Poemas de

‘Relincho en la noche’ y otros siete poemas del argentino Guillermo Pilía. XXVI Encuentro De Poetas Iberoamericanos

Tiberíades tiene el privilegio de publicar ocho poemas del argentino Guillermo Pilía, quien estuvo en Salamanca como invitado del XXVI Encuentro de Poetas Iberoamericanos.

RELINCHO EN LA NOCHE

Era enero del ansia y las sequías:
un caballo relinchaba en la noche
de los negros abrevaderos.
Tal vez fuera mi nombre el que gritaba
como súplica de existencia
o el tuyo o el de alguien que se añora.
Me han grabado una palabra que a fuerza
de oírla se me ha vuelto familiar.
Pero hay veces en que esas pocas sílabas
o el apodo con que algunos nos llaman
resultan extraños, como salidos
de la garganta de un potro que abreva
tristísimas aguas. Todos llevamos
a menudo sin saberlo dos nombres:
el que nos dan al nacer nuestros padres
y aquel con que Dios nos conoce.
Acaso este verano calcinante
podamos finalmente averiguarlo.
En medio de la noche, entre el rumor
de avaras cisternas nos llegue
ese nombre secreto, irrepetible,
único, en el relincho de un caballo.

 

MAÑANA DE SANTIAGO
(A Jaime Siles)

Recuerdo, querido Jaime, los dos
frente al café en un hotel de Santiago
mientras recordábamos en latín
unos versos de Catulo. De pronto
no sé qué habrás sentido que dijiste:
“Quién va a creer, un siglo en adelante,
que un poeta español y uno argentino
puedan haber estado esta mañana
platicando aquí en Chile, en este hotel,
acerca de un poema de Catulo”.
Eso fue hace seis años y hoy entiendo
que el tiempo y el espacio son a veces
convenciones humanas, que a menudo
vuelvo en el corazón a estar contigo
como aquella mañana; que español
o chileno o argentino son meros
rótulos; que entre el latino y nosotros
no hay hoy dos milenios de distancia;
que la poesía es capaz de abolir
siglos y banderas; que en ella somos
siempre hermanos los dos y así hoy nos ve
también Catulo, imagino, en lo eterno.

 

Pilía escuchando explicaciones en la Casa Museo Unamuno

 


MUCHACHAS ABRAZADAS

Junto al arroyo, sobre una piedra lisa
y a la sombra de unos grandes eucaliptos,
casi desnudas dos jóvenes mujeres
duermen abrazadas. Voy por el sendero
al que entrecruzan gigantescas raíces
y paso estremecido próximo a ellas
como si a algo santo y puro me acercase:
quizá al amor, a la libertad tal vez.
La vida siempre resulta muy breve
para derrocharla en oscuros prejuicios,
en dudas, en temor, en malquerer.
Pieles bronceadas, yemas, humedades,
lenguas de los alientos confundidos…
No es la emoción de sus muslos ensamblados,
libres y hermosos lo que siento: es bienestar
por el mundo diverso que viene. Muchachas
inocentemente unidas, eternas
en esta estival lasitud. A nadie
se deberá ya herir ni maltratar
por ceñir otro cuerpo, por besar
en la boca o exhibir un deseo,
por regalarnos cualquier forma de amor.


UNIDAD DE LUGAR

Lo primero que aparece es un parque
y la calle de tierra en que termina;
después una vereda y una casa
y allí una abuela, una joven y un niño.
Las dos mujeres cocinan; el niño
juega solo y se sorprende del mundo:
del dibujo que forman las baldosas,
de los grillos, la tormenta, el arroz.
Entre el parque y la calle se alza apenas
un cerco discontinuo de ligustros
y ese niño que observa en la ventana
—tedioso de pobreza— soy yo mismo
y es mi madre y mi abuela y es mi padre
que baja del tranvía hacia la casa…
Ya el parque no es igual ni lo es la calle,
la vereda y la casa en que nací;
de aquellos cuatro quedamos tan sólo
mi madre y yo, los dos envejecidos.
Pareciera milagro que retornen
tanto a mí esos lugares… Y la voz
de mi abuela y la imagen de mi padre
volviendo agigantado en el tranvía.

