Poemas de

Mía Gallegos: ‘Costa Rica es mía’, en la Biblioteca Histórica de la Universidad de Salamanca. Siete poemas

 

Tiberíades agradece a Mía Gallegos, poeta homenajeada del XXVI Encuentro de Poetas Iberoamericanos, por permitirnos difundir siete poemas suyos, seleccionados por el poeta Alfredo Pérez Alencart, director de dicho Encuentro. También las gratitudes al fotógrafo Alex Lorrys, por las fotografías captadas en tan hermoso recinto.

 

MÍA DE NADIE

Mía Gallegos.
Mía de nadie. Mía de mí.
Sin una biografía.
Tierna. Casi ácida.
Con un destino trazado
y una cruz.

Mía Gallegos. Mía de nadie,
de nadie, nadie, nadie, nadie.
Aferrada a la ternura
como único pan que no consuela.

Mía de nadie. Mía de mí.
Sin aire. Umbría.
Deja que el tiempo pase.
Deja que la vida pase.
Deja que el amor pase.
Deja que la muerte pase.

Mía sin biografía y sin abuelo.
Sin un sitio.
Ni siquiera santa.
Ni siquiera puta.
Mía de mí.

ESA MONTAÑA

Quiero volver a la montaña.
Ahí donde viví en mis años mozos.
Feroz, atrevida, rebelde fui.
Y aunque sé que los montes crían letrados,
en esa época no leí el Quijote de la Mancha,
embebida estaba en utopías que jamás llegaron a cumplirse.

Solo permanece mi anhelo por volver a la montaña,
al verde fulgor, al amanecer traslucido.

Leo ahora el Discurso sobre las Letras y las Armas…
La poesía es el arma que despliego,
si bien, sé con certeza que las palabras no llegan a muchos.
Mas no puedo abandonarla.
Ella me persigue, me atrapa, me encierra
en un ir y venir, en un deambular costado adentro.

Escojo entonces las palabras,
verbos tenaces,
adictivos,
adjetivos mínimos,
pero hay un rumor que se quiebra por dentro
sin sílabas,
sin oxígeno,
bullicioso,
inmenso.

Escribo para quebrantar.
Sin utopías en el horizonte.
Tan solo está llama que arde
y se eleva en la montaña inmensa.

DE LEJOS VENGO

De lejos vengo,
hartos años han pasado desde mi juventud.
Soy paciente como Job,
y pese a mis sienes grisáceas,
no estoy enajenada.

Conservo la libertad de la voz primera.
La rebeldía de transitar a mi antojo.
Pocas veces sonrío:
la vida se empecinó en ponerme a prueba
y por eso soy recia,
parca,
solidaria.

Pocas personas a mi alrededor.
No soporto un instante de estruendo y multitud.
Escojo a mis amigos,
otros han llegado y advienen, así, de improviso.
Los miro, intento dejarme sorprender,
mas ya casi nada me asombra.
Quizás una luz violeta al atardecer,
el brote nuevo en una planta,
el descubrimiento de una nueva galaxia que podamos habitar…

Pero más nada.
La vida así discurre silenciosa.
Intento huir y siempre estoy puertas adentro
defendiendo esta entrañable clausura.

Si alguien pregunta, siempre respondo:
“Aquí estoy, nada he perdido,
voy huyendo, huyendo y no sé de qué…”

GUERRILLERA DE LA BRISA

Me detengo ante las cosas
y las amo.
A un lado de la madrugada
arrojo mi vestido
recorrido de caminos.
Y así,
simplemente duermo,
con esa extraña forma
que tengo
de desnudar mi piel
y transformarme en llama
y en sábana despierta.

Me envuelvo hacia dentro,
hacia la flor,
breve biografía
donde la fotosíntesis
se embriaga con la luz
y se hace escarcha y vino.

Sin que nadie lo sepa
y lo comprenda.
Talvez solo el gusano.
Talvez solo mis pies, tranquilos
puedan saberse vegetal
y jugo.

No sé qué llorarán
los agujeros de mi alma,
-vacío amado y dolorido-.

Así simplemente existo.
Amante compañera y guerrillera
de la brisa.

