Poemas de

Moisés Mayán Fernández: ‘De las ballenas varadas’ y otros poemas. XXVI Encuentro de Poetas Iberoamericanos

 

Tiberíades tiene la satisfacción de publicar los poemas enviados por el poeta cubano Moisés Mayán. Su lectura fue en la Sala de la Palabra del Teatro Liceo de Salamanca, el martes 17 de octubre y dentro de la programación del XXVI Encuentro de Poetas Iberoamericanos.


De las ballenas varadas

Atención:
se están suicidando las ballenas
M. E. C. V.

Como varan las ballenas en las playas,
—con esa obstinación,
busco los silenciosos patios de la infancia.
No el sitio en que tan bien se está. No pido eso.
Sino la escasa sombra
del ciruelo que sembró mi padre.
Un lugar sereno, un recobrado y dulce lugar
donde pueda acaso prescindir
de esta máscara que invento,
debajo de la cual se desdibuja mi rostro.
Y ya no me reconozco.

No sé por qué pienso en las ballenas
renunciando a la paz de las Azores.
A los mares de Islandia. A la costa de Terranova.
Solas. Hacia las aguas bajas. No más el peso del océano.
Fosforescencia del plancton. Cenicientos vientres de buques.
Arponeros. Todo queda detrás. Atenuándose. Bruma.
Luces que se apagan luego del espectáculo
para no encenderse nunca. Al filo de mis treinta años
asumo la predestinación de las ballenas.
A veces poseo la seguridad de haber vivido de más.
De haber visto suficiente. Desde el amplio espacio de las plazas.
O el agujero del voyeur. Imágenes hincando la retina.
Estacas.                  Clavos de Cristo.
Gimo. Un largo lamento. Como las ballenas que pierden
la ruta trazada en el azul. Nadie escucha.
El habitual bullicio de la vida interfiere.
Bloquea las ondas que emito. Si debo entrar en la soledad
ya estoy solo
.

Cada noche aguardo el fin del mundo.
Antes de dormir les hablo a las niñas de 41 cachalotes
varados en las playas de Oregón. En 1979.
Me demoro en la palabra varado
y en la naturaleza de los cachalotes.
Digo que Oregón es un lugar distante. Comprenden.
Su inteligencia me asusta. La mayor cuenta hasta 41.
La pequeña imita el canto de las ballenas. Estoy varado.
Tratan de devolverme a las profundidades.
La tibieza de sus cuerpos contra el mío.
Se duermen intentándolo. Permanezco despierto.
He querido llamar casa a estas paredes sin conseguirlo.
He querido llamar casa al planeta. En vano.
Aprovecho la mudez de la noche y grito. Afuera el océano.
Ballenas aproximándose a las playas.
Yo ni siquiera diviso una orilla. Una zona de aguas bajas.
«¿Cuánto hace qué estoy nadando? ¿Tres décadas?»
Me retiro la máscara un instante. Comprendo.
La máscara es ahora mi rostro.

Mis hijas traen noticias de las afueras.
Una flor de mar pacífico. El cuaderno de caligrafía.
Una Barbie sin brazos. Un lápiz. Un barco de papel.
Me extienden una hoja. Un dibujo.
“Ese eres tú, papá”. Dicen.
Una ballena azul casi del tamaño de la página.
Sin mar.
Sin esperanza.
Varada.

 

Alfredo Pérez Alencart y Moisés Mayán, en la Sala de la Palabra (foto de Alex Lorrys)

 

Extraño animal, inocencia

Los niños, si pueden, crecen
José Saramago

Llega el tiempo en que descubres tras el enrejado de tu pecho
la muerte del antiguo animal de la inocencia.
Y quedas inmerso en la desesperante blancura del día.
Sin fuerzas. Viendo alzarse los manicomios.
Como algas en un océano de luz. Y eres isla dentro de isla.
Privado de la gravedad de los navíos. De las hermosas criaturas
que en sus bodegas cruzan el Atlántico. Caballos árabes.
Galgos. Monos. Quetzales. Y aquel extraño animal
apresado en los confines de Bikanir. La inocencia.