Lectura de Pilía en el Aula Magna de Filología. Con Valeria Sandi (Bolivia), José Antonio Funes (Honduras) y Carlos López Degregori (Perú)


LA VIDA Y NO EL TIEMPO

Paso las hojas de un libro editado
hace un cuarto de siglo. Me recuerdo
en cuerpo y letra, amor, y se diría
que no soy yo, de tan esmerilado.
Corrieron días huérfanos de sílabas,
la pasión tempestuosa, alboradas y viajes:
todo dejó su marca y cicatriz.
No siempre tiempo y cambio van unidos:
a veces tiempo es nada más que pátina,
es el ir y venir de los solsticios,
los ritos de Cuaresma, los atávicos
prejuicios en los nietos repetidos
como un rasgo de sangre.
Están los muertos, las calamidades,
las tierras y las aguas, las traiciones…
Es la vida y no el tiempo
la que perseverante nos transforma,
es la vida el engranaje que mueve
el minutero de un reloj que es sólo cáscara.
El tiempo cambia, sí, pero por fuera;
y la vida por dentro, a algunos pocos:
como forúnculos que emergen desde el alma.

 

Pilía en la Biblioteca Histórica de la Universidad de Salamanca

CORNADA DE ESPEJO

Al afeitar mi barba
después de cuatro décadas surgió
enfrentado al azogue un rostro extraño:
en vez del joven que un día anhelaba
mostrarse rebelde, un hombre labrado
por el tiempo, con virtudes de añejo vino.
La potente mandíbula
y en el labio inferior, del lado izquierdo,
pequeña cicatriz que estuvo oculta
todos estos años. ¿Por qué olvidado
accidente nació? ¿Por la coz de un caballo?
¿Una reyerta o un corte doméstico?
Siempre tuve muy frescas las heridas
que lleva mi alma, pero no he cuidado
demasiado del cuerpo. Hoy surge al rasurarme
como marca de un dolor metafísico
salido por la boca, igual que aquellas voces
con que he amado y odiado,
rezado y mentido. Pequeña cicatriz
como cornada de espejo, advirtiéndome
que por los labios me hiere la vida,
que a veces lastiman también nuestras palabras.

MORIR ES ALGO ASÍ, PERO SIN AGUA

Uno para a dormir en algún pueblo
o en una casa extraña. Siente ahogo
y se despierta en medio de la noche
rodeado de otras sombras, de opresiones
que no son las habituales. Se escucha
el gorgoteo de una espita, los autos
que vuelven de una fiesta o van en busca
de cierto amor prohibido; y el zumbar
de los mosquitos o el canto de un gallo.
Todo es como en la infancia. Pero ahora
se está a solas y de golpe envejecido,
se calculan las horas para el alba
y los años improbables que restan
por vivir. Cuántos veranos aún:
quizás veinte, con suerte veinticinco
o en el peor de los casos, dos o tres.
Morir es algo así pero sin agua
sonando en las cisternas, sin un gallo
que anuncie la mañana: estar en sombras
boca arriba en la cama de un hotel,
sin palabras ni día que amanezca,
con todo el infinito sobre el pecho.