ANTES DE VER LA LUZ

Antes de ver la luz
en el vientre de mi madre,
abrí los ojos
y miré, miré y miré la lejanía.
Reparé en la desmesura.
Luego no quise volver a escrutar.
Pero aquí estoy avizorando la realidad.
Siempre estoy mirando
y, dotada como estoy de una alta percepción,
escudriño con horror las prisiones del mundo,
cada paso que doy me conduce a una encrucijada que se cierra,
a una oquedad,
a la noche sin estrellas.

La mirada se va despejando.
Un punto en el espacio me dice
que un día no amanecerá el sol.

Mientras tanto, los poderosos hablan de armas de disuasión.
Se muestran los dientes.
Firman tratados.

Yo soy pueblo.
Deambulo entre los obreros,
entre los burócratas,
entre los caminantes del orbe,
entre los alucinados,
entre los desposeídos,
entre los migrantes,
con el ejército de desocupados,
con los poetas sin oficio,
de la mano de las madres.

Me aferro a la simpleza del día:
el pan, las telas, la aguja, el dedal,
el lápiz, las hojas en blanco,
o bien diseño un lienzo
y pinto hasta caer rendida.

Pero soy nadie, entre miles y millones de nadie
que no podemos pulsar el cese de una conflagración.

NO BASTA EL GRITO

Arriba del cielo
aparece una luna blanca.
Sobre el pavimento va una fila de hormigas
cargando hojas. Van para su guarida.
Mi vida es así de ínfima: subsisto.
Si una bomba estalla moriré en un segundo.
Pero también está la peste que no culmina
y las barcazas cargadas de inmigrantes.
Es una guerra de la que nadie saldrá bien librado.
Los pobres no caben en ningún país.
Los inmigrantes no caben en el mar.
Así, ahogados, no exhalan ningún grito.
No parece que nadie se conmueva.
Ignoro si basta el grito.
¡Y si todos al unísono gritáramos!

Pero nuestras voces son apenas audibles.
Susurramos, a veces sollozamos
y nuestra condición es doliente y precaria.
Hoy una nube plomiza hierve en el cielo.
El cielo tiembla y palpita.
Los dioses se han ido
y por ahora no volverán.
No hay un coro que proclame.
Somos todos irredentos,
signados por el pecado original.
La muerte con su hoz acecha,
arrasa, avizora en las viviendas de los pobres.

No basta permanecer con vida.
No es suficiente mirar.
Las manos han de alzarse.
El aullido debe escucharse
más allá de la nube,
más allá del cielo,
más allá de nuestro efímero estertor.
De vez en cuando Francisco clama,
Pero es una época de muerte,
de blasfemia y de guerra.
No es suficiente el grito.
No basta mi grito,
tu grito,
el grito humano e inmenso.

EL JARDÍN SECRETO

Era la infancia y yo tenía un jardín secreto,
me perdía entre el murmullo y el canto del viento.
A veces había sol
y sentía la presencia de algo innombrable,
por ejemplo, el llanto de un árbol que había que talar.
Creo que era de manzana rosa, de fruto blanquecino.
También estaban las amapolas con su florescencia bermellón,
rodeadas por abejas hambrientas,

Yo no quería salir del jardín.
Era un guardado recinto.
Sabía que estaba encantado y quería perderme en él.
Dentro de la casa estaba mi madre.
Estaba rota.
No lloraba, no, pero era triste su andar.
Era afligida su mirada
y su paso huidizo.

No caminaba,
se perdía entre su cuarto
y no salía del recinto.
Creo que el sitio no tenía puertas
y ella nunca fue al jardín.

Mientras tanto yo
esperaba a alguna figura singular en el sendero.
Un ángel, quizás, una voz sonora,
un eco,
un paso,
alguien hermoso y temible a la vez.
Lo hallé después, en la vida,
en un recodo del camino,
y me perdí para siempre.
Y aquí estoy sin poder abrir la puerta.
¿Dónde quedaron los árboles susurrantes?
¿Dónde se curvó el viento?
Ya no hay un sendero de piedrecillas.
Mi madre ha muerto.
El jardín ya no existe.
Solo está la vibración
y la presencia.




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