios.

Álvaro Mutis y Gonzalo Rojas en la Residencia de Estudiantes (1991. foto de A. P. Alencart)

Invocación

¿Quién convocó aquí a estos personajes?
¿Con qué voz y palabras fueron citados?
¿Por qué se han permitido usar
el tiempo y la substancia de mi vida?
¿De dónde son y hacia dónde los orienta
el anónimo destino que los trae a desfilar frente a nosotros?
Que los acoja, Señor, el olvido.
Que en él encuentren la paz,
el deshacerse de su breve materia,
el sosiego a sus almas impuras,
la quietud de sus cuitas impertinentes.
No sé, en verdad, quiénes son,
ni por qué acudieron a mí
para participar en el breve instante
de la página en blanco.
Vanas gentes estas,
dadas, además, a la mentira.
Su recuerdo, por fortuna,
comienza a esfumarse
en la piadosa nada
que a todos habrá de alojarnos.
Así sea.

Wesphalen, Mutis, Rojas y Contramaestre (1991. Foto de Jacqueline Alencar)

Amén

Que te acoja la muerte
con todos tus sueños intactos.
Al retorno de una furiosa adolescencia,
al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,
te distinguirá la muerte con su primer aviso.
Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,
te iniciará en su constante brisa de otro mundo.
La muerte se confundirá con tus sueños
y en ellos reconocerá los signos
que antaño fuera dejando,
como un cazador que a su regreso
reconoce sus marcas en la brecha.

ÁLVARO MUTIS EN SALAMANCA
(Parte de las fotografías de Enrique Hernández D’Jesús, intervenidas por Álvaro Mutis)

Foto de cabecera: Álvaro Mutis y Jacqueline Alencar (Salamanca 1991, foto de A. P. Alencar)




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