 

Pilía con el poeta chileno Andrés Morales y el poeta español Luis Frayle Delgado, en el comedor del Fonseca

 

LA ENFERMEDAD DE LAS COSAS

Hace meses que el reloj de pared
marca cualquier hora. Va con paso cambiado,
como un conscripto en los primeros días
de instrucción. A veces también las cosas
enferman de fatiga, de quién sabe
qué mal desconocido. O quizá se niegan
a cumplir un mandato que repudian.
En otras ocasiones a nosotros
nos invade un agobio parecido.
Y pasan tardes y noches enteras
huérfanas de sustancia, vacías, en blanco.
Los monótonos juegos que en la playa
ejecutan los niños, el desgarbo
con que una adolescente viene y va,
la cantilena del agua o la canción
que una y mil veces se repite… Y es que acaso
hay días y hay semanas en que al mundo
vemos descascararse sin sentido.
Y entonces la fatiga del reloj,
la enfermedad de las cosas, la herrumbre
de toda fe, el desgano del cuerpo
que no pidió nacer, que aborrece morir.

Guillermo Eduardo Pilía nació en 1958 en La Plata, Argentina, donde estudió y se graduó en Letras en la Universidad Nacional de La Plata. Fue catedrático de Producción de Textos, de Lenguas Clásicas y de Teoría Literaria. También ocupó cargos públicos en el área de cultura de la provincia de Buenos Aires hasta su retiro en 2018. Desde entonces ha recorrido varias universidades latinoamericanas (Universidad de Chile, Universidad Autónoma de Managua, Universidad del Cauca) dictando cursos y conferencias sobre poetología, disciplina que sigue enseñando en la Universidad Nacional de Villa María, Córdoba, Argentina. Su obra poética está integrada por Arsénico (1979); Enésimo Triunfo (1980); Río Nuestro (1988); Río Nuestro / Cazadores Nocturnos (1990); Huesos de la Memoria (1996); Viento de lobos (2000); Visitación a las islas (2000); Caballo de Guernica (2001); Ópera flamenca (2003); Herido por el agua (2005); Ojalá el tiempo tan sólo fuera lo que se ama (2011); La pierna de Rimbaud (2012); Ainadamar (2016); Sobre la cuerda y sin la red (2016); Casamundo. Obra poética completa I (2019); Como el dios que gestaba en su muslo (2020); La jambe de Rimbaud (2021, edición bilingüe español – francés); Fatiga de los metales (2021); Ministerio del salmista (2022); y Como hierba en la sombra / Ca iarba la umbra (2023, edición bilingüe español – rumano). Además de los libros publicados en francés y rumano, fue traducido al inglés, italiano, portugués, griego y catalán. Su poesía se caracteriza por el rigor formal, el tono elegíaco y la expresión de una profunda religiosidad, con frecuentes referencias a los textos bíblicos y a poetas como Eliot, Rilke, Quasimodo y Trakl, que están entre sus preferidos. Es autor, además, de numerosos cuentos y ensayos. Sus textos le han reportado gran cantidad de premios en la Argentina, España, Francia, Estados Unidos y varios países hispanoamericanos, entre los últimos, el Premio Al-Ándalus (2010), el Premio Andrés Bello a su obra poética completa (2014), el León Benarós (2016) y premios a la Excelencia Literaria de diversas instituciones. En 2016 se lo declaró Ciudadano Ilustre de La Plata. Es miembro de la Academia Hispanoamericana de Buenas Letras de Madrid desde 2014, en la que ocupa el sillón Francisco Luis Bernárdez y es el actual presidente; de la Academia de Buenas Letras de Granada, como correspondiente desde 2018; de la Academia Española de Literatura Moderna desde 2021; y de la Academia Tomitana de Constanza, Rumania, desde 2023. En 2019 fue elegido secretario general de la Sociedad Argentina de Escritores y consejero de la Fundación El Libro. Por su contribución a las letras, la historia y la preservación del patrimonio cultural, en la Legislatura Bonaerense está en tratamiento un proyecto de ley para declararlo Personalidad Destacada de la Cultura de la Provincia de Buenos Aires.

Pilía con el venezolano José Pulido y la poeta canaria Cecilia Álvarez, atendiendo explicaciones del bibliotecario Eduardo Hernández

 

Imagen de cabecera: Guillermo Pilía leyendo en el Teatro Liceo de Salamanca




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