No por anunciada la muerte sorprende menos. Perturba.
Violenta con sus derrumbes interiores la jaula/corazón.
Te asomas al enrejado y ves al animal inmóvil. Palideces.
Algo de ti parte con él. Se astilla contra los muñones
de la cárcel donde apresaste la inocencia.
Es el riesgo de volverse adulto. De crecer.
Desprendimientos.                   Quebraduras.
El ciclo humano. Estaciones que el brazo de Dios
va segando en el peligroso paisaje de la vida.
Perder la inocencia es adentrarse en los manicomios.
Asumir gota a gota el bebedizo del delírium.
Buscas señales de agresión. Dentelladas. Saetas.
El pozo de sangre fluyendo en la garganta.
Y no adviertes la rojez homicida de quien mata.
La marca de unos dedos entre el pelaje.
O un coágulo de dolor en los ojos. Muy abiertos.
Es natural la muerte de la inocencia. (natural & muerte
son términos de compleja asociación  —lo reconozco).
Ah, pobreza del idioma. Incapaz de precisar el martirio.
Agónicas noches del espécimen que se sabe
definido por la fatalidad. No antílope. Perro de aguas.
Pájaro de fuego. Sino un extraño animal
apresado en los confines de Bikanir. La inocencia.

Hay que aprender a despedirse.
De la metálica ligereza del velocípedo en los pasillos.
De la casa donde crecimos. Del miedo a la noche.
(Inmensa tras los pórticos). Del Día de Reyes.
Del abuelo y sus historias. De la abuela y sus dulces.
De las tardes de domingo. Despedirse.
Soltar amarras. Con la gravedad de los navíos.
Con la resignación de las hermosas criaturas
que en sus bodegas cruzan el Atlántico. Caballos árabes.
Galgos. Monos. Quetzales. Aves del sol y de la sombra.

Llega el tiempo en que descubres tras el enrejado de tu pecho
la muerte del antiguo animal de la inocencia.
Y quieres volver a las fotografías.
Al álbum de las primeras veces. Cuando la manzana
de casas era el mundo. Y te despertaba la música
de la lluvia en los techos de zinc. Y eras feliz.
Y el animal —apenas una cría. Como tú.
Jugueteaba en la planicie de un pecho sin barrotes.

Quieres volver. Pero es imposible.
No hay otros paraísos que los paraísos perdidos.

 

Un momento de la lectura de Mayán

 

Yo, el inmigrante

Es posible que muy pronto tenga que abandonar este país.
La Isla desdibujándose a través del vidrio de la ventanilla.
Predominio de verdes y ocres. Como en un mapa físico.
Solo se trata de aterrizar en otro sitio y sobrevivir.
Pero a veces no es tan fácil. Toda la maldita circunstancia del agua
puede proyectarse sobre tu balsa.
El océano entero golpeando contra los flotadores
atados a tus brazos. Ser aquel niño libio que apareció
frente a las costas de Lampedusa.
La imagen irreconciliable de un niño muerto sobre el azul.
Anestesiado por el vaivén de las mareas.

Cuando uno se obsesiona con transformarse en fuerza de trabajo
debe estar realmente mal.  Mano de obra barata.
Ha perdido la poesía el poder de retenerte.
¿Lo tuvo alguna vez? Lo primero que empacas es siempre tu dolor.
Casi con rabia. Lo primero que abandonas (demasiado peso)
es siempre el cuerpo tumefacto del poema. Cruzar el océano
exige sus desprendimientos. Reacciones adversas.
Convertirte, por ejemplo, en una foto de perfil en las redes sociales.
35 Me gusta. 14 Comentarios. Un emoticono. Escribe algo en tu muro.
Es posible que deforme esta parcela de palabras.
Argamasa del poema.
Sustancia en las largas noches insulares. Can I help you?
Sostener la metálica cabeza de un surtidor de gasolina.
Durante meses.
El repartidor de pizzas en una manzana de Wisconsin.
Podar el jardín de alguien que nunca leerá a Chejov.
Por 10 dólares la hora.
Mientras sirves a las mesas de un establecimiento de comida rápida
descubres la inutilidad del poema.
¿Desea una McDonald? ¿De carne de res?
¿Le pongo aros de cebolla? ¿Mostaza? ¿Kétchup?
¿Algunos pepinillos encurtidos?
¿Limpio el vidrio de su auto? ¿Las suelas de sus zapatos?
No hay otra fórmula.

