Me gustan las casas de antes y las familias de antes. Las casas de antes tenían grandes corredores, y las familias de antes tenían bastantes hijos. La felicidad, el sentido de la vida, parecían consistir en tener niños corriendo alrededor de la casa. Los espacios como la cocina eran para preparar la comida de los niños y que comieran después de correr. Los baños eran para que los niños se lavaran los pies después de correr. Las habitaciones eran para que los niños descansaran después de correr. Las sillas mecedoras eran para balancearse sentados mientras se veía a los niños correr. Los días domingos y festivos eran para no ir al trabajo y ver a los niños correr. No eran las columnas las que sostenían las casas de antes, eran los corredores.
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En Piedras Blancas no hay ríos caudalosos y, sin embargo, los robles se sumergen en los cielos de abril y mayo, y florecen rosados, como delfines de agua dulce.
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Niña Yuli tiene paños en la cara, y sus compañeritos de la escuela le dicen que su rostro es un mapa. Ella tiene una nariz chata y gruesa como sus labios, ojos grandes y piel oscura. El rostro de niña Yuli es un mapa que traza un mar por donde hace siglos entró un barco negrero.
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Hay una lengua con la que hace muchos años nombramos los ríos y los mares, y cantamos las frutas y los pájaros. Esa lengua viene huyendo desde hace más de cinco siglos, reptando entre la espesura de la selva, buscando refugio entre la alta montaña.
Esa lengua hoy trepa entre las ramas de los árboles de la Serranía de Abibe, y allí se resguarda bajo la sombra de los árboles más ancianos, en el pecho de los abuelos embera.
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Mi abuela protegió nuestra casa
rodeándola con una llamarada.
Las heliconias
del jardín de mi abuela:
antorchas que ardían
incluso
bajo la lluvia.

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La leña almacenada
era fuego reposado
al calor del tiempo.
De aquella leña
nos bebíamos el humo
en el agua que hervía
alimentada
por ese antiguo fuego
que algún día fue almacenado
por las manos de mi abuelo.
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Por mi mente pasaba la imagen de un parque
donde un hombre y su hijo
subían y bajaban
a ambos lados del mataculín.
Se trataba de un recuerdo
que había inventado,
porque yo
nunca abandoné el suelo.
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Mi abuelo
metiendo su mano al bolsillo
para iluminar con un pan
la casa del vecino,
mi abuela y mi tía
cantando una canción para mi abuelo
que ya se nos estaba yendo,
mi madre
volviéndose a enamorar
después del abandono de mi padre,
mis hermanos
sorteándose el rincón de la cama
con un juego de manos…
¡Y yo con un solo corazón!
Diego Despreciado (seudónimo de Diego Preciado Uribe), poeta y narrador del Urabá, quien obtuvo una ayuda del Ministerio de Cultura de su país para venir al encuentro salmantino. Es integrante del Taller Experimental Arteria Libre y ha publicado Pequeñas crónicas del Nuevo Mundo y Cielo de tierra; propuestas ganadoras de la convocatoria de estímulos del Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia en las modalidades de cuento y dramaturgia. Ganador del primer premio en el XXXI Concurso Universitario Nacional de Poesía 2018 de la Universidad Externado de Colombia con el poemario inédito ¡Júntense pa la foto! Ganador también en 2019 del Concurso Regional Mesa de Jóvenes Jorge García Usta del Festival Internacional de Poesía en el Caribe con el poemario inédito Postales de Urabá y del Valle del Sinú. En 2020 Nuevas Voces Editores publicó su antología personal de poesía La raíz del fuego en formato digital en la Colección Yarumo de poesía antioqueña.