Un trabajo full time. Un part time. ¿Y la poesía?
Es peligroso copiar un verso en el envés de tu servilleta.
Además, ¿qué pondrías?
Manchada como tú, la servilleta está hecha para los botes de basura.
¿Para qué estás hecho tú? ¿Para los botes?
Es decir, ¿para las rústicas balsas de neumáticos?
¿Para la clase económica de un vuelo de Jet Blue?
¿O eres acaso un topo de fronteras?
Ecuador, Colombia, Guatemala, México.
Cualquier destino te funciona.

No escribas nunca un verso en tu servilleta.
Podrían despedirte. ¿Y entonces?
¿Las bocas que aguardan en el espinoso nido de la Isla?
¿Los que confían en ti como en Dios mismo?

Es posible que muy pronto tenga que abandonar este país.
Urgido en la madrugada por reveladoras vibraciones.
El temor a despertar y que ya no duela. Ese vacío insondable
desapareciendo de súbito. Como atenuado por un analgésico.

Gregorio Samsa trepa otra vez por la pared de mi cuarto. Ya no duele.
Soy un asqueroso cucarachón. Ahora comprendo hasta la dicha
de aquel niño libio frente a las costas de Lampedusa.
Este poema no podrá salvarme.
No son sus vocablos de madera de balsa.
Este poema escora irremediablemente.
Soy un hombre con un anuncio de Se Vende oscilando del cuello.
Asfixiado por esa realidad. Por su realidad.
Un viejo barco pesquero naufraga a 70 millas de las costas de Libia.
Las embarcaciones de socorro recuperan 24 cadáveres.
Soy un hombre con un anuncio de For Sale
oscilando del cuello.

El Líbano protesta por la creciente oleada de refugiados sirios.
Soy un anuncio de Se Vende.
Soy un anuncio de For Sale.
Cubanos recluidos en Costa Rica
inician traslado hacia los Estados Unidos.
Soy un hombre oscilando del cuello.

 

Moisés Mayán Fernández (Holguín, Cuba, 1983): Grado en Historia. Máster en Historia y Cultura. Actualmente cursa un Doctorado en Ciencias Sociales en la Universidad de Salamanca. Poeta, narrador y editor. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso (2003). Entre los premios de poesía obtenidos se encuentran: Premio Gastón Baquero (2010), Premio X Juegos Florales, Matanzas, (2011), Premio De la Ciudad de Holguín (2012), Premio Mangle Rojo, (2017), Premio Calendario (2018), Premio Regino Boti (2008 y 2018), Premio Manuel Navarro Luna (2018), Premio José Jacinto Milanés (2018), Premio La Gaceta de Cuba (2019), Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara (2019), Premio Fundación de la Ciudad de Nueva Gerona (2019), Premio Rolando Escardó (2020), Premio Hermanos Loynaz (2020), Premio Paco Mir (2021) y Gran Premio Silvestre de Balboa (2022). Tiene publicados los libros de poesía Fábula del cazador tardío (La Luz, 2007), El monte de los transfigurados (El Mar y la Montaña, 2009), Cuando septiembre acabe (La Luz, 2010), El cielo intemporal (Ediciones Holguín, 2013), Raíz de yerba mate (Cuadernos Papiro, 2015), Estética de la derrota (Áncoras, 2017), El factor discriminante (Casa Editora Abril, 2019), Mentalidad de enjambre (Ediciones Matanzas, 2019), Carga al machete (El Mar y la Montaña, 2019, Premio de la Crítica, 2020) Caballo de Frisia (Ediciones Loynaz, 2021) y El último lector de Marx (Editorial Capiro, 2021). Muestras de su obra aparecen en numerosas antologías en Cuba y en el extranjero. Es miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac).

Alencart y Mayán (foto de Aída Acosta)

 

Imagen de cabecera: El poeta cubano Moisés Mayán (foto de Alex Lorrys)




Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*
*